¿Para quién gobierna el gobierno bolivariano?


Mientras sigue el desabastecimiento de productos de la dieta básica no falta el güisqui mayor de edad ni tampoco las Hummer. Las grandes urbes parecen cada vez más, hechas para los automóviles último modelo que para la gente. Las camionetas (perreras) siguen estando a la orden del día mientras ciertos gobernadores entregan taxis a supuestas cooperativas. El pueblo sigue a pie o tratando a punta de patadas y empujones de montarse en las horas pico en un transporte público indigno de un país exportador de petróleo que se plantea el socialismo.

Se socializa la miseria mientras se capitaliza la buena vida. Cada vez tienen más lo que más tienen y menos los que tienen el hambre arraigada en los huesos.

Mientras las mujeres y hombres de las barriadas hacen colas interminables, durante horas, bajo el sol o la lluvia, para adquirir alimentos, los menos deambulan con sus carritos por los grandes supermercados. Mercal no dejó de ser un pañito tibio sobre la profunda herida de la exclusión social.

Otra vez se socializa el hambre y se capitaliza la compra de bienes de consumo que están sujetos a la oferta y demanda de las clases minoritarias.

Mientras a los menos, con apellidos más prominentes que los juanes, josés, yubirizais, marías, pedros y willmers de las zonas populares, viajan al exterior con sus doradas tarjetas de créditos, a ellos se las rechazan por prepagadas y corruptas, según las nuevas reglas de la administración de divisas.

Se socializa la exclusión social y la marginación, se capitaliza la mirada a otras realidades y contextos.

El país sigue siendo capitalista porque lo que se ha socializado son los subempleos en cooperativas que no tienen socios sino empleados, porque se habla de ilícitos pero los grandes corruptos siguen teniendo el favor del gobierno, porque las clínicas siguen haciendo de la salud un excelente negocio, porque el desabastecimiento sólo le duele a la gente, porque una nueva clase social burguesa y parasitaria ha emergido desde el seno del chavizmo, porque seguimos siendo más pero tenemos menos, porque somos mudos pero no sordos.

El gobierno bolivariano socializa soluciones coyunturales pero la estructura se mantiene intacta. Se radicaliza el discurso en lo retórico pero la práctica sigue siendo cónsona a los intereses del capital, cuando se nacionaliza se hace en condiciones que benefician a las nacionalizadas, la economía crece gracias al aumento de la renta petrolera pero no desarrolla las capacidades productivas del pueblo.

Urge una reestructuración radical del aparato del Estado. Así como la democratización en las tomas de decisión fundamentales para el futuro del país. No basta con enarbolar el poder popular como una bandera electoral sino también y sobre todo, como una forma de hacer política desde adentro y desde abajo, para las mayorías.

Lo que es imprescindible socializar es la posibilidad de construir juntos, entre iguales, el país que necesariamente debemos legarles a las generaciones por venir. Empecemos por socializar el socialismo.

Entre (re)conciliaciones

Mientras las oposiciones, las de allá y la de acá también, llaman a la reconciliación, Silvio entona que la tolerancia es la pasión de los inquisidores… cuánta razón para cantar y cantarnos, para mostrar y mostrarnos, que de tanto pedido y odio, nos ha quedado una cicatriz honda colmada de desmemorias.

Como siempre hay excelentes amigos, los que señalan los caminos y los desaciertos, los que conversan durante horas y los que nos regalan libros. A una de ellas le debo el dolor de “Palabra Viva”, un texto de la Sociedad de escritoras y escritores de la Argentina que publicado por la editorial José Martí, de Cuba, recoge las palabras de ciento tres mujeres y hombres que fueron desaparecidos por el régimen dictatorial, que desde 1974 y hasta 1983, torturó y asesinó a miles de ciudadanos que se atrevieron a soñar un país diferente.

De alguna manera sus palabras y su forma de narrar el mundo que fue, el que podría haber sido y el que aún podría ser, conmovió otras viejas y nuevas miradas. Me pregunto y pregunto, cómo pedirles a esas voces que se reconcilien. Cómo pedirles a los indígenas bolivianos que se reconcilien con unos pocos que hoy hablan de autonomía a favor de sus propios intereses de clase dominante. Y quién se anima a pedirle reconciliación a una madre que sufre la muerte de un hijo caído por el hambre y las lombrices. Quién reconcilia a la miseria centenaria de las barriadas caraqueñas y a las favelas de Río o de Porto Alegre. Quién le dice a una madre de pañuelo blanco en la cabeza que olvide la desaparición de sus hijos e hijas y de sus nietos, y que se reconcilien, cuando ni siquiera hay una tumba. Quién es el valiente o el caradura que puede pedirles reconciliación a los campesinos colombianos y venezolanos o a los sin tierra de Brasil.

¿Con quién o quiénes debemos (re)conciliarnos los pueblos? ¿Acaso con el verdugo? ¿Con el hambre centenaria? ¿Con la muerte? No, no hay conciliación ni reconciliación posible, porque no se trata de amistar las partes. Lo que exigen los pueblos es más bien respeto y memoria.

