sábado, 31 de julio de 2010

Comunicado de la Red de Escritoras y Escritores por el ALBA

Nuestra América, 26 de julio de 2010




Comunicado de la Red de Escritoras y Escritores
por el ALBA
Ante la agresión del Gobierno de Colombia al pueblo venezolano




El 26 de julio representa un punto de inflexión para la historia latinoamericana. El asalto al Cuartel Moncada es el inicio de la conquista de muchos de los sueños de los pueblos latinoamericanos. Por eso, encendemos la memoria libertaria no sólo de los jóvenes que se sumaron a la heroica batalla que llevaron adelante el Che, Camilo y Fidel, sino que nos prendemos al ejemplo libertario de esos jóvenes que siguen siendo Simón Bolívar, José Martí, José Gervasio Artigas y tantas mujeres y hombres que lucharon por hacer de nuestras tierras cobijo para la paz, la solidaridad y la libertad.

Hoy Nuestra América se levanta, empuñando la espada de Bolívar y los versos libertarios de Martí, para construir el futuro que se merecen las generaciones por venir.


Venezuela es hoy ejemplo de construcción de un nuevo orden social, que abranzando las de la revolución, transita junto a Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua, Paraguay y Uruguay, entre otros pueblos y gobiernos, hacia el futuro que no sólo es posible, sino imprescindible.


Por eso, CONSIDERANDO
Que el Pueblo Venezolano ha elegido libre y soberanamente el camino del socialismo, como única vía posible para sentar las bases de un país más justo y solidario.


Que el Ejército Libertador que dio su vida por el ideario bolivariano sólo ha traspasado las fronteras patrias para contribuir con la libertad latinoamericana.
Que Venezuela es hogar y cobijo de millones de colombianas y colombianos que han sido víctimas de la tortura, la desaparición y el asesinato que comete el gobierno paramilitar y genocida de Álvaro Uribe.


Que el imperialismo, armado siempre de falsos positivos y un manifiesto odio contra todo lo que sabe, huele y siente pueblo.


Que tenemos la certeza que la agresión del gobierno de Colombia contra Venezuela no 
posee el respaldo del pueblo colombiano, sino que es estrategia del imperialismo estadounidense para apoderarse de los recursos enérgeticos de Venezuela y método para trata de detener el avance libertario de los pueblos nuestroamericanos.



Declaramos
Nuestro irrestricto apoyo a las decisiones que soberanamente tome el pueblo venezolano y todos los pueblos del mundo, para construir una sociedad de paz y de solidaridad.


El compromiso de tomar los versos, los cantos y las palabras para denunciar cualquier atropello contra los pueblos, y si eso no bastara dejaremos la palabra para empuñar las armas que garanticen el futuro.


Declaramos en fin, que si es necesaria sembrar la vida para edificar el mañana, sepa el pueblo venezolano y todos los pueblos de Nuestra América, que seremos fértil semilla de sueños para las hijas e hijos que vivirán los tiempos que juntos y juntas, haremos nacer.




Firman por la Red de Escritoras y Escritores por el ALBA:

Carlos Manuel Duque (Venezuela. Escritor)
Daniela Saidman (Venezuela. Poeta y periodista)
Dannybal Reyes (Venezuela. Escritor)
Diego Arturo Grueso (Colombia. Escritor y Defensor de Derechos Humanos)
Gabriel Figueredo (Venezuela. Escritor)
Germán Gana Muñoz (Chile. Poeta y diseñador)
Germán Ramírez (Venezuela. Escritor)
Gilberto Agüero Gómez (Venezuela. Dramaturgo)
Gladys Mendía (Venezuela - Chile. Escritora)
Fernando Vargas Valencia (Colombia. Poeta y gestor cultural)
Isaac Morales Fernández (Venezuela. Escritor)
Iván Cruz (México. Escritor)
Iván Padilla Bravo (Venezuela. Poeta y Periodista)
José León (Venezuela. Docente)
José Javier Sánchez (Venezuela Escritor)
Juan Manuel Parada (Venezuela. Escritor)
Leonardo Cabrera (Uruguay. Escritor)
María Eugenia López (Argentina. Escritora)
Norys Saavedra (Venezuela. Luchadora Social y Poeta)
Rodolfo Quintero-Noguera (Venezuela. Ensayista y Poeta)
Sacha López Pineda (Venezuela. Poeta y actriz)
Simón Petit (Venezuela. Poeta y ensayista)
Simón Zambrano (Venezuela. Escritor)
Yuri Patiño (Venezuela. Escritora)



