viernes, 9 de junio de 2017

Afilador

Hay días en que la nostalgia rasga la madrugada. En esas ocasiones los sonidos se vuelven compañeros de las horas que esperan el amanecer. Hay ruidos que se provocan como el del agua al hervir para colar el café, otros que se descubren aguzando los sentidos, como el vuelo de un pájaro extraviado en la noche, un frenazo a lo lejos o la voz recortada entre las paredes de alguien más que abrió los ojos antes de tiempo. Hay también algunos que asaltan durante el insomnio y que no hay cómo retener para que se queden después y nos sigan hablando durante la vigilia. Es la melancolía que a veces llega sonora.
Hace apenas unas horas me hizo compañía el recuerdo del afilador de tijeras cuando llamaba desde su bicicleta.
¿Qué se habrá hecho de quienes practicaban ese oficio, los amoladores que recorrían las calles haciendo saltar estrellas y notas? La nostalgia me trajo un retazo de infancia en la armónica que todavía pasea las calles de la memoria.

miércoles, 7 de junio de 2017

Del odio y del fuego

Esta semana me ha dolido el cuerpo. Esta sensación sorda que me invadió por partes hizo que entendiera que tengo tobillos, rodillas, muñecas, ojos, riñones y cabeza. Esta sustancia que viene desde afuera, porque la enfermedad viene de algún lugar lejano, se apoderó de cada pliegue, hasta tal punto que quise irme. Por suerte pasó, no sé si del todo, pero lo suficiente para querer quedarme por ahora.
Esta semana me ha dolido el alma. Es decir las entrañas, el corazón, los ojos, la boca y cada una de las partes de mí que sirven para expresarse. Me ha dolido la humanidad que me habita.
Cuando un ser humano es asesinado por el odio de otro igual a él, cuando un hombre muere a manos del desprecio y el rencor, lo más terrible y lo más temible de nuestra historia emerge. 
Un hombre caído a manos del fuego que otro hombre enciende es convertir a Prometeo en un animal que no vale la pena ni llorar, justamente a él que nos hizo sabios y eternos. Esta semana entendí la soledad con la que hemos llorado juntos la muerte de un hermano y he visto cómo el silencio es capaz de asesinar al caído.

miércoles, 17 de mayo de 2017

La noche de las antorchas

Esa noche de mayo de 1933 caminaron por las calles. Llevaban antorchas encendidas y una lista de libros peligrosos. La mayoría de ellos eran jóvenes estudiantes. Doble propósito tuvo aquel fuego. Con él saludaron al terror y al odio, y se lanzaron ciegos a la destrucción del papel como si con aquel gesto pudieran exterminar la sensibilidad y la inteligencia.
Más de 15 millones de judíos, polacos, gitanos, homosexuales y comunistas fueron asesinados durante el reinado del nazismo en Europa.
También por aquellos años, en octubre de 1936, el fundador de la legión española, el general Millán Astray tuvo un encuentro con Miguel de Unamuno. El primero, viejo fascista español, irritado ante el verbo del poeta vasco, le espetó “Qué viva la muerte”, una rara paradoja que dejó al descubierto la irritación que el fascismo le ha tenido siempre a la inteligencia humana.
200 mil desaparecidos tiene España como una herida abierta.
84 años después, en mayo de 2017, muy lejos de la Europa de Hitler, Mussolini y Franco, resuenan aquellos ecos y encienden la noche las antiguas antorchas que creíamos apagadas.
“Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión”, dicen que dijo Unamuno en la Universidad de Salamanca.

El odio no puede convencer sino a aquellos pocos que pretenden convertir la vida en una hoguera y de esos, no somos nosotros. 

viernes, 5 de mayo de 2017

El Torino rojo

La abuela Rosa llenaba la canasta de mimbre con los antojos que a cada uno nos podía dar en los largos viajes que emprendíamos en el Torino rojo, cada verano rumbo a Uruguay. En la cesta había desde pastafrola rellena de membrillo, hasta el kilo de yerba mate que mi madre tan latina aprendió a disfrutar en aquel ritual de compartir historias y conversas.

