lunes, 21 de noviembre de 2016

Serenata Guayanesa



De la infancia más chica tengo dos tiempos de recuerdos. El primero llega con los planos de la represa en el trabajo de mi mamá y el casco blanco de mi padre cuando partía a su trabajo en la construcción del gigante hidroeléctrico que le da luz a más de la mitad de Venezuela. Luego, siento los inviernos y casi puedo tocar de pura memoria la llegada de la primavera cuando los jacarandás se pintaban de flores. En ambos lugares, en ambos hogares, las voces de Serenata Guayanesa, me dijeron de dónde venía. Mi madre cargó con los acetatos que guardaban el sonido de los instrumentos de su país a donde fuera y yo viajé con ellos.

A veces, cuando se tiene el corazón repartido, se tiene también la certeza del origen en la conmoción de los sabores, los tactos, las imágenes y los sonidos. Serenata Guayanesa cumple 45 años, yo casi cinco menos, así que puedo decir que me acompañaron toda la vida.

Serenata es la infancia. La mía. Y la de tantos niños que fuimos. Serenata es presente. Es la voz de Venezuela recogida amorosamente desde cada rincón del país. Golpes de tambor, joropos, polos y valses, suenan en sus voces como una caricia a nuestra identidad. En los bolsillos tengo a mano a Serenata cantándome Viajera del río, para no olvidar que el Orinoco me mira mirar la vida que surca el porvenir.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Estados Unidos


Imagen tomada de Internet.

Un afroamericano no necesariamente defiende los derechos de sus iguales, y una mujer tal vez sea más misógina que el peor de los hombres con esta desviación. Pero, es muy poco probable que un empresario traicione su sentido de la acumulación.
Son los pueblos los que deben unir esperanzas para caminar hacia el futuro, la única región que se conquista con los sueños.
América sigue siendo el continente de lo posible. Pese a todo seguimos demostrando que los grandes derrotados de nuestra historia reciente son los conglomerados mediáticos, que se han alejado, ojalá que no definitivamente, de la voz de todos.
Nos toca a nosotros, a los muchos, contar el tiempo que vivimos, reivindicando la condición de juntos y hacedores de esperanzas.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Un beso al atardecer



La foto, conocida por demás, es de Elliott Erwitt.
Lo mío siempre han sido los amaneceres. La contemplación de ese instante de luz que enciende el rastro del sueño y la nostalgia me conmueve. Pero puedo reconocer que de vez en cuando algún atardecer me deja sin aliento. Un domingo de estos enfilé a la panadería a golpe de ocaso en mi viejo auto bicolor, justo en la isla que cruza una de las avenidas más grandes de la ciudad, una pareja se besaba a esa hora en que el domingo se llena de silencio.
Una mujer y un hombre cualquiera. Ni muy jóvenes, ni viejos, dos como nosotros. Ellos, inconmovibles a todo lo que sucedía, se besaron para componer una de las postales más hermosas que he tenido la dicha de mirar con los ojos de afuera y los de adentro, porque hay un par de ojos que nos permite mirar sintiendo.
No sé cuánto duró el beso, no importa. En ese momento ellos fueron parte del paisaje que nos recuerda que la ternura es sobre todo una forma de abrazarse a la vida.

martes, 1 de noviembre de 2016

Diálogo



Un grito lanzado en medio del desierto sin que nadie lo oiga, ¿es acaso un grito? El llanto del niño a media noche, en la oscuridad, sin una madre que consuele la pesadilla, ¿es un llanto? Un poema de amor sin destinatario, ¿llega acaso a ser una declaración? ¿Qué vuelve nuestra voz, voz humana, sino el otro que nos escucha, que nos mira, que nos toca? El otro, que es prójimo en esta loca aventura de vivir.

Dialogar significa en primer lugar encontrarse y reconocerse. Después, si es posible, vendrán las coincidencias. Pero lo primero, lo que es innegociable para que nuestra voz se escuche es tender un puente hacia el otro, acortando la distancia y sobre todo haciendo menos sola la soledad.