La literatura de Nuestra América sabe de revolución

** El 26 de julio de 1953 un grupo de jóvenes cubanos tomaron por asalto el Cuartel Moncada, un hecho histórico que marcó un punto de inflexión para estas tierras y sus gentes


El asalto al Cuartel Moncada y el posterior triunfo de la revolución cubana, fue también el inicio de un movimiento literario latinoamericano que se fundó en la posibilidad de construir a través de la palabra y la concreción de aquellos sueños libertarios, una literatura mágica, profundamente humana y capaz de comprometerse con los sueños colectivos de los pueblos.



Militantes de la esperanza, estos jóvenes escritores de la década del sesenta y setenta, demostraron que eran capaces de hacer una literatura en toda la dimensión humana de los oprimidos pueblos de Latinoamérica.



Denominado el boom latinoamericano esta corriente –que tiene aproximadamente una década de extensión temporal- que hizo nacer o mejor, consolidar el realismo mágico que había creado el cubano Alejo Carpentier, dio al mundo obras como Cien años de soledad, Rayuela, La ciudad y los perros, y La muerte de Artemio Cruz, entre otros.



El boom no fue una escuela literaria, en todo caso, algunos críticos literarios afirman que se debió a la convergencia de una coyuntura histórica que despertó en muchas y en muchos la necesidad de dejar de manifiesto la originalidad del pensamiento latinoamericano. Y aunque, el paso del tiempo haya hecho que algunos de estos escritores hayan cruzado la orilla de sus pensamientos, por suerte, otros mantienen encendida la mirada crítica y comprometida de su juventud.



Con el boom, Latinoamérica dijo presente, rompió los esquemas europeos de la escrituralidad y se sembró en el imaginario colectivo de este lado del mundo. Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Adriano González León y José Donoso, fueron algunos de sus exponentes, y sus obras siguen siendo hoy referencia obligada para aquellos que deseen entender el coleidoscopio de colores, texturas, formas, sabores y olores que representa este subcontinente.



EL BOOM

Claro que el boom no nació espontáneamente y tiene a qué negarlo variadas influencias. Lo cierto es que los iniciadores de la novela contemporánea latinoamericana fracturaron definitivamente con el realismo. Echaron mano de la fantasía, el ocultismo, la riqueza mítica y la cosmogonía de las culturas indígenas para (re)crear la realidad, una realidad mágica, diversa y profundamente latinoamericana.



Esta pluriculturalidad y multietnicidad del realismo mágico le imprimió tal dinamismo a la producción literaria del boom que pudo cohesionar la novela latinoamericana en un macrocosmos con cierta unidad geográfica, cultural, social y lingüística. 
 
REVOLUCIONES

Casualidades o causalidades, la revolución cubana y el boom latinoamericano, irrumpieron en el escenario de los pueblos y las gentes. Ambos llevan el signo de la juventud y la libertad, ambos tienen como escenario la geografía de nuestro sur, ambos triunfaron y siguen viviendo entre los pueblos. La revolución cubana fue sin duda alguna un boom y el boom latinoamericano fue también una revolución. Así, en la década del sesenta esta tierra dejó por fin de ser el espacio de los impuestos silencios para convertirse en un canto a la esperanza. Los jóvenes barbudos que hicieron la revolución hace más de cincuenta años, en Cuba, le dijeron al mundo que era posible un nuevo orden y hoy, continúan diciendo y diciéndonos que más que posible es imprescindible continuar edificando una realidad más justa, más solidaria, en fin, más humana. Por su parte, los jóvenes que escribieron Rayuela y Modelo para armar, Cien años de Soledad o La Hojarasca y Juntacadáveres, entre tantos libros, siguen siendo esos libertarios quijotes que conquistaron el papel para regalarnos la magia de sabernos posibles. Ellos y sus libros, tienen ya cincuenta años cabalgando nuestro presente, porque hicieron una literatura joven e imprescindible.



