Crucigrama

La desesperanza está hecha por quienes  cansados de esperar dejan de tocar las aldabas de la tristeza y abandonan el último optimismo.
Está llena de domingos de lluvia, de jueves a solas, tazas vacías, cielos grises, andenes repletos y pájaros cansados de la primavera.
Es un paisaje de ausencias y espejos empañados del vapor de la ducha y sábados, también sábados de sol que se marchitan a los pies de un banco de plaza en el que picotean palomas blancas que no traen consigo la paz.
La desesperanza es el mosaico de la palabra que no dice ni nombra pero que pese a todo nos salva del tiempo, del llanto y la terapia.
Es un abrigo sin remiendos que recién estrena la nostalgia y se detiene en el beso de dos amantes, viejos conocidos, que gastaron sus cuerpos y se entretienen con los crucigramas del diario.

Saudade

El eco del mar, una puerta cerrada, una aldaba de bronce, un sueño, el insomnio y tu nombre.
La cocina con frutas de estación, una cama al amparo del frío, un garabato a cambio de la sonrisa, el cansancio de tanto esperar.
El cepillo de dientes de cerdas gastadas, el café que se empoza y se enfría.
Una hoja, un amuleto que conjure la incertidumbre.
Una taza olvidada en el desorden del auto, una telaraña saluda desde el cielo raso, el gato sin botas que maúlla desde el techo del vecino.
Un cuaderno rojo, una bufanda que duerme en la valija vacía.
Un andén donde arde el abrazo y te miro, creyendo que es posible, una vez, esta vez, hacerle justicia al destino. 

Olores

Alargo la mano para tocar el aroma del queso derretido en aceite de oliva. Cierro los ojos y la oscuridad de los párpados tiene el tacto del café. Probablemente los olores sean la patria del recuerdo, allí donde amamos hay un rastro que queda en el aire y que nos recompone en una geografía olfativa que nos es única.
Los jazmines me traen siempre la imagen de mi madre y las violetas iluminan mis pasos sobre un escenario que dejé olvidado hace décadas.
El olor a la lluvia sobre la tierra huele a esperanza y a sueños que aún sueño.
Ahora el largo etcétera de las nostalgias se dibuja en la fruta madura, en los árboles cargados de mangos, en el mordisco de una pumalaca.
Retomo los viejos aromas de la infancia y guardo otros para hacer memoria de la distancia que he puesto entre todos los exilios.
Me aguarda el abrazo de un beso que huele a yerba y manzana. Es pronto aún para colgar en el ropero de los olores la calma de tu tacto que sabe de la vieja madera húmeda donde se apilan de madrugada las verduras.

Silbar, salvar

C on un silbido era capaz de recomponernos , encontrarnos, darnos las señales que nos devolvieran al lugar justo donde estaba él.  Su boc...