miércoles, 20 de agosto de 2014

Un par de postales...

Estela
36 años pasaron para que Estela por fin pudiera abrazar a su nieto. Ella que tanto luchó por recuperar los nombres y las vidas de otros nietos extraviados en el impuesto silencio de la dictadura se reencuentra con los ojos de su hija en él, que hoy la miran esperando los cuentos que nunca le pudo contar en las noches de miedo y de frío.


Sofía
Cada tanto se pone a desempolvar la biblioteca. Y de vez en cuando al abrir alguno de los libros la asalta una flor que después de tanto tiempo entre las hojas conserva la fragilidad de las alas de las mariposas. Los libros así engalanados tienen para Sofía el color y tal vez el tacto de un amor o de una tarde de parque en la que la soledad le obsequió un momento para guardar en la memoria.



Andrés Eloy el poeta que supo pintar angelitos negros



** El pueblo venezolano sabe de la obra del escritor cumanés porque anda siempre prendido a los caminos más hondos de esta tierra de ternuras y solidaridades.



En estos días nos sorprendió la muerte. Lo que pensábamos lejos nos tocó próximos y prójimos. Y convocados todos a la ternura nos conmueven los cientos de niños asesinados en Gaza. De ese dolor hondo vinieron los versos de Andrés Eloy Blanco, porque “Cuando se tienen dos hijos / se tiene todo el miedo del planeta, / todo el miedo a los hombres luminosos / que quieren asesinar la luz y arriar las velas / y ensangrentar las pelotas de goma / y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda”. Es el mismo poeta venezolano que nos cantó el Coloquio bajo la palma, animándonos a ser mejores, a “dar más sin decir lo que se ha dado” porque “lo que hay que dar es un modo de no tener demasiado y un modo de que otros tengan su modo de tener algo”.
Este poeta nuestro fue un escritor, dramaturgo, humorista, abogado y político, que nació en Cumaná el 06 de agosto de 1896 y falleció en Ciudad de México, el 21 de mayo de 1955.
El supo conjugar la vocación de quijote con la de poeta, para ser un político capaz de sumarse a las causas más justas y un escritor convencido de la magia y la palabra que tiene sabor a pueblo. En él todo fue canto y entrega. Y tal vez por esta razón, sea uno de los poetas venezolanos más queridos y más recordados. ¿O es que hay alguien que no sepa recitar “píntame angelitos negros”? ¿Y que no ponga alguna emisora AM, el 31 de diciembre, un ratito antes de las doce, para esperar el año nuevo con las Uvas del tiempo?
El poeta cumanés estudió derecho en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y la agitada vida estudiantil de aquellos años lo envolvieron pronto en el encendido ejercicio de la libertad. Aunque ya desde antes, cuando apenas contaba ochos años, partió con sus padres a Margarita por desavenencias con el gobierno de Cipriano Castro.
Se incorporó al Círculo de Bellas Artes en 1913 y apenas cinco años después recibió su primer galardón por el poema “Canto a la Espiga y al Arado”, mientras publicó El huerto de la epopeya, su primera obra dramática. Ese mismo año (1918), siendo estudiante de derecho, fue encarcelado por participar en manifestaciones contra el régimen de Juan Vicente Gómez.
Luego de recibir el título de abogado, Andrés Eloy Blanco comenzó a ejercer pero sin abandonar jamás su vocación por la palabra. En 1923 obtuvo el primer premio en los Juegos Florales de Santander, en España, por su poema “Canto a España”. Durante su viaje a recibir el galardón decidió quedarse durante un año en la península ibérica y tuvo la oportunidad de relacionarse con los poetas españoles de esos tiempos. Nombrado miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, en 1924, se trasladó a La Habana donde sostuvo encuentros con intelectuales y escritores cubanos, y venezolanos que se encontraban en el exilio.

El imparcial
Porque el ser humano siempre tiene cosas que contar y sueños por cumplir, empezó a editar en la clandestinidad, en 1928, el periódico disidente “El Imparcial”, que pronto se convirtió en el órgano de difusión de la Unión Social Constructiva Americana y el Frente de Acción Revolucionaria.
Tras el golpe de Estado del 7 de abril fue confinado en Puerto Cabello hasta 1932, cuando lo liberaron por motivos de salud. Encerrado escribió Barco de Piedra, dicen que son sus poemas más tristes. Cuando finalmente le devolvieron la libertad, se la dieron a medias, tenía prohibido realizar cualquier tipo de manifestación pública, por lo que se volcó nuevamente a las letras, publicando Poda en 1934, libro donde se encuentran Las uvas del tiempo y La renuncia, poemas entrañables del pueblo venezolano.
Fue nombrado jefe del Servicio de Gabinete en el Ministerio de Obras Públicas por Eleazar López Contreras. Aunque su posición siempre crítica y libertaria lo alejaron del gobierno después de la represión de las manifestaciones del 14 de febrero de 1936 y su militancia en la Organización Revolucionaria Venezolana.
Como diputado del Partido Democrático Nacional llegó al Congreso, pero jamás abandonó los versos. Y comenzando 1940 integró su partido en la recién fundada Acción Democrática, desde donde trabajó para la candidatura de Rómulo Gallegos.
Fue electo presidente de la Asamblea Nacional Constituyente en 1946. Y dos años después fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores por el presidente Gallegos. Tras su derrocamiento por Carlos Delgado Chalbaud, se exilió en México, donde dedicó el resto de su vida la poesía.
Andrés Eloy es una de las voces imprescindibles de la poesía venezolana, porque en él habitaron la belleza y la justicia. Supo darse entero a la construcción de un país que hoy sigue germinando en sus versos. Jamás se alejó de sus convicciones, por eso tal vez, su obra sigue sonando en los radios cada diciembre y en las calles las madres venezolanas se alegran cuando ven pintados angelitos negros que le dan la bienvenida al futuro.







