jueves, 19 de enero de 2017

Cariátide



Cada quien lleva sus sombras a cuestas. De vez en cuando las grisuras de adentro asaltan en cualquier calle sin alboroto. La mayoría de las veces el mediodía del alma alumbra tan fuerte que casi no notamos los ecos y dolores viejos, no nos percatamos de ese prójimo que nos respira los miedos, las incredulidades, las nostalgias y cuanta tristeza tratamos siempre de espantar como moscas aunque las llevemos en los bolsillos.
Hace años vi una cariátide, no fue en Grecia precisamente, sino en España. Cuentan que en la región de Laconia, después de un enfrentamiento bélico, los hombres fueron exterminados y las mujeres convertidas en esclavas, condenadas a llevar hasta el final de sus días las más pesadas cargas. El imaginario posterior erigió a estas cautivas en columnas, que desde entonces debían soportar durante toda la eternidad el peso del templo de su adversario sobre sus cabezas.
Hay gente que lleva su odio a flor de piel, será porque el alma les llueve siempre y siempre están nublados. Y condenados están como una cariátide a soportar su grisura hasta el final.

miércoles, 18 de enero de 2017

En defensa de la rabia

Imagen tomada de Transtierros
Programas de televisión, películas, muros de facebook, blogs, cuentas de twitter, libros, todos empeñados en vender la felicidad como si aquello fuera un producto de consumo. Para ser feliz compre, compre, compre, consuma, así hasta el infinito. La sociedad occidental obliga a las gentes a ser felices con las cosas y a cuenta de todo lo demás. Me pregunto por qué nos quieren meter a fuerza en esa cosa que es la felicidad de estos tiempos (cuerpos perfectos, comida vegana, belleza plástica, establishment intelectual que lee recetarios para alimentar el alma).
No es que pasársela bien no sea grato, pero esa felicidad automática e irreflexiva que la industria del entretenimiento ofrece como una panacea, parece más bien un vocerío de arrabal o en el mejor de los casos cementerios atestados de clase media.
Un amigo me decía hace años que el motor de la historia es el estómago, también la rabia, la inconformidad. Para cambiar el mundo hay que enojarse, taconear duro y gritar bien alto. Desgarrarse en un grito capaz de sumarse al coro de los dolores próximos y prójimos, en un abrazo que pueda juntarnos en la esperanza. 
Es precisamente cuando nos sacudimos la felicidad acartonada cuando nos damos cuenta que para ser alegres necesitamos ser muchos, no se puede ser un contento en medio de un mundo en guerra, quién puede sonreír ante la sed, el hambre y el miedo de millones de seres humanos, quién puede lanzar una carcajada cuando la tierra ha dejado de ser un hogar para convertirse en una tumba. No, no quiero ni creo en la felicidad 2.0, la que quiero es la que nace de la mirada, el descubrimiento, el sentimiento y el reconocimiento de que somos apenas un granito de arena en el gran océano humano. 

martes, 17 de enero de 2017

Una orilla en el mundo



Tenía como ocho años cuando Luis Herrera Campins era presidente. Lo recuerdo en la radio diciendo que acabaría con los pobres en el país. Lo que sigue lo rememoro en las voces de mis padres. Cuentan que ante aquella afirmación no se me ocurrió otra cosa que llorar desesperadamente. A esa edad hay muy pocos matices, y las palabras se entienden de manera literal. Ellos, eran jóvenes y soñadores, relatan que no supieron si reírse o acompañarme en el llanto. Lo que dijo el entonces presidente de Venezuela, a mi corta edad, fue que fulminaría a cuanto pobre anduviera por ahí. Casi cuatro décadas después me sonrío ante el atisbo de lucidez de mi infancia.

De aquel episodio me quedó la certeza de la orilla del mundo que he habitado y en la que espero morir sin traicionarme más de la cuenta. El mundo que quiero habitar, en el que quisiera que estuviéramos todos, es el de los muchos, el del nosotros.

Aunque no seamos pobrísimos, somos por decirlo de alguna manera, pobres, clase media para más señas y con suerte. Somos los muchos que vivimos al borde del sueldo, los que sumamos dos billetes para llegar a final del mes, los que asumimos la vida como un milagro, los que amamos sin páginas de sociales, los que creemos que el futuro nos pertenece, los que nos resistimos a caer en la tentación del dinero fácil, los que planificamos vacaciones –cuando se puede- y una salida a final del mes, porque el dinero no alcanza para improvisaciones. Somos los que aún y pese a todo tenemos la convicción de que el mañana será mejor, más justo y más hermoso. Somos los de la utopía y los que sabemos que no apoyaremos nunca a quien quiera el poder para acabar con los pobres, sino con la pobreza que nace siempre de lo más terrible de la humanidad.

