miércoles, 17 de mayo de 2017

La noche de las antorchas

Esa noche de mayo de 1933 caminaron por las calles. Llevaban antorchas encendidas y una lista de libros peligrosos. La mayoría de ellos eran jóvenes estudiantes. Doble propósito tuvo aquel fuego. Con él saludaron al terror y al odio, y se lanzaron ciegos a la destrucción del papel como si con aquel gesto pudieran exterminar la sensibilidad y la inteligencia.
Más de 15 millones de judíos, polacos, gitanos, homosexuales y comunistas fueron asesinados durante el reinado del nazismo en Europa.
También por aquellos años, en octubre de 1936, el fundador de la legión española, el general Millán Astray tuvo un encuentro con Miguel de Unamuno. El primero, viejo fascista español, irritado ante el verbo del poeta vasco, le espetó “Qué viva la muerte”, una rara paradoja que dejó al descubierto la irritación que el fascismo le ha tenido siempre a la inteligencia humana.
200 mil desaparecidos tiene España como una herida abierta.
84 años después, en mayo de 2017, muy lejos de la Europa de Hitler, Mussolini y Franco, resuenan aquellos ecos y encienden la noche las antiguas antorchas que creíamos apagadas.
“Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión”, dicen que dijo Unamuno en la Universidad de Salamanca.

El odio no puede convencer sino a aquellos pocos que pretenden convertir la vida en una hoguera y de esos, no somos nosotros. 

viernes, 5 de mayo de 2017

El Torino rojo

La abuela Rosa llenaba la canasta de mimbre con los antojos que a cada uno nos podía dar en los largos viajes que emprendíamos en el Torino rojo, cada verano rumbo a Uruguay. En la cesta había desde pastafrola rellena de membrillo, hasta el kilo de yerba mate que mi madre tan latina aprendió a disfrutar en aquel ritual de compartir historias y conversas.

Más de diez horas, que apenas se interrumpían para estirar las piernas e ir a los baños de las carreteras, me enseñaron que para pasar el tiempo alcanza con un mate y la charla animada de la gente que se quiere. Esos viajes me dejaron sobre todo la certeza de que el hogar está justo donde habitan los mejores recuerdos.

lunes, 24 de abril de 2017

El abismo

Un niño de preescolar dice, grita más bien, para la alegría de quienes presencian la escena, -que se vaya, que se muera,- refiriéndose al presidente de un país electo democráticamente. La madre, una mujer de clase media, como tantas otras, aplaude la valentía de su hijo. Alrededor secundan la gracia infantil.
¿Qué sociedad nos espera cuando ese niño inoculado de odio sea un adulto? Sabemos cuándo y cómo se origina el fascismo más puro, la más terrible forma humana del desprecio al otro, que piensa y siente distinto, pero no sabemos dónde acabará.
¿Harán falta los treinta mil desaparecidos de Argentina durante la dictadura, los otros miles de exiliados y asesinados del franquismo, los ochocientos mil tutsis víctimas del más cruel genocidio en Ruanda, los millones de desplazados de Colombia, para darnos cuenta que estamos al borde de un precipicio que probablemente no tiene fondo? Y entonces pregunto, me pregunto, ¿somos capaces de lanzar a nuestros hijos a ese abismo?

viernes, 31 de marzo de 2017

Los abrazos



Maneras de abrazar hay muchas y también son muchas las formas de ser abrazados. Hay abrazos que abrasan. Y otros que inundan. Hay abrazos que como un río sumergen y de ellos se sale casi asfixiado. Hay abrazos entre sábanas que nos dejan sin aliento y otros que son fríos y duelen como un adiós. Algunos hay que son apenas un gesto y otros para los que basta una mirada. En algunos quisiéramos quedarnos para siempre, aunque sean de un verano. Hay abrazos que son muchos, abrazos que se dan juntos como pueblo y futuro. Abrazos hay de todos los tipos y cada uno se ajusta a nuestra talla, los abrazos nunca sobran y seguro siempre faltan. Hay abrazos alegres y otros que se visten de luto. Hay abrazos mudos, mientras que otros  provocan algarabía. De algunos hay que irse pronto y algunos a los que nunca alcanzamos a llegar aunque procuremos la cercanía. De los abrazos, los mejores, son los que nacen del amor, esos son los que se quedan para siempre y dejan arrugada el alma que es la encargada de contabilizar las veces y las formas en que nos hemos dado a los demás.

