Con pájaros en el pecho


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La muerte debe ser vencida / La miseria echada / que haya pájaros en cada pecho” dice una y otra vez nuestro Gustavo Pereira, porque aunque la poesía no pueda salvar al mundo, puede ser una llamarada de conciencia.
¿Qué son los versos sino la angustia, sino la esperanza y el fulgor de un ser humano que se animó a decir nuestro tacto y nuestros sueños? Qué es la poesía sino la constatación de que la utopía es posible ¿No andamos precisamente en eso desde hace quince años, mostrando y demostrando que juntos y juntas podemos hacer realidad la magia?
Llevamos más de una década haciendo nacer la vida buena, con nuestros errores y nuestros tropiezos sí, pero la vida que nos merecíamos desde antes y la que aun debemos dejarles a los que están por venir.
No hay alambradas que puedan detener la caricia, sino es con las manos que se vaya volandera con el viento. ¿Quién ha visto que la paz se quede atascada en los alambres? No podrán, no pueden pasar sus propios muros quienes atentan contra la esperanza. Se quedan y se quedarán enredados en sus propios odios, porque son pocos y aunque tienen fuerza, del otro lado, del nuestro, sigue creciendo la alegría, floreciendo entre sueños, al calor de las risas que los niños como bandadas de pájaros sueltan durante los recreos en las escuelas que en estos años albergan como nunca antes a nuestros hijos.
Ponen alambres como quien construye muros. ¿Se querrán quedar solos con sus odios? ¿Querrán encerrarse para siempre y vivir a la sombra de toda la luz que hoy nos inunda? ¿Cómo no ven los sueños que hemos sabido conquistar? ¿Cómo no ven los niños con escuelas y computadoras, con la barriga llena y con todo el futuro por delante? ¿Cómo no se dan cuenta de sus padres y abuelos que hoy tienen su pensión así hayan sido pescadores o planchadoras de manos sabias? ¿Cómo no sienten las vidas que se salvan por los médicos que están barrio adentro? ¿Cómo no se percatan del esfuerzo para que todos tengamos las mismas oportunidades? ¿No van a las universidades que hoy se multiplican en cada rincón del país? ¿No se dan cuenta que las casas crecen como por arte de magia y más gente y más niños tienen un techo digno dónde vivir? ¿Y todas las plazas ganadas al abandono? ¿Y el agua que sale cuando antes todo era sequía en las manos de los pobres? ¿En serio no ven? No puede ser tan ciegos...
Pero contra las alambradas enarbolemos nosotros la magia, la de sabernos muchos y alegres, la de la certeza de que nos asiste la razón... Nos acompañan en este vuelo que no se detiene por púas las voces de antes, la de Guaicaipuro y Bolívar y Miranda y Manuela... también la de los cerros que se sembraron allá un febrero de 1989 y que aún nos dicen presentes. Con nosotros el abrazo del más nuestro de los nuestros, ese Chávez gigante. Por eso no hay alambres ni muros ni barricadas, porque la nuestra y la de ellos aunque no lo quieran ver, es la batalla del amor por sobre las sombras, la de la ternura por sobre el odio, la de la esperanza venciendo la indiferencia. No hay alambres que puedan contra las alas extendidas que alzan vuelo en nombre de la paz verdadera, la paz que memoriosa hace justicia y es libre para alcanzar el porvenir. Este no es el tiempo del odio, este es el tiempo del Pueblo y sus infinitas ganas de volar, porque los pájaros como dice el poeta anidan dentro nuestro.

Elena, escritora y periodista de Nuestra América

Foto tomada de ABC (entrevista a propósito de la novela Leonora)
** Poniatowska es la primera mujer en México en recibir el premio Cervantes. La quinta mexicana después de Octavio Paz (1981), y sus entrañables amigos Carlos Fuentes (1987), Sergio Pitol (2005) y José Emilio Pacheco (2009).



