jueves, 14 de abril de 2016

Naufragios


Cuando el naufragio es inminente y las aguas vienen en estampida, como miles de caballos sobre la espuma, no hay más tabla de salvación que abrazarse fuerte, cerrando los ojos, a la esperanza. Esta, no es una vana promesa de sobrevivir a la hecatombe, sino más bien la certeza de que en la ternura está la vida mirada hacia adelante.
Cuando ya no hay más gritos posibles, porque tenemos la garganta seca y el alma en un hilo, no hay más refugio que quedarse en los versos que pueden nombrar con las palabras justas la utopía y para esto nada mejor que un poeta y un poema que nos salve del mundo.
Claro, un poeta solo no puede venir en nuestra ayuda, pero cuando muchos se juntan lo que estaba quieto, muerto de miedo, abre las alas y se echa a volar. Por eso, cuando el barco hace aguas y parece que ya nada es posible, hay que reinventar la alegría, ponerle colores a la sombra que crece en medio del desierto y dejarse llevar hacia el mañana.
Y sí, no se puede no estar triste cuando todo arde y se vuelve cenizas. Pero que la tristeza no sea tristumbre y no nos entreguemos al arrebato y a la palabra fácil.
En estos tiempos amar es urgente, amar lo bueno, lo mejor que nos vamos encontrando. No pueden quitarnos la alegría de estar juntos quienes se ponen de sombrero los mejores sueños que hemos soñado.
Que se queden a un costado los que pretenden hacernos creer que el futuro no puede ser distinto, los que nos venden como hermoso lo hueco, los que nos enseñan espejitos para seducirnos ante la imagen  sin contenido, que se queden ellos, porque nosotros seguimos corriendo el riesgo de tomar la libertad por asalto aunque enmudezcamos de tanto gritar señalando el camino.
No hay pócimas mágicas ni recetas infalibles para transitar hacia el porvenir. Lo único que tenemos a mano para no hundirnos hasta el fondo sin vuelta atrás es a nosotros, a la maravillosa posibilidad de encontrarnos y reconocernos, de darnos cuenta que somos muchos y que juntos podemos todavía sacar el agua que nos hunde. Para eso no hacen falta congresos, ni mítines, ni reuniones estratégicas, lo que de verdad hace falta es mirarnos a los ojos y darnos cuenta que la historia la escribimos nosotros, los de abajo, los muchos que queremos que el futuro sea distinto.
Tal vez no sabremos cuándo abrazarnos. Pero mientras más dejemos pasar el tiempo será más difícil sacar a flote la embarcación. Mientras, me sumo a los que están remando, a los que tienen en una mano la madera y en la otra un poema que nos va contando cómo será el tiempo que vendrá.

martes, 15 de marzo de 2016

Poesía en voz de mujer



La literatura nuestroamericana tiene voces inconfundibles que saben de la ternura con que la palabra es capaz de hacer nacer el porvenir







Algo tendrán las poetas que dicen quienes se han enamorado de ellas que una vez abiertos los ojos a sus versos ya no es posible dejarlas ir. Claro que en el amor sobran los motivos como bien canta el bolero y para él no alcanzan las formas contenidas en los más bellos poemas. En todo caso, han confesado quienes saben del tema que las poetas tienen algo que respira en su sombra, a lo mejor sea un dejo de nostalgia o quizá cierto misterio oculto en las manos de quienes escriben con las razones más memorables de las humanas pasiones.
Ellas, las poetas, son especialistas en cartas de amor, en embrujos de madrugada y pócimas infalibles a la hora de la siesta. Saben, cómo no, de las caricias que reparten entre amantes, hijos y árboles como si ese fuera el último gesto que quedara sobre el mundo. Saben también de la magia que se esconde entre las legumbres y las especies, y se entregan con devoción terrena a las causas más justas de la humanidad. Hay, claro algunas que no, pero no es a ellas a quienes dedicamos este homenaje.
Hay por supuesto diversas maneras de enamorarse de ellas, de las poetas. Puede amar todo lo libre, hondo, tierno, memorioso y afilado que habita en sus palabras. Puede querer por supuesto la imagen que de ella se ha hecho a través de sus versos o caer seducido ante sus pausas y el destello del papel. En todo caso, en el amor y en la literatura valen los artilugios que esconde la palabra cuando diciendo nos nombra.



