lunes, 19 de diciembre de 2011

Andrés Bello: de la gramática a la libertad

** En estos tiempos en que la memoria nos enciende, en estos días de revolución y canto, de la palabra liberadora, hay que volver a la obra de este venezolano universal.


Todo estudiante venezolano desde el bachillerato hasta las escuelas de letras de las universidades públicas y privadas han estudiado a Don Andrés Bello. Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida y la Gramática de la Lengua Española son para ambos obras obligatorias. Pero Andrés Bello es más que ese poema y ese libro donde quedó plasmado con integridad el ejercicio de nuestra lengua, fue un hombre adelantado al tiempo que le tocó vivir, un quijote que por el contrario no se volvió loco por tantas lecturas, sino que ganó en agudeza, en inteligencia y sobre todo en compromiso. Y es que este venezolano fue y sigue siendo un intelectual que ejerció con ahínco el amoroso oficio de la palabra que piensa, describe, enseña y salva. 

Andrés de Jesús María y José Bello López nació en Caracas, el 29 de noviembre de 1781 y falleció en Santiago de Chile, el 15 de octubre de 1865. Fue filósofo, poeta, filólogo, educador y jurista, y sin duda uno de los humanistas más importantes de la América Nuestra. 


En estos tiempos en que la memoria nos enciende, en estos días de revolución y canto, de la palabra liberadora, hay que volver a él, a ese hombre necesario para pensarnos, entendernos, conocernos, amarnos, vivirnos y sobre todo liberarnos, porque Andrés Bello fue todo eso y todavía más. A doscientos treinta años de su nacimiento no hay mejor homenaje que estudiarlo para aprendernos, porque no bastan los monumentos en las plazas, el mármol que se opaca con el tiempo y el bronce que no es más que nido de palomas. 

A veces y sin querer dejamos que nuestros héroes sólo sean aquellos que blandieron las espadas y se nos quedan en los recovecos de la desmemoria, esos otros que combatieron pero en otras trincheras, esos que hicieron y hacen revolución desde la palabra, desde la vida que enseña a ser más libres, a ser más justos, más sabios y más humanos.

Por eso el poeta Luis Alberto Crespo dice de Bello que “sus armas fueron otras, las del libro y la escritura, la de la enseñanza pública, la del orden contra el caos, la de las luces contra la oscuridad del analfabetismo para beneficio de la enseñanza académica del hombre nuevo sanado de la larga herida de las batallas, las de Bolívar y su sueño de civilización y redención americanas”.

El joven que fue Andrés Bello realizó estudios de derecho y medicina, aprendió de forma autodidacta el inglés y francés, además de dominar el latín. Daba clases particulares y entre sus alumnos estuvo Simón Bolívar. Fue reconocido por su trabajo como traductor de textos clásicos. 

Los sucesos revolucionarios del 19 de abril de 1810, tuvo a Bello entre sus hijos. Y la Junta lo nombró Oficial Primero de la Secretaría de Relaciones Exteriores. En junio de ese año partió con Simón Bolívar y Luis López Méndez en la misión diplomática que tenía como objetivo lograr el apoyo británico a la causa independentista. En Londres conoció a Miranda y a otros hombres vinculados a las luchas por la independencia de los pueblos latinoamericanos. Pasó largos años en aquellas tierras, muchos de estrecheces económicas y aunque quiso volver a Venezuela, nunca lo logró.

Bello llegó a Chile en 1829 gracias al gobierno de ese país, donde fue designado como Oficial Mayor del Ministerio de Hacienda y Académico del Instituto Nacional. Allí fundó el Colegio de Santiago y en 1842 con la fundación de la nueva Universidad de Chile se le otorgó el título de primer rector. Además participó en la edición del diario El Araucano y junto con el argentino Domingo Faustino Sarmiento en el debate sobre el carácter de la educación pública. 

Durante su residencia en Chile, Bello publicó sus principales obras sobre gramática y derecho, por las cuales fue reconocido en 1851 como miembro honorario de la Real Academia Española.

