lunes, 18 de enero de 2016

Jean Aristeguieta se fue a volar sobre el Orinoco



Cuando sólo se oía el rumor de las aguas lamiendo las orillas ya Amalivaca juntaba sueños y esperanzas. Antes, mucho antes, todo era silencio. Cuando él lo quiso la tierra y el Orinoco se hicieron canto y así silbando nació el verso.
Ciudad Bolívar, la otrora Angostura, lleva la costumbre del río, quiere decir que es andariega como el Orinoco, por eso tal vez se ha movido tanto y de alguna manera esa vocación de viajera incansable la tomaron las gentes que vinieron después y que sin darse cuenta escuchan el rumor del río y se dejan llevar mecidos por sus aguas.
Lo de viajante lo supo bien Alejandro Otero y su costumbre de tratar de atrapar el viento y si de movimientos se trata, Jesús Soto retrató como nadie los ires y venires de la luz y del agua. ¿Y Antonio Lauro acaso no sabía de viajes cuando hizo vibrar la guitarra para recordarnos a Natalia? Manuel Yánez sigue viendo huir en la corriente esa flor que dejó para siempre perfumado el río.
De voces que saben de canto y de vuelo, tiene esta tierra. Allí, está Luz Machado y Mimina Rodríguez Lezama y claro cómo no, también Jean Aristeguieta
Ella aprendió a volar en las alas de las mariposas y la palabra estalló en vuelos cuando vio una vez un barco surcando el Orinoco, navegando lejos, siempre un poco más allá.
La escritora quien nació el 31 de julio de 1921, en Guasipati, estado Bolívar y falleció en Caracas, el 9 de enero de 2016, tiene alrededor de cuarenta libros publicados y fue miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, a partir de julio de 2014. Su obra que abarca poesía, ensayo y análisis literario está traducida al griego, francés, inglés, italiano, portugués y ruso.
Poeta del mito y el viaje, de las mariposas y los sueños, Aristeguieta publicó sus primeros poemas adolescentes en la revista Alondras, que editaba el Ateneo de Guayana, en la década de 1930. A Ciudad Bolívar había llegado desde Guasipati a estudiar y allí  se fundó su palabra en la visión de un grupo de surrealistas que con el nombre de Aureoguayanos, reunía en la Plaza Bolívar a Alarico Gómez, Elías Inaty y José Ramón Del Valle Laveaux, entre otros poetas y que tuvo entre sus visitantes a Jesús Soto.
En 1948 se unió al grupo editorial de la revista Lírica Hispana que había sido fundada cinco años antes por Consuelo Lope Bello.
Residenciada en Madrid, estudió Letras en la Complutense con especial atención en la estilística y la literatura antigua. En la capital española dio nacimiento en 1967 a la revista Árbol de fuego, que continuaría editando a su vuelta al país, a partir del cuarto número y que alcanzó 121 ediciones.
Entre otras distinciones Jean Aristeguieta fue reconocida con el Premio José Vasconcelos de México y el Premio de Poesía Hölderlin de Alemania.
Esta incansable mujer es una de las voces venezolanas. Ella supo trascender el espacio y hoy sigue dibujando con su vuelo el ir y venir del Orinoco, en la “vislumbrada región / con mariposas de oro / dormidas en el fuego”.


Bolívar (fragmento)
Revelación de la tierra
1
Respóndanme soledades de la selva
intrincados resplandores guayaneses
Respóndanme encendidos horizontes de trópico
pregunto por Bolívar y su figura en llamas
Respóndanme abismo de los Andes
solitaria belleza con páramos y nieves
Respóndanme las desolaciones de los llanos
los esteros con boras y con garzas
Respóndanme los morros guariqueños
serenos vigilantes de la patria
Respóndanme los misterios lacustres del Zulia
las fosforescencias de su suelo con petróleo
Respóndanme bosques motilones
respóndame la tierra venezolana
ardorosa con la tempestad de sus tesoros
fluyente como las cabelleras de los moriches
Respóndame el grito de la tierra
El mutismo de la tierra salvaje hermosura terrenal
entonces podré acercarme hasta Bolívar
dueño de la profecía ángel arcángel de la libertad.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Que el 2016 sea una oportunidad para el encuentro