A propósito del hilo conductor –a veces ideológico de los escritores del boom- José Donoso afirmó por aquellos años “creo que si en algo tuvo unidad completa el ‘boom’, fue precisamente en la causa de la revolución cubana”.



Y es que el surgimiento de la nueva literatura latinoamericana estuvo signada por un complejo contexto continental y mundial, en todos los órdenes: cultural, político, social, económico, religioso, antropológico, tecnológico y científico.



COMPROMISO

Aquellos años del nacimiento de una literatura que supo contar y contarnos cumplió junto a la revolución cubana cinco décadas. Cincuenta años de andar y soñar el mundo, de crearlo, fundarlo, hacerlo y escribirlo para los lectores de hoy. Y éste es buen tiempo para volver a esas lecturas, para volver a tomar la adarga y montar sobre Rocinante para continuar escribiendo nuestra historia. Tal vez, nazca un nuevo boom, con otra piel, pero con el mismo sabor a pueblo y a la mágica sonoridad de los pasos de este sur bañado por los vientos insomnes de las esperanzas.



Porque así como Latinoamérica ha renacido en esta última década, una literatura más comprometida, más mágica, presente, contestaria, lúcida, amorosa, radiante, sonora… debe también nacer de las mujeres y hombres que contando la tierra y sus rabias, sus alegrías y heridas, debe surgir del fuego de la palabra que diciendo habrá de nombrarnos.

LECTURAS DEL BOOM

Si está interesado en conocer a algunos de los escritores del boom latinoamericano, aunque no todos están considerados por los críticos literarios como de éste movimiento, puede adentrarse en la lectura de: El coronel no tiene quien le escriba (1958) y Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez; La ciudad y los perros (1963), La Casa Verde (1965) y Conversación en La Catedral (1969) de Mario Vargas Llosa; Aura (1962), La muerte de Artemio Cruz (1962), Cambio de piel (1967) y Terra nostra (1975) de Carlos Fuentes; Los premios (1961), Rayuela (1963), 62: modelo para armar (1968) y Libro de Manuel (1973) de Julio Cortázar; Tres tristes tigres (1967) y La Habana para un Infante Difunto (1967) de Guillermo Cabrera Infante; El obsceno pájaro de la noche (1970) de José Donoso; Sobre héroes y tumbas (1962) y Abaddón, el exterminador (1974) de Ernesto Sábato; Boquitas pintadas de Manuel Puig; El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964) de Juan Carlos Onetti; Yo, el Supremo (1975) de Augusto Roa Bastos; El reino de este mundo (1949) y El siglo de las luces (1962) de Alejo Carpentier; Paradiso (1966) de José Lezama Lima, y Un mundo para Julius (1970) de Alfredo Bryce Echenique.
 
 
CORTÁZAR FRENTE A LA REVOLUCIÓN CUBANA


“No creo que se pueda enjuiciar nada sin haberlo vivido. Eso es una pedantería y es una insolencia. Si hay escritores que sin participar en esos procesos los condenan, por razones de tipo teórico, allá ellos. Su opinión a mí no me interesa, ni me parecen importantes históricamente. Esos críticos responden a motivaciones muy diversas y la mayoría son gente de derecha que tienen especial interés en enjuiciar cualquier revolución o que son anti o contra revolución por definición. O bien son personas que tienen una tal suficiencia que consideran que sin haber conocido lo que está sucediendo en un país, en una sociedad, se permiten juzgarla desde afuera”.



Julio Cortázar

Iván Padilla Bravo: con permiso de la urgencia

Estallan las voces con las que hay que nombrar el silencio. Se pronuncia desde antes y desde lejos el roce detenido en la hoja de un árbol, en la espuma que se demora frente al mar definitivo. A veces, sobran los adjetivos y no se encuentra la palabra justa para decir y decirnos los sentidos. A veces, el poeta le pide permiso a la urgencia y entonces los versos son canción de bienvenida.

