jueves, 4 de agosto de 2016

Chales, pañuelos, bufandas, pashminas



Se amontonan doblados pese a sus diversas formas. Cuadrados, rectángulos, triángulos. Pura geometría que apenas cabe en el último cajón del mueble de la habitación. Los pedazos de tela son de colores, con hilos plateados, dorados, estampados de animales, corazones, flores, círculos y forms varias. Algunos son de simple algodón, otros de lana, seda, viscosa, unos más suaves que otros. De cachemir ninguno, no por falta de gusto sino de presupuesto. Vienen de distintos lugares y a todas partes van. Los pañuelos, chales, bufandas y pashminas que atesoro son una especie de abrazo que decido combinar casi todas las mañanas con la ropa y el estado de ánimo. Son los abrazos que me faltan y tal vez los que necesito para aventurarme al frío aire acondicionado de la oficina, al tiritar de las más de ocho hora que cumplo de lunes a viernes en una especie de castigo por existir en un mundo donde se nos van juntando las facturas de luz, teléfono y alquiler. Ellos ayudan a soportar la rutina de un trabajo aburrido y mediocre que cumplo con estoicismo como casi todos. Y probablemente sean el último reducto de rebeldía y creatividad que me puedo permitir.
Como los abrazos los chales se van adhiriendo capa sobre capa según las necesidades del día, a veces como hoy, un pañuelo azul con un estampado dorado se anuda a mi garganta hacia atrás, dejando al descubierto el cuello y en evidencia el escasísimo largo de mi cabello, que cumplió antes de tiempo la promesa de estar corto al llegar los cuarenta que aún no tengo. Muy pocas veces olvido o descarto ponerme alguno o llevarlo en la mano por si me da frío. Será que ante la nostalgia los chales cumplen la función de los brazos de mi madre que está lejos.  
 

martes, 2 de agosto de 2016

Fernando Rendón, el poeta que fundó el abrazo




**  Fundador del Festival de Poesía de Medellín es una de las voces que más ha trabajado por la paz en Colombia, demostrando que al arte es fundamental en los procesos de transformación social.

Foto de Alba Ciudad
Tratar de enumerar los premios y reconocimientos con los que ha sido galardonado como poeta y como fundador del Festival de Poesía de Medellín es prácticamente imposible. Pero este poeta colombiano, amoroso en la tarea de construir un espacio para la paz, el reconocimiento y la ternura a través de la poesía, parece a lo lejos un tímido poeta que sabe sonreír a quien lo saluda. Fernando Rendón (Medellín, Colombia, 1951) estuvo en nuestro país para celebrar el Festival Mundial de Poesía de Venezuela que este año se hermanó con el de Medellín, en un abrazo que hizo posible que una vez más la poesía fuera espacio para lo más y mejor que nos habita.
Su voz, que tiene la cadencia de quien lee con el tono apasionado del vuelo de los pájaros cuando se anuncia la tormenta, estuvo con nosotros en la clausura del Festival los primeros días del mes de julio y probablemente sus versos se queden para siempre como una referencia poética y sobre todo vital, porque él mejor que nadie ha demostrado que con pasión es posible sostener durante años un proyecto capaz de ponerle alas y colores a calles, los llantos y la esperanza. Fernando Rendón y el grupo que integra el Festival de Poesía de Medellín hicieron la magia cuando abrieron una rendija para que en esa ciudad colombiana entrara el futuro a lomo de palabras.

Entre el verso y el periodismo
Además de poeta Fernando Rendón es editor y periodista, esto último lo constata su trabajo en los diarios colombianos El Correo, El Diario, La Opinión y el semanario VOZ. En 1982 fundó la revista latinoamericana de poesía Prometeo que aun hoy es referencia de las voces que participan cada año en el Festival de Poesía de Medellín.
Y si una revista literaria es capaz de conjugar el trabajo de promotor cultural, poeta y periodista, su condición de quijote de palabras y versos también queda de manifiesto en las piezas documentales en formato DV Cam, que convergen en el
seriado Tiempo de Poesía, una especie de antología audiovisual de los poetas que han participado en el Festival desde sus inicios.
Contrahistoria (1986); Bajo otros soles (1989); Canción en los Campos de Marte (1992); Los motivos del salmón (1998), La cuestión radiante (2006), publicado en Valencia, Venezuela; Canto de La Rama Roja (2010, La Habana) y En Flotación (publicado en 2012 por el fondo editorial El Perro y La Rana), son algunos de sus poemarios publicados. Y sus versos pueden leerse en inglés, chino, francés, portugués, italiano, alemán, árabe, catalán, croata, hindi, turco, ucraniano y uzbeko.