Estas poetas nuestras “Tú lloras debajo de tu llanto, / tú abres el cofre de tus deseos / y eres más rica que la noche. / Pero hace tanta soledad / que las palabras se suicidan”, dice la argentina Alejandra Pizarnik (29 de abril de 1936 - 25 de septiembre de 1972), una de las voces mayores de la poesía más nuestra. ¿Y es que acaso no tiene ella, la certeza de que en la soledad el verso arde como una memoria prendida en llama?
Quizá sea precisamente Nuestra América donde pueden encontrarse tantas mujeres escribiendo obras memorables pese a la fuerte tradición masculina sobre este género literario. Quizá ellas, las poetas, son las constelaciones de un universo aún por descubrir, aunque algunas han podido brillar con luz propia.
Al vuelo vienen nombres como Juana de Ibarbourou (Uruguay), Alfonsina Storni (Argentina) y Gabriela Mistral (Chile), las grandes del viento del sur.
Pero no por mujeres sus poéticas están circunscritas a determinados escenarios o paisajes. Por el contrario, ellas supieron del tacto humano que es capaz de tocar lo cierto y descubrir lo imaginado. Nada les fue ajeno, ni el cuerpo, ni la tierra, ni los más hondos deseos.
No alcanzarían las páginas para nombrarlas. Pero allí están Olga Orozco (Argentina) y Dulce María Loynaz (Cuba); las venezolanas Enriqueta Arvelo Larriva, María Calcaño y Ana Enriqueta Terán. La uruguaya Idea Vilariño y la nicaragüense Gioconda Belli. La de estas tierras del sur de Venezuela, Luz Machado.
En fin, las poetas ya se sabe, tienen algo de sigilo en el verso que es capaz de enamorar con solo una vuelta de página y un verso soltado por azar. No importa de dónde viene o si ya no están, ellas despiertan el amor y sacuden la memoria, desatan nomeolvides y fulgores del tiempo que ya pasó. Ellas, las poetas tienen algo de asombro en la mirada y de extrañeza en la voz. Si por azar se encuentra con alguna de ellas, con las de antes o las que ahora son, no las deje ir, que a lo mejor se enreda en los versos de Ingrid Chicote, Esmeralda Torres, Ana María Oviedo, Wafi Salih, Vielsi Arias, Coral Pérez, María Alejandra Rojas, Yanuva León, Katherine Castrillo, Morela Maneiro, Yuri Patiño o Sacha López, ellas desde esta Venezuela rinden homenaje a la palabra, esa que se dice o que se escribe para entregarlo todo, para ser tierra de esta tierra y canto alado de estos parajes.


Epílogo CLARIBEL ALEGRÍA
(Nicaragua) 
"...existen los barrotes
nos rodean
también existe el catre
y sus ángulos duros
y el poema río
que nos sostiene a todos
y es tan  substantivo
como el catre
el poema que todos escribimos
con  lágrimas
y uñas
y carbón".

Palomares y esta Venezuela que canta entre las sombras



** El Gobierno Bolivariano entregó la Orden Libertadores y Libertadoras de América -post mortem- en su primera clase al Poeta, quien será siempre una de las voces más hondas del nuestro país.





