Desear(te)


El futuro, así nos quede un día más por vivir.
Una tarde de lluvia en el balcón.
La esperanza en la humanidad.
Un domingo de madrugada para escuchar el sol cuando nace.
Una película de amor, que sea desparpajadamente cursi, para recordar lo que he perdido.
Verme en el espejo, un miércoles por ejemplo, y no sentirme abatida por la rutina o la nostalgia.
Tu voz al despertar.
El rumor del mar, que como el amor, se cuele entre los sueños y me acaricie.
El final de un libro que no se acabe, sino que viva en la memoria.
Un poema al oído que sea como una declaración de amor cuando ya creíamos que nos habíamos rendido.
La paz verdadera, es decir, la paz y la justicia porque si no están juntas, no son.
El sosiego.
La certeza del trabajo bien hecho.
La honestidad como una religión que tiene por único dios al otro.
Encontrar la belleza en la cotidianidad.
Que el periódico de cuenta de las alegrías juntas y deje de ser un parte de miserias.
El silencio en vez del grito.
El aroma del café recién colado.
Los ojos de mi madre.
La vejez sin abandono.
Un país que sea un país y no un desierto.
Los olores a especias en un almuerzo entre amigos.
Una copa de malbec, compartida mejor.
Una cama deshecha por el roce y el tacto de tu cuerpo y del mío.
Cocinar escuchando trova porque canta lo que siento.
Decir lo que se piensa sin más prohibición que la de herir al prójimo.
Tus fotos un viernes por la noche y saber de qué paisajes vienes.
Soñar, soñar y poder emprender el vuelo.
Creer en la utopía aunque solo sea para alumbrar el camino.
Encontrarte porque hemos decidido juntar fragmentos para querer una vez más.
Otra copa de malbec.
Y otro amanecer.
Y el futuro y el amor aunque sean por un día, un mes, un año, o lo que queda en la arena de nuestras vidas.

Escuchar


Dice la tía Beatriz que de la abuela Carmen heredé el gusto por la madrugada, tal vez a ella, como a mí, le emocionaba escuchar el rumor del sol antes de que se asome en la línea del horizonte. Y es que de los sentidos el oído es el primero que despierta. El llanto de un recién nacido anuncia la vida. Sabemos que el agua está lista para colar el café porque silba desde la hornilla. El agua que llega después de 24 horas se anuncia en el aire de las cañerías todavía vacías. La humedad de la tierra habla de los brotes cuando el sonido de la lluvia despierta al polvo. La lluvia nos atraviesa de nostalgia cuando toca las ventanas y entra.
Es en el sonido donde también evocamos algún recuerdo. Un beso es mejor cuando lo traemos de oídos de una vieja canción que supimos grabar de la radio. Sabemos de los juegos infantiles en las risas y en los gritos de la plaza. El amor en el roce de los cuerpos. La palabra en la lengua que acaricia el cielo de la boca. El abrazo cuando escucho latir tu corazón contra mi pecho
La amistad tiene su melodía en la taza té o en una copa. La esperanza en el futuro tiene la voz de mi sobrina. ¿Y la pasión? Suena en las teclas de un teléfono que por ahora apenas sabe nuestros nombres. La guerra también se anticipa en el ruido de los sables y de las balas. La oscuridad se despereza cuando las alas de la luna la saludan y en el sueño el rumor de las sábanas, como el de las olas, nos adormece en un arrullo apenas audible.
Escuchar y escuchar bien es una forma de sentir, de saber, de aproximarse, de hacer prójimo lo distante. Aprendí, como supongo que también la abuela Carmen lo hizo, que cada cosa del mundo tiene su música. Y claro, también los pueblos cuando cruzan la historia, por eso hay que escuchar antes de que se encienda la larga marcha que no tiene retorno.

Mariposas


Tengo una mariposa monarca que aletea en las entrañas. Será por el miedo a estas ganas de  querer y que no me quieran. Todas las angustias caben en sus alas. Así constato que la fragilidad es nuestra y no de las mariposas. Somos el capullo donde por primera vez intenta volar y con ese alumbramiento vienen sus miedos, es decir los nuestros.
Miedo a perderlo a todo, a quedarse solo, a morir pronto.
Miedo a la calle sin semáforos, pero con asaltantes que tienen por luz pistolas relucientes.
Miedo a quedarse sin trabajo, a que no alcance el sueldo, a que la cuenta se quede sin ceros,
al dolor también le tenemos miedo, al del cuerpo y sus enfermedades y al del alma que también se consterna y llueve para adentro.
Miedo a la jodida soledad de un domingo sin amparo de la risa, a decirlo todo y que alguien nos sorprenda en la tristeza.
Miedo a quedarse sin azúcar para el café un día feriado.
A ser pobres y ser víctimas de las estafas económicas y del corazón.
Miedo a descubrirnos ciegos, sin ojos para el amanecer o para un libro,
al silencio de una noche con lluvia y a la lluvia sin paraguas,
a los zapatos rotos, a la alambrada que por abrazo nos puede dar el traidor,
a quedarse sin internet y descubrir que los amigos también se fueron,
a la locura o a la lucidez sin cortapisas, que es una forma de estar loco.
Miedo al miedo, al cuerpo que no se parece a la modelo de la tele,
a la mentira y a que nos descubran en ella,
a las manos que no sepan de caricias y a los labios sin deseo.
Miedo a las dictaduras tenemos todos y que nos desaparezcan en ellas,
a quedarse sin hijos o a tenerlos y que se vayan lejos.
Miedo a la muerte, al olvido, al llanto,
miedo a emborracharse y cantar rancheras.
Miedo al miedo y miedo también a no tener miedo.
Somos esta mariposa que aletea y tiene miedo de no poder emprender el vuelo.