Píntame angelitos negros (fragmento)

Por Andrés Eloy Blanco



“No hay un pintor que pintara

angelitos de mi pueblo.

Yo quiero angelitos blancos

con angelitos morenos.

Ángel de buena familia

no basta para mi cielo.

Si queda un pintor de santos,

si queda un pintor de cielos,

que haga el cielo de mi tierra,

con los tonos de mi pueblo,

con su ángel de perla fina,

con su ángel de medio pelo,

con sus ángeles catires,

con sus ángeles morenos,

con sus angelitos blancos,

con sus angelitos indios,

con sus angelitos negros,

que vayan comiendo mangos

por las barriadas del cielo”.

 

jueves, 7 de agosto de 2014

Buñuel sin discreciones

 
Ilustración de Xulio Formoso
** El cineasta español encontró en la magia del cine una manera de contar el mundo que hoy sigue invitando a pensar.


Nada pasó sin conmoverlo. Las grandes corrientes históricas y estéticas lo encontraron siempre dispuesto a defender los mejores sueños de los hombres. Luis Buñuel (Calanda, España, 22 de febrero de 1900 – Ciudad de México, 29 de julio de 1983), el gran hacedor de imágenes, se acercó al cine haciendo títeres y encendiendo las linternas mágicas que supieron alumbrarle el futuro.
Alentado por su padre, luego de terminar el bachillerato, partió cuando tenía 17 años a estudiar ingeniería agrónoma en Madrid. Alojado en la Residencia de Estudiantes, durante siete años compartió con el artista Salvador Dalí y los escritores Federico García Lorca, Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez, entre otros. Allí se enamoró del cine, aunque de niño las puestas en escenas eran también su forma de volar. Por esos años participó en las tertulias ultraístas que dirigía Ramón Gómez de la Serna. Fueron éstos tiempos de encuentro y de exploración, tal vez por eso de la ingeniería pasó a la Historia, que después terminaría por contarla con los recursos infinitos de la imagen, el movimiento, la música y la palabra.
Cuentan que con sus compañeros de la Residencia llevó adelante sus primeros ensayos teatrales con versiones delirantes de Don Juan Tenorio en las que actuaban García Lorca y Dalí. La ciudad de Toledo se abrió infinita y esplendorosa, llena de nuevas ideas, cuando la visitó en 1921. El dadaísmo despertó su curiosidad y exploró la obra de Louis Aragon y André Bretón.
La segunda década del siglo lo tomó con la palabra por decir, desde 1922 comenzó a publicar poemas, prosas poéticas y cuentos en diversas revistas literarias, en especial aquellas que sirvieron de espacio de encuentro para el ultraísmo y la Generación del 27, entre las que se encontraban Ultra, Horizonte, Alfar, Helix y La Gaceta Literaria.
En 1923 el padre de Buñuel falleció en Zaragoza. Justamente en ese tiempo inició el servicio militar. La palabra que en él era una ofrenda vital floreció en artículos, cuentos y poemas que publicaba en revistas de vanguardia, y que juntos dieron origen a un libro con el título de Un perro andaluz. Las imágenes de esos textos formaron parte de su discurso cinematográfico. Un año después, en 1924, se licenció en Historia y decidió partir a París donde todas las manifestaciones culturales de vanguardia se convocaban a quienes andaban buscando nuevas formas de expresión.

Surrealismo
cartel un perro andaluz Buñuel sin discrecionesEl filme Las tres luces (Der müde Tod) de Fritz Lang le abrió finalmente el mundo del cine ya para siempre. Luis Buñuel decidido a aprender sobre la magia de la imagen trabajó como asistente de dirección con el francés Jean Epstein.
Seducido por el surrealismo su vida fue el cine definitivamente. Era una voz entre muchas voces, una que encontraría un tono que ha quedado prendido en el tiempo.
En 1929 empezó a trabajar con Dalí en la película Un perro andaluz, que se estrenaría el 6 de julio de ese año en un cineclub parisino. El éxito alcanzado le abrió las puertas del grupo surrealista que se reunía en un café para sentar posición política, y escribir manifiestos y cartas. Max Ernst, André Bretón, Paul Éluard, Tristan Tzara, Yves Tanguy, Magritte y Louis Aragon, fueron algunos de los exponentes de esa corriente con los que Buñuel trabó amistad.
Después vino La edad de oro, película que sería censurada por cincuenta años y que finalmente fue exhibida en 1980 en Nueva York y un año después en París.
Después de un viaje a Estados Unidos, en 1931, Luis Buñuel regresó a Madrid. La segunda República Española despuntaba los anhelos de libertad y justicia. Allí proyectó La edad de oro. Después de romper con los surrealistas, Buñuel asistió en 1932 a la primera reunión de la Asociación de Escritores Revolucionarios.
En abril de 1933, inició la filmación del documental Las Hurdes, tierra sin pan. Ese mismo año firmó un manifiesto contra Hitler con Federico García Lorca, Rafael Alberti, Sender, Ugarte y Vallejo.
En 1935, Buñuel ya casado con Jeanne Rucar, fundó con Ricardo Urgoiti, la productora Filmófono, con la cual se produjo Don Quintín el amargao, La hija de Juan Simón, ¿Quién me quiere a mí? y ¡Centinela alerta!, entre otras.
El golpe de Estado franquista tomó a Buñuel por sorpresa en Madrid. Decidido a estar al lado de la República española, durante 1937 se encargó de supervisar el pabellón español de la Exposición Internacional de París. Terminada la Guerra Civil, en 1941, quedó desempleado en EEUU. A lo mejor por eso aceptó un puesto en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, como productor asociado para el área documental, y supervisor y jefe de montaje de documentales para la Coordinación de Asuntos Interamericanos. En 1943 fue despedido por haber sido señalado por quien fuera su amigo de muchos años Salvador Dalí como un ateo y “hombre de izquierda”.
Superado el tránsito amargo volvió a Hollywood a trabajar con Warner Brothers como jefe de doblaje de versiones españolas para América Latina.