Su vida política en Chile lo llevaron a desempeñarse como senador por la ciudad de Santiago entre los años 1837 y 1864. Fue el principal y casi exclusivo redactor del Código Civil chileno. Mientras que entre su obra literaria destacan A la vacuna y al Anauco, El romance a un samán, A un artista, Mis deseos, Venezuela consolada y España restaurada, y Resumen de la Historia de Venezuela, todas escritas en Caracas. De su exilio en Londres son Alocución a la Poesía y Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida. Mientras que en Chile escribió Principios de Derecho Internacional y Cosmografía o descripción del universo conforme a los últimos descubrimientos, entre otros.

Por todo lo que escribió, pensó, luchó y legó a los tiempos por venir, Andrés Bello es una de las imprescindibles voces del sur. Es un venezolano universal, un latinoamericano necesario, que supo sentir la tierra y los ecos del mañana, que en la Venezuela que lo nombra, hace finalmente realidad sus sueños.



Venezuela es Andrés Bello (fragmento)

“Héroe civil de la cultura y la educación de nuestro continente, inventor de una gramática para uso de nosotros mismos, poeta de la poesía política y geográfica, poeta de nuestra soberanía temática de región como universo y de histórica como asunto del ser planetario, pero sobre todo pedagogo hasta en la tristeza por su Caracas lejana, fundador del periodismo de opinión y del teatro, defensor de nuestra identidad lingüística, difusor de la herencia popular musical que dejaron los soldados bolivarianos de los llanos y las costas de Venezuela en los pueblos donde se batieron y hombre herido moralmente hasta más allá del dolor, he aquí a este prócer de traje de maestro, próximo a Simón Rodríguez en la pasión de servir a las ideas docentes y al conocimiento humanístico y científico que es hoy prioridad de las naciones en procura de su definitiva liberación.

Viene ahora, después de 230 años de preterición, esto es, de ignorancia o desinterés colectivos, en busca de nosotros, para confundir su corazón con el nuestro y quedarse para siempre en esta tierra, la del campesino y el obrero, la del soldado y el joven, la del niño y el adulto, en una palabra, la del ciudadano infinito e indistinto que hoy queremos ser”.

Luis Alberto Crespo


* Imagen tomada de internet

Chaplin, un genio en blanco y negro

** No le hizo falta el color ni el sonido para decirnos los miedos y las esperanzas, para hacer nacer la risa que estalla alegre en todo lo humano de la humanidad.


Se sientan en una sala aclimatada, en la que suele hacer más frío de la cuenta. En una bandeja de plástico generalmente roja, descansa un enorme vaso de refresco y un cartón con tantas cotufas que parecen para toda una familia. Se acomodan en las butacas. Mientras miran los avances que estarán pronto de estreno, flexionan las rodillas para dejar pasar a alguno que pide permiso, y que finalmente se sienta en la misma fila. Cuando por fin se apagan las luces, estallan ante los ojos imágenes que casi pueden tocarlos. El malo y el bueno, el beso de dos enamorados, una nave espacial o una chica de formas imposibles están tan cerca como si fueran reales. Es el tiempo de lo tridimensional. Pero la mayoría de las salas de cine proyectan películas hechas por el mercado para vender ideas como quien ofrece espejitos o carros. Es la industria del cine diciéndoles y diciéndonos qué comer, cómo vestirnos, cómo amar, pensar, sentir, como vivir al fin y al cabo. Claro, es posible que más de uno prefiera pantallas más chicas y menos refresco y salas donde no se puede ingerir comida, para volar con otros filmes, esos que saben contar historias que pueden hacernos pensar.