No me queda mucho tiempo. Me tengo que apurar y no perderlo pendejeando”, dijo la periodista y escritora mexicana Elena Poniatowska en una rueda de prensa luego de haber sido designada con el premio más importante que se entrega a escritores hispanoamericanos. Ella, que ha sabido contar la realidad de su tierra y sus gentes, ella que ha sabido narrar la vida que siempre es más fantástica que la ficción, tiene la fuerza de una voz que sabe poner en palabras los dolores y las esperanzas de ese México profundo, tan americano, tan como nosotros.
Con sus 81 años y más de 40 libros publicados, la narradora y periodista comparte la lista del Cervantes con escritores como Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti, Rafael Alberti y Adolfo Bioy Casares, entre otros tantos imprescindibles.
Ha escrito cuentos, novelas, teatro y poesía. La presencia de la mujer y su visión del mundo, la Ciudad de México, las luchas sociales y el andar cotidiano de los hombres, son los puntos cardinales de su obra, sus pilares vitales. Para narrar utiliza la entrevista y la investigación periodística e histórica, tal vez por eso sus decires son testimonios del tiempo.
Bajita de estatura y enorme en la voz con que pronuncia el presente, Elena es de esos seres humanos que uno quisiera tener entre sus amigos, pero que basten sus libros para entretejer con ella una relación de amorosa profundidad, porque a lo mejor ni se entera que perdidos por todas partes sus lectores nos entregamos sin una pizca de inocencia a las historias que nos regala. Y es que ella, la escritora de los astros que documentó como periodista la matanza estudiantil de 1968, en Tlatelolco, es la cuarta mujer en la historia en ganar el premio Cervantes.
En el veredicto del premio, el jurado dice de Elena Poniatowska, que valoró “su brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa y en su dedicación ejemplar al periodismo”. Y también destacó de su obra “el firme compromiso con la historia contemporánea”, definiéndola como “autora de obras emblemáticas que describen el siglo XX desde una proyección internacional e integradora. Elena Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español de estos días”.
Y tan es así que declaró, Elena no el jurado, que con el importe del premio que asciende a los 125 mil euros, creará una fundación que trabaje desde México con mujeres y niños, que tenga talleres y albergue su biblioteca y su archivo personal que prefiere que se quede en su país, pese a las ofertas de dos universidades estadounidenses. “El dinero del premio creo que irá para la fundación, porque es lo más lógico para hacer algo que valga la pena”, afirmó la galardonada.

De la realeza al periodismo
El también escritor y periodista venezolano Luis Britto García, comentó sobre el premio a Elena Poniatowska, que sin duda los progresistas estarán muy contentos con que una mujer de esa talla, que es además referente en las luchas por la emancipación del ser humano, sea distinguida con el que es considerado el Nobel de las letras hispanoamericanas, pero la derecha también debería sentirse congraciada porque finalmente una de las suyas entra a la historia del Cervantes, y es que Elena viene de la realeza.
Poniatowska al nacer (19 de mayo de 1932) recibió el título de princesa Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, hija del príncipe Jean Joseph Evremond Sperry Poniatowski —descendiente de un general que formó parte de la armada que acompañó a Napoleón hasta Moscú- y de María de los Dolores (Paula) Amor de Yturbe. Su familia emigró de Francia a México a consecuencia de la segunda guerra mundial. Elena llegó a Ciudad de México a los diez años de edad con su madre —nacida en 1913 en París en una familia porfiriana exiliada en Francia tras la revolución mexicana-. Pronto fue enviada a estudiar a Estados Unidos.
De vuelta en México comenzó en 1954 su carrera periodística. Trabajó en el periódico Excélsior, y al año siguiente inició su colaboración en Novedades. Actualmente escribe para La Jornada. Sus entrevistas a autores mexicanos y extranjeros tuvieron una enorme acogida entre los lectores, por lo que más tarde algunas de ellas se reunieron en Palabras cruzadas (1961) y en Todo México (1990).
Lilus Kikus, una colección de cuentos, fue su primer libro de ficción publicado en 1954. Seguido en 1963 por Todo empezó el domingo. Pero tal vez el reconocimiento internacional llegó con sus libros testimoniales, Hasta no verte, Jesús mío (1969) y especialmente con La noche de Tlatelolco (1971). Precisamente, el año de aquella tragedia nacional (1968) Poniatowska se casó con el astrofísico mexicano Guillermo Haro (1913-1988).
Poniatowska ha sido y es una mujer comprometida con las luchas más justas de los hombres. Por eso apoyó la candidatura de izquierda en su país de Manuel López Obrador para las presidenciales. En todo caso, su postura ante la vida la define como una mujer progresista y una escritora como pocas. Que de ella sigan hablando su obra y su vida.
Entre otros libros de cuentos, ensayos, crónicas periodísticas, biografías y otros géneros literarios, aprovechamos a recomendar la lectura de sus novelas Hasta no verte, Jesús mío (México, 1969), Querido Diego, te abraza Quiela (México, 1978), La piel del cielo (Madrid, 2001. Premio Alfaguara de Novela 2001), El tren pasa primero (Madrid, 2005. Premio Rómulo Gallegos 2007) y Leonora (Barcelona, 2011. Premio Biblioteca Breve).