Exilio mexicano
A México llegó a dirigir Gran Casino, una película comercial con el mexicano Jorge Negrete y la argentina Libertad Lamarque. Finalmente en 1950 rodó Los olvidados, película por la cual obtuvo en 1951 el premio al mejor director del Festival de Cannes.
En 1952 filmó Subida al cielo, con la que volvió a Cannes. Y ese mismo año salió Robinson Crusoe. Después siguieron La ilusión viaja en tranvía, El río y la muerte, y Así es la aurora (rodada en Francia).
Fiel a las ideas de paz y solidaridad con los pueblos, Luis Buñuel firmó un manifiesto contra la bomba atómica estadounidense, lo que junto a su apoyo a la revista antifascista España Libre le valió su inclusión en la lista negra estadounidense hasta 1975.
Después vinieron en 1956 La muerte en ese jardín y Nazarín (1958). En 1959 rodó Los ambiciosos, una película de compromiso político y social. Regresó a España para dirigir Viridiana, una coproducción hispano-mexicana que obtuvo la Palma de Oro en Cannes de 1961 y que fue censurada por el franquismo hasta 1977. El ángel exterminador, tal vez una de sus filmes más personales, fue rodada en 1962. Con Diario de una camarera volvió a Francia. Y en 1966 filmó Belle de jour.
Luis Buñuel se convirtió en 1972 en ser el primer director español galardonado con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa. El discreto encanto de la burguesía sigue siendo una de los filmes más sugerentes y polémicos, que sabe abordar desde el humor las mañas y decires de los integrantes de esta clase social. Y vale anotar que junto a La Vía Láctea (1968) y El fantasma de la libertad (1974), componen una serie de cine con contenido social que fractura los cimientos de la narrativa cinematográfica convencional.
Buñuel sigue vivo en sus creaciones. Con él los espectadores nos dimos cuenta que hay cientos de formas expresivas que encuentran de la mano de los espectadores recrear la realidad desde la magia. Hay miles de formas de contar y Buñuel supo invitarnos a ser partícipes del mundo que en las pantallas sabe nombrarnos a pesar del tiempo.

** NOTA: Texto originalmente publicado en  Periodistas en español.com

Earle Herrera y la magia de contar

Fotos de www.albaciudad.org
** Por su trabajo de investigación sobre medios este profesor y poeta ha sido reconocido en cuatro oportunidades con el Premio Nacional de Periodismo.

Es domingo. Se asoma la mañana en uno de esos días en que la vida pasa un poco más lenta. El ajetreo empieza después de hora. Cuando prendes el televisor, a las diez de la mañana, un kiosko se abre a la pantalla. Allí está él, entre periódicos y libros. Tiene un tipo algo desgarbado, como de poeta amanecido, de esos que saben rehacer el amor aunque esté a trasmano. Earle Herrera, ese profesor universitario que transitó por las aulas de la Universidad Central de Venezuela, a enseñarle a quien quiera leer en serio, reaviva el oficio esta vez junto al pueblo pero no ya en un recinto cerrado sino en la televisión del Estado. Con él andamos el descanso dominguero leyendo los diarios, es decir desenredando lo que los medios impresos que circulan en el país, quieren hacernos creer que es una verdad tajante. Análisis crítico de contenido de medios en tiempos de revolución es tarea imprescindible e impostergable, y este periodista, que es diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV, lo asume como un compromiso con nosotros, sus kioskos videntes.
Por su trabajo en el área de medios de información ha sido reconocido en cuatro oportunidades con el Premio Nacional de Periodismo y su obra sobre la investigación literaria y periodística se encuentra en libros como ¿Por qué se ha reducido el territorio venezolano? (1978), Hay libidos que matan. Ecosonograma de un país (1984), La Magia de la crónica (1987-1991), Caracas 9 mm. Valle de balas (1993), Del desAmparo al 27 de febrero. Epílogo de la Gran Venezuela (1993), Memorias incómodas de una barragana (1996), Del amor constituyente al amor constituido (1999), El que se robó el periodismo que lo devuelva (2005) y Ficción y realidad en el Caracazo: Periodismo, literatura y violencia (2011), entre otros.
Este diputado y periodista es además de poeta, un cronista. Earle ha sabido a lo largo de su carrera abordar este género que cabalga entre el periodismo y la literatura, que lamentablemente se ha ido perdiendo de los grandes medios. Él mismo señaló que “La crónica es la necesidad del ser humano de contar su vida para perdurar. También es inherente a las personas de todos los tiempos relatar lo que se ve y lo que se oye”.
Pero con este escritor y político que nació en El Tigrito, estado Anzoátegui, en 1949, la crónica tiene un tono particular, y es el humor.
Los cronistas que he tenido la oportunidad de conocer, son todos unos señores de guayabera y de lentes de marcos gruesos que se toman muy en serio el cuento de contar. Porque ellos guardan para mantenerla viva, a la memoria colectiva. Por eso y hago un paréntesis, es toda una inspiración y una invitación a volver a contarnos para encontrarnos y reconocernos, que la quinta edición de la Feria del Libro de Caracas le rinda homenaje a la crónica y con ella a un venezolano que la ha asumido como amoroso quijote.
Venezuela tiene grandes cronistas como Aníbal Nazoa y Orlando Araujo, ellos también desde el humor supieron mostrarnos el país que todos callaban. Eso tiene precisamente de magia este oficio de contar desde la realidad, pero con el tono de lo subjetivo, es decir del hombre que siente, respira, llora y se da los pies contra las piedras, el hombre que aviva el fuego de la esperanza y es capaz de narrar desde el mínimo gesto cotidiano hasta los actos heroicos o las grandes tragedias, porque nada le es ajeno a la crónica. Tal vez muchos lo intentamos sin conseguirlo, porque la crónica tiene que atrapar al lector, como Earle hace con nosotros cuando publica sus microcrónicas en Ciudad Caracas.
Comparto una de esas instantáneas que Earle nos regala para pensar, son un destello de luz, la fotografía de un tiempo que queda detenido en las palabras de este periodista.