Y allí sigue estando él. El bigotito pequeño le baila en el rostro. Tiene un bastón en una mano y un sombrerito negro que siempre parece a punto de caer. Extraño personaje que a pesar de los años transcurridos sabe arrancarnos la risa, pero no esa que salta de la histeria que surge cuando alguien se cae en la calle, sino la que nace cuando somos capaces de constatar que somos humanos, diminutos ante la historia, insignificantes si nos pensamos solos y trascendentes cuando somos capaces de darnos cuenta que somos parte de muchos, porque somos mucho.

Chaplin, el infinito humorista que nos regaló y nos regala, el tiempo necesario para pensarnos más libres y más juntos. El que hizo posible Tiempos Modernos, El Chico, El Gran Dictador y Candilejas, entre tantas películas que siguen siendo un espacio propicio para el encuentro.

Hoy, en pleno siglo XXI, Charles Chaplin, a pesar del silencio y del blanco y negro, o tal vez precisamente por eso, es una referencia del buen cine, es en definitivamente lo que nos falta ver, para no comprar espejitos de pantalla grande, sino la utopía realizable de un mundo más justo.

Charlot
Probablemente todo lo que se pueda decir, alguien lo haya dicho ya. Sobre Chaplin no hay mucho que aportar, y sin embargo es una invitación abierta a encontrarnos, a contarnos, a soñarnos distintos y sobre todo, a luchar por nuestras esperanzas.

Charles Spencer Chaplin nació en Londres, el 16 de abril de 1889. Joven subió a las tablas del teatro y los “music hall”, pero el salto a las salas de cine lo dio el septiembre de 1913. El cómico estaba de gira en Estados Unidos con la compañía teatral de Fred Karno. Y fue precisamente para esos años que nació Charlot, el sin techo que vestido de dandy, se nos ha quedado a todos en la memoria, tanto que a veces no es posible diferenciar a Chaplin de Charlot, porque ambos son libertarios y tiernos, divertidos y conmovedores, son arte y parte de un tiempo y de una historia.

Durante su vida Chaplin fue acusado por el gobierno de Estados Unidos de comunista, que en aquellos años era -y sigue siendo- un estigma. 

Fue uno de los cofundadores de la United Artists en 1919, en la que también participaron Mary Pickford, Douglas Fairbanks y David Griffith. Y a partir de 1923 produjo, dirigió y escribió con ella, ocho películas y actuó en todas menos en la primera. A partir de Luces de la ciudad también compuso las partituras de sus filmes. De estos años son Una mujer de París, La quimera de oro, El circo, Luces de la ciudad, Tiempos modernos, El gran dictador, Monsieur Verdoux y Candilejas. Mientras que en Inglaterra, una vez negado el permiso de volver a Estados Unidos, produjo Un rey en Nueva York y La condesa de Hong Kong.

La carrera artística de Chaplin se extendió durante siete décadas, y su vida dedicada a contar desde el humor las miserias humanas y los anhelos de los pueblos, lo llevaron a estar nominado al Nobel de la Paz en 1948. 

Exiliado en Suiza desde 1953 debido a la persecución del gobierno estadounidense, por considerar que su vida y obra atentaban contra los intereses de ese país, Chaplin denunció en más de una oportunidad las guerras y a la industria armamentística, siempre desde el humor, desde la militante ternura que nos llama a ser más humanos y más justos. Falleció el 25 de diciembre de 1977, a los 88 años de edad. Pero está en vivo en Charlot, en ese vagabundo que en silencio y en blanco y negro, nos convoca a reescribir la historia, a amar lo más hondo y lo más libre de la humanidad. Chaplin vive y vivirá siempre que alguien se atreva a navegar en los claroscuros en los que la palabra emerge de la mirada, y en las que nace en la certeza de todo lo que está por decir.

“Mirada de cerca, la vida parece una tragedia; vista de lejos, parece una comedia. Nunca te olvides de sonreír, porque el día en que no sonrías será un día perdido. La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive cada momento, antes de que baje el telón y la obra termine sin aplausos. Hay que tener fe en uno mismo. La vida es maravillosa... si no se le tiene miedo. Sin haber conocido la miseria, es imposible valorar el lujo. Más que maquinaria necesitamos humanidad, y más que inteligencia, amabilidad y cortesía. Fui perseguido y desterrado, pero mi único credo político siempre fue la libertad”, afirma Chaplin en uno de los personajes de El Gran Dictador y así es.