Galeano escribió que la utopía sirve para caminar. Como un faro estrella que desde lo lejos marca el camino a seguir para no perderse, como una señal de que la tierra está próxima, que la casa espera en el horizonte que apenas se divisa tal vez porque una tormenta borra el paisaje. Así es la utopía, una especie de esperanza que nos convoca a mirar el porvenir con la certeza de que el tiempo que nos aguarda es mejor porque juntos lo haremos posible. Por eso este fin de año me abrazo más que nunca a ella, a la utopía, tal vez como el último rayo de un ocaso que cae tornasol sobre la tierra.
No hay duda de que estas fechas que sabemos convencionales y de hechura humana, tienen cierto sabor de vida vivida. Cuando el final de diciembre bordea la textura de un año nuevo, a muchos nos da por hacer balance del tiempo transcurrido, de lamentarnos por los abrazos que se perdieron, alegrarnos por los amigos que ganamos y mantuvimos, de nostalgiar a quienes están lejos y de pedirle a dios, la vida, las estrellas o a nadie en particular, que el año que entra irremediable en los calendarios por estrenar sean para seguir viviendo si no felices, por lo menos con ratos de alegría compartida.
Este año que termina fue sin duda alguna de los más intensos. Sufrimos grandes derrotas en el optimismo, por eso más que nunca deseo y les deseo una utopía, una esperanza que compartir, un sueño por el cual seguir hermanados.
El mundo que conocemos está bastante más gris de lo que hubiéramos querido imaginar. Guerras, hambre, naufragios y contaminación, son desgracias que tienen el sello de nuestras civilizaciones. Dudo que podamos hacer mucho por remediar estas tragedias en un año, pero ojalá que por lo menos los meses que vienen nos toquen con la sensibilidad para conmovernos por quienes a través de las pantallas nos miran sin mirarnos. Con un poco de buena suerte a lo mejor nos demos cuenta que el dolor y el miedo de los niños sirios, afganos, palestinos, libios y nigerianos, es la tragedia y el miedo de nuestros niños, porque no hay humanidad posible sino asumimos el nosotros.
Así, abrazados a la utopía es posible que podamos andar un poco más este 2016 tomados de las manos, blandiendo la esperanza como la única vía para hacer del futuro el hogar de todos. Sino es juntos y juntas el mañana luce bastante desolado, por eso cuando este 31 de diciembre despidamos el 2015 pidamos que sea posible dejar atrás el terror que nos produce el reconocernos en el otro y tengamos la valentía de encontrarnos en las diferencias de quienes creemos ajenos, porque es inocultable la proximidad de nuestra sangre y nuestros sueños.
Que este año que inauguramos en Occidente, porque otros pueblos y otras culturas celebran el tiempo en otras fechas y de otras maneras, nos traigan las voces de todos los rincones de la tierra en único canto común, y que ese coro nos arrulle las noches y nos despierte cada día con la certeza del milagro de la vida. Y que para celebrar la existencia seamos capaces de hacer silencio para escuchar cómo el sol baña de colores la tarde para después alumbrar de estrellas la noche.
Que ese coro de voces negras, blancas, rojas y amarillas llene de poesía cada minuto, y ojalá sea obligatorio leer esos versos esparcidos en el viento.
Y que la ternura sea una marea que nos inunde para con ella hacer las banderas que deben ondear en los mástiles de cada escuela, y que al arrearla cada tarde se nos meta en los bolsillos para perfumar el abrazo al volver a casa.
Que los días que están por venir nos regalen el amor en todas sus formas, en el beso de los padres, en la caricia de los hermanos y en la piel y en el alma del cuerpo amado. Que el amor sea el único destino que nos desvele y que después, en el amanecer sepa a café recién colado.
Que traiga buenas lecturas y mundos que solo serían posibles en las hojas del mejor invento humano. Y que hayan más y mejores libros, y menos dispositivos electrónicos que nos separan cada vez más.
El 2016 debe ser el año del encuentro. El año para sabernos juntos y tender puentes para cruzar o esperar a quienes están en el otro extremo. Y que ya no desesperen quienes se cansaron de esperar.

¿Para qué sirve la utopía? Pues para todo esto, para iluminar el futuro, para andar hacia adelante, en un abrazo infinito, que nos encuentra a los muchos que soñamos con un mundo mejor.

jueves, 15 de octubre de 2015

La palabra revolución

Las palabras dicen cosas y callan otras. Las palabras nombran el mundo y hacen que el futuro sea posible. Hay palabras que son sentencias como amor o como tristeza. Hay otras que llevan la ternura en sus entrañas como madre, caricia o papelón. Algunas palabras son puentes y a través de ellas podemos encontrar amigos, domingos y alegrías, si son compartidas mejor. Muchas sirven para mirarnos: adentro, espejo y culpa.