“Azul / es un borde apenas / donde la mirada llega / Un muelle / El látigo de luz / con el que se despide la tarde / Puerto para la ilusión del poeta / Flagelo / cuando la noche es lo único que queda”.
(Azul)

Iván Padilla Bravo (Caracas, 1950), es un poeta prestado a los andares de la palabra impresa, periodista cierto, sus versos tienen el sabor y el tacto de la caricia que inaugura el día, que bienviene al alba. Estos poemas urgentes, que no saben de tiempo, tienen en cambio la vigencia de un hombre enamorado, de ese propio y ajeno que se escurre tal vez al cruzar la calle al final de una avenida. Como si esperara, esperando, con la certeza del día que muere y de la noche que trae los rumores de algún recuerdo próximo y lejano.

“Voy / de inútiles tumbos / la noche / Oscura / como ella misma / Soy un ciego / en el ocaso / es decir muy cerca / de las sombras del día / que se arrincona / donde menos había ganas / No veo / siento / que soy un sol / al que le arrancaron / el calor / y la vida / Voy / de inútiles gritos / que nadie oye que nadie sabe / Una luctuosa voz / hecha de rascacielos en / Catuche / en nada / ¡Es mentira!”.

Cuerpo adentro, la piel se teje y se entreteje en el papel que titila de pantallas, la mujer se vuelve eco y se torna verso. Le nace al poeta la humedad compartida, le brota la voz y la nombra. Se dice en ella y se siembra, cosechando las cotidianidades y las sombras y los roces y la vida, la que es y la que quisiera que fuera. Entonces, los escritorios hacen un alto y el tiempo alza vuelo, despeinando heridas, salvando las batallas.

“Esta mujer me hace temblar / desde las plantas / Me arranca lunas / me inventa mañanas / Esta mujer es una tormenta / me llueve de abrazos / moja mis adentros / alborota todas mis instancias / Esta mujer es / toda una noche de centellas / desgarrar de cielo / pero también un alba”.
(Previo, fragmento)

Son éstos, poemas urgentes. Turgentes en piel y en alma. Apurados de besos y de versos, como si cada palabra tuviera la exacta dimensión de la memoria henchida de ganas. Todo en él es convocada ternura, fuego que fragua y enciende.

Iván Padilla, poeta necesario, voz del sur que clama, tiene entre el corazón y la espalda un augurio que se hace palabra. Hombre de pasos y abrazos, hombre que lleva entre las manos el andar del mundo y del futuro y la mañana. Tendrá tal vez la memoria de lo que calla, de lo que dicen sus versos, de lo que invita y en él se hace cierta herida que se derrama. Fecunda siembra la de este poeta que hoy canta, dulce abismo y definitiva palabra que nos llama.

“Algún día / voy a ser viejo como Bagdad / Entonces escribiré versos / después de las cicatrices / Y sólo estarás presente / como una centella en el recuerdo / Algún día / tendré la piel torcida de recorridos / pero guardaré una sonrisa infantil / en el gesto / Y sólo estarás presente como marzo / como el mes más alegre / de este año que se me volvió eterno”.

Manuela y Simón: “un conjuro contra la idiotez”

Estos dos que se amaron incendiando y encendiendo la historia de Nuestra América son espejo y reflejo del tiempo que fue y del que haremos nacer. La historia de Manuela y Simón fue durante mucho tiempo acallada por la historiografía oficial o abordada tangencialmente, sin la dimensión humana que hoy estamos redescubriendo en ellos.

Por eso, la periodista Marialcira Matute, fundadora de la Librería Mediática y TV Lecturas, integrante del Movimiento por el Periodismo Necesario, comenta entorno a la figura de estos imprescindibles de nuestra historia que “el amor de Manuela y Simón era incómodo y lo es aún para una sociedad pacata, falsa y resistente al cambio. El juntarlos es un conjuro contra la idiotez, un homenaje a la inteligencia prodigiosa de ambos que los reveló no sólo como profundos ideólogos de la americanidad sino como escritores apasionados. Su reunión material es la celebración de la valentía y el arrojo y un paso adelante en la unión amorosa de toda Nuestra América”.

Y es que ese Bolívar Libertador, padre de Patrias y hacedor de sueños, era para Manuela Sáenz, el hombre cotidiano que desvelaba sus días y también viceversa, así da fe la profunda y cálida correspondencia que durante años llevaron adelante.

Los restos simbólicos de Manuelita llegaron, provenientes de Ecuador, para entrar al Panteón Nacional acompañados de pueblo. Se trata, de reivindicar la vida de una mujer que representa un punto de inflexión en la historia independentista de toda América Latina.