El premio a Poniatowska contenta a progresistas y conservadores (fragmento)
Por Luis Britto García

A continuación se reproducen unos párrafos de una entrevista que la agencia internacional de noticias EFE, le hizo al escritor venezolano Luis Britto García y que se encuentra en su blog: http://luisbrittogarcia.blogspot.com/, donde opina sobre el Premio Cervantes otorgado a la escritora mexicana Elena Poniatowska, quien además en 2007 recibió el Premio Rómulo Gallegos en nuestro país y entre cuyo jurado se encontraba el propio Britto García.

Esto debe satisfacer tanto a progresistas como a conservadores, porque resulta que Elena, ni más ni menos, es heredera al trono de Polonia; ella es la sangre azul más azul que tenemos en toda América Latina, y a la vez una mujer apasionada por las luchas populares”, dijo a Efe García, quien se enorgullece de contarse entre sus amigos.
Sobre estos premios literarios, el venezolano dijo que parecen regidos por “una especie de Ley del Péndulo”, norma que “en el Nobel era célebre, ya que si en un año se premiaba a un reaccionario, aunque nunca a (al argentino Jorge Luis) Borges, quien lo merecía, al año siguiente, y debido a protestas mundiales, se premiaba a un izquierdista”.
En el caso de Elena Poniatowska, también ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2001, Britto García sentenció que “tiene para complacer a todas las audiencias” y añadió que “vaya a saber alguien a quién habrán premiado antes que ahora lo hacen con Elena, aunque en este caso enteramente merecido”.
Eso, porque por un lado en ella brilla su espíritu de lucha y su maravillosa literatura, y por el otro lado, porque tiene el más rancio abolengo de todo el hemisferio”, insistió.

Simone de Beauvoir la mujer que se hizo a sí misma

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Nacida en París, el 9 de enero de 1908, esta escritora, profesora y filósofa, escribió novelas y ensayos sobre temas políticos, sociales y filosóficos, que siempre supieron levantar las pasiones de sus lectores, porque ante ella nadie quedó sin conmoverse.

