viernes, 31 de marzo de 2017

Los abrazos



Maneras de abrazar hay muchas y también son muchas las formas de ser abrazados. Hay abrazos que abrasan. Y otros que inundan. Hay abrazos que como un río sumergen y de ellos se sale casi asfixiado. Hay abrazos entre sábanas que nos dejan sin aliento y otros que son fríos y duelen como un adiós. Algunos hay que son apenas un gesto y otros para los que basta una mirada. En algunos quisiéramos quedarnos para siempre, aunque sean de un verano. Hay abrazos que son muchos, abrazos que se dan juntos como pueblo y futuro. Abrazos hay de todos los tipos y cada uno se ajusta a nuestra talla, los abrazos nunca sobran y seguro siempre faltan. Hay abrazos alegres y otros que se visten de luto. Hay abrazos mudos, mientras que otros  provocan algarabía. De algunos hay que irse pronto y algunos a los que nunca alcanzamos a llegar aunque procuremos la cercanía. De los abrazos, los mejores, son los que nacen del amor, esos son los que se quedan para siempre y dejan arrugada el alma que es la encargada de contabilizar las veces y las formas en que nos hemos dado a los demás.

martes, 7 de marzo de 2017

24M / Nunca más



Llegué en 1983, tenía cinco años y un montón de compañeritos que usaban como yo un mandil de cuadrillé azul y blanco. Después como era lógico vino el guardapolvo blanco, de anchos tablones en el frente y un enorme lazo a la espalda, típico de las niñas de primaria. Con él llegaron las clases de geografía y de historia, de manualidades y dibujo, de lengua y matemáticas. No recuerdo si fue en segundo, tercer o cuarto grado que una niña rubia se incorporó a la escuela, se llamaba Susana, tenía acento cubano aunque era argentina. Era tímida, tanto como yo en aquellos primeros años. Susana Vaca Narvaja, vivía un desexilio. Regresaba a su país natal, de la mano de sus padres, después de la dictadura. Probablemente ella, que desapareció de nuestro salón de clases de un día para otro, ni se acuerde. Se fue de la misma manera en que llegó, sin aviso. La recuerdo por lo que significa su nombre, por las preguntas que hice apenas supe de dónde venía. La de ella, la de muchos, era una historia que se murmuraba, nadie hablaba de lo que había pasado. Las maestras decían que en secundaria aprenderíamos. Pero tampoco ahí supimos mucho. La historia recién empezaba a contarse.

Susana podría haber sido asesinada aún antes de nacer o podría haberse criado en una familia que no fuese la suya. Susana, como yo, como tantos, pertenece a la generación de los nietos de las abuelas de Plaza de Mayo, nuestros padres, podrían haber sido los hijos desaparecidos de las Madres de Plaza de Mayo.

Somos de una generación que creció en silencio, porque aún había miedo de responder y sobre todo de preguntar por las heridas. Pero un día esa misma generación se animó a salir a las calles a exigir que se 'vayan todos'. Después, valiente, levantó las banderas azules y blancas, para quedarse con el hombre que se animó a retirar el cuadro de Videla de la Casa Rosada.

Han pasado décadas. De Susana tengo el recuerdo intacto de sus cabellos rubios. Y del asombro de la vida cotidiana, la esperanza de que Nunca más tengamos que susurrar la tragedia.  

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