DISCURSO FINAL DEL GRAN DICTADOR (fragmento)

“El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las almas. Ha levantado barreras de odio. Nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas.

Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado nosotros. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco.

Más que máquinas, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades, la vida será violenta. Se perderá todo.

Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana. Exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros.
Ahora mismo mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, a millones de hombres desesperados, mujeres y niños. Víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes.

A los que puedan oírme, les digo: no desesperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano.

El odio de los hombres pasará. Y caerán los dictadores. Y el poder que le quitaron al pueblo, se le reintegrará al pueblo. Y así, mientras el hombre exista, la libertad no perecerá”.

Charles Chaplin

* Imagen tomada de internet

Con el Chino Valera Mora amanecemos de bala

** Un 25 de septiembre nació el poeta trujillano, ese que sigue vivo en los versos que ondean palabras, y nombran y sueñan, los sudores y amores del Pueblo.


Hay días que pesa el hambre, que hace nudos en la garganta y en los nudillos la injusticia. Hay días en que se agria la ternura, en los que la soledad ajena pesa, y se queda entre pupila y pupila el niño sin escuela y el dolor centenario del abandono. Hay días en que lo más turbio, lo más triste, las heridas más hondas, empañan el sol y entonces, no hay manera, uno amanece de bala.

Y es que Víctor Valera Mora, el Chino, vivió de bala. Él sigue siendo una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea. Con una ternura militante se enfrentó siempre al consumismo capitalista, a la explotación y la opresión de los hombres, con una poesía que nació precisamente de la lucha, de la rebeldía necesaria, de la utopía posible. 

Sus versos son banderas henchidas de vientos y esperanzas, con ellos supo denunciar la hipocresía burguesa, a la iglesia, a la cultura oficial, a los académicos, los burócratas y a los pacatos. Todo en él fue siempre alegre metralla, cálido fusil de palabras que edificó con poemas una trinchera para la lucha que aún no acaba.

Pero además fue caricia, fue beso, pecho abierto. Con él es posible descubrir también la dulzura de la entrega, el roce que no acaba, el deseo y la vida que estalla en la conciencia. 


Breve semblanza
El Chino nació en Trujillo el 25 de septiembre de 1935. Estudió sociología en la Universidad Central de Venezuela. Trabajó en la Universidad de Los Andes, en el antiguo Conac, y en la biblioteca ambulante de los Ovalles, la que era conocida como La gran papelería del mundo. 

Fue miembro del Partido Comunista y por irredento rebelde fue encarcelado, a finales de 1957, durante las manifestaciones contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. 

Además, acompañado de los escritores Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Pepe Barroeta y Caupolicán Ovalles, Valera Mora fue miembro destacado de la Pandilla de Lautréamont, un grupo que proclamaba la necesidad de la poesía para todos.

En 1961 publicó La canción del soldado justo, un trabajo poético que proclamó las esperanzas y sueños revolucionarios de esa década. Luego, vinieron Amanecí de bala (1971) y Con un pie en el estribo (1972). Precisamente por su segundo libro fue catalogado de subversivo por un general de la Dirección de Inteligencia Militar. Era buscado entonces para ser nuevamente encarcelado. El Chino no esperó la condena. Partió rumbo a Roma gracias a una beca. En la capital italiana escribió sus 70 poemas estalinistas, el último de sus libros publicado en vida, que le valió un premio en 1980. Póstumamente fue editado Del ridículo arte de componer poesía. 

