martes, 28 de abril de 2015

Gabriela Mistral, un nombre en el que Chile se hace verso nuestroamericano



** La poeta y docente fue la primera mujer de habla castellana en recibir el Premio Nobel de Literatura en 1945 por “su poesía lírica que, inspirada por poderosas emociones, ha convertido su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano”.



Chile tiene grandes voces que lo nombran y sus ecos se extienden desde el sur más lejano hasta el desierto, allá en el norte. A lo mejor esa extraña manera de vivir entre la Cordillera y el mar, como habitando entre dos inmensidades, ha hecho posible que ciertas voces hayan aprendido a levantar vuelo, tal vez para conversar con las estrellas.
Neruda, Allende, Violeta y Gabriela, son algunos de los nombres de ese sur mineral que cantaba el argentino César Isella en Canción con todos, aquel poema de Armando Tejada Gómez que describe el transitar largo de esta América Nuestra.
“Sol de Alto Perú, / rostro, Bolivia, estaño y soledad, / un verde Brasil, / besa mi Chile, cobre y mineral; / subo desde el sur / hacia la entraña América y total, / pura raíz de un grito / destinado a crecer y a estallar”. ¿Y es que acaso no estalló la voz inmensa de Gabriela Mistral? ¿Acaso no supo ella ser verso de esta tierra en la que caben todos los sueños?
Gabriela, la de Chile, la primera mujer latinoamericana en recibir el Nobel de Literatura, eligió su nombre cuando presentó en 1914 su poemario Sonetos de la muerte, en los Juegos Florales que se habían organizado por aquel año, y que por cierto ganó. El seudónimo rendía tributo al italiano Gabriele D’Annunzio y al francés Frédéric Mistral, dos escritores que ella admiraba desde la juventud.
Así, Lucila Godoy Alcayaga (Vicuña, 7 de abril de 1889 - Nueva York, 10 de enero de 1957) quedó para siempre en sus versos como Gabriela Mistral, la Gabriela de Chile, la que supo quedarse para siempre prendida a su oficio de poeta, de educadora para la libertad, de feminista adelantada a su tiempo.
Su poesía está colmada de los paisajes de su infancia y de los olores de la tierra. Se dedicó a la docencia cuando en 1904 comenzó a trabajar como profesora ayudante en una escuelita en La Serena y por esos años empezó a mandar colaboraciones al diario El Coquimbo, y luego a La Voz de Elqui.
Aunque las estrecheces económicas no le permitieron estudiar para maestra, en 1910 convalidó sus conocimientos ante la Escuela Normal № 1 de Santiago, donde obtuvo el título oficial de profesora de Estado, lo que le permitió ejercer la docencia en el nivel secundario. Y es que Gabriela tuvo una larga y rica formación autodidacta.
Su experiencia como maestra en distintos pueblos de Chile dejó una honda mirada que imprimió en sus palabras, desde los versos hasta en los artículos en que reflexionaba sobre la mujer y la educación.
En 1922 el Instituto de las Américas de Nueva York publicó su primer libro, Desolación. Sus versos a diferencia del modernismo aristocratizante de aquellos años, sabían bien de la textura de la geografía americana.
Ese mismo año fue invitada a México a colaborar con la reforma educativa de ese país. A partir de ahí Gabriela inició una vida errante que la llevó primero a Estados Unidos y luego a Europa en un largo viaje en el que exorcizó sus dolores en la docencia y en la poesía, dictando conferencias en diversas universidades.
También realizó un periplo por América Latina. En 1931 estuvo en Puerto Rico. Y en Nicaragua, el general Augusto Sandino la nombró “Benemérita del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional”. Además, dio discursos en la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, en Santo Domingo, en Cuba, y en otros países de América Central. Justamente la noticia de que había ganado el Nobel la recibió en 1945 en Petrópolis, ciudad brasileña donde desempeñaba la labor de cónsul desde 1941.
Gabriela Mistral fue designada por su país para ocupar cargos importantes en España, Portugal y Francia. Durante su ir y venir sintió cómo las raíces de su historia personal, ligadas profundamente a su país, fueron tejiendo una red que creció en la distancia.
A finales de 1945 regresó a Estados Unidos por cuarta vez, entonces como cónsul en Los Ángeles. Con el importe del premio, se compró una casa en Santa Bárbara. Y en 1953 fue nombrada cónsul en Nueva York.
Precisamente esa nostalgia que recuperó en la imagen honda de América se vio reflejada en sus libros Tala y Lagar, y luego en su gran Poema de Chile, publicado una década después de su muerte, en el que trabajó como una orfebre de la palabra durante los últimos años de su vida.
Ella, que enseñó a ser libre y amar en sus versos, se quedó sembrada en el paisaje austral de su infancia, donde estipuló en su testamento que se donara el dinero producido por la venta de sus libros. La poeta quiso así quedarse en los niños del valle del Elqui, donde está el recuerdo de su infancia.
Gabriela Mistral, la poeta chilena, es memoria encendida de la palabra que nombra a esta América que empieza allá en México y se extiende en su largo transitar por la esperanza, hasta el sur de La Patagonia.



