sábado, 22 de agosto de 2009

Entran
tierra viento cuerpo
adentro

salen
sudor palabra mar
afuera
miran para escuchar
promesas sueños verdades
escuchan para sentir
el miedo que pasa y también el que queda
sienten para gustar
el refugio y la bandera
degustan
y se quedan ciegos
y los dejan mudos
son éstos que siendo no son
espejismos de la última página del diario

Los viajes de Antonio Machado




Camina hacia el infinito, hacia la memoria abierta de ecos, de roces, de pueblos. Camina siempre sobre la vida, nombrando y nombrándonos, reconociéndonos en los amores abiertos y en las ganas justas. Antonio Machado (España, 1875 – Francia, 1939) poeta cantor, sigue vivo en sus versos y en los ojos que tropezamos en ellos, recuperando su batir de alas en pleno vuelo.

Todo en él sigue siendo presente, la infancia, el recuerdo todo y la gracia de saberse vivo por sobre el hambre y el miedo, vivo para entonar poemas como fusiles, como banderas, como utopías, como sueños.

Antonio Machado hombre y mago, que supo encantar las palabras para trocarlas en palomas blancas le escribió a las heridas y a los anhelos, al tiempo que fue y al que será, empeñado en las cotidianidades que han sabido alzarse a los días que vinieron después.

“Y cuando llegue el día del último viaje / y esté a partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”. (Retrato, fragmento)

Amante de las libertades, Antonio Machado falleció con un verso escondido en el bolsillo, un verso que es definición de su existencia y de sus sentires. “Estos días azules y este sol de la infancia". Recuperar su palabra, es de algún modo reencontrarse con lo mejor del ser humano, con su capacidad inquebrantable de amar lo más libre y más hondo que nos habita. Antonio, un marinero de océanos y de vidas…

“Algunos lienzos del recuerdo tienen / luz de jardín y soledad de campo; / la placidez del sueño / en el paisaje familiar soñado. / Otros guardan las fiestas de días aún lejanos; / figurillas sutiles / que pone un titerero en su retablo”.

En sus manos la palabra fue pincel para esbozar el mundo y sus paisajes, tal vez por eso la magia y el eclipse y el sol que sabe alumbrar el día. Sencillo en la exacta dimensión del hombre, Machado, exponente de la Generación del 98, es voz entre todos los ecos.

“Este hombre del casino provinciano / que vio a Carancha recibir un día, / tiene mustia la tez, el pelo cano, / ojos velados por melancolía; / bajo el bigote gris, labios de hastío, / y una triste expresión, que no es tristeza, / sino algo más y menos: el vacío / del mundo en la oquedad de su cabeza. / (…) / Este hombre no es de ayer ni es de mañana, / sino de nunca; de la cepa hispana / no es el fruto maduro ni podrido, / es una fruta vana / de aquella España que pasó y no ha sido, / esa que hoy tiene la cabeza cana”. (Del pasado efímero, fragmentos)

A Antonio Machado supo cantarlo Joan Manuel Serrat, un español que canta a otro y cantándolo nos canta también a nosotros aunque estemos más lejos. Universal en la evocación y en el anhelo, Machado es presente de los presentes, por eso hoy sus versos que saben decirnos la tierra y sus campos y sobre todo, los andares por el mundo y sus mares. Machado, limpio de peros… en sus versos anidan los vuelos y algún que otro naufragio.

“Guitarra del mesón que hoy suenas jota, / mañana petenera, / según quien llega y tañe / las empolvadas cuerdas. / Guitarra del mesón de los caminos, / no fuiste nunca, ni serás, poeta. / Tú eres alma que dice su armonía / solitaria a las almas pasajeras... / Y siempre que te escucha el caminante / sueña escuchar un aire de su tierra”.

Todo fue posible en su palabra, la sal, el llanto, el sueño, la vida, la risa y el cauce viejo. Machado, poeta de esa España que no pudo ser y que tal vez hoy sea en otras geografías, aquí tu voz de pasos y abrazos, aquí nosotros saltándonos los ecos.