Hay palabras, miles de palabras, estamos hechos de ellas. Cada uno lleva todas las que le caben entre la espalda y las manos, las que aprendimos de nuestros padres, las que nos enseñaron en la escuela y también las que queremos olvidar.

Cuando nombramos hacemos un largo recorrido por la historia. Existen palabras nuevas y otras en cambio tienen toda la memoria de la vida humana en sus esquinas. Con recordar por ejemplo decimos “volver a pasar por el corazón” y eso es precisamente lo que hay que hacer cuando decimos la palabra revolución.

Este es tiempo de llenar de contenido las palabras que a veces de tanto usarlas se nos van desdibujando. Es decir, cuando pronunciamos “sueño” que no se nos olvide que estamos convocando la utopía posible. Cuando queremos hablar de “futuro” colmemos su interior de nosotros, de niños, de juegos, de justicia y caricia. Cuando gritemos esperanza, que esta es una palabra que hay que decir fuerte y con los ojos puestos en el porvenir, digamos también compromiso.

Y si este es el tiempo de la palabra revolución es precisamente porque dentro de ella habitamos los más que menos hemos tenido, por eso en su seno deben habitar las palabras más hermosas que conocemos. Futuro, juntos, entrega, honestidad, trabajo, amor, encuentro, y además solidaridad y hogar de las generaciones venideras. Menuda palabra hemos escogido para transitar hacia un mundo donde con ella debemos edificar hogares, escuelas, hospitales, música, arte y también debe servir para la siembra, la lluvia, la gracia y el abrazo entre todos.

Juntos. Juntemos bocas, labios y sueños para nombrar el porvenir que está hecho de memoria, de palabras para recordar de dónde venimos, de palabras para estar seguros dónde estamos y qué hay que cambiar y corregir para hacer de las palabras la casa del mañana.

No hay duda, este es el tiempo para que “revolución” no sea solo una palabra, sino una idea y además una acción, pero no de unos pocos, sino de todos, porque revolución más que una palabra es un desafío, una apuesta al futuro, una caricia que nos convoca al encuentro y también a volar, porque de eso sabemos los seres humanos, de vuelos y de la magia cotidiana cuando somos capaces de hacer de una palabra el lugar donde erigimos el corazón.

lunes, 28 de septiembre de 2015

El Chino nos convoca a ser mejores



** La obra poética de este escritor trujillano da testimonio de la coherencia ideológica y vital de un hombre que supo del compromiso y la entrega con lo más libre y justo que habita a los hombres.

Aún debe andar preguntándose cómo camina una mujer después de haber hecho el amor. Y con esa interrogante amanecemos de bala, como él, pero también de nubes y de sueños. Víctor Valera Mora, el Chino, nació en Trujillo el 27 de septiembre de 1935. De su infancia se sabe poco. Pero no es difícil imaginarlo contemplando el cielo y volando papagayos, corriendo libre a través del verdor, conmoviéndose con el color y el tacto de las flores, tal vez de allí le vienen el sentir de las gentes y sus llantos, sus risas y esperanzas.
Estudió el bachillerato en San Juan de los Morros, en el estado Guárico, y cuentan que precisamente en esos años empezó a delinear sus versos mientras leía poesía de los llanos venezolanos, escuchaba galerones y conocía poetas allende el mar.
En Caracas estudió sociología en la Universidad Central de Venezuela. Trabajó en la Universidad de Los Andes, en el antiguo Conac y en la biblioteca ambulante de los Ovalles,  conocida como La gran papelería del mundo.

De la poesía que sabe decirnos
Fue miembro del Partido Comunista cuando aún no cumplía veinte años y por rebelde fue encarcelado a finales de 1957, durante las manifestaciones contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Durante esos años el Chino fue un desenfrenado lector. En los años siguientes Venezuela vivió tiempos turbulentos, signados por la violencia ejercida desde el Estado. Levantamientos militares e insurrecciones estudiantiles y políticas, marcadas en la memoria por el Carupanazo y el Porteñazo.
La poesía del Chino siempre llevó en sus alforjas el sabor y el canto del Pueblo, por eso supo hacer nacer los versos que cantando y diciendo nos encuentran.
Acompañado de los escritores Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Pepe Barroeta y Caupolicán Ovalles, entre otros, Valera Mora fue miembro destacado de la Pandilla de Lautréamont, un grupo que proclamaba la necesidad de la poesía para todos.
En 1961 publicó La canción del soldado justo, un trabajo poético que enarboló las esperanzas y sueños revolucionarios de esa década. Luego, vinieron Amanecí de bala (1971) y Con un pie en el estribo (1972). Precisamente por su segundo libro fue catalogado de subversivo por un general de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM). El Chino no esperó la condena, ni la desaparición forzosa. Partió rumbo a Roma gracias a una beca. En la capital italiana escribió sus 70 poemas estalinistas, el último de sus libros publicado en vida, que le valió un premio en 1980.
El Chino Valera falleció el 30 de abril de 1984. Dicen que fue un mediodía acostado en su cama cuando le falló el corazón. Lo enterraron un 1 de mayo, como celebrando un oficio que con versos supo edificar la vida. Luego de su muerte fue editado el libro Del ridículo arte de componer poesía, donde se recoge su producción poética entre 1979 y 1984.