Suele pasar. Los lectores imaginamos en general a los escritores según sus obras. Casi todos tenemos la necesidad de darle un rostro a las palabras que leemos, más que un rostro podríamos decir que un carácter. Es algo así como darle ojos, manos y por qué no, ombligo, a la voz de un programa de radio. Tal vez es que no podemos vivir con lo que creemos un misterio. Tenemos que saber, no hay caso. Y los porrazos entre la imaginación y la realidad son francamente antológicos. Casi siempre lo que supusimos alto es bajo, lo delgado grueso, lo brillante opaco y lo cálido frío, o al revés, da lo mismo. Casi nunca ocurre que nos hayamos quedado cortos y como cuento de hadas el sapo que creímos que había detrás de las palabras era un guapísimo galán de película o las manos en el trasfondo de una novela negra eran de un dulce y refinado escritor que enamoraba con poemas de amor.
Es posible que justamente eso es lo que haya pasado con Simone de Beauvoir (París, 9 de enero de 1908- 14 de abril de 1986). Hermosa era sin duda alguna. Esa fotografía que le tomó Art Shay, cuando visitaba en Chicago al también escritor Nelson Algren, deja sin aliento a cualquiera. Sino la ha visto nunca (a la foto) en cualquier buscador de la web la encuentra y corrobora lo aquí dicho. Es que una escritora bonita rompe casi todos los paradigmas, por ese falso precepto de que la belleza no se da junto a la inteligencia. Pero no es esto lo que queremos resaltar aquí, sino la imagen que los lectores se dieron durante décadas de Simone. Esa Simone que fue pareja y compañera de vida de otro imprescindible, Jean Paul Sartre.
Feminista a ultranza, fría intelectual, metódica en su análisis, probablemente sean algunas de las definiciones que primero se nos vienen, se nos venían más bien, a la cabeza cuando se nombraba a Simone, la filósofa que escribió El segundo sexo (publicado en 1949), un ensayo que desató las pasiones de progresistas y conservadores, de católicos y ateos, y de comunistas y furibundos derechistas. Pese a la polémica desatada o precisamente gracias a ella, el libro fue y sigue siendo un éxito de ventas.
Simone de Beauvoir comenzó a concebirlo cuando reflexionó, a propuesta de Jean Paul Sartre -su pareja-, sobre lo que había significado para ella ser mujer. De de esta pregunta inicial la escritora tejió una investigación donde nada quedó al descuido y abordó el tema desde la psicología, la historia, la antropología, la biología, la reproducción y las relaciones afectivo-sexuales. La situación y concepción de las mujeres en la historia, cómo y qué hacer para que sus vidas sean mejores y cómo ampliar las libertades que hasta entonces tenían son ejes transversales de su estudio. Dicen los críticos y versados sobre el tema que es una de las obras fundacionales del feminismo y que utiliza el existencialismo para indagar acerca de la vida de la mitad de la humanidad. En El segundo sexo, Simone sostiene, entre muchas otras cosas, que la mujer es un producto cultural, quiere decir que es hechura de la sociedad. Y por lo tanto, su principal tarea es reconquistar su propia identidad desde sus propios criterios. De allí la famosísima frase: “No se nace mujer, se llega a serlo”.
Pero esta Simone de El segundo sexo no se parece en nada a la Simone que mantuvo una larga correspondencia con el escritor estadounidense Nelson Algren, su amante de varios años. En las 304 cartas escritas entre 1947 y 1964 queda al descubierto una mujer distinta, no mejor o peor, simplemente otra. Una que entregada a la pasión amorosa utilizó términos que los lectores no le habían leído antes. Una mujer tal vez contradictoria, una mujer de carne y hueso. Tan distinta de la de que uno podría imaginarse como compañera de Jean Paul Sartre. Relata Rosa Montero, escritora española, que por cierto acaba de publicar un libro que vale la pena leer sobre Marie Curie que se titula La ridícula idea de no volver a verte, que “Hay dos Simones y dos Sartres. La primera versión se ajusta a la mirada pública, a la imagen que ellos quisieron ofrecer, sobre todo ella, porque fue Simone obsesiva memorialista, siempre escribiendo sobre el monotema de sus experiencias íntimas, quien intentó edificar su personalidad (y por añadidura la de Sartre) como un logro literario e histórico”.
Simone de Beauvoir, autora de novelas como La sangre de los otros (1945), Los mandarines (1954, ganadora del Premio Goncourt) y La mujer rota (1968), y de los ensayos Para una moral de la ambigüedad (1947), El existencialismo y la sabiduría de los pueblos (1948) y La vejez (año 1970), además de otro etcétera bastante largo, como dice Montero en su artículo “Insólita Pareja”, realizó una fecunda tarea al registrar sentimientos y pensamientos que quedaron plasmados en Memorias de una joven formal (1958), La plenitud de la vida (1960), Una muerte muy dulce (1964), Final de cuentas (1972) y La ceremonia del adiós (1981), además de Diario de guerra: septiembre 1939-enero 1941 (edición póstuma a cargo de Sylvie Le Bon de Beauvoir) (1990).
Esta mujer extraordinaria dejó plasmada en su obra a una sociedad y al tiempo que le tocó vivir. Tuvo la fuerza y la valentía de preguntarse y rebelarse contra lo establecido. Y no sabemos si sabiéndolo o no, fue y sigue siendo, ejemplo de la libertad sin cortapisas. Tal vez con la publicación de sus cartas a Algren, que finalmente se encontraron con los lectores bajo el título de Un amor transatlántico. Cartas de Simone de Beauvoir a Nelson Algren 1947-1964, quedaron a la vista otras aristas de la escritora. Luce apasionada, humana en sus matices y contradicciones. Y es que Simone supo hacerse a sí misma.