“Poetas, con el alma / atenta al hondo cielo, / en la cruel batalla / o en el tranquilo huerto, / la nueva miel labramos / con los dolores viejos, / la veste blanca y pura / pacientemente hacemos, / y bajo el sol bruñimos / el fuerte arnés de hierro”.




* Publicado en el Diario de Guayana, domingo 16 de agosto de 2009

Otero Silva: La muerte de Honorio


“El Barbero los escuchó pensativo, evidentemente conmovido bajo las tolvaneras de ternura que el solo nombre de su hijo despertaba en sus cuatro compañeros de cárcel”, narra Miguel Otero Silva (Barcelona, Venezuela, 26 de octubre de 1908 - Caracas, 28 de agosto de 1985), en uno de los pasajes de La Muerte de Honorio, publicado en 2000, en su primera reimpresión, por Monte Ávila Editores.

La muerte de Honorio, cuarta novela del escritor venezolano, es un llamado de humanidad, una caricia lenta, un batir de alas en medio de la brutalidad desatada por la dictadura de Pérez Jiménez.

Otero Silva, escritor del compromiso, supo abrazar la palabra para decirnos que era posible seguir luchando y conquistar así, los sueños. Lo dijo desde la pasión infinita de quien se sabe libre para enumerar las verdades, para elevarlas en las alas de los pájaros que cruzan nuestros horizontes.

Cinco hombres y cinco historias yacen leves en las páginas de este libro. Llegué a ellas en la adolescencia y marcaron cálidas y desgarradas los años que vinieron después, supieron desatar las preguntas que aún no tienen respuestas y limpiaron con sales y ojos, los dolores de otras geografías. Lectura imprescindible es La muerte de Honorio, porque sabe de amores y tormentos que no cesan a pesar de la mordaza, del silencio, de la oscurana, del hambre y del miedo. Aquí lo más humano de los humanos, su grito y su recuerdo, surcando el papel que dice presente, aunque nos hayamos ido.

“Tras dos meses de encierros en las bóvedas del fortín, me anunciaron el veredicto del tribunal militar. (…) y se me condenaba a doce años de cárcel. Pero lo dictadura se vendrá abajo muchísimo antes de esos doce años y yo regresaré al ejército a castigar a quienes mancharon sus charreteras con sangre de crímenes y botín de saqueos”.

El Periodista, el Barbero, el Tenedor de Libros, el Capitán y el Médico son los personajes que van hilando sus historias, una tras otra entre las cuatro paredes de la prisión que los contiene. Cada uno describe las torturas recibidas, pero sobre todo sus sueños, sus ganas, sus verdades, que no son más distintas ni distantes que las nuestras, sus lectores. A través de ellos reconstruimos esa Venezuela de rejas y angustias, ese país que no habrá de volver a ser, porque aprendió a resistir y a resistirse a la violencia y a la hecatombe.

Otero Silva, periodista y narrador, abordó el tiempo que fue para que aprendamos a recordar mejor, porque la desmemoria nos condena a repetir el pasado. De la lectura de este libro siempre queda la conmoción, el asombro y la certeza de que la fuerza no puede ser la razón, sino su viceversa.

Honorio mantiene viva la esperanza entre los otros cuatro, aunque sea un invento del Barbero, de sus ganas, de su imaginación o la narración necesaria a falta de otras. Es una tregua, un espacio de tiempo para permitirse la ternura y la cotidianidad que extraviaron muros afuera.

“La noche de la muerte de Honorio un presentimiento daba tumbos contra las paredes del calabozo, como un pajarraco oscuro y torpe”.

A pesar del encierro la voz humana siempre tiene algo que decir. Algo guardado en el recuerdo o en las entrañas clama por brotar y ser oído. La historia y el tiempo que será a veces duermen y a veces estallan como un ronco alarido de la tierra.