El Chino en versos
Probablemente no haya un poeta tan coherente entre sus versos y pensares. Vivió con la plenitud de los quijotes, sabiendo cómo se conquista el viento. El Chino fue de la generación de los 60, de esa que encontró al país entre los que se animaron a conquistar el cielo y los que se doblegaron. Él siempre supo estar del lado de la orilla en la que viven los que sueñan el mundo y se juegan la vida y como él, también la palabra.
Todo en su poesía tiene de amor, de tacto, de lucha y entrega. Aunque quisieron silenciarlo sus versos siguen incendiando la calma, son llama viva que ilumina el futuro que aún está por venir.
Earle Herrera, ese otro poeta y periodista, dice en el prólogo de la edición de Obras completas de Víctor Valera Mora, publicado por el Fondo Editorial Fundarte, en tercera edición en 2012, que “no hay artificio, no hay postura, no hay acomodo a una época o a una moda. El lector sabe y siente que lo que escribe el poeta, le sale de adentro, de lo más hondo”. Y esa hondura de la palabra del Chino Valera Mora, esa hechura humana capaz de trascender el papel, esa poética del compromiso que también sabe reír, es la que nos convoca siempre a ser mejores.



Tiempo de perros
VII
Por Víctor Valera Mora
“Os doy mi voz erguida
mi sangre de regreso hacia tu edad primera.
Juventud siempre antigua, recomenzada toda,
agonía, irreductible fusil de barricada.
El tiempo pide corazones enarbolados.
¡Uníos! ¡Uníos, fuertes picapedreros!
Implacable tormenta de puños
y metálicas lunas sea la marcha,
porque esta tierra es un río de rodillas,
hay que levantarlo.
Y yo, os aseguro,
la muerte de los lobos será de madrugada”.
(Del libro Canción del Soldado Justo. 1961)

Nuestro oficio (fragmento)
Por Víctor Valera Mora
“Podemos caer abatidos
por las balas más crueles
y siempre tenemos sucesor:
el niño que estremece las hambres consteladas
agitando feroz su primer verso.
O el otro, el de la disyuntiva,
que no sabe si hacerse flechero de nubes
o escudero del viento.
Jamás la canción tuvo punto final.
Siempre deja una brecha, una rendija,
algo así, como un hilito que sale,
donde el poema venidero pueda
ir halando, ir halando, ir halando,
halando hasta el mañana.
Nosotros los poetas del pueblo,
cantamos por mil años y más...”.

(Del poemario Canción del soldado justo. 1961)

sábado, 26 de septiembre de 2015

Biblioteca Ayacucho, referencia del pensamiento nuestroamericano



** Francisco Ardiles señaló que están trabajando en un volumen sobre el pensamiento filosófico y político de Hugo Chávez para ser incluido en la propuesta editorial de la institución.