El Presidente de Ecuador, Rafael Correa, orador de orden de los actos conmemorativos del 05 de julio, subrayó al referirse a los restos simbólicos de Manuela Sáenz, que “no se trata de átomos o partículas que regatean su autenticidad por un certificado forense, ¡no! La generala vive en cada ecuatoriana y ecuatoriano, en cada venezolana y venezolano amantes de la Patria que ella contribuyó a liberar y construir, igual que vive en cada panameño, colombiano, peruano, boliviano, en cada latinoamericano, en el corazón de todas y todos quienes amamos esta Patria inmensa que celebra el bicentenario de las declaraciones libertarias”.

MANUELITA
Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador, nació en Quito, Ecuador, el 27 de diciembre de 1797 y falleció en Paita, Perú, el 23 de noviembre de 1856. Su vocación por la causa patriota y la liberación americana la llevaron desde temprano a ser ejemplo y heroína de estas tierras y todos los tiempos.

Combatiente en la Batalla de Pichincha a su regreso del Perú, recibió el grado de Teniente de Húsares del Ejército Libertador. Expuso también su vida en la Batalla de Ayacucho, bajo las órdenes del mariscal Antonio José de Sucre, participación que le valió su ascenso a coronela. El 22 de mayo de 2007, en el marco de la conmemoración de la Batalla de Pichincha el Presidente Correa le concedió a Sáenz el grado de Generala de Honor de la República de Ecuador. Y en los actos de conmemoración del 199 aniversario de la Firma del Acta de Independencia de Venezuela, se le concedió póstumamente el ascenso a Generala de División del Ejército Nacional Bolivariano de Venezuela, por su participación y actuación en la gesta independentista. Y es precisamente en este sentido, que la profesora y periodista, Ana María Hernández, indica que “la historiografía machista, en casi dos siglos no ha permitido conocer a una Manuela heroína que se ganó los títulos militares en batalla. Siempre nos presentaron la versión de ser la amante del Libertador y por eso es que lo pudo salvar de los atentados, como si el amor en plena guerra fuera sólo caricias y no acciones, ideas, compromiso de vida”.

AMOROSAS VOCES
Convocados por la pasión libertaria y amorosa de estos dos grandes de la América Mayúscula, el pueblo venezolano reconoce en el amor de Manuela y Simón la brisa que vuelve y vuela en estas tierras que guardan los ecos y los roces de la vida sembrada de esperanzas.

La entrada de Manuela Sáenz al Panteón Nacional es sin duda un acto de rebelde ternura, una manifestación más de que éstos son tiempos de cambio, en el que las viejas establecidas verdades se contraponen finalmente a las voces no menos ciertas de los pueblos silenciados durante centurias.

Por eso, el escritor y profesor de la Universidad Bolivariana del Zulia, José León, refiriendo una frase del filósofo Walter Benjamin, que dice que “ni los muertos estarán a salvo si vence el enemigo”, señalaba que al Panteón Nacional “sólo entraba la memoria, como sabemos, oficial, es decir, la que le recordaba a la Oligarquía que sus reales (sus asientos reales, quiero decir) estaban a buen resguardo. Con la llegada de Manuela (y no importa que sus restos sean declarativamente simbólicos, porque todos los "restos" lo son) se sigue abonando la tierra sagrada de la memoria”.

MEMORIAS
Definitivamente a Manuela no podemos dejar de amarla, porque ella reivindica a la mujer, a todas las mujeres. Ella demostró con su vida las pasiones, los miedos, los cantos y esperanzas que nos habitan. Siempre será un estandarte libertario esa Manuela que ha dejado de ser el exilio eterno que esperaba, porque ahora es luz iluminando la sonrisa enamorada.

martes, 6 de julio de 2010

Fontanarrosa, una lectura necesaria

Inodoro Pereyra era un personaje obligado en las lecturas de los diarios. Con suerte y llegando a la hora justa era posible encontrarse con su autor en la mesa de siempre, con los amigos de siempre, en el Café El Cairo, al que muchos años después volví, pero con la mesa del Negro vacía, aunque servida.