“¿Cuántos hechos trascendentales estremecían al mundo? ¿Cuántos grandes hombres morían? ¿Cuántos libros extraordinarios se escribían? ¿Cuántas conquistas científicas realizaban los sabios en sus laboratorios? El latido de la historia se había detenido bruscamente para ellos como las manecillas de un reloj sin cuerda”.
* Publicado en el Diario de Guayana, 02 de agosto de 2009

Poesía en la Resistencia

Hay una poesía que nace de las entrañas, del grito más hondo y menos solo. Hay una poesía que protesta y aunque la tilden de panfletaria, le pertenece al pueblo, porque no calla y se vuelve abrazo y se torna bandera. Esa es la poesía imprescindible, la que sabe de los dolores y las luchas, de la ternura y la esperanza. Poesía en la resistencia de eso se trata, de resistir a los silencios impuestos y a la desmemoria como una mordaza.

La Antología de la Poesía en la Resistencia, publicada por Ediciones Centauro, Caracas 1982, da cobijo a las voces que se pronunciaron durante la dictadura de Pérez Jiménez. Allí convergen Alarico Gómez, José Vicente Abreu, Arnaldo Acosta Bello, Juan Liscano, Guillermo Sucre Figarella y Lucila Velásquez, entre otros poetas del compromiso.

Cuando nos negaron y nos fracturaron el derecho de ser nosotros mismos, de ser pueblo, saltaron estos versos como fusil de encuentros. En medio de la oscuridad nacieron para conquistar y sembrar la Patria luminosa.

José Vicente Abreu supo recobrar la memoria de Guasina, uno de los campos de concentración y tortura de esos años, escribió bajo el seudónimo de Máximo Miliciano…

“Si estallan las guerrillas del sur, / si estallan… Yo soy el guerrillero: / Búscame entre las sombras, / en el humo, / en el polvo, en el camino, / en un grano de pólvora encendida… / Búscame entre los gritos, / en el saqueo, entre las horcas, / en las huellas del canto / y en la sangre del latifundio derramada…! / Porque yo vivo en los ojos / de los fusilados…! / Ya te digo: si estallan las guerrillas del sur…”. (fragmento)

Alzó versos como despedidas, como alertas y abrazos, como las últimas primeras palabras de la desgracia, pero sobre todo no calló… no cayó, sino que cantó y se levantó entre los barrotes para saberse acompañada para decirse en su nombre y en el nuestro. Lucila Velásquez germinó en el papel el beso que supo decir hasta siempre.

“Te mueres en la cárcel, donde se niega todo, / donde tu pueblo es patria enterrada sin lápida, donde la sangre lleva cadenas en sus huesos, / donde la libertad perdió los ojos y anda / tocando en las paredes la frente de los hombres”. (Plegaria por las horas de su vida, fragmento)

Es al ser humano que cantan estos versos, al hombre de la calle, el que cruza la avenida, el que encerrado entre las opresiones gira en torno a las verdades, el que se fue al monte con sus fusiles y sus sueños. A ese que fue y que muriendo venció en los tiempos nuevos.

“Al hombre, sólo al hombre / le dedico la letra de mi mano, / a él le doy mis voces, / la sangre de mis brazos, / el hilo de mi frente, mi costado. / Al hombre, sólo al hombre / este inmenso sentir venezolano…!” (Helí Colombani, escrito en la cárcel de “El Obispo”, en Caracas)

Ni los poetas ni los libertarios gritos mueren. Están presentes en el presente. Vivos en nosotros, que leyendo sus versos inauguramos el sol y nos bebemos la vida. A ellos que se sembraron irremediablemente jóvenes debemos el futuro, porque su sangre no puede ser en vano. Demasiado dolor y demasiada lucha para que la Patria sea una hoja en blanco.

“Tú has resuelto vivir, yo fui testigo de tu juramento. De nuestra sangre, / y de otras, / y de otras, / viene naciendo el alba. / Entremos con sonrisa / hacia la vida, / hacia la hoja del árbol, / hacia el agua y la luz, / y hacia toda la tierra”. (En Guasina nace el hombre, fragmento. Artemio Yupanquí, seudónimo de Arnaldo Acosta Bello).