martes, 7 de marzo de 2017

24M / Nunca más



Llegué en 1983, tenía cinco años y un montón de compañeritos que usaban como yo un mandil de cuadrillé azul y blanco. Después como era lógico vino el guardapolvo blanco, de anchos tablones en el frente y un enorme lazo a la espalda, típico de las niñas de primaria. Con él llegaron las clases de geografía y de historia, de manualidades y dibujo, de lengua y matemáticas. No recuerdo si fue en segundo, tercer o cuarto grado que una niña rubia se incorporó a la escuela, se llamaba Susana, tenía acento cubano aunque era argentina. Era tímida, tanto como yo en aquellos primeros años. Susana Vaca Narvaja, vivía un desexilio. Regresaba a su país natal, de la mano de sus padres, después de la dictadura. Probablemente ella, que desapareció de nuestro salón de clases de un día para otro, ni se acuerde. Se fue de la misma manera en que llegó, sin aviso. La recuerdo por lo que significa su nombre, por las preguntas que hice apenas supe de dónde venía. La de ella, la de muchos, era una historia que se murmuraba, nadie hablaba de lo que había pasado. Las maestras decían que en secundaria aprenderíamos. Pero tampoco ahí supimos mucho. La historia recién empezaba a contarse.

Susana podría haber sido asesinada aún antes de nacer o podría haberse criado en una familia que no fuese la suya. Susana, como yo, como tantos, pertenece a la generación de los nietos de las abuelas de Plaza de Mayo, nuestros padres, podrían haber sido los hijos desaparecidos de las Madres de Plaza de Mayo.

Somos de una generación que creció en silencio, porque aún había miedo de responder y sobre todo de preguntar por las heridas. Pero un día esa misma generación se animó a salir a las calles a exigir que se 'vayan todos'. Después, valiente, levantó las banderas azules y blancas, para quedarse con el hombre que se animó a retirar el cuadro de Videla de la Casa Rosada.

Han pasado décadas. De Susana tengo el recuerdo intacto de sus cabellos rubios. Y del asombro de la vida cotidiana, la esperanza de que Nunca más tengamos que susurrar la tragedia.  

viernes, 27 de enero de 2017

El muro



Una pared de piedra, un largo trecho de concreto, una espesa enredadera con espinas, una muralla de miedos y odios, eso es un muro. Del material que sea, la larga franja hecha por mano humana le sirve nada más que a la imaginación de quien la construye. Se pueden intentar erigir las más altas alambradas y ni así la voz humana dejará de encontrarse con el que respira el mismo aire al otro lado.
Trump decide un muro, que por cierto ya existía antes que él lo nombrara. Me pregunto si el cerco servirá para que los del otro lado no entren o los del suyo no salgan. Igual que con el amor cuando se levantan barreras es precisamente lo que te defiende lo que te deja más solo.
El presidente gringo vivirá en su laberinto de soledades, recluido entre sus vallas y parapetos. Muchos buscarán la forma de mirarse pese a las piedras y cuando por fin se encuentren en la larga mirada del abrazo, caerán una a una las barricadas que el dinero impuso y aunque intente mantenerlas, no habrá forma de evitar su derrumbe.

jueves, 19 de enero de 2017

Cariátide



Cada quien lleva sus sombras a cuestas. De vez en cuando las grisuras de adentro asaltan en cualquier calle sin alboroto. La mayoría de las veces el mediodía del alma alumbra tan fuerte que casi no notamos los ecos y dolores viejos, no nos percatamos de ese prójimo que nos respira los miedos, las incredulidades, las nostalgias y cuanta tristeza tratamos siempre de espantar como moscas aunque las llevemos en los bolsillos.
Hace años vi una cariátide, no fue en Grecia precisamente, sino en España. Cuentan que en la región de Laconia, después de un enfrentamiento bélico, los hombres fueron exterminados y las mujeres convertidas en esclavas, condenadas a llevar hasta el final de sus días las más pesadas cargas. El imaginario posterior erigió a estas cautivas en columnas, que desde entonces debían soportar durante toda la eternidad el peso del templo de su adversario sobre sus cabezas.
Hay gente que lleva su odio a flor de piel, será porque el alma les llueve siempre y siempre están nublados. Y condenados están como una cariátide a soportar su grisura hasta el final.