Roberto Fontanarrosa (Rosario, Argentina 1944 - 2007) es uno de esos escritores que consiguió “noquear” en la primera línea, porque aunque fue un maravilloso dibujante de historietas, fue también un narrador de primera entrada y primer golpe.



Con él la cotidianidad encontró la voz para decirse siempre, para reírse de sí mismo y de los tropiezos con que la vida nos toma por asalto. El Negro Fontanarrosa es ícono de esa Rosario de mi infancia y por eso me permito meterme en estas Voces del Sur que lo evocan.



Todo en él fue y será siempre, saber de las calles y de los bares, de los amigos y las canchas de fútbol, de la vida que es y de la que tal vez nunca sea, en fin, el Negro fue de esos tipos que andan encendiendo transeúntes en las calles y en las hojas de sus libros. Por eso decía que “de mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”.



Y sí, sus libros son pare reírse, pero no con esa risa histérica nacida del miedo o del nervio, sino con esa que emerge de la constatación de lo que somos, rara especie animal que anda junta aunque se asuste de los otros.



El Negro fue un hombre que escribía y dibujaba con la sencilla convicción, con la certeza, de que podía hablarles a sus lectores de igual a igual, de codo a codo, como a seres capaces de reflexionar y reírse con las mismas cosas que él.



El fútbol encontró Fontanarrosa un apasionado escribidor de goles. Muchos de sus cuentos se centran en las canchas, en las profesionales y en las de los barrios que juegan con pelotas hechas de medias.



En 2004, Roberto Fontanarrosa fue invitado al III Congreso de la Lengua, que con todo rigor y pompa literaria se llevó adelante, precisamente en Rosario. Rodeado de catedráticos de la más alta alcurnia, la disertación del Negro fue tal vez una de las más recordadas del evento. Por atrevido lo recordamos, por su defensa de un lenguaje que nos nombre nombrando, que nos permita darle expresión al sentimiento.



“Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al Congreso, lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar”.



Ante ese mismo Congreso que reunió a académicos y escritores de toda Hispanoamérica, Fontanarrosa quien tuvo el privilegio de cerrar el encuentro, concluyó su intervención recordando al tanguero Alberto Castillo, que en un programa radial decía algo como “Yo soy parte de mi pueblo y le debo lo que soy; hablo con su mismo verbo; canto; canto con su misma voz”.



Y esa es la voz con que nos dice presente, para siempre, el Negro Roberto Fontanarrosa.




domingo, 4 de julio de 2010

Carlos Monsiváis, periodista urgente

** Este memorioso hombre de gruesos lentes es sin duda ejemplo del periodismo que debe ser, el que deben abordar los jóvenes de hoy.


Creyó siempre en la palabra urgente, aunque la abordó con el hondo ejercicio de la reflexión. Escritor, ensayista y periodista, Carlos Monsiváis se fue dejándonos el sabor de una América Latina que debe nacer de las luchas sociales que rescatan las imágenes, los sabores, olores y decires de los pueblos.

Cronista imprescindible del México profundo, este escritor necesario (DF México, 4 de mayo de 1938 – 19 de junio de 2010), es ejemplo de compromiso, porque su mirada del mundo se fundó en el quehacer crítico de la palabra que no acepta sobornos.

Dicen que podía estar en muchos lugares al mismo tiempo, que habitaba el tiempo de los tiempos, y es que alrededor de él se erigió el mito y el desnudo de la contemporaneidad.

Monsiváis articulaba sus discursos vinculando lo permanente con lo temporal y cambiante, permitiendo así poner en perspectiva los elementos que conforman la vida de nuestras sociedades.

Escribió incansablemente, escribió pensando, sintiendo, volando a través de las geografías y los tiempos. Este memorioso hombre de gruesos lentes es sin duda ejemplo del periodismo que debe ser, el que deben abordar los jóvenes de hoy. Por eso y porque se nos fue hace poco convocamos su nombre y su palabra, como homenaje de vida.

CRONISTA
Cronista de la antiposmodernidad, seguirá siendo uno de los más sólidos valores literarios e intelectuales de México y de toda Nuestra América.

Algunos de sus libros publicados son Días de guardar (1970), Amor perdido (1976), Cuando los banqueros se van (1982), Escenas de pudor y liviandad (1988), Los rituales del caos (1995), Del rancho al Internet (1999), Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina (2000), Bolero: Clave del corazón (2004), Las alusiones perdidas (2007), El 68, la tradición de la resistencia (2008) y Apocalipstick (2009), entre otros.