Seguro que ha visto en cualquier edición de la Feria del Libro, que recorre el país todo el año, unos libros de tapas negras, con ilustraciones de artistas latinoamericanos, vistosos por la sobriedad con que invitan a la lectura. En las Librerías del Sur están alineados en unas estanterías destinadas especialmente para ellos, como si fueran un tesoro para recorrer tomo por tomo y sorprenderse con lo que cada uno contiene. De tapas duras o en ediciones llamadas rústicas, esos ejemplares  forman parte de la Colección Clásica de la Biblioteca Ayacucho. Probablemente una de las editoriales más importantes del continente americano.
La editorial venezolana insigne arribó este mes de septiembre a su 41 aniversario, un regalo para los lectores y las lectoras que encuentran en sus páginas no solo a grandes autores que han desarrollado sólidas obras literarias sino también el pensamiento filosófico y político de una geografía que empieza en la oralidad de la poesía maya, náhuatl o guaraní por ejemplo, hasta alcanzar la inmensidad de la palabra de Bolívar y la ternura del poeta venezolano Gustavo Pereira. Además cada libro tiene unos estudios introductorios sobre la obra de cada autor que son referencia obligada para investigadores del mundo entero.
El escritor Humberto Mata es el presidente de la Biblioteca Ayacucho, él es el continuador de una obra que empezó Ángel Rama y José Ramón Medina, en 1974, en el marco de la conmemoración de los 150 años de la Batalla de Ayacucho, tomando la idea de Don Andrés Bello que soñó con una gran enciclopedia del pensamiento latinoamericano.
Además de la colección clásica, Biblioteca Ayacucho lleva adelante su trabajo editorial con Claves de América, Expresión Americana, Documentos, Futuro, Paralelos y Ayacucho digital, en la que puede descargar cientos de tomos de forma gratuita (www.bibliotecayacucho.gob.ve).

En 1976 se publicó el primer volumen de Biblioteca Ayacucho, dedicado a la doctrina del Libertador Simón Bolívar. Y en 2015, en el marco de la Carta de Jamaica, el gran Libertador vuelve a Biblioteca Ayacucho, para conmemorar el bicentenario de uno de los textos fundamentales del pensamiento de Nuestra América.


¿Qué encuentra un lector en Biblioteca Ayacucho?


Francisco Ardiles, director ejecutivo de la editorial, señaló en el marco del aniversario de Biblioteca Ayacucho, que lo más importante que los lectores encontrarán en los libros que figuran en el catálogo de publicaciones es «el patrimonio cultural de las letras latinoamericanas, de aquello que fue escrito antes y después de la emancipación».
El Gobierno Bolivariano ha hecho en estos 16 años de Revolución un sostenido esfuerzo por garantizarle al pueblo el acceso a los bienes culturales. Es en ese sentido, que en materia editorial se creó el Perro y La Rana, y se le dio impulso a editoriales existentes como Monte Ávila Editores y Biblioteca Ayacucho. Hoy, frente a un nuevo aniversario de esta última, Ardiles comentó que «hay una lista original de ese primer consejo editorial de Ayacucho, de Rama y esa élite intelectual latinoamericana, de 500 títulos fundamentales». Sin embargo, señaló que fueron Stefania Mosca y Humberto Mata, ambos directores de la institución del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, quienes abrieron una brecha que permitió visibilizar parte de la obra de escritores venezolanos como Gustavo Pereira, Juan Calzadilla, Ramón Palomares y Ana Enriqueta Terán, que no estaban incluidos en la lista original de Rama.
«También notamos la ausencia de Ramón Díaz Sánchez, Salustio González Rincones y Ludovico Silva –señaló Francisco Ardiles- que son proyectos que se están realizando en este momento». Y en cuanto a escritores latinoamericanos contemplan incluir voces como las de Alejandra Pizarnik, Andrés Caicedo, José Ingenieros, Oswaldo Soriano, Rodolfo Walsh, Ernesto Cardenal y Roque Dalton, entre otros, aspirando así que la colección clásica se aproxime a los 600 títulos en los que las diversas voces de Nuestra América constaten la riqueza cultural e intelectual de esta región.



Ayacucho en el tiempo
«Para los próximos dos años –comentó el director ejecutivo de Biblioteca Ayacucho- tenemos en proyecto aproximadamente veinte títulos que están repartidos en las colecciones Clásica, Claves de Américas y Claves Políticas de América Latina». Agregó que precisamente en esta última el escritor Federico Ruiz Tirado trabaja junto a un grupo de intelectuales en un tomo dedicado al pensamiento de Hugo Chávez Frías. «Chávez es uno de los intelectuales primarios de América Latina, desde la oralidad y el discurso, llevó a cabo la construcción de un ideario político que removió las bases del continente», afirmó Ardiles.
El director ejecutivo de la editorial enfatizó que «el interés del presidente Nicolás Maduro y del ministro Reinaldo Iturriza, de quien hemos recibido mucho apoyo, es precisamente que lleguemos a los quinientos títulos, reimprimamos lo que está agotado de la Biblioteca Ayacucho e incorporemos a los que quedaron en la periferia. La meta es ambiciosa pero la lucha es larga».
Y es que 41 años no alcanzan para reunir en una sola biblioteca lo más y mejor de esta tierra que aún tiene tanto por decir, tanto por contar, por soñar y por pensar.

 

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