Pedimos en todo caso que cese la impunidad y que los culpables no se mueran de viejos o de olvido, sino más bien de culpables. A esta altura cuando la derecha, opresores y torturadores de siempre, llaman a la reconciliación, nada mejor contra la seducción de esos cantos que la memoria.

Que no nos permitan olvidar nunca las heridas abiertas. Ni el silencio impuesto. Ni la mentira. Ni el hambre. Ni el miedo. Ni la escasez. Ni las manos de quiénes se extraviaron en sus odios.

Ellos, llaman a la reconciliación. Nosotros al respeto. Respeto a las diferencias y a la posibilidad divinamente humana de encontrarnos semejantes. En la tibia aventura de tender puentes con el otro y con nosotros, entre iguales, solidariamente distintos y hermanos. Cálidos en las divergencias y en las coincidencias.

El respeto poco tiene que ver con la conciliación que se pacta en los cielos repletos de cúpulas, sino que viene de la raíz fundamental de la justicia y el reconocimiento del otro, de la otra, sustento de la memoria y de lo que podemos ser juntos mirando hacia el futuro.

Hipócritas medios de difusión social


Dicen que dicen, pero lo que callan es al pueblo. La tinta que corre por el papel esconde con letras invisibles un desgarrado cúmulo de voces que llevan quinientos años tratando de pronunciarse. Proclaman la libertad de expresión pero silencian las realidades que no comparten. Son las genuflexas palabras de las minorías que siempre han mandado como mayorías, porque son menos pero tienen más.

Dicen que piensan, pero otros piensan por ellos y hablan a través de sus páginas. Los medios impresos son acaso el árbol caído sin frutos, porque el papel viene de las entrañas de la tierra, aunque seguro quisiera otro propósito para su tala.

Dicen que muestran, pero lo cierto es que arman una realidad a su conveniencia y a la talla exacta de los intereses del capital, que no tiene más nacionalidad, religión e ideología que la acumulación.

Dicen que representan la pluralidad, sin embargo atentan contra la democracia cuando incitan al odio y venden racismos y sectarismos a su medida.

Dicen que el régimen no aprueba la importación del papel pinochetista para sus pasquines, pero olvidan mencionar qué hicieron con los dólares preferenciales de Recadi (Régimen de Cambios Preferenciales), allá en 1983. O mejor aún, qué expliquen cómo han hecho para mantener un periódico, una cadena de emisoras radiales y una televisora sin publicidad (y no porque el gobierno les haya negado los anuncios, sino porque nunca han estado interesados en ellos).

Dicen en mayúsculas que su compromiso histórico será indoblegable y como siempre mienten. Porque su compromiso está en los dólares que apuestan a la marginación y la exclusión de la mayoría, a la dictadura.

Dicen que no saldrán a las calles sus hojas manchadas de mentiras porque no tienen papel. Y mientras tanto, nosotros decimos que mejor que no salgan, que se queden en la sombra, con las rotativas apagadas. Decimos que queremos la veracidad o el silencio.

Y decimos también que tenemos el genuino derecho a ser libres, a soñar y construir el país que queremos, a educar a nuestros hijos con los valores de la solidaridad y el socialismo, que tenemos derecho a decir que este es el gobierno que hemos elegido y aunque se equivoque, asumimos que el error es nuestro, porque desde ahora decimos que tenemos la potestad de asumir los triunfos y también las derrotas de nuestro destino.

Dicen, pero nosotros, pueblo, también decimos.

Entierros



Rosa Elena se vistió esa mañana como si el entierro al que asistiría, sola para más noticias, fuera de alguna extensión de su cuerpo, quiere decir: se vistió poco a poco, con la lentitud rumiante y desesperante, para quien ve la escena desde afuera, con que las lagartijas toman sol sobre la arena tibia.

Aún tenía tiempo de leer algunas de las dedicatorias de los libros que él le había regalado y sus ojos humedecían las nostalgias de un pasado reciente que se mantenía vivo, presente en la memoria de sus cotidianidades y sus gestos. Quedaban todavía dos interminables horas para que comenzara la ceremonia que suponía el último adiós a sí misma.

La tierra bañaría para siempre, el cuerpo de aquel hombre, que sin ser suyo del todo había compartido los días y algunos de sus sueños. Rosa Elena tenía para ese entonces un raudal incontenible de respuestas a las que no les hallaba las preguntas correctas, lo que es lo mismo que tener un manojo de incertidumbres como una catástrofe soñada en algún rincón de los insomnios.

Él había sido el dios de su religión particular y su cuerpo desnudo se había convertido en la ostia consagrada al goce de sentirse viva y por qué no también un poco amada. Pero él se negó siempre a pensar en ella como una posibilidad de mañana, a lo mejor por eso su muerte representaba para ella la última traición a la que se había sometido por él.