Fin de fiesta, publicado el 15 de julio.
“Cerró la fiesta del fútbol con el guayabo de América. Brasil puso el baile y lo sacaron de su casa. La lesión de Di María, la prueba masiva antidoping contra Costa Rica, la dura sanción a Luis Suárez y el tacle sin sanción que sacó a Neymar de la copa, las tarjetas a Thiago Silva, el penalti contra Higuaín, el premio a Messi que este no quería, colmaron el césped de sospechas. En lo inmediato, así seguirá el fútbol, con la FIFA poniendo la música y las grandes marcas la plata”.

Entre el humor y la denuncia Earle es cronista de su tiempo. Sus textos abordan el tema político nacional y todo aquello que levante sospechas en el manipulado mundo de los medios nacionales e internacionales. Y cierto es también que estas microcrónicas que se leen tan sabrosas, como un cafecito endulzado con papelón, requieren un vasto conocimiento del ejercicio y el oficio de narrar.
Seguro que dentro de poco Fundarte nos regala una antología de crónicas y microcrónicas de Earle, para que queden además como constancia de los tiempos que a esta generación nos ha tocado vivir.
Por cierto, que el mismo profesor que viste y calza, en una entrevista que le hicieron en el marco de la Feria, dice sobre sus crónicas que en ellas aborda “Un día la política, otro día un accidente, luego una fiesta”. Pero como del Tigrito se vino a Caracas asegura que sus textos brevísimos son reflejo de esta ciudad: “Pero a esa Caracas hay que quererla así. No es que sea una colcha de retazos, es Caracas, en sus distintas expresiones con sus múltiples voces y perspectivas que hacen la esencia de la ciudad. Más allá de los avisos de neón y las pantallas de televisión, es la Caracas humana, aquella Caracas que respira, que uno ve en la arepera, en el tránsito, en una parada y que la ves los fines de semana en la Guaira o en el Junquito. ¡Esa es Caracas!” y agrego yo, que a final de cuentas ese es el país. Y estos andares nuestros necesitan quien los cuente, quien los viva con nosotros, quien los reseñe y los guarde en la memoria, para que no se nos olvide nunca de dónde venimos y a dónde queremos llegar. Para eso hay que registrar los pequeños gestos, las caricias con que la vida nos despierta y los sobresaltos que nos estremecen para replantearnos y crecernos siempre mejores, siempre más juntos. Por eso la crónica es un género indispensable para retratar este tiempo de nacimientos, este de nacernos al futuro. Eso es lo que hace precisamente Earle Herrera con sus párrafos, incisivos, en los que no falta nada ni nada sobra.
Pero a todas estas habíamos asomado que el profesor, político y periodista, es también, y sobre todo, poeta. Será por eso que le habrá dado por desmorir de amor.
Es un poeta que milita en las mejores causas, las del amor y sus reversos, las de la vida que nace del vientre de la luna y sus entuertos, de la esperanza que germina una noche de mayo y reverdece una mañana de febrero.
El tiempo y el país se hacen presentes también en los versos del poeta. La geografía que sabe de nomeolvides y cantos más viejos nacen de la palabra de Earle como un hondo suspiro, como una lluvia a destiempo, como un sol de sabanas, como un crujir del aguacero. Y aquí estos versos...

“Por todos los mayos de tus ojos
mayo para la cruz o los velorios 
de caña y canto 
procesión y credo 
de luna y contracanto 
y yo tan lejos (…) 
Rosas regadas en París 
aquel Mayo del 68 
O rosas fusiladas en Praga 
otra oscurecida primavera 
Mayo también 
aquella mirada la primera 
que se quedó en la tuya 
hasta la última mirada de tus mayos 
por todos los mayos de tus ojos.”
(Te amaré en mayo, fragmento)

Y como poeta también nos regaló en Al sur canto al sur, este sur indeleble...

“Venir a este mundo 
Nacer en el Sur 
es un compromiso 
No un azar. 
Un camino 
no un destino 
Demasiada historia 
Para llegar a ti 
Demasiada lucha 
para ser fortuito 
Por más que migres 
el Sur andará en ti 
como tu sombra 
como tu luz 
como tu norte”.

Entre sus libros de poemas y cuentos se encuentran Penúltima tarde (1978), con el que obtuvo el Premio Municipal de Poesía de la ciudad de Caracas en 1977, Los caminos borrados (1979), Sábado que nunca llega (1982), Piedra derramada (1995), Desmorir de amor (2009), Penúltima Tarde y Otras Tardes (2010) y Al sur canto al sur, entre otros.
En fin, este es Earle Herrera, el homenajeado de esta quinta edición de la Feria del Libro de Caracas, la que dedica el encuentro a la crónica y nos invita a contar y a contarnos. Vale la pena intentar darle forma a la mirada, conservarla en el papel, compartirla una tarde y echarse a andar por esta ciudad donde la magia transita a plena luz del día, como contagiándonos con las ganas de ser una voz entre todas las voces de esta Venezuela donde hemos hecho que la esperanza se hiciera realidad. Caracas, ustedes, nosotros, tenemos la palabra.

Caracas, 25 de julio de 2014


** NOTA: Texto leído en la V Feria del Libro de Caracas que organiza la Alcaldía de Libertador que rindió homenaje a la palabra de Earle Herrera.

Cien veces Chávez reúne minocrónicas de Earle Herrera, está editado por Fundarte y es una belleza de libro.
 

lunes, 14 de julio de 2014

Matisse y las musas

** El lunes 07 de julio de 2014 fue repatriada la Odalisca con pantalón rojo, obra del artista francés que pertenece a la colección del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.