Entre el compromiso y la ternura
Con Fernando Rendón no hay duda de que la poesía y la militancia van juntas. Su voz es la voz del poeta que crece en las raíces del viento, donde anidan los dolores viejos y las esperanzas nuevas de los pueblos. Allí, en sus palabras, los lectores pueden reconocerse en el roce del amor y en los brotes de la noche. Y es que como él mismo afirmó en una entrevista publicada por Semana, “la aspiración más antigua de la poesía es la paz, la utopía, el sueño de un mundo armonioso con justicia social”.

 

De humanos
Fernando Rendón

Bosque.
Encantado.
Talado.
Bosque ingenuo.
De humanos.
Bosque convertido en una legión de sillas.
De camas.
Bosque de armarios.
De ataúdes.
De espejos.
De espejos que reflejan el bosque derribado.
Bosque de lanzas con puntas de acero.
Bosque de hachas.
Bosque de animales que sacrifican animales.
Bosque del Bosco medieval, sin edad,
del que se extrae la leña donde arderán los condenados.
Bosque de herejes que combaten, ardiendo en la causa.
Bosque de amor y resistencia.
Para repoblar la tierra de árboles, de agua, de animales y de humanos.
Bosque de fuego, guerra del amor contra los enemigos del bosque.

jueves, 14 de abril de 2016

Naufragios


Cuando el naufragio es inminente y las aguas vienen en estampida, como miles de caballos sobre la espuma, no hay más tabla de salvación que abrazarse fuerte, cerrando los ojos, a la esperanza. Esta, no es una vana promesa de sobrevivir a la hecatombe, sino más bien la certeza de que en la ternura está la vida mirada hacia adelante.
Cuando ya no hay más gritos posibles, porque tenemos la garganta seca y el alma en un hilo, no hay más refugio que quedarse en los versos que pueden nombrar con las palabras justas la utopía y para esto nada mejor que un poeta y un poema que nos salve del mundo.
Claro, un poeta solo no puede venir en nuestra ayuda, pero cuando muchos se juntan lo que estaba quieto, muerto de miedo, abre las alas y se echa a volar. Por eso, cuando el barco hace aguas y parece que ya nada es posible, hay que reinventar la alegría, ponerle colores a la sombra que crece en medio del desierto y dejarse llevar hacia el mañana.
Y sí, no se puede no estar triste cuando todo arde y se vuelve cenizas. Pero que la tristeza no sea tristumbre y no nos entreguemos al arrebato y a la palabra fácil.
En estos tiempos amar es urgente, amar lo bueno, lo mejor que nos vamos encontrando. No pueden quitarnos la alegría de estar juntos quienes se ponen de sombrero los mejores sueños que hemos soñado.
Que se queden a un costado los que pretenden hacernos creer que el futuro no puede ser distinto, los que nos venden como hermoso lo hueco, los que nos enseñan espejitos para seducirnos ante la imagen  sin contenido, que se queden ellos, porque nosotros seguimos corriendo el riesgo de tomar la libertad por asalto aunque enmudezcamos de tanto gritar señalando el camino.
No hay pócimas mágicas ni recetas infalibles para transitar hacia el porvenir. Lo único que tenemos a mano para no hundirnos hasta el fondo sin vuelta atrás es a nosotros, a la maravillosa posibilidad de encontrarnos y reconocernos, de darnos cuenta que somos muchos y que juntos podemos todavía sacar el agua que nos hunde. Para eso no hacen falta congresos, ni mítines, ni reuniones estratégicas, lo que de verdad hace falta es mirarnos a los ojos y darnos cuenta que la historia la escribimos nosotros, los de abajo, los muchos que queremos que el futuro sea distinto.
Tal vez no sabremos cuándo abrazarnos. Pero mientras más dejemos pasar el tiempo será más difícil sacar a flote la embarcación. Mientras, me sumo a los que están remando, a los que tienen en una mano la madera y en la otra un poema que nos va contando cómo será el tiempo que vendrá.

martes, 15 de marzo de 2016

Poesía en voz de mujer



La literatura nuestroamericana tiene voces inconfundibles que saben de la ternura con que la palabra es capaz de hacer nacer el porvenir







