miércoles, 8 de agosto de 2012

Francisco Massiani, brújula de los cuentos que nos contaron


Recientemente el jurado del Premio Nacional de Cultura anunció que el escritor caraqueño fue seleccionado en la mención literatura por la obra que ha legado a las generaciones por venir.

El amor, la curiosidad, la soledad, el recuerdo, la compañía y a fin de cuentas, la vida, son algunos de los ingredientes de una de las novelas más frescas y que retratan con más honestidad los ires y venires de un grupo de jóvenes.  Y es que la lectura de Piedra de Mar sabe hacer cómplice a los lectores, en ese amasijo de pasiones en los que los personajes harán recordar a más de uno los tiempos del amor adolescente.
El autor del libro publicado en 1968, Francisco Massiani, fue recientemente reconocido con el Premio Nacional de Cultura 2010-2012, en la Mención Literatura. Caraqueño, nacido en 1944, es narrador, cuentista, dibujante, y también un viajero incansable capaz de llenarse la mirada con los colores y sabores de sus ojos por otros paisajes.
Hasta los quince años Massiani viajó a Estados Unidos y Santiago de Chile, cuando cuentan que regresó a Venezuela a estudiar arquitectura, aunque también estudió de niño acordeón. Fue en 1962 cuando comenzó a trabajar como colaborador de la revista Imagen, páginas donde publicó artículos y relatos que apuntaron siempre hacia la pasión a la palabra que contando nos cuenta.
Viajó a París en 1969, ciudad donde cobijó palabras e imágenes que se fueron sumando a su gran inventario de historias. Un año después, en 1970 publicó Las Primeras hojas de la noche, su primer libro de cuentos. En 1974 fue galardonado con el Premio Literario Pro-Venezuela, mientras que al año siguiente El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes apareció para deleite de los lectores de hoy.
Los mandamientos de Misterdoc Fonegal, su segunda novela, apareció en 1976. Precisamente desde ese año y hasta una década después, residió entre Madrid y París, sin dejar de visitar a su país natal. Diez años después recibió el Premio Municipal de Prosa con su libro de relatos Florencio y los pajaritos de Angelina, su mujer, y en 1999 publicó Con agua en la piel, su tercer libro de cuentos.
En el 2005 recibió el Primer Premio Anual de la Fundación de la Cultura Urbana, y un año después publicó su primer libro de poemas, Antología.

De su obra y sus versos
La obra literaria de Massiani tiene una importante influencia en los narradores de estos tiempos y estas tierras, y sin duda alguna es uno de los escritores venezolanos más sobresalientes. Sus textos están signados por un lenguaje claro, transparente, algunos críticos literarios aseguran que hasta gestual, que da testimonio de los haceres y sentires de los jóvenes de su generación.
En su poesía, Massiani deja de manifiesto los dolores hondos del amor. La soledad como un signo de las derrotas, pero también como constatación de la vida que nace y brota en cada herida. Por eso dice, “Me gustaría tenerte aquí a mi lado / porque esta insoportable soledad / esta inútil soledad para nadie / me ha tocado con un guante helado la frente / y me ha dejado de pie a la ausencia / y en ella tus ojos / se han perdido como si nunca hubieran mirado”.
En el prólogo del libro Antología, escribió Rodrigo Blanco Calderón, en noviembre de 2005, “Es poco lo que yo pueda decir sobre los poemas de Pancho Massiani. Éstos hablan por sí mismos, erizan la piel y ablandan el corazón. Nos recuerdan o nos confirman que hemos estado vivos, o que el agún momento, y esta es la promesa tierna que guardan sus versos, lo estaremos”.
Y es que los días son una sucesión amalgamada de sueños y de los ícaros del alma con las alas rotas. La vida, toda ella, se puebla de fantasmas, de melancolías que colman la página en blanco. “Tristeza coja, / adelantada a unos pasos de mí. / Tristeza que busca la mesa más arrinconada del café / aparta la silla como para una vieja amante / y se sienta y acoda la cabeza en el ángulo más solo. / Tristeza perruna melancolía. / Tristeza de todos los días a las seis de la tarde / de todas las horas los domingos”.
No hay pues, mejor homenaje a la vida hecha palabra y viceversa, que el reconocimiento que el jurado del Premio Nacional de Cultura, en la mención literatura, realizó a Francisco Massiani, “cuyo trabajo ha sido de importante influencia en generaciones de escritores y lectores, uno de los más grandes narradores de nuestro país quien a partir de 1968 que se publica su primera obra Piedra de Mar nos cautiva a través su forma de narrar y plasmar la cotidianidad de la vida en nuestra capital”.