A lo mejor está esperando o tal vez solo mira a alguien que se va. Lo cierto es que ella está ahí, sentada, sola. A su lado un ramo de flores y apenas un poco más allá un baúl guarda quizá viejas cartas de amor. Apenas la cubre un pantalón rojo. Ella es una de las odaliscas del artista francés Henri Matisse.

La Odalisca con pantalón rojo data de 1925. Y en 1981 el cuadro fue incorporado a las piezas del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. El pasado lunes 07 de julio, después de doce años de ausencia, el cuadro que había sido sustraído del museo, retornó a Venezuela gracias al esfuerzo conjunto entre la Cancillería, el Ministerio del Poder Popular para la Cultura y la Fiscalía General de la República, ratificando así la importancia que tienen los bienes patrimoniales para el Gobierno Bolivariano. Según declaraciones del titular de Cultura, Fidel Barbarito, la obra será expuesta nuevamente para el disfrute del pueblo venezolano, a quien a fin de cuentas le pertenece esta obra.



De la forma al color

Henri Matisse quien junto a Pablo Picasso está considerado como de los más grandes artistas representantes del siglo XX, nació en un pueblo al norte de Francia el 31 de diciembre de 1869 y falleció el 3 de noviembre de 1954.

Todo en su obra es color, fluir de pinceles que alumbran estrellas, barcos, rostros, música y movimiento.

El arte le vino del azar, cuando convaleciente de una enfermedad su madre le llevó colores y pinceles. Su camino se abrió ante la magia que nace de los lienzos y que siguen allí en la memoria de quien los disfruta para recordar el instante en que el color le dio sentido a una mirada.

Entonces, lo dejó todo y partió a París a aprender la técnica. En 1892 ingresó en la Escuela de Bellas Artes. En sus primeros años practicó el dibujo del natural, poco después la luz se instaló en su trabajo cuando pintó paisajes de Córcega y de la Costa Azul. Con el comienzo del siglo su obra adquirió paletas y trazos que rompieron con los patrones estéticos de ese tiempo, nació así el fauvismo. Nombre que le pusieron a un grupo de artistas que presentaron sus obras en el Salón de Otoño de París de 1905, entre los que se encontraban Matisse y Derain, otro artista francés. Aunque al principio el término resultó peyorativo (salvaje en español), los integrantes de esta vanguardia se animaron a buscar a través del color una nueva forma de expresarse.

No hay duda de que Matisse lo consiguió. Él sostenía que el color debía aportar la sensación de armonía y belleza a quien mirara la obra, el color más que la forma era el instrumento para interpretar la vida.



África y las musas

Durante la primera década del siglo XX, Matisse visitó Argelia y Marruecos y, como tantos otros pintores, el color y la luz del norte África se instalaron en su mirada y en el tacto con el que tomó los pinceles. Arabescos y odaliscas aparecieron en su obra como constatación de sus viajes.

A partir de los años veinte, Matisse recuperó la sensación de volumen y de espacio que había dejado a un lado en el período anterior, pero desde una perspectiva nueva, en una reinterpretación personal del mundo. Las odaliscas y sus interiores con ventana abierta son las obras más características de esta época, en la que precisamente se inscribe la Odalisca con pantalón rojo.

El color empieza a diluirse al entrar la tercera década del siglo XX, y la forma se sintetiza en leves curvas y contracurvas.

Lamentablemente sus últimos años estuvieron signados por una salud frágil. El estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana, llevó a la cárcel durante unos meses a su mujer y a su hija, más dolor en su vida de esos tiempos.

Tal vez por estar en cama incorporó a su obra una nueva técnica, los papeles pintados con la técnica gouache, una especie de acuarela opaca que posteriormente recortaba y pegaba sobre el soporte fuera lienzo, papel o tapiz, alcanzando así una pintura plana y sintética. En los años siguientes los detalles fueron diluyéndose para volverse cada vez más abstractos.

Matisse supo jugar con el color y la forma, supo regalarnos también las musas, algunas como la Odalisca con pantalón rojo, esperan el amor en los ojos de quienes ahora podrán disfrutarla nuevamente cuando visiten al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, uno de los tantos museos del país que ahora tienen abiertas las puertas al Pueblo.







Vuelta a la Patria

“Esto es un logro más de la Revolución Bolivariana, de un gobierno sensible a las artes, la cultura que ha abierto las puertas de los museos para el pueblo. Hace 15 años estas obras estaban dedicadas solamente para una élite de nuestra sociedad”, expresó el ministro Fidel Barbarito al recibir la Odalisca con pantalón rojo.

Recordó también que la recuperación de la obra es parte de una larga y continua labor del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, durante su gestión como canciller del país. “Fue durante su gestión como canciller cuando se realizaron todas las diligencias para iniciar los trámites de repatriación de la obra”.

El titular de Cultura informó que la “Odalisca con Pantalón Rojo” es la única de la serie Odalisca del pintor francés Matisse que tiene un museo latinoamericano. Por lo tanto, anunció que la obra volverá a ser parte de una colección exclusiva del Museo de Arte Contemporáneo, la cual será permanentemente expuesta para el disfrute de todos los venezolanos.


(Con información de prensa)

lunes, 23 de junio de 2014

Fabricio Ojeda no renunció nunca a la esperanza


** En la clandestinidad asumió la presidencia de la Junta Patriótica que logró finalmente encontrar el camino a la paz y a la democracia, el 23 de enero de 1958.

