sábado, 31 de julio de 2010

Iván Padilla Bravo: con permiso de la urgencia

Estallan las voces con las que hay que nombrar el silencio. Se pronuncia desde antes y desde lejos el roce detenido en la hoja de un árbol, en la espuma que se demora frente al mar definitivo. A veces, sobran los adjetivos y no se encuentra la palabra justa para decir y decirnos los sentidos. A veces, el poeta le pide permiso a la urgencia y entonces los versos son canción de bienvenida.

“Azul / es un borde apenas / donde la mirada llega / Un muelle / El látigo de luz / con el que se despide la tarde / Puerto para la ilusión del poeta / Flagelo / cuando la noche es lo único que queda”.
(Azul)

Iván Padilla Bravo (Caracas, 1950), es un poeta prestado a los andares de la palabra impresa, periodista cierto, sus versos tienen el sabor y el tacto de la caricia que inaugura el día, que bienviene al alba. Estos poemas urgentes, que no saben de tiempo, tienen en cambio la vigencia de un hombre enamorado, de ese propio y ajeno que se escurre tal vez al cruzar la calle al final de una avenida. Como si esperara, esperando, con la certeza del día que muere y de la noche que trae los rumores de algún recuerdo próximo y lejano.

“Voy / de inútiles tumbos / la noche / Oscura / como ella misma / Soy un ciego / en el ocaso / es decir muy cerca / de las sombras del día / que se arrincona / donde menos había ganas / No veo / siento / que soy un sol / al que le arrancaron / el calor / y la vida / Voy / de inútiles gritos / que nadie oye que nadie sabe / Una luctuosa voz / hecha de rascacielos en / Catuche / en nada / ¡Es mentira!”.

Cuerpo adentro, la piel se teje y se entreteje en el papel que titila de pantallas, la mujer se vuelve eco y se torna verso. Le nace al poeta la humedad compartida, le brota la voz y la nombra. Se dice en ella y se siembra, cosechando las cotidianidades y las sombras y los roces y la vida, la que es y la que quisiera que fuera. Entonces, los escritorios hacen un alto y el tiempo alza vuelo, despeinando heridas, salvando las batallas.

“Esta mujer me hace temblar / desde las plantas / Me arranca lunas / me inventa mañanas / Esta mujer es una tormenta / me llueve de abrazos / moja mis adentros / alborota todas mis instancias / Esta mujer es / toda una noche de centellas / desgarrar de cielo / pero también un alba”.
(Previo, fragmento)

Son éstos, poemas urgentes. Turgentes en piel y en alma. Apurados de besos y de versos, como si cada palabra tuviera la exacta dimensión de la memoria henchida de ganas. Todo en él es convocada ternura, fuego que fragua y enciende.

Iván Padilla, poeta necesario, voz del sur que clama, tiene entre el corazón y la espalda un augurio que se hace palabra. Hombre de pasos y abrazos, hombre que lleva entre las manos el andar del mundo y del futuro y la mañana. Tendrá tal vez la memoria de lo que calla, de lo que dicen sus versos, de lo que invita y en él se hace cierta herida que se derrama. Fecunda siembra la de este poeta que hoy canta, dulce abismo y definitiva palabra que nos llama.

“Algún día / voy a ser viejo como Bagdad / Entonces escribiré versos / después de las cicatrices / Y sólo estarás presente / como una centella en el recuerdo / Algún día / tendré la piel torcida de recorridos / pero guardaré una sonrisa infantil / en el gesto / Y sólo estarás presente como marzo / como el mes más alegre / de este año que se me volvió eterno”.

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