El grito (fragmento)
Por Gabriela Mistral

“¡América, América! ¡Todo por ella; porque nos vendrá de ella desdicha o bien!
Somos aún México, Venezuela, Chile, el azteca-español, el quechua-español, el araucano-español; pero seremos mañana, cuando la desgracia nos haga crujir entre su dura quijada, un solo dolor y no más que un anhelo.
Maestro: enseña en tu clase el sueño de Bolívar, el vidente primero. Clávalo en el alma de tus discípulos con agudo garfio de convencimiento. Divulga la América, su Bello, su Sarmiento, su Lastarria, su Martí.
Describe tu América. Haz amar la luminosa meseta mexicana, la verde estepa de Venezuela, la negra selva austral. Dilo todo de tu América; di cómo se canta en la pampa argentina, cómo se arranca la perla en el Caribe, cómo se puebla de blancos la Patagonia.
Periodista: Ten la justicia para tu América total. No desprestigies a Nicaragua, para exaltar a Cuba; ni a Cuba para exaltar la Argentina. Piensa en que llegará la hora en que seamos uno, y entonces tu siembra de desprecio o de sarcasmo te morderá en carne propia.
Artista: Muestra en tu obra la capacidad de finura, la capacidad de sutileza, de exquisitez y hondura a la par, que tenemos. Exprime a tu Lugones, a tu Valencia, a tu Darío y a tu Nervo: Cree en nuestra sensibilidad que puede vibrar como la otra, manar como la otra la gota cristalina y breve de la obra perfecta.
Industrial: Ayúdanos tú a vencer, o siquiera a detener la invasión que llaman inofensiva y que es fatal, de la América rubia que quiere vendérnoslo todo, poblarnos los campos y las ciudades de sus maquinarias, sus telas, hasta de lo que tenemos y no sabemos explotar. Industrial: tú deberías ser el jefe de esta cruzada que abandonas a los idealistas.
¡América y sólo América! ¡Qué embriaguez semejante futuro, qué hermosura, qué reinado vasto para la libertad y las excelencias mayores!

1922.- Santiago de Chile.
(Revista de Revistas, México, D. F.)

lunes, 20 de abril de 2015

Eduardo Galeano se fue a caminar por los días



** El entrañable escritor es un malabarista del verso que supo cómo convocarnos a la ternura de descubrirnos hechos de historias y de voces que la cuentan.


Galeano se nos fue aunque se quede. La emoción de un nuevo libro ya no estará cerca, aunque siempre sorprendan, sacudan y estremezcan las nuevas lecturas y relecturas posibles e imposibles. Muchos lo conocimos por las Venas abiertas de América Latina, publicado por primera vez en 1971, y a través de él vislumbramos la honda cicatriz que recorre de cabo a rabo esta América que empieza en La Patagonia y termina abrupta en el río Bravo, un continente dividido en dos y que como él, esperamos que algún día sea uno solo.
Eduardo Galeano, ese escritor entrañable para sus lectores, es un hijo de los días, un malabarista del verso que supo cómo convocarnos a la ternura de descubrirnos hechos de historias y de voces que la cuentan. Con su rarísima manera de narrar entre el verso y el cuento nos dio la oportunidad de encendernos y de brindar por el futuro que tiene tanto de utopía y de sueño.

Su obra es un canto a la esperanza y en ella nada de lo humano quedó afuera. Todo su talante, su oficio de escritor y de periodista comprometido quedó para siempre en las páginas que nos muestran la historia del mundo que no cuentan los poderosos, los que se creen vencedores, por eso debería ser materia de estudio en las escuelas de comunicación, aunque con él los jóvenes se pregunten de dónde nos viene esta manía de resistir y resistirnos al silencio.