Un Poeta. Así, en mayúsculas. Una voz que tiene el tacto certero del agua que baja de las montañas. Unas manos que no pueden ser sino las suyas, en las que caben los pájaros que vuelan libres y llevan en el plumaje el canto de un lobo. Un Poeta que se nos fue, pero que llega cada vez que sus versos acarician la nostalgia.
Y es que como escribió Jorge Valero “la huella de los poetas impregna la vida. El mensaje del verbo refleja lo divino, y lo divino es lo que remonta los tiempos en el lenguaje sublime de los pueblos”. Así fue Ramón Palomares, así como lo escribió su amigo en una despedida que se alarga y nos alcanza en todos los rincones, a quienes nos conmovimos con la ternura de sus versos que siempre fueron mejor que una imagen. “Ramón Palomares es la palabra del común; de aquellos que enriquecen los registros de la imaginación creadora”, define Valero desde lejos en la despedida del poeta de Escuque.
Tal vez en los poetas, cierto aplomo ganado con los años viene de la irreverencia y la rudeza de ganarse palmo a palmo la vida. Y quién sabe si el mirar hondo de Palomares nació de la prisa con que la juventud lo arrojó a las palabras que incendiaron un tránsito vital de nuestra historia.

Brevísima reseña
Ramón David Sánchez Palomares, nació en Escuque, estado Trujillo, el 7 de mayo de 1935 y falleció en Mérida, hace días nomás, el 4 de marzo. En 1952 se graduó como maestro normalista en la Escuela Normal Federal San Cristóbal.
En 1958 obtuvo el título de Profesor de Castellano y Literatura en el Instituto Pedagógico de Caracas. La capital del país reunió en esos años a un importante grupo de intelectuales y artistas, que publicó el primer número de la Revista Sardio. En ese grupo de vanguardia Palomares dejó su impronta y juntó sueños y esperanzas a Adriano González, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre, Francisco Pérez Perdomo, Carlos Contramaestre, Edmundo Aray, Efraín Hurtado y Caupolicán Ovalles entre otros, quienes más tarde, empezando la década de los 60, formarían El techo de la ballena.
Pero como no podía dejar de leer, aprender y soñar se fue a Mérida y en esa ciudad se licenció en Letras por la Universidad de Los Andes. Allí ejerció la docencia hasta la jubilación.
Palomares fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1975. En 2006, resultó ganador del primer Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora, y en 2010 del Premio Iberoamericano de Literatura.
Su carácter de observador, como si hubiera sido un descubridor del movimiento de las alas de las luciérnagas, sumado a la exactitud de un lenguaje que es capaz de mostrarnos lo que solos no podríamos ver, hace de la poesía de Palomares un adentrarse luminoso a la vida, como si todo resplandeciera alrededor, como si todo fuera nuevo, como si nuestros ojos se encontraran por primera vez con lo mejor que nos habita.
El regalo que le podemos hacer a un poeta es encontrarnos con su palabra, así que siempre podemos volver a sus libros. El reino (1958), Paisano (1964), Honras fúnebres (1965), El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas (1969), Adiós Escuque (1974); Elegía, el viento y la piedra (1984), Mérida, elogio de sus ríos (1985), Lobos y halcones (1997) y En el reino de Escuque (2006), son algunos de ellos. En 2007 la Biblioteca Ayacucho publicó Vuelta a casa, un libro hermoso que puede bajar gratuitamente de la página web de la editorial.


Saludos
Ramón Palomares

Saludos, precioso pájaro.
Y no abandones el oro de las plumas
entre aquellas nubes
ni pierdas el canto en el dominio de los truenos.
No sea que pases del cielo
y quedes preso en los astros.
De viajes cuánto se ha perdido,
cuánta ola estrellada en el acantilado,
mientras tus alas
robaban fulgores al poderoso perro del cielo.
Y cuánto de lluvias,
de verano, de hierba roja
por la implacable estación.
O de gris, nieblas y continuado fantasma
frente al joven enamorado de barcos.
Los vecinos perdidos,
el llanto de amigos
que he visto secar en paños
por olvidos e irremediable paso.
Ni qué decir de la muchacha
cuyo pecho hasta ayer fuera tan liso
y que luego se ha visto
como exquisito racimo.
Saludos.
Pero, amigo de viajes,
¿cómo poder contar las pérdidas,
ventas que se han hecho,
nuevas adquisiciones?