Ají dulce


Con los años llegan rituales y mañas. Los humanos somos unos acumuladores de gestos y recuerdos. Cuando la vida va pesando, que es una forma de pasar nosotros a través de ella, la memoria va tomando forma y deja de ser fantasma para convertirse en compañera. Nunca fui allegada a la cocina, no porque no disfrute los placeres de la carne, sino que el fuego y los cuchillos me han dado pereza.
Al llegar a esta edad incierta, entre la juventud y la vejez, me ha tocado dedicar algunas horas a las hornillas y a las ollas. Debo confesar el arrebato que me producen los colores de las verduras y la satisfacción que he aprendido a encontrar en los aromas de ciertas sustancias que puestas al fuego lo bañan todo.
Así fue que me reencontré con el ají dulce, capsicum  es su nombre científico, el que mi madre cortaba con esmero en sopas y sofritos. Cuando voy al mercado y lleno una bolsa de rojos y verdes, pienso en su sabor. Me alegra siempre el paladar cuando descubro que lo dulce era picante. Prefiero nunca probarlos antes, me quedó con el misterio de la fragancia cuando la sartén toma temperatura. Los ajíes dulces, sabor de la cocina venezolana, olor de las manos de mi madre, son una sorpresa. Rojos o verdes pueden resultar al punto de una lágrima. Finalmente así es la vida, ni más ni menos. El amor o el deseo, pasado por el fuego, puede arrojar la dulzura o el picor de un buen plato para guardar en el recuerdo. 

Zapatos


Los pies del migrante, los del pescador, los del niño que pide una limosna, los de la señora que trabaja en el apartamento del frente, los del mecánico, los pies del político, los del abuelo que madruga para cobrar la pensión, mis pies, los del taxista, los del burócrata, los pies del hijo del embajador, los del sindicalista y los del obrero, los pies más o menos desnudos de la suerte y el destino, los pies vestidos de último modelo o de última pobreza.
En los días de lluvia es cuando más se nota y cuando más se extrañan unos buenos zapatos, unos que tengan las suelas enteras. Muchos zapatos viejos vi en los ojos de algunos de mis compañeros de primaria, muchos veo hoy cuando cruzo las calles. Yo misma he ido dejando suelas desconcertadas ante el disimulo que pretendo al cambiar la luz del semáforo.
La pobreza es más pobre cuando los zapatos se gastan. La distancia es más larga cuando descubrimos en el otro unos nuevos que no tienen encima el polvo del camino. Y la lluvia siempre es más lluvia en un par roto que nos saluda con desgana desde abajo, por donde se cuela el agua sucia del asfalto.
¿Cuáles son sus pies y cuáles sus zapatos?

Ilegales


Hace 2,5 millones de años nuestros abuelos Australopithecus, mujeres y hombres arcaicos, por llamarlos de alguna forma, salieron de África rumbo a Europa y Asia, primero y luego fueron conquistando cada centímetro de tierra. La historia del ser humano es la historia del movimiento, del recorrido, del viaje, porque el mundo, desde sus comienzos y ojalá que hasta su final, es la casa común, el hogar de todas y todos los que poblamos, por azar o decisión divina, su superficie.
Somos por naturaleza caminantes, andamos buscando lo que se nos ha perdido y lo que no. Visto así, no hay un solo hombre o mujer sobre la tierra, que no provenga de este primer ser humano que se embarcó en la aventura de perderse y encontrarse.
En el tiempo primigenio no había más fronteras que las del paisaje. Miles de años después los seres humanos seguimos cruzando desiertos, océanos, montañas y selvas. Las guerras, el hambre, el miedo, la esperanza y el amor, se han sumado en el corazón de la loca aventura del vivir. Si en aquella época hubieran existido las alambradas, los muros y las rejas seguiríamos siendo unos casi simios ilegales todos nosotros.

Búsquedas


El polvo me mordió el cuello y desató una nube de nostalgia. Viejas cartas de amor aparecieron en la búsqueda desesperada de un documento legal que necesito con urgencia. Con el tiempo las palabras que nos fueron destinadas se olvidan y cuando por azar los papeles vuelven se convierten en una caricia que nos recuerda que antes también estuvimos vivos y que alguna vez también fuimos amados.
Colecciono recuerdos. Con ellos he andado autopistas y aeropuertos. Algunos se han ido quedando en el fondo de maletas en los que conviven junto a cartas de referencias, títulos y constancias de trabajo. Todo lo que he sido duerme en la sombra.
Como caracoles llevamos con nosotros lo que fuimos, pero tal vez lo que más pesa son los sueños incumplidos, los amores que no fueron, los amigos que perdimos, los paisajes que sabemos que no volveremos a ver y sobre todo, los abrazos que debimos dar y que por alguna razón se quedaron en un gesto, inconclusos.

De la búsqueda sin resultado me quedé con este sabor de la nostalgia y las manos sucias del tamo que van juntando los fragmentos de memoria que han vuelto a encenderme.

Desear(te)

E l futuro, así nos quede un día más por vivir. Una tarde de lluvia en el balcón. La esperanza en la humanidad. Un domingo de madr...