Galeano, ese uruguayo tan nuestro como el Machu Picchu, las favelas de Brasil, el 23 de enero de Venezuela, las madres de Plaza de Mayo en Argentina o el Chile de Allende o la Bolivia con rostro de indígena, ese Galeano que supo tanto de Nuestra América, ese hombre de sueños multicolores que sabía contar con la voz entera de esta tierra rebelde, claro que está en sus libros y sobre todo, estará en las lecturas que hagamos juntos para seguir haciendo nacer el futuro.

Seguirá cómo no en los sueños de Helena, su mujer, que le contaba las andanzas de su imaginación dormida. Quién sabe, a lo mejor ahora se cuele en las noches de luna para espiarnos los sueños y susurrarnos nuevas historias.

“Tuve una infancia muy mística; pero no me fue bien con la santidad”, se defendió hace años el propio Galeano, quien nació en Montevideo el 3 de septiembre de 1940 y falleció el 13 de abril de 2015, en el seno de una familia católica de clase media.

“Gius” apareció pronto, cuando Eduardo Germán María Hughes Galeano, con poco más de una década de edad publicó sus primeras caricaturas en el diario El Sol, un periódico socialista que circulaba por aquellos tiempos en Uruguay. Empezó a trabajar siendo muy joven, se desempeñó en cuanto oficio le ofreciera un salario, fue así que anduvo de obrero en una fábrica de insecticidas y fungió como recaudador, pintor de carteles, mensajero, mecanógrafo, cajero de banco y editor.

La década del setenta sorprendió al sur de nuestro subcontinente con dictaduras militares. En Uruguay un grupo de extrema derecha encarceló a Galeano. Por esta razón se marchó al exilio en Argentina, pero en el país vecino la situación no era diferente y el régimen de Videla tomó el poder tras un alzamiento militar sangriento, que tiene en su haber miles de desaparecidos. Su nombre se sumó a la larga lista de aquellos condenados por los escuadrones de la muerte. De esos días de desarraigo y desesperanza nació su libro Días y noches de amor y de guerra.

Pronto tuvo que alzar el vuelo. Galeano encontró refugio en Cataluña, en Calella, al norte de Barcelona, donde publicó en revistas españolas, colaboró con una emisora radial alemana y un canal de televisión mexicano. La trilogía Memoria del fuego es de este período y tal vez sea uno de sus libros más hondos, descarnados y el que mejor retrata la larga historia de América.

Finalmente volvió a su país en 1985. Entre tantos libros escritos por Galeano se encuentran La canción de nosotros, El descubrimiento de América que todavía no fue y otros escritos, Nosotros decimos no, Ser como ellos y otros artículos, Amares, Las palabras andantes, Úselo y tírelo, El fútbol a sol y sombra, Patas arriba: Escuela del mundo al revés, Bocas del Tiempo, Espejos: Una historia casi universal y Los hijos de los días. Por su trabajo incansable y por ser una de las voces imprescindibles de nuestra América recibió doctorados Honoris Causa en Cuba, El Salvador, México y Argentina. Además ha sido galardonado con el Premio Casa de las Américas y el Premio Alba de las letras.

Cronista incansable de este tiempo, Galeano siguió de cerca los sucesos que van marcando el presente y ante ellos nunca permaneció en silencio. Con su voz certera denunció siempre la dictadura del capital, del neoliberalismo y su voracidad contra la tierra, y celebró como pocos al ser humano y su infinita capacidad de volver a la ternura aunque haya vivido de cerca la miseria.

Galeano, es cierto, se fue. Pero decimos que se queda en esta digna revuelta de voces y abrazos con que le decimos presente a la vida.




Galeano, uno

Por Marialcira Mature

Uno con Nuestra América, uno con la historia contada por nosotros, uno con las causas justas, uno consigo mismo y uno con su decir y hacer. Galeano único, el que nos queda en sus libros, el que nos seduce con sus lecturas en voz alta, con su maestría literaria, con su ironía y su desparpajo. Galeano, que como dijo de Chávez en su visita a Venezuela para presentar “Los hijos de los días”... “Me dijeron que murió. Pero yo no me lo creo”.



El aire y el viento

Por Eduardo Galeano

Por los caminos voy, como el burrito de San Fernando, un poquito a pie y otro poquito andando. A veces me reconozco en los demás. Me reconozco en los que quedarán, en los amigos abrigos, locos lindos de la justicia y bichos voladores de la belleza y demás vagos y mal entretenidos que andan por ahí y por ahí seguirán, como seguirán las estrellas de la noche y las olas de la mar. Entonces, cuando me reconozco en ellos, yo soy aire aprendiendo a saberme continuado en el viento.