Más de diez horas, que apenas se interrumpían para estirar las piernas e ir a los baños de las carreteras, me enseñaron que para pasar el tiempo alcanza con un mate y la charla animada de la gente que se quiere. Esos viajes me dejaron sobre todo la certeza de que el hogar está justo donde habitan los mejores recuerdos.

lunes, 24 de abril de 2017

El abismo

Un niño de preescolar dice, grita más bien, para la alegría de quienes presencian la escena, -que se vaya, que se muera,- refiriéndose al presidente de un país electo democráticamente. La madre, una mujer de clase media, como tantas otras, aplaude la valentía de su hijo. Alrededor secundan la gracia infantil.
¿Qué sociedad nos espera cuando ese niño inoculado de odio sea un adulto? Sabemos cuándo y cómo se origina el fascismo más puro, la más terrible forma humana del desprecio al otro, que piensa y siente distinto, pero no sabemos dónde acabará.
¿Harán falta los treinta mil desaparecidos de Argentina durante la dictadura, los otros miles de exiliados y asesinados del franquismo, los ochocientos mil tutsis víctimas del más cruel genocidio en Ruanda, los millones de desplazados de Colombia, para darnos cuenta que estamos al borde de un precipicio que probablemente no tiene fondo? Y entonces pregunto, me pregunto, ¿somos capaces de lanzar a nuestros hijos a ese abismo?

viernes, 31 de marzo de 2017

Los abrazos



Maneras de abrazar hay muchas y también son muchas las formas de ser abrazados. Hay abrazos que abrasan. Y otros que inundan. Hay abrazos que como un río sumergen y de ellos se sale casi asfixiado. Hay abrazos entre sábanas que nos dejan sin aliento y otros que son fríos y duelen como un adiós. Algunos hay que son apenas un gesto y otros para los que basta una mirada. En algunos quisiéramos quedarnos para siempre, aunque sean de un verano. Hay abrazos que son muchos, abrazos que se dan juntos como pueblo y futuro. Abrazos hay de todos los tipos y cada uno se ajusta a nuestra talla, los abrazos nunca sobran y seguro siempre faltan. Hay abrazos alegres y otros que se visten de luto. Hay abrazos mudos, mientras que otros  provocan algarabía. De algunos hay que irse pronto y algunos a los que nunca alcanzamos a llegar aunque procuremos la cercanía. De los abrazos, los mejores, son los que nacen del amor, esos son los que se quedan para siempre y dejan arrugada el alma que es la encargada de contabilizar las veces y las formas en que nos hemos dado a los demás.

martes, 7 de marzo de 2017

24M / Nunca más



Llegué en 1983, tenía cinco años y un montón de compañeritos que usaban como yo un mandil de cuadrillé azul y blanco. Después como era lógico vino el guardapolvo blanco, de anchos tablones en el frente y un enorme lazo a la espalda, típico de las niñas de primaria. Con él llegaron las clases de geografía y de historia, de manualidades y dibujo, de lengua y matemáticas. No recuerdo si fue en segundo, tercer o cuarto grado que una niña rubia se incorporó a la escuela, se llamaba Susana, tenía acento cubano aunque era argentina. Era tímida, tanto como yo en aquellos primeros años. Susana Vaca Narvaja, vivía un desexilio. Regresaba a su país natal, de la mano de sus padres, después de la dictadura. Probablemente ella, que desapareció de nuestro salón de clases de un día para otro, ni se acuerde. Se fue de la misma manera en que llegó, sin aviso. La recuerdo por lo que significa su nombre, por las preguntas que hice apenas supe de dónde venía. La de ella, la de muchos, era una historia que se murmuraba, nadie hablaba de lo que había pasado. Las maestras decían que en secundaria aprenderíamos. Pero tampoco ahí supimos mucho. La historia recién empezaba a contarse.

Susana podría haber sido asesinada aún antes de nacer o podría haberse criado en una familia que no fuese la suya. Susana, como yo, como tantos, pertenece a la generación de los nietos de las abuelas de Plaza de Mayo, nuestros padres, podrían haber sido los hijos desaparecidos de las Madres de Plaza de Mayo.

Somos de una generación que creció en silencio, porque aún había miedo de responder y sobre todo de preguntar por las heridas. Pero un día esa misma generación se animó a salir a las calles a exigir que se 'vayan todos'. Después, valiente, levantó las banderas azules y blancas, para quedarse con el hombre que se animó a retirar el cuadro de Videla de la Casa Rosada.

Han pasado décadas. De Susana tengo el recuerdo intacto de sus cabellos rubios. Y del asombro de la vida cotidiana, la esperanza de que Nunca más tengamos que susurrar la tragedia.  

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