jueves, 5 de enero de 2017

Guernica





La cabeza de un caballo de la que sale una daga estuvo durante años en el pasillo del apartamento de calle Catamarca. Un marco rojo encuadraba aquella imagen de fondo negro que siempre miré de reojo estremecida por la crueldad que irradiaba la reproducción de esa fracción del Guernica que mis padres tenían como un testimonio de su mirar la vida en nuestra casa.
El Guernica es la defensa de la vida pese a todo, la defensa de la ternura y la evidencia de la crueldad. El Guernica es Picasso fijando posición del compromiso del arte con la existencia humana.
Décadas después pude ver el cuadro. Pasé horas contemplando aquella alucinante escenificación de la barbarie. No fue fácil, decenas de niños de escuelas competían para sustraerme la visión completa de la obra. En los instantes en que la tuve solo para mí, el Guernica me habló del dolor y la devastación, del sufrimiento y del silencio, y también me dijo que el arte no es mudo, ni sordo, ni está quieto, sino que debe decir, debe gritar, debe ser voz de todos, debe conmover y conmovernos y sobre todo debe dejar claro que la esperanza y la ternura, la justicia y la belleza, son derechos irrenunciables de nuestro paso por el mundo.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Y se vino un año más…



Aún no se han inventado las colas para soñar y aunque los bachaqueros lo han intentado no han podido contrabandear la esperanza, así que para terminar el año les abrazo en este largo transitar de las palabras.
Ya no me quedan pendientes, ni amores ni odios, para teclear con desespero antes de que terminen las ocho horas de tedio. Así que aprovecho a despedir estos últimos días del año con la certeza de que los días que vienen no serán mejores ni más fáciles, en todo caso vivir es una aventura que duele aunque nos regale la posibilidad maravillosa del amor y la risa, la caricia, la ternura, el humor y la seguridad de sabernos minúsculos y efímeros.
El 2017 se viene con los mismos dolores de cabeza y alma con los que terminamos este. Las guerras, el hambre, la sed y el desamparo siguen intactos en una gran parte del mundo. Tal vez hemos hecho poco para terminar con las injusticias provocadas por los  grandes poderosos del mundo.
Este año que dejamos también fue de dolorosas despedidas, de pérdidas irreparables. Y otras siguen calando como si recién nos hubieran sorprendido.
No, no sabemos qué trae en sus alforjas el futuro. Pero sabemos qué queremos del tiempo por venir.
Que los días que se aproximan nos traigan la coherencia de andar por el mundo haciendo lo que decimos. Y que atrincherados en la ternura podamos ser cada vez más pacientes y comprensivos con nosotros y con los otros.
Que podamos mirarnos en los espejos y en el agua con la seguridad de que el reflejo nos devolverá enteros en nuestras convicciones y que no perdamos nunca la entereza.
Que el 2017 nos encuentre cada vez más y más juntos, seguros de que el mañana para ser bueno necesita de todos nosotros.
Y que el amanecer nos sorprenda con los ojos abiertos mirando los colores que cada día son distintos. Y que aunque sea una vez nos animemos a jugar bajo la lluvia como si fuéramos niños. Y que podamos estar a su altura para entregarnos al mundo con el asombro de lo recién descubierto.
Que nuestros hermanos sigan diciéndonos con sus gestos que son lo mejor que nos han podido pasar en la vida. Y nuestros padres nos sigan mirando como si fuéramos unos niños a punto de lastimarse andando en bicicleta.
Que podamos leer los mejores libros. Y tomemos café con nuestros amigos para perdernos en las charlas de esos hermanos que hemos elegido para transitar por la vida o por un trayecto de ella.
Que seamos felices aunque se nos quite con un dolor de muelas. Que lloremos sin desparpajo por una herida en la rodilla o en el alma, y que en ese llanto podamos quedar limpios de los miedos y las tristezas que se nos van acumulando.
Que el 2017 sea amoroso. De amores correspondidos y de cuerpos entregados.
Que podamos llegar al 2018 seguros de que hemos puesto el alma en el asador, que nos la jugamos por lo que creemos y por lo que sentimos.
La vida es esto que está delante nuestro cada día y la mejor ofrenda que podemos hacerle es dejar el aliento en vivir plenamente, aunque en el camino gritemos por nuestras miserias cotidianas, por el sueldo que no alcanza, por el trabajo que nos mata de aburrimiento, por la indigestión de tener jefes que no sirven para nada, por el vivo que nos jode y nos pisa, por los malos gobiernos y las malas decisiones.
Pero sobre todo que no perdamos nunca la esperanza, porque justo allí, en ese pedacito de utopía compartida, es donde se edifica el porvenir, donde viviremos todos los que aún soñamos un mundo mejor.
Que el 2017 sea un buen año, un año más de vivir, un año más de sorpresas y de 365 días de encontrarnos para seguir juntos hacia el futuro.


"No, no sabemos qué trae en sus alforjas el futuro. Pero sabemos qué queremos del tiempo por venir".

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