El Chino en las voces amigas
El escritor venezolano y Premio Nacional de Literatura, William Osuna, dijo dando cuenta de la militancia del Chino que “a través de los cafés literarios de Sabana Grande, reflejaba el alma guerrillera mediante la insurgencia estética de los grupos de ese momento”. Y agregó que sus versos componen “una poesía de acusaciones, de desmitificaciones del reclamo amoroso”.

Mientras que Francisco “Farruco” Sesto, poeta también de esta Venezuela que sabe de sueños, lo calificó como “un poeta que va de lo político a lo amoroso, que es duro, hace humor, ironía y es capaz de una ternura infinita”. 

Por su parte, el poeta y diputado venezolano Earle Herrera, señaló que en el transcurso de los años 70 los órganos represivos consideraron a Amanecí de bala más subversivo que todos los focos guerrilleros que aún existían en el país. 

Pero el tiempo que lo silenció germinó en grito libertario. La poesía del Chino Valera Mora encontró nuevos espacios y lectores. La Venezuela que aprendió a mirarse las heridas y los viejos pasos finalmente se reencontró con la palabra comprometida del Chino, y entonces sus versos dejaron de ser silencio para ser declarados Patrimonio Cultural de la Nación por la Asamblea Nacional. Y su nombre está inscrito en el premio internacional de poesía que reconoce la obra de mujeres y hombres que saben la vida y los versos. 

Víctor Valera Mora, el Chino, falleció el 30 de abril de 1984, en Caracas. Pero aunque no está, está. Su palabra es canto amoroso, que sabe contarnos los miedos y las rabias, los anhelos más hondos. Su poética tiene toda la vigencia de la libertad sin cortapisas y ofrece, si hace falta, una trinchera para conquistar el futuro. 


Oficio puro

“Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor
En qué piensa una mujer que recién ha hecho el amor
Cómo ve el rostro de los demás y los demás cómo ven el rostro de ella
De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor
De qué modo se sienta una mujer que recién ha hecho el amor
Saludará a sus amistades
Pensará que en otros países está nevando
Encenderá y consumirá un cigarrillo
Desnuda en el baño dará vuelta
a la llave del agua fría o del agua caliente
Dará vuelta a las dos a la vez


Cómo se arrodilla una mujer que recién ha hecho el amor
Soñará que la felicidad es un viaje por barco
Regresará a la niñez o más allá de la niñez
Cruzará ríos montañas llanuras noches domésticas


Dormirá con el sol sobre los ojos
Amanecerá triste alegre vertiginosa
Bello cuerpo de mujer
que no fue dócil ni amable ni sabio”.


Víctor Valera Mora


*Imagen tomada de internet

Juana de Ibarbourou: la vida, un verso

** Juana de Ibarbourou supo siempre de la palabra que desnuda, de la metáfora perfecta, del adjetivo que no sobra ni falta, sino que cuenta, contándonos los sueños y otras bienvenidas.


Con la Juana de América se enamora uno, una y mil veces. Con sus versos nace la caricia convertida en eco derramado. Con su palabra certera el amanecer se vuelve lecho florido, amante campo sembrado.

Y es que Juana de Ibarbourou (Melo, Uruguay, 8 de marzo de 1895 - Montevideo, 15 de julio de 1979) supo siempre de la palabra que desnuda, de la metáfora perfecta, del adjetivo que no sobra ni falta, sino que cuenta, contándose, contándonos los sueños y otras bienvenidas.

Esta poeta uruguaya es uno de los estandartes de la literatura de Nuestra América de principios del siglo XX. Cuentan que temprano encontró el amor y por eso a los veinte años se casó con el capitán Lucas Ibarbourou. Se trasladó a Montevideo tres años después, donde vivió desde entonces. Sus primeros versos aparecieron impresos en diversos periódicos. Lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920) y Raíz salvaje (1922), fueron sus primeros libros de poesía, en los cuales convergen versos modernistas de los que emergen imágenes y sensaciones, colores y sueños, pero en los que ya su voz era cuenco y tiento para todo lo que aún tenía por decir.