La obra y la vida de Monsi, como le dicen en México, dejaron de manifiesto que la historia de un país no se hace en los formales espacios del poder, sino que germina en las plazas, en las fábricas, en las calles, en los barrios, en los fogones… Irreverente, cáustico, agudo, crítico, su pensamiento plasmado siempre en manuscrito, mantuvo en la prosa el largo aliento de la inteligencia y el humor.

Por eso en una conferencia en Bogotá alegaba que le parecía un contrasentido que “la derecha –que- no ha podido ganar ni una sola batalla cultural: ha perdido todas, desde su oposición a la minifalda hasta su reciente andanada contra el condón” gane en la vida política. Y afirmaba que “este es uno de los enigmas que vivimos”. Monsiváis será siempre guía incansable de la palabra que debe nacer con acierto sobre las voces y rostros de las gentes.

PERIODISTA NECESARIO
Sostenía este hombre que tenía entre sus mágicas armas el don de la ubicuidad, que “el periodismo debe contribuir a la emancipación de los pueblos”. Tal vez por eso llevó durante largo tiempo una columna que con el nombre de “Por mi madre bohemios”compiló declaraciones de políticos, empresarios, representantes de la iglesia y otros personajes de la vida pública mexicana, exponiendo, burlándose, de su ignorancia o su visión limitada del mundo y exhibiendo la demagogia de las clases que gobiernan al país.

LECTOR DE LA VIDA
Quijote que cabalgó siempre con la armadura de la vida vivida, con los sueños posibles e imprescindibles en los bolsillos, Carlos Monsiváis nos convocará siempre a leer la realidad desde las esquinas, desde el vuelo necesario de las libertades sin cortapisas. Él estará vivo en sus libros y seguirá siendo crítica consciencia en sus lectores. Monsi, en una conferencia a propósito de la instalación del sexto Congreso Nacional de Lectura, manifestaba que “gracias a la lectura, cada persona se multiplica a lo largo del día. El impulso del personaje de un relato, de una atmósfera literaria, de un poema, renueva y vigoriza las opiniones morales y políticas, vuelve por una hora un poeta o un narrador al que complementa con imaginación lo leído”, así que seremos Carlos Monsivaís cuando en una tarde cualquiera sus palabras nos lleguen, papel y llamas, para encendernos la mirada.

Interrogado hace un par de años sobre para qué le había servido vivir 70 años, Monsiváis respondió: “El líder sindical Fidel Velázquez, al cumplir 80 y tantos años, afirmó: ‘Ya se me pasó la edad de morirme’. No soy tan aventurado, pero sé que ya se me pasó la edad de reflexionar provechosamente sobre siete décadas. Y sí, sí formulo un deseo: que esparzan mis cenizas en el Zócalo para presumir en el más acá o en el más allá de un funeral céntrico”.

Más que céntrico el vacío que Monsi deja en el México de Zapata, Pancho Villa y el Subcomandante Marcos, será muy difícil de colmar con palabras.

Saramago, espejo del mundo

** “Hay finales que son también comienzos, muertes que son nacimientos” dijo el escritor uruguayo Eduardo Galeano con motivo de la muerte de José Saramago


 
“Hay finales que son también comienzos, muertes que son nacimientos” dijo el escritor uruguayo Eduardo Galeano con motivo de la muerte de José Saramago, ese portugués infinito que vivirá para siempre en el sabor de sus libros. Y es que este Premio Nobel de Literatura (1998), fallecido la madrugada del viernes 18 de junio, lega a las generaciones por venir las palabras con las cuales entender el mundo y sus múltiples aristas. Nos deja sus libros y también el ejemplo de un hombre que se animó a decir lo que pensaba y que sobre todo, tuvo la valentía de vivir como decía. De esos seres humanos hay pocos y nunca sobran, sino que siempre faltan.

Saramago, como dice Galeano, “seguirá siendo una voz entrañable y extrañable”, por necesario, por justo, porque su palabra nos convocó a ser más y mejores, a volar más alto, a sentir más hondo, a vernos en el espejo de las otredades.