A ellas y a ellos, poetas de la vida y de los sueños, de las esperanzas y los anhelos, debemos la utopía que edificaremos realidad, desde lo más hondo y lo más claro de nuestro pueblo.
* Publicado en el Diario de Guayana, el domingo 26 de julio de 2009

Galeano: úselo y tírelo


Lo que está en juego en el mundo es la vida. El modo de producción de este planeta que tenemos por hogar hace más pobres a los pobres. No sólo están muriendo las aguas y los árboles, sino el ser humano. Parece que nos hemos empeñado en destruirnos, en avanzar indetenibles y raudos hacia la nada. Para salvar y salvarnos no basta con pintar los carros de verde y usar gasolina verde y productos verdes, y hacer caridad, se trata más bien de tener conciencia de que es el modelo que Occidente ha impuesto a sangre y fuego el que nos borrará de la historia humana, porque no habrá historia que contar ni quién la cuente.
Y ese es precisamente el cuento que cuenta Eduardo Galeano en Úselo y tírelo, El mundo visto desde una ecología latinoamericana, publicado en su cuarta edición por Booket, en 2008, un libro que reúne textos desde Las venas abiertas de América Latina hasta Las palabras andantes, sumados a otros que fueron especialmente escritos para esta edición.
Galeano recoge la denuncia, muestra el dolor y llora las tristezas de todos, en estas páginas levanta los estandartes del mundo que necesariamente debe ser, ese que se merecen las hijas y los hijos por venir.

“Llevamos quinientos años aprendiendo a odiarnos entre nosotros y a trabajar con alma y vida por nuestra propia perdición, y en eso estamos; pero todavía no hemos podido corregir nuestra porfiada costumbre de abrazos, nuestra manía de andar soñando despiertos y chocándonos con todo y cierta tendencia a la resurrección inexplicable”.
Los más que menos tienen viven tratando de sobrevivir y los pocos que mucho ostentan viven para consumir más. Es el mundo patas arriba, absurdo, y cínico, injusto e inhumano, tanto que nos condena a la soledad. Mientras seguimos convencidos de comprar lo que las pantallas venden y el sistema abona, nos volvemos cada vez más indiferentes al dolor del otro, a su hambre y a su miseria de siglos y de penas.
“El precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la perpetuación de la injusticia. Es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos. Para que pocos sigan consumiendo de más, muchos deben seguir consumiendo de menos. Y para evitar que nadie se pase de la raya, el sistema multiplica las armas de guerra”. (Ser como ellos, fragmento)
Así, Galeano va narrando lo que nos pasa, lo que hemos dejado que nos pase, porque diciendo y reconociendo nuestros miedos damos el primer paso hacia el futuro irrevocable, ese que hay que construir a punta de cantos, de sueños, de manos y de abrazos. Porque para ser tendremos necesariamente que soñar juntos el mismo sueño, esa es la utopía realizable, la que nacerá de los vientres de los pueblos.

“Los usurpadores se irán a los confines del agua… Ya no habrá devoradores de hombres… Al terminar la codicia, se desatará la cara, se desatarán las manos, se desatarán los pies del mundo”. (Se desatará la cara del mundo, fragmento)
La farsa de este principio de siglo se pinta de verde, pero no aquel “verde que te quiero verde” del poeta español, sino este color que ha engendrado el comercio, el de las plantas de plástico, las aguas estancadas y los billetes del norte. Promueven la ecología quienes cometen los ecocidios y después nos culpan a todos y nos venden desodorantes que no afectan la capa de ozono y transgénicos. Y sí, nos venden productos verdes, especies verdes, pero no firman protocolos ambientales, y prefieren mudar las fábricas donde la mano de obra es más barata y la tierra se muere de sed.

“Este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo. Extirpación del comunismo, implantación del consumismo: la operación ha sido todo un éxito, pero el paciente se está muriendo”. (Cinco frases que hacen crecer la nariz de Pinocho, fragmento)
* Publicado en el Diario de Guayana, el domingo 19 de julio de 2009

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