Cartas de Simone a Nelson Algren (fragmento)

Julio de 1948
“Por usted, podría renunciar a la mayoría de las cosas. Sin embargo, no sería la Simone que le gusta si pudiese renunciar a mi vida con Sartre, sería una sucia criatura, una traidora, una egoísta. Quiero que sepa esto, sea cual fuere la decisión que usted tome en el futuro: no es por falta de amor que no puedo quedarme a vivir con usted. Aunque le parezca pretencioso, lo que debe saber es hasta qué punto Sartre me necesita. Preferiría morir antes que hacerle daño a alguien que hizo todo por mi felicidad”.

Septiembre de 1950
“Estoy mejor en una tristeza seca que en una furia fría, pues permanecí con los ojos secos hasta ahora, tan secos como pescados ahumados, pero mi corazón se siente como un sucio y suave flan por dentro.
No estoy triste. Más bien sorprendida, muy lejos de mí misma, sin creer realmente que estés tan lejos, tan lejos, pero tan cerca. (...)
Bueno, todas las palabras me parecen tontas. Pareces tan cercano, tan cercano, déjame estar cerca de ti también. Y déjame, como en los viejos tiempos, déjame estar en mi propio corazón por siempre”.

Las malas compañías de Mutis y el Gabo

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** “La obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido”, dice el Nobel de Literatura acerca de su amigo.


Dime con quién andas y te diré quién eres”, espeta sin contemplaciones el refranero popular que se usa para acusar generalmente de malas compañías a cuanto desprevenido anda por ahí en conversas mal vistas por los ojos transeúntes. ¿Pero y si resulta que son precisamente Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez quienes se toman sin apuro un café en algún bar de Cartagena? Vaya a saber entonces.
Y es que estos dos personajes hicieron de la palabra, cada quien a su modo, un universo mágico en el que habitan seres que trascenderán las lluvias y otras despedidas. Cómplices en la aventura de narrar cuentan los pasos con los que llegaron para quedarse.

El general en su laberinto
Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro”, dice en la dedicatoria de El general en su laberinto El Gabo. Tiempo después es el propio creador de Macondo quien narra el porqué de esta frase que bastante especulaciones generó en su momento. Resulta que el relato “El último rostro” de Álvaro Mutis, que cuenta un episodio de los últimos meses de la vida de Simón Bolívar, es lo que sobrevivió a una obra mucho mayor. Mutis le contó al Gabo el intento fallido y le sugirió escribir la historia. “Cuando terminó la novela me la dio, porque siempre me muestra sus originales antes que a nadie y me dijo, 'A ver, ¿va a quemar esta también? Y allí estaba el Bolívar que debía haber escrito yo. Pero lo escribió él. Perfecto'", narra el propio Mutis en una de esas anécdotas que dejan al descubierto la amistad entre el autor de Cien años de soledad y el de Ilona llega con la lluvia. Y si aún faltan por venir libros de García Márquez, ¿a quién se los mostrará de primero, ahora que Mutis se nos fue lejos? Y es que el escritor del mítico personaje de Maqroll El Gaviero falleció el 22 de septiembre, en Ciudad México donde vivía desde 1956, cuando llegó con dos cartas de recomendación, una dirigida a Luis Buñuel y otra a Luis de Llano; gracias a quienes consiguió trabajo en una empresa de publicidad y donde conoció a sus amigos en ese país entre los que se cuentan Octavio Paz, Carlos Fuentes y Emilio García Riera, entre otros.