miércoles, 18 de enero de 2017

En defensa de la rabia

Imagen tomada de Transtierros
Programas de televisión, películas, muros de facebook, blogs, cuentas de twitter, libros, todos empeñados en vender la felicidad como si aquello fuera un producto de consumo. Para ser feliz compre, compre, compre, consuma, así hasta el infinito. La sociedad occidental obliga a las gentes a ser felices con las cosas y a cuenta de todo lo demás. Me pregunto por qué nos quieren meter a fuerza en esa cosa que es la felicidad de estos tiempos (cuerpos perfectos, comida vegana, belleza plástica, establishment intelectual que lee recetarios para alimentar el alma).
No es que pasársela bien no sea grato, pero esa felicidad automática e irreflexiva que la industria del entretenimiento ofrece como una panacea, parece más bien un vocerío de arrabal o en el mejor de los casos cementerios atestados de clase media.
Un amigo me decía hace años que el motor de la historia es el estómago, también la rabia, la inconformidad. Para cambiar el mundo hay que enojarse, taconear duro y gritar bien alto. Desgarrarse en un grito capaz de sumarse al coro de los dolores próximos y prójimos, en un abrazo que pueda juntarnos en la esperanza. 
Es precisamente cuando nos sacudimos la felicidad acartonada cuando nos damos cuenta que para ser alegres necesitamos ser muchos, no se puede ser un contento en medio de un mundo en guerra, quién puede sonreír ante la sed, el hambre y el miedo de millones de seres humanos, quién puede lanzar una carcajada cuando la tierra ha dejado de ser un hogar para convertirse en una tumba. No, no quiero ni creo en la felicidad 2.0, la que quiero es la que nace de la mirada, el descubrimiento, el sentimiento y el reconocimiento de que somos apenas un granito de arena en el gran océano humano. 

martes, 17 de enero de 2017

Una orilla en el mundo



Tenía como ocho años cuando Luis Herrera Campins era presidente. Lo recuerdo en la radio diciendo que acabaría con los pobres en el país. Lo que sigue lo rememoro en las voces de mis padres. Cuentan que ante aquella afirmación no se me ocurrió otra cosa que llorar desesperadamente. A esa edad hay muy pocos matices, y las palabras se entienden de manera literal. Ellos, eran jóvenes y soñadores, relatan que no supieron si reírse o acompañarme en el llanto. Lo que dijo el entonces presidente de Venezuela, a mi corta edad, fue que fulminaría a cuanto pobre anduviera por ahí. Casi cuatro décadas después me sonrío ante el atisbo de lucidez de mi infancia.

De aquel episodio me quedó la certeza de la orilla del mundo que he habitado y en la que espero morir sin traicionarme más de la cuenta. El mundo que quiero habitar, en el que quisiera que estuviéramos todos, es el de los muchos, el del nosotros.

Aunque no seamos pobrísimos, somos por decirlo de alguna manera, pobres, clase media para más señas y con suerte. Somos los muchos que vivimos al borde del sueldo, los que sumamos dos billetes para llegar a final del mes, los que asumimos la vida como un milagro, los que amamos sin páginas de sociales, los que creemos que el futuro nos pertenece, los que nos resistimos a caer en la tentación del dinero fácil, los que planificamos vacaciones –cuando se puede- y una salida a final del mes, porque el dinero no alcanza para improvisaciones. Somos los que aún y pese a todo tenemos la convicción de que el mañana será mejor, más justo y más hermoso. Somos los de la utopía y los que sabemos que no apoyaremos nunca a quien quiera el poder para acabar con los pobres, sino con la pobreza que nace siempre de lo más terrible de la humanidad.

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