A lo que no renunció nunca fue a la vida. Apostó por la esperanza y se quedó para siempre en la palabra que supo desde antes nombrarnos las heridas y con ellas alumbrar un camino que hoy tiene la dirección del futuro.
Fabricio Ojeda, el Comandante “Roberto”, (Boconó, estado Trujillo, el 6 de febrero de 1929 – Caracas, 21 de junio de 1966) se instaló en la juventud para alumbrar el tiempo que empezó a nacer de sus sueños y que hoy lleva su nombre, entre tantos otros amorosos quijotes que dieron su vida por las causas más justas y hermosas de la humanidad.
Cuentan que trabajó como maestro en Cabimas, y que luego anduvo libre y contestatario por las aulas de la escuela de periodismo de la Universidad Central de Venezuela, y que con su palabra que sabía encender la memoria trabajó en los diarios El Nacional, La Calle y El Heraldo.
Desde muy joven la política, esa que con mayúsculas anda tratando de hacer más libres a los pueblos, lo llamó a su lado. Eran los tiempos del silencio, de la fuerza sin la razón, por eso en agosto de 1952 fue detenido en Maturín, estado Monagas, por agentes de la Seguridad Nacional.
A partir de 1957 se dedicó a organizar un movimiento civil que fuera capaz de luchar por el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez. En la clandestinidad asumió la presidencia de la Junta Patriótica que logró finalmente encontrar el camino a la paz y a la democracia, el 23 de enero de 1958.
Fabricio Ojeda fue electo diputado al Congreso Nacional por su partido, Unión Republicana Democrática (URD). Pronto decidió dejar su curul para acompañar ell movimiento guerrillero que tomó las armas contra el régimen de Rómulo Betancourt de Acción Democrática.

Renuncia
Con la voz clara y rotunda de las verdades irrevocables, Fabricio Ojeda consignó ante la historia uno de los documentos políticos más importantes de una generación, una que se negó a traicionar al Pueblo. Cuando decidió dejar el Congreso para tomar el cielo por asalto, el líder revolucionario escribió una carta de renuncia que hoy sigue siendo una prueba fehaciente de sus sueños, de su convicción libertaria y una denuncia contra el Puntofijismo.
Ya convertido en el Comandante Roberto del Frente de Liberación Nacional, bajó de las montañas, para tratar de evitar lo que parecía una división de las fuerzas revolucionarias. En Caracas fue capturado por el Ejército el 12 de octubre de 1962, y condenado por el Consejo de Guerra Occidental a 18 años y 8 meses de prisión. De la cárcel de Trujillo donde se encontraba recluido logró evadirse, junto a un grupo de compañeros guerrilleros y militares, el 15 de septiembre de 1963.
Apenas tres años después, el 20 de junio de 1966, fue nuevamente capturado en La Guaira por el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA). El 21 de junio apareció en su celda muerto en extrañas circunstancias.
Él que se animó a cambiar un curul por las montañas, que transformó la fe en acción revolucionaria, sigue tan indeteniblemente joven, tan amante de la palabra que sabe decir las verdades, que siempre será ejemplo para los amorosos y los libres que aspiran a un mundo mejor.


“Si muero, no importa, otros vendrán detrás que recogerán nuestro fusil y nuestra bandera para continuar con dignidad, lo que es ideal y deber de todo nuestro pueblo”.
       Fabricio Ojeda


Carta de renuncia de Fabricio Ojeda 
al Congreso de la República (fragmento)
“Estoy consciente de lo que esta decisión implica, de los riesgos, peligros y sacrificios que ella conlleva; pero no otro puede ser el camino de un revolucionario verdadero. Venezuela – lo sabemos y los sentimos todos -, necesita un cambio a fondo para recobrar su perfil de nación soberana, recuperar los medios de riqueza hoy en manos del capital extranjero y convertirlos en instrumento de progreso colectivo. Necesitamos un cambio a fondo para liberar al trabajador de la miseria, la ignorancia y la explotación; para poner la enseñanza, la técnica y la ciencia al alcance del pueblo: para que el obrero tenga trabajo permanente y sus hijos amparo y protección. Venezuela, en fin, necesita un cambio profundo para que los derechos democráticos del pueblo no sean letra muerta en el texto de las leyes; para que la libertad exista y la justicia impere; para que el derecho a la educación, al trabajo, a la salud y al bienestar sean verdaderos derechos para las mayorías populares y no privilegios de escasas minorías. Pero nada de esto podrá lograrse en un país subdesarrollado y dependiente, como el nuestro, sino a través de la acción revolucionaria que concluya con la conquista del Poder Político por parte del pueblo”.
(La carta completa puede leerla en la página del PSUV del Gobernador Aristóbulo Istúriz)

lunes, 9 de junio de 2014

Festival Mundial de Poesía en tres paisajes de Venezuela



** Bajo el lema “La letra y la paz” esta edición del encuentro poético reunirá las voces de Argentina, Chile, China, Colombia, Cuba, Brasil, Ecuador, El Salvador, Francia, Jamaica, Kenia, Nicaragua, Palestina, Perú, Sahara Occidental, Siria y Turquía junto a 29 poetas venezolanos, para cantarle a la vida.

Nadie sabe aun que fue primero, si la noche o el verso. Lo cierto es que el paisaje estalla en las palabras que lo nombran, o tal vez resulte que la caricia o la tormenta se hagan una y otra vez en el papel que trata de contenerlos.
Nadie sabe, pero en todo caso la poesía lleva entre sus pliegues el comienzo de aquel primer sonido que luego se hizo palabra o a lo mejor la mirada que luego nació en un beso.
Así lo hemos comprobado a lo largo de estos once años, en los que voces de los cinco continentes vienen a Venezuela a contarnos la tierra y las humanas pasiones que nos convocan siempre y desde tiempos inmemoriales.
Y es que el Festival Mundial de Poesía año a año nos encuentra para preguntarnos la vida y sobre todo para llenarla de versos.
Del 13 al 18 de junio en todos los estados del país se reunirán poetas para ofrecernos ese saber decir que cantando estremece certezas y dudas, porque la poesía cuando llega donde debe llegar no nos deja como antes. Eso tiene precisamente de magia y hechizo.