Los grandes temas de la humanidad están presentes en su obra. La búsqueda de la libertad, el amor, el tiempo, la vida que pasa y también la que queda, las cotidianidades y la trascendencia. Su voz fue encontrando en los versos las verdades y las incertidumbres de las tierras y sus gentes. Y el cuerpo tomó en ella la dimensión exacta de la caricia, del gesto que acompaña el desnudo, y a veces también, de la soledad sin aspavientos, de la soledad más sola. Tal vez por eso escribió sabiéndose divinamente humana, entera, pero también escindida de las agujas de un reloj que detiene el paso de las horas sobre el sueño batido entre las alas de las almohadas.

“Por el molino del huerto / Asciende una enredadera. / El esqueleto de hierro / Va a tener un chal de seda / Ahora verde, azul más tarde / Cuando llegue el mes de Enero / Y se abran las campanillas / Como puñados de cielo. / Alma mía: ¡quién pudiera / Vestirte de enredadera!”. (Fragmento de La enredadera, del poemario Raíz salvaje).


De América 
La poeta, la honda mujer de los versos que saben del rocío entretejido en el verdor, fue proclamada Juana de América, en 1929, en el Palacio Legislativo del Uruguay.

En la América mayúscula el vanguardismo irrumpía en las letras. Y poco a poco la poética de Juana de Ibarbourou se fue desvistiendo de poses para mostrarse cada vez más humana y más sensible. En La rosa de los vientos (1930) se adentró en esta corriente literaria, pero sin los fanatismos que muchos otros poetas blandieron desde el papel, sino más bien valiéndose de ciertas imágenes con las que pudo dejar al descubierto cada vez más honda, su voz de vida que estalla en cada mañana inaugurada de sol y de sombras.

“Si todas las gaviotas de esta orilla / Quisieran unir sus alas, / Y formar el avión o la barca / Que pudiesen llevarme hasta otras playas... / Bajo la noche enigmática y espesa / Viajaríamos rasando las aguas. / Con un grito de triunfo y de arribo / Mis gaviotas saludarían el alba. / De pie sobre la tierra desconocida / Yo tendería al nuevo sol las manos / Como si fueran dos alas recién nacidas./ ¡Dos alas con las que habría de ascender / Hasta una nueva vida!”. (Fragmento de Las olas, de La rosa de los vientos).


Entre versos y cuentos
Entre 1930 y 1950 la poeta uruguaya no publicó ningún libro de poesía. Sin embargo se dedicó a una prosa que lleva entre las hebras y las entrelíneas toda la carga sentipensante de una mujer que encontró en la palabra los adioses y las bienvenidas, los hasta siempre y los jamases. 

Los loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia (1934); Chico Carlo (1944) y en 1945 Los sueños de Natacha son algunos de los cuentarios, con matices autobiográficos que salieron publicados por esos años. En 1971 apareció Juan Soldado, donde recogió narraciones de diferentes épocas. Finalmente, cuando se reunió el hilo poético con Perdida (1950) ya el verso no se iría más.

En 1932 Juana fue la promotora de un concurso internacional que tenía como premisa dotar de una bandera a la Hispanidad, izada por primera vez el 12 de octubre de 1932, en la Plaza de la Independencia de Montevideo.

Juana de América, la poeta uruguaya, ocupó la presidencia de la Sociedad de Escritores de su país en 1950, y cinco años más tarde su obra fue premiada en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. En 1959 recibió el Premio Nacional de Literatura entregado por primera vez. Entre sus poemarios posteriores se encuentran Azor (1953), Mensaje del escriba (1953), Romances del Destino (1955), Angor Dei (1967) y Elegía (1968).

La obra de Juana de Ibarbourou será siempre una tregua, un instante de calma, donde la amorosa serenidad de la pasión y la soledad que nace en los espejos recuerdan la vida, la vida vivida y la que tal vez aún queda por vivir. 