lunes, 18 de enero de 2016

Jean Aristeguieta se fue a volar sobre el Orinoco



Cuando sólo se oía el rumor de las aguas lamiendo las orillas ya Amalivaca juntaba sueños y esperanzas. Antes, mucho antes, todo era silencio. Cuando él lo quiso la tierra y el Orinoco se hicieron canto y así silbando nació el verso.
Ciudad Bolívar, la otrora Angostura, lleva la costumbre del río, quiere decir que es andariega como el Orinoco, por eso tal vez se ha movido tanto y de alguna manera esa vocación de viajera incansable la tomaron las gentes que vinieron después y que sin darse cuenta escuchan el rumor del río y se dejan llevar mecidos por sus aguas.
Lo de viajante lo supo bien Alejandro Otero y su costumbre de tratar de atrapar el viento y si de movimientos se trata, Jesús Soto retrató como nadie los ires y venires de la luz y del agua. ¿Y Antonio Lauro acaso no sabía de viajes cuando hizo vibrar la guitarra para recordarnos a Natalia? Manuel Yánez sigue viendo huir en la corriente esa flor que dejó para siempre perfumado el río.
De voces que saben de canto y de vuelo, tiene esta tierra. Allí, está Luz Machado y Mimina Rodríguez Lezama y claro cómo no, también Jean Aristeguieta
Ella aprendió a volar en las alas de las mariposas y la palabra estalló en vuelos cuando vio una vez un barco surcando el Orinoco, navegando lejos, siempre un poco más allá.
La escritora quien nació el 31 de julio de 1921, en Guasipati, estado Bolívar y falleció en Caracas, el 9 de enero de 2016, tiene alrededor de cuarenta libros publicados y fue miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, a partir de julio de 2014. Su obra que abarca poesía, ensayo y análisis literario está traducida al griego, francés, inglés, italiano, portugués y ruso.
Poeta del mito y el viaje, de las mariposas y los sueños, Aristeguieta publicó sus primeros poemas adolescentes en la revista Alondras, que editaba el Ateneo de Guayana, en la década de 1930. A Ciudad Bolívar había llegado desde Guasipati a estudiar y allí  se fundó su palabra en la visión de un grupo de surrealistas que con el nombre de Aureoguayanos, reunía en la Plaza Bolívar a Alarico Gómez, Elías Inaty y José Ramón Del Valle Laveaux, entre otros poetas y que tuvo entre sus visitantes a Jesús Soto.
En 1948 se unió al grupo editorial de la revista Lírica Hispana que había sido fundada cinco años antes por Consuelo Lope Bello.
Residenciada en Madrid, estudió Letras en la Complutense con especial atención en la estilística y la literatura antigua. En la capital española dio nacimiento en 1967 a la revista Árbol de fuego, que continuaría editando a su vuelta al país, a partir del cuarto número y que alcanzó 121 ediciones.
Entre otras distinciones Jean Aristeguieta fue reconocida con el Premio José Vasconcelos de México y el Premio de Poesía Hölderlin de Alemania.
Esta incansable mujer es una de las voces venezolanas. Ella supo trascender el espacio y hoy sigue dibujando con su vuelo el ir y venir del Orinoco, en la “vislumbrada región / con mariposas de oro / dormidas en el fuego”.


Bolívar (fragmento)
Revelación de la tierra
1
Respóndanme soledades de la selva
intrincados resplandores guayaneses
Respóndanme encendidos horizontes de trópico
pregunto por Bolívar y su figura en llamas
Respóndanme abismo de los Andes
solitaria belleza con páramos y nieves
Respóndanme las desolaciones de los llanos
los esteros con boras y con garzas
Respóndanme los morros guariqueños
serenos vigilantes de la patria
Respóndanme los misterios lacustres del Zulia
las fosforescencias de su suelo con petróleo
Respóndanme bosques motilones
respóndame la tierra venezolana
ardorosa con la tempestad de sus tesoros
fluyente como las cabelleras de los moriches
Respóndame el grito de la tierra
El mutismo de la tierra salvaje hermosura terrenal
entonces podré acercarme hasta Bolívar
dueño de la profecía ángel arcángel de la libertad.

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