Asistiría a su sepultura con la resignación con la que se asumen todas las derrotas previstas. No podría llorar, por lo menos no en público, porque en ese espacio destinado al “último adiós” estaría presente como una sombra en su dolor la figura siempre interpuesta de la legítima, de la mujer que en otras palabras había convivido cada una de sus rutinas, su estar no estando, su amor desvelado en las fiebres de sus hijos y en los almuerzos siempre compartidos con ella. Esa figura que representaba para Rosa Elena la distancia exacta entre su amor y su futuro. La otra era ella: Rosa Elena era la clandestinidad de la siesta y algún que otro fin de semana robado al trabajo.

Sin embargo, pese a la certeza de su abandono prematuro, la muerte de lo amado convivía con el sentimiento de una niña que aguarda, apretando las pestañas, a sus padres que no han llegado a buscarla a la escuela a la hora acordada y espera, incólume y resignada los pasos que la recogerán de sus miedos y, no tendrá ni un solo reproche que hacer, porque al final siente que se merece su destino. Así se sentía Rosa Elena, como una niña sin padres, huérfana de consuelos.

Ella, una mujer cobarde por saberse desamada y seguir amando, una mujer entera por tratar de comprender la premura con la que él partía cada tarde, seguía releyendo sus palabras en las páginas blancas de los libros, tratando de detenerlas entre sus ojos, venciendo por un instante la muerte. Los minutos transcurrían y Rosa Elena no se enteraba de que ya no tendría tiempo para verlo descender hacia la hecatombe, que su imagen se había detenido mientras viviera, en los espacios robados a la ausencia. No podría asistir a la sepultura de sí misma, a lo que más amaba de sí, porque las dos horas habían sucumbido al paso de las agujas del reloj.

Los desaparecidos y la revolución


En la década del setenta y principios de los ochenta, hubo 30 mil desaparecidos en la Argentina, otros tantos en Chile, Uruguay, Paraguay, Venezuela, centro América y la larga lista de etcéteras del mal nombrado Tercer Mundo.

Con la llegada silenciosa de la democracia los desaparecidos siguieron desapareciendo, muriendo de hambre, engrosando las estadísticas de algunas instancias internacionales. Por política siguieron muriendo, esta vez más sutil que la de los cascos militares, la política del hambre, la que viene del norte y se empeña en cambiarnos espejitos por petróleo y recursos naturales, la que nos vende miseria a cambio de banderitas ISO, nos envenena con comida chatarra mientras destruye campos de maíz para generar combustible, esa libertad de plástico y etanol, que tan poco tiene que ver con los cantos originarios de nuestros suelos.

Pero América Latina, la de los versos libres de Martí, la de los diarios del Che, la de Aquiles Nazoa y Galeano, la de Frida y Armando Reverón, esa América tan nuestra y tan poco nuestra, empezó a mirarse el ombligo casi treinta años después, tres décadas duró la amnesia de estos pueblos centenariamente jóvenes. Cuando ya no pudo seguir bajando la cabeza y la mirada se encontró con el ombligo, con el centro mismo de sus derrotas, redescubrió la voz y la valentía que tenía cinco centurias aletargada.

Y las mujeres y hombres gritaron por primera vez en muchos años. Fueron por fin consecuentes con sus estómagos y eligieron de Presidentes a vencidos como ellos, los únicos capaces de darles y darnos alguna victoria. Chávez, Evo, Kirchner, Tabaré, Ortega y Correa se suman a todos los silencios impuestos para decirnos que la utopía es realizable, que nos mintieron los que nos dijeron que aquello era democracia, que ahora sí somos capaces de construirla, pero juntos, mirándonos y reconociéndonos en los ojos, en las manos y en las bocas sin dientes.

Largo es el camino, no hay duda. La Venezuela bolivariana es un ejemplo. Las contradicciones son numerosas y variadas. El enemigo no se conforma con ver desde lejos la rebeldía, ni mucho menos ver triunfar a la esperanza. Está allí disfrazado en funcionarios que prenden camionetas con mandos a distancia, en los hermosos y multimillonarios fuegos artificiales que inauguran obras inconclusas, en las corruptelas que paran los programas alimentarios escolares, se esconden sobre todo detrás de los niños y niñas desnutridos que añoran ver el cielo pintado de colores, los niños que siguen desapareciendo de hambre, mientras en el paisito se habla de libertad de expresión y de fútbol. Los derechos humanos, lamentablemente son derechos, a lo mejor si fueran izquierdos, sería distinto.

La amenaza está adentro. Al lado, cerquita, respirando y esperando que seamos capaces de dejarnos seducir por eso que el poder compra. Por los cheques que pagan servicios más bajos que sus montos, por los carros de guerra que civilmente pasean nuestras calles, por el séquito de guardaespaldas, por la publicidad de los periódicos…

Está aquí, ante nosotros, la posibilidad real de hacer por una vez la revolución, la que nos permita hacer cogestión en las fábricas y en las básicas empresas, la que diga socialismo y lo haga, la que devuelva la dignidad al pueblo. Está aquí y es ahora, la otra opción es seguir desapareciendo.

Cuerpos

F rente al espejo nos sentimos vulnerables. Al amor o a la soledad. Sin embargo, el cuerpo nos acompaña desde la primera memoria. Llega...