“Crecí para ti. / Tálame. Mi acacia / implora a tus manos su golpe de gracia. / Florí / para ti. / Córtame. Mi lirio / al nacer dudaba ser flor o ser cirio. / Fluí / para ti. / Bébeme. El cristal / envidia lo claro de mi manantial”. (Fragmento de El fuerte lazo)


Extracto de Historia de la Literatura Uruguaya
Por Ida Vitale
“En Juana de Ibarbourou, gradualmente, el paisaje se transforma en comprobación tenaz de lo natural, en búsqueda de lo concreto, no del símbolo o del simulacro, sino de la suma de elementos verídicos y verificables, esos mismos que una mirada simple descubre en el contorno. A través de toda su obra poética, la autora es fiel a ciertos temas; algunos, aunque no sean exclusivamente privativos de ella emanan de una experiencia vivida, que no comparten necesariamente otros poetas. 
Los años pasan, la muerte toca en torno y se lleva los amores mayores y empieza a verse sola, y esta soledad se le hace anticipo de otra soledad mas radical”.
(Ida Vitale poeta y crítico, uruguaya, 1923)

*Imagen tomada de internet

Jesús Soto, el arte en movimiento

** Uno de los más importantes aportes del artista plástico guayanés fue su tarea de buscar que el arte hiciera partícipe al espectador. 


La otrora Angostura fue uno de sus primeros lienzos. El color del Orinoco serpenteando sobre la tierra y el movimiento continuo de sus aguas marcando tiempos, ritos y sueños son los elementos de un paisaje que siempre estuvo y estará en las piezas que legó al futuro. La obra de Jesús Soto (Ciudad Bolívar, 05 de junio de 1923 - París, 14 de enero de 2005) ofrece no sólo la dimensión creadora sino la posibilidad de volverse uno con su arte. Allí están sus penetrables sonando con el paso humano, transformándose con el tacto, sumándose al paisaje, en fin, integrándose al todo que perciben las miradas y los roces. 

Soto fue un creador que amando el movimiento fue capaz de interpretarlo, hacerlo suyo, dominarlo con la magia que nace de lo más divino que habita las humanas pasiones, y con esa militante rebeldía que nace de las búsquedas, de las preguntas con y sin respuestas, nos regó los ojos, las manos y la percepción, con el ir y venir de los colores y las formas.

DE LAS CUERDAS AL PINCEL
Empezó a rasgar cuerdas y guitarras cuando tenía doce años, tiempo en el que también copiaba las reproducciones de cuadros que aparecían publicados en revistas, libros y almanaques. A los dieciséis años consiguió un trabajo como pintor de afiches para los tres cines que funcionaban en Ciudad Bolívar por aquel tiempo. Y precisamente en esa ciudad obtuvo una beca para estudiar en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, en septiembre de 1942. Continuó su formación participando en los Cursos de Arte Puro y de Formación Docente en Educación Artística e Historia del Arte. En esos andares conoció a Carlos Cruz-Diez y Alejandro Otero.

Desde 1943 y hasta 1949 Jesús Soto expuso cada año en el Salón Oficial de Arte en Caracas, su pintura de esos tiempos estaba cruzada de influencias y búsquedas personales, particularmente la mirada de Cézanne fue decisiva a finales de la década.

En su primera exposición individual, iniciando la década del '50, Soto presentó catorce cuadros entre paisajes, retratos, naturalezas muertas y algunos dibujos del Taller Libre de Arte de Caracas.

Fue el 16 de septiembre de 1950 cuando Jesús Soto partió rumbo a Europa, donde además de encontrarse con Alejandro Otero, Mercedes Pardo, Rubén Núñez, Perán Erminy y otros artistas que ese año formaron la revista y el grupo Los Disidentes, descubrió de la mano de Aimée Battistini, el arte moderno. En 1951 y ya sin la beca que le permitía su estancia en París, Soto volvió a las cuerdas con cierto éxito y deleite para la noche parisina.