SARAMAGO
Novelista, periodista, poeta y dramaturgo, oficiante de otras artes y otros oficios, José de Sousa Saramago, nació en Azinhaga, Portugal, en 1922. Tierra de pecado fue su primera novela publicada (1947).

Veinte años pasaron para que nuevamente su voz volviera a las páginas impresas. Dos libros de poemas: Os poemas possiveis y Provavelmente alegría, fueron los que en la década del 60 lo devolvieran al espacio de lo público.

Tal vez precisamente por lo espaciado de sus publicaciones, algunos críticos literarios lo consideran un “autor tardío”. Y tal vez sea verdad, aunque es más certero afirmar que cada uno de sus libros es un mundo único, irrepetible, complejo, armado sobre la profunda reflexión del compromiso y el cuidado de la palabra justa.

Sus primeras novelas -Manual de pintura y caligrafía (1977) y Alzado del suelo (1980)- dejaron de manifiesto su irreverencia ante la historia de los vencedores. Luego vinieron Memorial del convento (1982) y El año de la muerte de Ricardo Reis, novela que navega en la palabra de Fernando Pessoa.

La balsa de piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa (1989), El Evangelio según Jesucristo (1991), Casi un objeto (1994), Viaje a Portugal (1995), Ensayo sobre la ceguera (1996), Todos los nombres (1999), La caverna (2001), El hombre duplicado (2003), Ensayo sobre la lucidez (2004), Las intermitencias de la muerte (2005), Cuadernos, El Viaje del Elefante (2009) y Caín (2009), son algunas de sus novelas.

MILITANTE DE LA PALABRA
Porque ninguna herida humana le era ajena, Saramago, fue miembro del Partido Comunista Portugués, militante en fin, del compromiso con los dolores de los pueblos, tuvo una activa lucha por las causas humanitarias.

Su estancia en la tierra, dividida entre Lanzarote y Lisboa, fue reconocida con numerosos galardones y doctorados honoris causa. Entre otros, recibió el Premio Camões, equivalente al Premio Cervantes en los países de lengua portuguesa.

Tras la concesión del Nobel, Saramago, seguidor de los avatares políticos de Portugal y del mundo, escribió artículos de opinión, crónicas, ofreció entrevistas, conferencias y discursos, en los que abordó la realidad siempre desde una visión crítica, tal como puede leerse en su blog, los Cuadernos de Saramago.

José Saramago es capaz de “estar al lado de los que sufren y en contra de los que hacen sufrir”; es un “hombre de una sola palabra, de una sola pieza”, subrayó Pilar del Río, esposa del escritor, cuando en 1998 le entregaron el Nobel.

En su carrera, el portugués supo entretejer su prolífico trabajo con el compromiso humanístico y político, pero sobre todo fue un hombre profundamente crítico y librepensador. “Sólo soy alguien que, al escribir, se limita a levantar una piedra y a poner la vista en lo que hay debajo. No es culpa mía si de vez en cuando me salen monstruos”, afirmó en 1997.

Saramago, quién falleció a los 87 años de edad, al lado de su esposa, la periodista y traductora Pilar del Río, en su hogar de Lanzarote, dejó inconclusa una novela sobre el tráfico de armas titulada Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, un verso del poeta portugués Gil Vicente. Sobre esta novela había dicho: “no será sobre el Corán”, pero sí sobre algo “tan importante como todos los libros sagrados del mundo”: la ausencia de huelgas en la industria del armamento.

Por eso Saramago es voz de los pueblos que se quedan y se convierten en luz para alumbrar razones y luchas, para hacer nacer de la ternura el futuro más que posible, imprescindible.



De cómo el personaje fue maestro y el autor su aprendiz
A Pilar



“Ciegos. El aprendiz pensó "estamos ciegos", y se sentó a escribir el Ensayo sobre la ceguera para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupa el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después, el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: una persona que busca a otra persona sólo porque comprende que la vida no tiene nada más importante que pedirle a un ser humano. El libro se llama Todos los nombres. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.

Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, a buen decir, más voz que la voz que ellos tienen. Perdóneseme si les ha parecido poco esto que para mí es todo”.

Fragmento final del discurso ante la Academia Sueca, 7 de diciembre de 1998







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