Mutis en la palabra del Gabo
La obra de Álvaro Mutis está entretejida de dolores. El destierro primero de la Europa donde vivió sus primeros años y luego de Tolima, el departamento de Colombia donde su infancia se pintó de la exuberancia y el color de la tierra y los sueños. El exilio posterior en México y la cárcel, donde fue internado durante 15 meses, detenido por la Interpol, dejaron en él las huellas del sufrimiento humano.
En el prólogo del libro “La mansión de Araucaíma” de Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez aprovecha a describir el estrecho lazo que los unía y la dimensión humana del escritor que falleció a los 90 años. Entre otras cosas destaca “esa soledad incurable” de Mutis y que “es la otra madre a la que debe su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía”, de ahí tal vez la inmensa obra poética que anda entre el verso y la prosa.
Basta leer una sola página de cualquiera de ellos -de sus libros- para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido”, dice con esa voz de amigo y compañero el Gabo, para concluir que “Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos”.
En todo caso, aquí seguirán siempre estos dos colombianos infinitos, dialogando sobre la vida y las olas que no se cansan nunca de romper contra la orilla. La obra de Mutis entre la que se encuentran Summa de Maqroll el Gaviero (1973), Crónica regia y alabanza del reino (1985), Un homenaje y siete nocturnos (1986), Diario de Lecumberri (1960), La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1988), La muerte del estratega (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1991) y Tríptico de mar y tierra (1993), entre tantos otros libros, será siempre una puerta abierta para navegar por las noches serenas y llegar a buen puerto.



Exilio (fragmento)
Álvaro Mutis

A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.
Y es entonces cuando peso mi exilio
y miro la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.

Gustavo Pereira: “El país que sueño es un imperio de la cultura”

Normalmente no suelo publicar en el blog textos que no sean de mi autoría. Pero como dicen que siempre hay una primera vez... aquí vamos... En esta oportunidad no quería perder la oportunidad de compartir una entrevista espléndida que Clodovaldo Hernández le hizo al poeta Gustavo Pereira y que hoy sale publicada en Ciudad Caracas

Entre otras cosas el Poeta (así en mayúsculas) dice: 

"No puede existir liberación sin conciencia liberadora, y la conciencia liberadora es cultura transformadora: razón y sensibilidad. El país que sueño es un imperio. El imperio de la cultura, el imperio del conocimiento y la sensibilidad, que no son inmanentes en los seres humanos sino que se adquieren".
 

Chávez, el que se animó a encender la madrugada

Imagen tomada de La Cámpora (www.lacampora.org)
La historia de los pueblos tiene sus hitos, como la piel guarda la memoria de caricias y heridas viejas, y se estremece cada tanto al recordar todo lo que de bueno o doloroso ha pasado por su geografía. Así somos, memoria transida de voces y recuerdos, capaz de levantarnos luminosos una mañana, cuando la vida nos convoca a escribir el futuro.
A lo mejor por eso se quedó para siempre el tacto de aquel 4 de febrero de 1992 cuando asistimos a uno de esos puntos de inflexión que nos cambió a todos. Después de ahí nada seguiría igual porque en esa fecha se encendió una llamarada que ya nada podrá apagar.
Aquel Chávez que irrumpió en las pantallas de la televisión se sembró en la memoria sí, pero también se subió a los mástiles donde ondean las esperanzas y con cada viento que pasa vuela más alto como extendiendo las alas.