Y no, a menos que seamos ermitaños, en el mundo habitamos los distintos, los que pensamos, queremos y soñamos de diversas maneras. Todo es válido, siempre y cuando respetemos la existencia de quienes nos rodean aunque nos parezcan disímiles.

La voz, la voz humana, la voz más nuestra, siempre necesita ser escuchada por otros para que de puro deseo se transforme en realidad tangible.

Por eso la paz se edifica en primer lugar sobre las palabras, porque con ellas, cuando llegan a buen puerto, quiere decir a buenos oídos, se convierte en un clamor de muchos que puede hacer posible la conquista del silencio para volverse canto.

lunes, 24 de octubre de 2016

Colectivos

 
Viniendo del sur, la primera referencia que me llega a la cabeza cada vez que escucho la palabra “colectivo” es el bus que paraba justo en la esquina de Catamarca y Dorrego, donde había una pizzería que servía cerveza Quilmes. Los años pasaron, como nos pasan a todos los que tenemos la suerte de seguir vivos, y tiempo y lugares después los colectivos han mutado hasta convertirse en una especie de masa aterradora que amenaza con llevarse todo a su paso.
En Venezuela, los colectivos, gracias a las grandes industrias de la información, son los grupos violentos, casi siempre vestidos de rojo y simpatizantes del chavismo, que tratan por la fuerza de violentar cualquier resquicio que haya sobrevivido del pasado.
Vuelvo a pensar en los colectivos, ya no en los de ruedas -que ahora llaman bondi, vaya a saber por qué misterio- que me llevaban y traían por la ciudad que se abría a la adolescencia, sino en esa forma de encontrarse para lograr juntos un objetivo. Un colectivo de lectores que decide reunirse para compartir obviamente lecturas. Uno de agricultores para sumar esfuerzos en la siembra o uno de artistas para hacer posible que la cultura y las artes se esparzan libremente.
Un colectivo no es más que un grupo de personas con inclinaciones comunes que aspiran más o menos a lo mismo, lo de la violencia o el color de la ropa, son las miradas que los demás, influenciados por los medios, ponen sobre ellos. Y si mi preguntan, no demoraría en responder que soy del colectivo de soñadores que cree que la Tierra puede sin lugar a dudas ser un mejor lugar, es decir, estoy sumada a miles y miles de personas que tienen voz, rostro y tacto, y creen que juntos pueden hacer del mundo, de este mundo, un hogar. ¿Que si pertenezco a un colectivo? ¡Claro! Al de los que aun no desesperan de tanto esperar.

viernes, 14 de octubre de 2016

Al amanecer



A veces me pasa. Antes de las cuatro de la mañana ya estoy calentando el agua del café. Ya con la taza en la mano, miro desde el noveno piso el paisaje que se abre aún en la oscuridad y entonces me doy cuenta del miedo que provoca el ruidoso silencio de la noche. No dura mucho tiempo, pronto la claridad se desparrama sobre el horizonte.
Hay quienes se acuestan a esa hora en que pudiéramos imaginar que los angelotes o las brujas revolotean, otros, abrimos los ojos cuando el día despunta en lo que queda del sueño o la pesadilla.
La madrugada es para la poesía y también para el rumor de los cuerpos, que es otra forma del verso por cierto, pero si le atenaza la soledad la madrugada es el momento perfecto para darse cuenta que ante usted todo es infinito, menos su dolor o despecho o incluso la felicidad. Ante el sol que nace desde el fondo, porque así lo percibimos, nos damos cuenta que pese a todo no somos más que simples espectadores del azar maravilloso de este planeta que gira y gira alrededor del fuego.
Nunca un amanecer es igual a otro. Cada día las tonalidades con que el cielo se ilumina es diferente. Este hallazgo que hago cada mañana con los ojos abiertos, tomando lentamente el primer café del día, me trae de vuelta el milagro de la vida, de esta que me tocó por pura casualidad, y así vestida pese a todo lo que venga después, sé que me encontraré mañana con el rumor de la noche que cae vencida ante la luz. 


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