Me parece que fue Vallejo, César Vallejo, quien dijo que a veces el viento cambia de aire.

Cuando yo ya no esté, el viento estará, seguirá estando.


Tomado de El libro de los abrazos

martes, 17 de marzo de 2015

No volverá nunca más el silencio



Durante siglos supimos hacer la tarea. A la orden de la mudez, respondimos con silencio. Calladitos recorrimos la historia de la conquista. De vez en cuando, claro está, se levantó algún rebelde como José Leonardo o Andresote que no quisieron hacer buena letra y lanzaron un grito a mitad de la noche. Todos lo escuchamos, al grito. No es que no hubiéramos querido unirnos. A lo mejor no supimos cómo, a lo mejor los grilletes y las cadenas, el hambre y el fuego, pudieron más que todas nuestras ganas.
Con la llegada de la Independencia levantamos un poco más la voz aunque todavía hablábamos quedo. Cansados de que las palabras no dijeran nunca libertad, ni vuelo, ni sueño, ni esperanza empezamos a saborearlas muy lentamente, no sabíamos exactamente de qué se trataba, pero el gustito nos despertó. El bullicio lo armaron Gual y España primero, Miranda, Bolívar, Manuela, Sucre, Anzoátegui, Piar y Zamora después. Aunque la lista de los revoltosos es larga porque nos sumamos desde todos los puntos cardinales, en menos de lo que hubiéramos querido nos quedamos otra vez con la garganta seca de tanto llamar para desencontrarnos. Y así enterramos con camisa ajena al hombre que después, desde las plazas del país, nos arengaba apenas con los ojos porque el bronce es mudo en la solemnidad de las palomas. No sabíamos aún cómo hablar y cómo prolongar el grito. Nos pesaba la costumbre del miedo que sabe cómo andar en sigilo.
Siglos pasaron de mirarnos en un espejo sin siquiera poder pronunciar nuestro nombre. De pronto otra vez una voz, que eran algunas voces, ellas poblaron montes y ciudades, para decir esperanza. Entonces blandiendo la paz de los cementerios nos conminaron a cerrar la boca. Apretamos los dientes y pusimos los ojos en otro lado. No sé de dónde sacamos tanta fuerza para mantener los labios fruncidos en una mueca larga. Las palabras para describir todo aquello se quedaron en el estómago. La vida se nos fue pasando. La resistencia como ha demostrado el tiempo transcurrido la pusieron cerro arriba, monte y barrio adentro. Y aunque al principio fue como un murmullo, casi pisando la década del noventa las palabras tanto tiempo agolpadas contra las comisuras salieron disparadas en todas direcciones. Todas ellas decían rebeldía, justicia, pueblo… hablaban de nosotros y utopía. Para callarnos tuvieron que decir Peste y desaparecidos. Nosotros dijimos no más olvido.
Pocos años después otro quijote encendió la madrugada. Y dijo por ahora y volvió a decir esperanza. De este lado, con tanta memoriosa miseria creímos en un para siempre. Y aún creemos y no callamos. Porque recuperada la voz tenemos siglos de demora en las palabras que hacen falta para contarnos los sueños y para hacer nacer juntos el futuro.
No hay duda de que en estos dieciséis años han tratado - ellos, los de siempre- por toda las vías de llenarnos la boca de estopa para que las palabras se queden sin salir. Pero no han podido. Y ojalá no puedan nunca. Porque se siente bien esta hermosa conquista de tener voz. Finalmente después de tantos siglos los labios que sirven para el beso saben también de versos y de cantos. Aún no terminamos de ponernos al día. La mudez fue larga y el grito resulta corto. Pero tenemos todos los días que nos quedan para llamar las cosas por su nombre.
Esta voz que resuena ahora y que aprende hablar con lengua propia se niega a recoger lo que hemos dicho. Decimos Chávez, juntos, futuro, vida buena, todos, bandera, Patria en mayúsculas, niños con escuela, vejez digna, salud… decimos libros como decir historia y cultura como memoria, sueños, campos, siembra… decimos nosotros en este juntar voces que también tiene los ecos del dolor y el desgarro que ya no podrán nunca más volver a imponernos. Y en este decir nuevo también decimos que no volverá la oscura aspereza del silencio.

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