Una rebelión de esperanza
La del 4 de febrero, la rebelión que unió a civiles y militares, será recordada y celebrada siempre por la mayoría del pueblo como una acción cuyo objetivo era la libertad. Es cierto que no se consiguió en ese momento, pero a veces perdiendo también se gana. El 4F sirvió para despertar y sacudir conciencias, y ayudó a alejar los miedos que había instalado la represión del 27 de febrero de 1989, que dejó tres mil muertos en apenas tres días.
Dijo por ahora -Chávez, imposible olvidarlo- y dejó la ventana abierta para que el sol entrara a raudales y lo inundara todo con su luz, quedándose aunque estuviera preso. Y eso hizo, ¿no? Quedarse para siempre. ¿Quién hubiera dicho que aquel teniente coronel que se animó a asumir el acto de rebelarse contra el poder estaría sembrado tierra, sueño y esperanza adentro, tan Barrio Adentro como las misiones que creó para el beneficio de tantos y de tantas? Será precisamente por eso que Chávez, el comandante que hizo posible la utopía, se nos ha ido repartiendo en el aire, en las palabras, en los actos y en los gestos cotidianos para vivir siempre como esa caricia amasada a fuego lento en nuestra historia.
“Desde lo más hondo del corazón del pueblo digo con Aquiles Nazoa que gracias al 4 de febrero cada compatriota puede con plena certeza 'tender una mañana la mirada sobre el paisaje y decir esta es mi ciudad, esta es mi patria'”, escribió Chávez para su pueblo el 4 de febrero de 2013.
Tan aquí y tan ahora su palabra que conmueve. Por eso, aquella imagen del ardimiento amoroso que guió a Chávez y que tan bien escribió el poeta Luis Alberto Crespo es el fuego que aún hoy todo lo enciende, todo lo incendia, alumbrando a su paso el futuro que haremos venir.
“Él es, es el mismo, el de siempre. Se asemeja todavía al capitán demócrata y sentimental que encendió con su palabra a un solitario pueblo llanero donde su bisabuelo cumplió una hazaña de pasión y machura, le digo yo ahora a mi memoria. De aquel 4 de febrero proviene su ardimiento. Hoy, enciende a Venezuela y a los pueblos de América y de más lejos”, eso dice Luis Alberto, el poeta que lo conoció allá en el Llano.
Y es que este Chávez del 4F es el muchacho bueno, el que se crece y multiplica en la juventud de ahora. A Chávez lo encontramos todos los días en los jóvenes que se juegan la vida para conquistar la paz, que es lo mismo que hacer nacer la ternura y la solidaridad, que fundar el futuro ahora, cuando la madrugada luminosa lleva su nombre.


Mensaje del Comandante Chávez el 4 de febrero de 2013 (fragmento)
“El Caracazo señaló un fin y un comienzo, fin de un sistema ahogado en la desvergüenza, comienzo de una época de cambios que exigía renacer en dignidad popular.
Quienes irrumpimos contra las tinieblas de la injusticia y la indignidad que abrumaban a Venezuela por aquel entonces estábamos como decía el Che Guevara guiados por grandes sentimientos de amor, un amor bolivariano, popular, rebelde, combatiente, un infinito frenesí libertario que nos llevó, como quería el padre Libertador, a echarnos al miedo a la espalda para salvar la patria.
Nuestro poeta Gustavo Pereira nos dice con estremecedora simplicidad los siguiente: “El amor es la única cosa importante en el mundo”, han transcurrido 21 años desde aquel 4 de febrero, de angustia y madrugada, de valentía y sacrificio, y la marcha sigue siendo dura, pero con la fuerza irresistible del amor recordemos a Bolívar estamos a paso de vencedoras y de vencedores hacia la independencia definitiva, hacia la patria socialista y liberada”.
Hugo Chávez Frías

La Habana, Cuba, 04 de febrero de 2013

Cuerpos

F rente al espejo nos sentimos vulnerables. Al amor o a la soledad. Sin embargo, el cuerpo nos acompaña desde la primera memoria. Llega...