Homenajes
En cada oportunidad este encuentro que organiza el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de La Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, no solo rinde tributo a lectores de todo el país y ciudadanos desprevenidos que se encuentran queriendo o sin querer con los recitales, talleres de creación y libros que difunden la obra de poetas de aquí y más allá, sino que además sirve de homenaje a escritores venezolanos a los que se dedica el Festival. El encuentro poético pone entonces el acento en la difusión de su obra para que no se nos olviden nunca sus nombres y los versos que se hacen necesarios para pensar y repensar el país desde la ternura y la profundidad de la palabra. Nombres unidos a nuestra memoria han estado durante esta década dedicada a llenar de poesía la geografía enorme de esta Venezuela, entre ellos Ramón Palomares (2006); Ana Enriqueta Terán (2007); Gustavo Pereira (2008); Juan Calzadilla (2009) ; William Osuna (2010); Reynaldo Pérez Só (2011) y Enrique Hernández-D'Jesús (2012). Y justamente en el décimo Festival la poesía le ofrendó sus versos a Hugo Chávez, el más nuestro de los nuestros, el que hizo posible que este evento se hiciera cada año para mostrarnos que este es un país de utopías realizables que ha sabido izar las banderas de la solidaridad y la palabra para conquistar los mejores sueños de los seres humanos. Por cierto, que los diez años del Festival también supieron nombrar la poesía más honda de esta tierra en las voces de “Chelías” Villarroel, Carlos César Rodríguez y José Antonio Escalona Escalona.

Tres quijotes, tres paisajes
En esta oportunidad el Festival Mundial de Poesía nos encuentra con tres voces imprescindibles de las letras venezolanas. Tres poetas, tres lugares y tres paisajes que se dibujan en las páginas y que saben cada cual a su modo nombrarnos.
El primero dice sueños como quien hace llover sobre el Orinoco. Todo en Luis Camilo Guevara es transcurrir de aguas. Así, es el poeta que nació en Tucupita, en 1937. Del río le debe haber quedado el tacto de las corrientes y el rumor de las orillas que se juntan en el Delta formando remansos y caños que despacito llegan al mar. En su palabra estalla la luz que hace sombras sobre los árboles dibujando los fantasmas que cada quien lleva a cuestas y susurran amores y viejas pasiones anidadas en las copas. Festejos y sacrificios; Las cartas del verano; La daga y el dragón; Vestigios rurales, Devociones y un largo y memorioso relato cuyo título definitivo es Aún no se hace firme, son algunos de sus libros.
Edmundo Aray, nació en Maracay en 1936 y es un buscador de palabras, que anda entre poemas, cuentos, ensayos e imágenes y es el segundo de los homenajeados del XI Festival Mundial de Poesía. Pertenece al grupo de los rebeldes con causa que juntando sueños e irreverencias fundó El Techo de la Ballena (1963-1968). Atilio Rey fue el seudónimo que usó para firmar sus artículos de prensa. En él cabe el paso y el abrazo como si la ciudad irrumpiera siempre en sus versos o como si le pesara el andar distraído, por eso lleva memorioso todo lo que sabe de un grito que hace nacer el tiempo que viene.
Entre sus libros se encuentran La hija de Raghú; Nadie quiere descansar; Tierra roja, tierra negra; Cambio de soles; Cantata del Monte Sagrado; Heredades (2001) y Mi amado Martí, entre otros. Además, en 1991 obtuvo el Premio Nacional de Cine.
Cuando en la poesía se nombra al llano no hay caso, el nombre de Luis Alberto Crespo anda cabalgando versos repartidos en el aire. El paisaje de este poeta, también homenajeado en esta edición del Festival, nació con él, allá en Carora, en 1941. Periodista, crítico y columnista, Luis Alberto es un poeta que sabe de la heredad de la tierra recién amanecida, de ordeños y cantos, de provocaciones y amores que nacen con el sol para despedir siempre el día cuando atardece calladito el llano inmenso de Venezuela. Para leerlo están sus libros Si el verano es dilatado; Novenario; Costumbre de sequía; Sé y Por nada, pero la lista es más larga. Actualmente es embajador de Venezuela ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).
Tres paisajes y tres poetas que son lectura necesaria de la literatura de nuestro país en esta edición del Festival Mundial de Poesía, con ellos y con todos hagamos nuestro el lema de este año, “la letra y la paz” que cantan los amores buenos del pueblo venezolano.


Si quiere acceder a la programación del Festival Mundial de Poesía, ver los afiches de ediciones anteriores o ampliar la información, los invitamos a visitar la página web de Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, que actualmente dirige el poeta William Osuna. La dirección es: http://casabello.gob.ve/

lunes, 26 de mayo de 2014

Angostura del Orinoco, la viajera

** Ciudad Bolívar fue fundada en varias ocasiones, finalmente trasladada a su sitio actual el 22 de mayo de 1764, bajo el nombre de Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco.







Será por su vocación de estar asentada en las orillas del río Orinoco que tomó de él su carácter de andariega, será por eso que toda su fuerza anida en las calles, como sumando aguas y creciendo al calor del paso del tiempo.

Fundada y refundada, la ciudad tiene la voz de todos los misterios, los de antes y los que se han ido incorporando en el asombro de quedarse por fin quieta, aunque nadie sabe por cuánto tiempo.

Cuentan que la primera fundación de Ciudad Bolívar fue el 21 de diciembre de 1595 por Antonio de Berrío y su emplazamiento original se encontraba cerca de la desembocadura del río Caroní en el Orinoco, ubicación que la ponía en indefensa posición ante el ataque de piratas y corsarios que navegaban aquellas aguas. Por esos años llevaba el nombre de Santo Tomás de Guayana, pero fue finalmente trasladada a su sitio actual el 22 de mayo de 1764, bajo el nombre de Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco, tanto nombre para tan poca gente, por lo menos cuando eso pasó. Finalmente sería renombrada en junio de 1846, con el nombre que conocemos, como una manera de rendirle tributo a quien desde una de las casas que hoy es emblema del paso de la historia, pronunció aquel discurso que sigue resonando en toda Venezuela. Y es que Ciudad Bolívar, fue sede del Congreso de Angostura donde aquel gigante de la América mayúscula, dirigió a los diputados asistentes una de sus más brillantes piezas políticas, una que marcó para siempre la historia del país.