Ya no sería lo mismo (fragmento)
Por Francisco Massiani

El hombre pareció sentirse por primera vez confiado a la mujer y por primera vez pareció mirarla y no hablarle por responderle o por hacerla sentir que la recordaba. Ahora el hombre la miró a los ojos y entusiasmado le respondió que un gol era adivinar a una mujer en una multitud, adivinarla como una vieja amante sin haberla conocido todavía, saber que ya la amabas sin haberle preguntado el nombre ni nada. O era más, depende, o no era nada, como el último gol de un equipo que fuera derrotado a pesar del último gol, del gran esfuerzo, derrotado injustamente por el árbitro o porque simplemente lo derrotaron porque la pelota se empeñó en pegar en el travesaño como a veces las palabras se empeñan en traicionar el buen deseo de llegar a esa mujer que adivinas en una fiesta, o cuando algún maricón que nunca falta se encarga de calumniarte por envidia antes de que tú entres en la mujer y ella te reciba con el agradecimiento viejo y maduro de haberte esperado toda una vida.
(Cuento perteneciente a El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, publicado por Monte Ávila Editores, en 1975)

Waldo Leyva desanduvo versos para regalarnos la poesía

Imagen tomada de Círculo de Poesía

Algunos de sus poemas son canciones que en la voz del trovador cubano Augusto Blanca son versos para la esperanza y el amor en todas sus dimensiones.






“Estoy atado al mástil / porque necesito, para salvar al mundo, / que canten las sirenas”, declara en tono mayor el cubano Waldo Leyva, poeta sobre el que recayó la cuarta edición del Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora.
El jurado, compuesto por los escritores, Josu Landa Goyogana de México, Raúl Betancourt de Cuba y Gustavo Pereira de Venezuela afirmaron en el veredicto que la obra, Cuando el Cristal no reproduce el rostro, es una celebración a la vida, un continuo donde la palabra hecha verso, recorre las humanas pasiones.
Entre otros libros ha publicado De la ciudad y sus héroes (Premio de poesía, Editorial Arte y Literatura, Cuba, 1976); Desde el este de Angola (Angola, 1976); Con mucha piel de gente (Ediciones Unión, Cuba, 1982); El rasguño en la piedra (Ediciones Unión, 1995); Otro día del mundo (Ediciones Ávila, Cuba, 2004); Ocultas claves para la memoria (Ediciones Fósforo, México, 2005); Agradezco la noche (Ediciones Cálamus, México, 2005); Remoto adagio (Ediciones Unión, La Habana, 2008); Asonancia del tiempo (Ediciones Vandalia, España, 2009) y Los signos del comienzo (Monte Ávila Editores, Venezuela, 2009), entre otros libros de poesía, teatro y ensayo.
Waldo Leyva (16 de mayo de 1943, Remates de Ariosa, Remedios, Cuba) se graduó en actuación y dirección teatral. Fue director y fundador del teatro universitario de la Universidad de Oriente de Cuba y ejerció como actor en el cine y en diversas puestas en escena. Además se dedicó a la docencia universitaria como profesor de Estética y de Literatura Cubana e Hispanoamericana, y ejerció el periodismo como fundador y director de revistas culturales, como Del Caribe y Letras Cubanas.

De sus versos
No es difícil reconocer a ciertos poetas. Al leerlos, aunque sea por primera vez, sus versos estallan ante los ojos y los hombros, las manos y la vida, como pronósticos y urgencias. Así, el poeta se convierte en compañero de viaje, en camarada de los amores buenos y las soledades más solas. “El camino se agota si no parto. / Al fondo, / donde no empieza nada, donde nada termina, / sigo de pie esperando”.
El hombre aguarda. Está solo, con todo el silencio del mundo contenido en sus pasos. Solo. Como cuando se enciende la tarde y apenas se escucha el viejo rumor del día que muere. Solo. Con la certeza del adiós entre los labios.
“Cuando todo resulte, sólo quiero / que alguien recuerde que al fuego puse / mi corazón,el único que tuve, / que yo también fui “hombre de mi tiempo”, / que dudé, que confié, que tuve miedo / y defendí mi sueño cuanto pude”, dice Waldo Leyva en Asonancia del tiempo.
El amor aparece entre los desnudos, entre las horas de ahora y siempre y todavía. Todo en su poesía lo nombra, como estandarte, como cuerpo, como naufragio y como vuelo. El amor en todas sus dimensiones, en todo lo humano que nos habita. “Las calles serán las mismas para entonces, / los flamboyanes de efe y trece seguirán floreciendo, / muchos amigos no estarán / y el tiempo habrá pasado por la historia de la casa, / de la ciudad, de mi país, del mundo. / Quiero que el veintiuno de agosto, al despertar, / prepares la piel / el corazón / las ganas de vivir”.
Ese es Waldo Leyva, el poeta cubano, el que desanduvo versos para regalarnos la poesía.



Sobre el premio

La obra del cubano Waldo Leyva, Cuando el Cristal no reproduce el rostro, fue escogida como ganadora entre 156 obras provenientes de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, México, Panamá, Perú, República Dominicana y Venezuela. En esta edición destaca la participación de poetas mujeres, más de 30 escritoras ofrecieron sus versos.
Es importante señalar, que el Premio tiene como propósito reconocer la creación poética actual, fortalecer vínculos culturales en el escenario internacional y rendir homenaje a la memoria del poeta venezolano Víctor Valera Mora. Y será entregado al ganador en un acto que se realizará en Caracas, el 21 de octubre de 2012, fecha conmemorativa del nacimiento del poeta.



Nadie de Waldo Leyva

He oído a las sirenas cantándose una a otra.
No creo que canten por mí.
                                               T.S. Eliot

Navego atado al mástil,
no porque haya islas esperándome,
ni magas,
ni monstruos solitarios.
Estoy atado al mástil
porque necesito, para salvar al mundo,
         que canten las sirenas.

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