A fines de ese año participó en la exposición Espacio-Luz y dio comienzo a sus primeras obras basadas en la repetición y la progresión. Los años que siguieron estuvieron signados por la búsqueda que culminó con la creación definitiva del arte cinético. Fue el 30 de junio 1957 cuando expuso sus Estructuras cinéticas en el Museo de Bellas Artes de Caracas. Esa muestra representó para el guayanés infinito un punto de inflexión. Abandonó el pléxiglas para construir sus primeras estructuras cinéticas en metal soldado.

Jesús Soto obtuvo en 1960 el Premio Nacional de Pintura con una vibración blanca expuesta en el Salón Anual. Fue a principios de esa década cuando las obras de Soto empezaron a hablar en un lenguaje geométrico elemental. Entre otros premios fue distinguido con la Medalla de Picasso de la Unesco, 1981; designado Miembro Titular de la Academia Europea de las Ciencias, las Artes y las Letras, París 1981; Premio Pedro Ángel González, Gobernación del Distrito Federal Caracas, 1995; Gran Premio Nacional de Escultura de Francia, 1995. Además recibió el Gran Cordón de la Orden del Libertador, en Venezuela, 1996.

Uno de los más importantes aportes de Jesús Soto fue su tarea de buscar que el arte hiciera partícipe al espectador. Tal vez por eso muchas de sus obras son esculturas integradas a la arquitectura que buscan que quien se asoma a ellas, se encuentre. El arte de Soto, cinético en su más pura esencia, es además un arte participativo, lúdico. La obra es en la medida en que quien se acerca forma parte de ella. Si tiene alguna duda lo invitamos a visitar el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, está en Ciudad Bolívar y fue creado por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva en 1971, aunque abrió sus puertas dos años después. En las siete salas del museo y en sus jardines se encuentra la muestra de arte constructivista más importante del país, muchas de las obras que están allí alojadas fueron de la colección personal de Soto y tres de las salas están dedicadas exclusivamente al artista guayanés. En los espacios exteriores están algunos de los penetrables, si se fija bien, va a ver asomados y riendo a los niños y niñas que visitan diariamente el museo.

Y es que Soto, como escribió una vez Carlos Servando García, en una revista, “siempre será Soto y único, un maestro del crear y el descubrir, (que) hoy duerme entre nosotros, pero vive como la luz y el viento en cada una de sus obras y solo descansará cuando su cuerpo repose cerca de su amado río”.



EL MOVIMIENTO

“La idea de introducir el movimiento en la pintura es tan antigua como el mismo arte. Tal vez aparezca de forma más evidente en algunas obras como las de Miguel Ángel o de los artistas barrocos, en los cuales el deseo de proyectar las figuras en el espacio y dar la ilusión de que se están moviendo hacia todos los lados cobra una insistencia a veces obsesiva.

De forma más conceptual, es con Cézanne y con los cubistas cuando empieza a aparecer una «cuarta dimensión» dinámica, que al cabo terminará por concretizarse en casos aislados como las máquinas de Gabo y Duchamp, o los «móbiles» de Calder.

Pero creo que es mérito de nuestra generación el haber conseguido que se asumieran, de forma ya irreversible y a escala mundial, el arte transformable y la participación del espectador. Con nuestra generación, me refiero a todos los artistas cuyo proceso es marcado, en su inicio, por el choque revolucionario de los descubrimientos de la ciencia moderna respecto a la inestabilidad de la materia y la ambigüedad del espacio, a la vez que se apoya en la noción de estructura pura. Esa noción desarrollada a través de vías y medios muy diversos permitió una verdadera introducción del movimiento en la obra de arte, en lo que viene a llamarse «arte cinético».

Debo añadir que nunca hemos hablado entre nosotros de cinetismo sino siempre de arte cinético, pues de ninguna manera hemos considerado el desarrollo individual de nuestras investigaciones como «ismo», ni como una escuela o un movimiento”.

Jesús Soto


*Imagen tomada de internet

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