Algo tendrán las poetas que dicen quienes se han enamorado de ellas que una vez abiertos los ojos a sus versos ya no es posible dejarlas ir. Claro que en el amor sobran los motivos como bien canta el bolero y para él no alcanzan las formas contenidas en los más bellos poemas. En todo caso, han confesado quienes saben del tema que las poetas tienen algo que respira en su sombra, a lo mejor sea un dejo de nostalgia o quizá cierto misterio oculto en las manos de quienes escriben con las razones más memorables de las humanas pasiones.
Ellas, las poetas, son especialistas en cartas de amor, en embrujos de madrugada y pócimas infalibles a la hora de la siesta. Saben, cómo no, de las caricias que reparten entre amantes, hijos y árboles como si ese fuera el último gesto que quedara sobre el mundo. Saben también de la magia que se esconde entre las legumbres y las especies, y se entregan con devoción terrena a las causas más justas de la humanidad. Hay, claro algunas que no, pero no es a ellas a quienes dedicamos este homenaje.
Hay por supuesto diversas maneras de enamorarse de ellas, de las poetas. Puede amar todo lo libre, hondo, tierno, memorioso y afilado que habita en sus palabras. Puede querer por supuesto la imagen que de ella se ha hecho a través de sus versos o caer seducido ante sus pausas y el destello del papel. En todo caso, en el amor y en la literatura valen los artilugios que esconde la palabra cuando diciendo nos nombra.



Estas poetas nuestras “Tú lloras debajo de tu llanto, / tú abres el cofre de tus deseos / y eres más rica que la noche. / Pero hace tanta soledad / que las palabras se suicidan”, dice la argentina Alejandra Pizarnik (29 de abril de 1936 - 25 de septiembre de 1972), una de las voces mayores de la poesía más nuestra. ¿Y es que acaso no tiene ella, la certeza de que en la soledad el verso arde como una memoria prendida en llama?
Quizá sea precisamente Nuestra América donde pueden encontrarse tantas mujeres escribiendo obras memorables pese a la fuerte tradición masculina sobre este género literario. Quizá ellas, las poetas, son las constelaciones de un universo aún por descubrir, aunque algunas han podido brillar con luz propia.
Al vuelo vienen nombres como Juana de Ibarbourou (Uruguay), Alfonsina Storni (Argentina) y Gabriela Mistral (Chile), las grandes del viento del sur.
Pero no por mujeres sus poéticas están circunscritas a determinados escenarios o paisajes. Por el contrario, ellas supieron del tacto humano que es capaz de tocar lo cierto y descubrir lo imaginado. Nada les fue ajeno, ni el cuerpo, ni la tierra, ni los más hondos deseos.
No alcanzarían las páginas para nombrarlas. Pero allí están Olga Orozco (Argentina) y Dulce María Loynaz (Cuba); las venezolanas Enriqueta Arvelo Larriva, María Calcaño y Ana Enriqueta Terán. La uruguaya Idea Vilariño y la nicaragüense Gioconda Belli. La de estas tierras del sur de Venezuela, Luz Machado.
En fin, las poetas ya se sabe, tienen algo de sigilo en el verso que es capaz de enamorar con solo una vuelta de página y un verso soltado por azar. No importa de dónde viene o si ya no están, ellas despiertan el amor y sacuden la memoria, desatan nomeolvides y fulgores del tiempo que ya pasó. Ellas, las poetas tienen algo de asombro en la mirada y de extrañeza en la voz. Si por azar se encuentra con alguna de ellas, con las de antes o las que ahora son, no las deje ir, que a lo mejor se enreda en los versos de Ingrid Chicote, Esmeralda Torres, Ana María Oviedo, Wafi Salih, Vielsi Arias, Coral Pérez, María Alejandra Rojas, Yanuva León, Katherine Castrillo, Morela Maneiro, Yuri Patiño o Sacha López, ellas desde esta Venezuela rinden homenaje a la palabra, esa que se dice o que se escribe para entregarlo todo, para ser tierra de esta tierra y canto alado de estos parajes.


Epílogo CLARIBEL ALEGRÍA
(Nicaragua) 
"...existen los barrotes
nos rodean
también existe el catre
y sus ángulos duros
y el poema río
que nos sostiene a todos
y es tan  substantivo
como el catre
el poema que todos escribimos
con  lágrimas
y uñas
y carbón".

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