Pero Angostura no estaba sola. El pueblo caribe, pueblo originario de estas tierras, era el morador y dueño de estos parajes en los que el río tiende su magia. Con ellos habitaba Amalivaca, el creador de la tierra y del Orinoco. Y más allá, apenas un poco, el mito de El Dorado se extendía entre éste y el Amazonas, tal vez por eso los conquistadores apuraron sus pasos para llegar sin saber que nunca más volverían.



La piedra del medio

La piedra del medio, es monumento natural, que identifica a la ciudad y ha quedado estampado como emblema en el escudo del Estado al culminar la Guerra Federal en 1864.

El naturalista Alexander von Humboldt la llamó el Orinocómetro porque gracias a las marcas del agua en ella, los antiguos pobladores sabían cuánto había crecido su caudal. Pero esta piedra inmensa en medio del río, justo donde la vista alcanza, es además parte del imaginario popular de esta región del país y hoy hasta sin querer cuando propios y extraños transitan por el paseo Orinoco se detienen a mirarla, sobre todo si es tiempo de sapoaras y el bullicio del ir y venir de las redes regalan el paisaje asombroso de la naturaleza y el hombre.

Cuentan que debajo de ella, de la piedra, vive una serpiente de siete cabezas que es dueña y causante de los flujos y reflujos de las aguas y sus largas extremidades reposan debajo de la ciudad. La existencia del animal mítico explica la desaparición de curiaras, nadadores, pescadores, y hasta de una chalana que con el nombre de “La Múcura” se hundió el martes de carnaval de 1952, repleta de vehículos. De ella y su pesada carga nunca más se supo, pero La piedra del medio, en el medio del Orinoco, sigue siendo testigo de los días que pasan y se enredan en el porvenir.



De la ciudad y sus gentes

Con más o menos suerte, la ciudad histórica, ha sido recordada y abandonada por sus gobernantes. Hoy luce remozada, en especial su cuadrilátero histórico que es patrimonio de los bolivarenses y de Venezuela toda, porque allí pasó Bolívar, porque hay un tiempo de vida de la Nación que se fundó justamente en esas calles.

Algunos de los habitantes del cuadrilátero histórico, conformado por la Plaza Bolívar, la Catedral, la casa del Congreso de Angostura y las calles adyacentes, aseguran escuchar en noches despejadas y silenciosas las cadenas que arrastraba el general Piar y los disparos que dieron contra su cuerpo, cuando cayó fusilado en la pared lateral que mira la estatua impasible de El Libertador, que en aquellos tiempos aun no se recortaba contra el cielo.

Si decide transitar las calles empinadas de Ciudad Bolívar, seguro los moradores de esas casas coloniales le contarán historias de fantasmas que sobrevivieron los dos siglos y medio que llevan diciendo el pasado. Las historias de amores no correspondidos, los rumores de la guerra, los enfermos y sus heridas, se quedaron también prendidas en las paredes de esas casas y como suele suceder, quedaron inmóviles para narrar el tiempo que fue.

Algunos de los monumentos declarados históricos que se pueden visitar son la Casa del Correo del Orinoco, la Nº28 en la calle Amor Patrio, la Casa Parroquial, la de los Gobernadores, la casa natal del general Tomás de Heres, la Casa de la Cultura Carlos Raúl Villanueva, la prisión de Piar, la de las Doce ventanas, la Lauro, la antigua cárcel y la San Isidro. Además tienen valor patrimonial las casas comerciales de tipología antillana en el Paseo Orinoco, el antiguo Hospital de la Cruz, la casa natal de Jesús Soto y el Palacio Legislativo. Para ahondar en la cultura de esta ciudad no se puede dejar de visitar el Mercado La Carioca, el sector El Zanjón, el Museo Jesús Soto, el Cementerio Centurión, el Jardín Botánico y se anima a montarse en una curiara llegar hasta la Piedra del Medio.

Pero las ciudades están hechas fundamentalmente por la gente. Ciudad Bolívar es una amalgama de pasos y de abrazos. De los antiguos caribes, dueños originarios de esos escenarios, la ciudad heredó tal vez la fiesta de la pesca, y la voz honda con que se nombra y se reverencia al Orinoco. De los colonizadores quedaron las casas y el rumor de los viejos esclavos, y el gusto por las altas paredes y los zaguanes en penumbra propicios para las conversas.

Pero nombrar a Ciudad Bolívar, es cantar bajito, mirando el transcurrir de las aguas. Viajera del río, ese vals de Manuel Yánez que Serenata Guayanesa nos regaló a todos, sigue mirando pasar la flor que perfuma el río. Y está como no Antonio Lauro, el gran compositor de piezas para guitarra clásica como Natalia y Angostura. De esta tierra es también Jesús Soto, el gran maestro del arte cinético.

Y entre tantos otros poetas, Luz Machado y Guillermina Rodríguez Lezama siguen, aunque ya no estén, alumbrando con versos la vida que se reclama y se funde en los saltos de las toninas que habitan el río y en las noches de estrellas.

Ciudad Bolívar, la otrora Angostura, cumple doscientos cincuenta años, pero sigue tan joven que aun siempre es un buen motivo para volver y dejarse conmover por la historia que cuentan sus calles a quien quiera escuchar.





Miro las puertas de la ciudad desde las nubes

Por Luz Machado


Quien le ha visto lamer ávidamente la tierra y apoderarse de los hombres y derrumbar sus casas, silenciosamente, puede entender el secreto del Paraíso para la gran aventura de concebir la Humanidad. Porque la Ciudad junto al Río no es más que una mujer. Y de esta conjugación de la Ciudad y el Río, nace el símbolo fecundo de la tierra guayanesa en un presente que no acaba de pasar, porque cada día tiene un nuevo don que ofrecer y un distinta ara en el oficio de su aventura y de su descubrimiento.

(Publicado originalmente en El Bolivarense, en mayo de 1964)

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