Cuerpos

Frente al espejo nos sentimos vulnerables. Al amor o a la soledad. Sin embargo, el cuerpo nos acompaña desde la primera memoria. Llegamos al mundo con esta extensión de piel, lista para la caricia. Hemos querido separar la conciencia del cuerpo, pero es que acaso, ¿no somos capaces de mirar con las manos? ¿y sentir, sentir con las palabras? Rodillas y dedos, boca, talones, muñecas; codos y cintura, ombligo, orejas… Tanto medio, tanto programa de diseño y pornografía han hecho que le tengamos pavor a esta, nuestra desnudez. ¿No es hora de volver a mirarnos?

No hay nada más que este y todos los cuerpos en el universo de nuestras diferencias y en la honda coincidencia de añorar el abrazo. 

Vecinos

Uno, dos, tres, un sorbo de café y los ojos hacia la línea del horizonte que se enciende. ¿Cuándo amanece? Cuando queda atrás el último murmullo del silencio o ¿cuándo las luces una a una empiezan a prenderse? Uno, dos, tres… las ventanas de los grandes edificios se iluminan. Al principio pocas, como luceros del alba. ¿Pondrán al fuego la cafetera? ¿Alistarán los uniformes escolares? ¿Harán el amor? ¿Darán un beso de buen día a los niños? ¿Mandarán el primer mensaje con buenos deseos? ¿Suspirarán por los amores no correspondidos?

Cuatro, cinco, seis… llega la mañana, rauda como una promesa de amor recién inaugurada. Tenemos la vida por delante, como si naciéramos una y otra vez. Salgo a la calle a estrenar el día. Los compañeros de las primeras luces, ¿compartirán la misma ilusión con la que salgo a buscarte?  Cuatro, cinco, seis…

Nostalgia

El tedio de la oficina, la lluvia afuera, la vida, Astor Piazzolla inundando las cuatro paredes de la nostalgia... la pantalla en blanco, los lápices sin punta, el vaso de plástico vacío, la nostalgia… Un bandoneón, el único que suena por los altavoces, esta soledad llena de imágenes, esta soledad tan poco sola, la nostalgia… El fin de año que se acerca, los libros que se amontonan, el polvo junto a las migas en el teclado, la nostalgia.

Siempre que no estás, las Ausencias de Piazzolla me seducen, desnudan, pueblan de fantasmas la alfombra. En esta hora viva, esta nostalgia de vos. 

Jacarandás

He visto los jacarandás. Crecí con ellos en Rosario. En septiembre estallan de índigo las calles. Llevo el color prendido en la memoria, en una larga nostalgia de novios, versos y risas. Volví a encontrarlos en Puebla, de la mano de mi madre. Y en Ciudad de México pude disfrutar de los árboles floreados en el abrazo de un hombre que me arrepiento  no haber querido para siempre, porque supo reírse cuando le dije que los jacarandás de mis recuerdos no son las jacarandas mexicanas ni los correctos jarandáes argentinos. Los míos, los jacarandás memoriosos, son los del color de la vida que se marchita con el paso de los meses, pero que saben estar siempre en flor cuando cierro los ojos y después se convierten en una larga alfombra que me lleva al lugar que habitan los amores correspondidos y los que he gastado de tanto olvidar.

México en silencio

La ilustración fue tomada 
de la cuenta en Twitter
del artista mexicano Víctor Solís @visoor
Asistimos de lejos a la tragedia, pero nunca se pudo estar más próximo y sentirse tan prójimo. La noche del martes las zonas más afectadas por el sismo hicieron silencio. México enmudeció. Así fue posible que la inmensa marea humana encontrara bajo los escombros las voces que de otra manera no hubieran nunca más pronunciado sus nombres.
Callando se escucha mejor. Por eso, cientos de gargantas ahogaron el grito y el llanto, miles de manos se alzaron, en un puño cerrado, trabajando juntas. México, el pueblo de México, nos enseñó una vez más de qué está hecho. La solidaridad tiene en su gente una larga tradición que ha sabido resistir los tragos amargos que le vienen desde hace centurias.

De vuelta

No hubo nada que no fuera lo esencial aunque eso quiera decir que necesitaba un corazón nuevo. Esta vuelta, el mes fue de silencio, de televisión apagada, de extrañeza de la política y de todo lo que no fuera lo mínimo para sanear el corazón de tanto despilfarro. 
En el silencio y la soledad crecen a buen resguardo las nostalgias y con ella vienen, cuando se tiene suerte, las ganas de recuperar los amores que hemos ido perdiendo. ¿Dónde se queda la memoria, dónde se guarda? ¿Son los recuerdos los que olvidamos? O, ¿no será más bien que las ausencias van llenándonos de olvido para que duela menos decir adiós?

Resistir

Andrés lanza dentro de una botella las palabras. En medio de los trinos informáticos 140 caracteres dedicados se parecen a un hallazgo en pleno naufragio. Es verdad Andrés, tengo rato sin escribir. Quiero decir, como decía Gelman, he estado "al borde de una silla desfondada, mareada, enferma, casi viva", resistiendo, por eso el silencio.

Resistir es mantener la alegría pese a todo, anudarse a lo tibio y a lo bueno, temblar ante la belleza del amanecer o una mirada, dejarse acariciar sin miedo, vivir como se piensa, amar aunque no sepamos el final o sabiéndolo amando de cualquier modo. Resistir es esto que hacemos todos los días los muchos que hemos elegido el futuro. Resistir es resistirnos al olvido, al fuego, al miedo, al silencio, al odio. Resistir es también esperar y sobre todo, esta certeza de que mañana estaremos cantando juntos, es esta esperanza cierta. 

Cuerpos

F rente al espejo nos sentimos vulnerables. Al amor o a la soledad. Sin embargo, el cuerpo nos acompaña desde la primera memoria. Llega...