jueves, 29 de diciembre de 2016

Y se vino un año más…



Aún no se han inventado las colas para soñar y aunque los bachaqueros lo han intentado no han podido contrabandear la esperanza, así que para terminar el año les abrazo en este largo transitar de las palabras.
Ya no me quedan pendientes, ni amores ni odios, para teclear con desespero antes de que terminen las ocho horas de tedio. Así que aprovecho a despedir estos últimos días del año con la certeza de que los días que vienen no serán mejores ni más fáciles, en todo caso vivir es una aventura que duele aunque nos regale la posibilidad maravillosa del amor y la risa, la caricia, la ternura, el humor y la seguridad de sabernos minúsculos y efímeros.
El 2017 se viene con los mismos dolores de cabeza y alma con los que terminamos este. Las guerras, el hambre, la sed y el desamparo siguen intactos en una gran parte del mundo. Tal vez hemos hecho poco para terminar con las injusticias provocadas por los  grandes poderosos del mundo.
Este año que dejamos también fue de dolorosas despedidas, de pérdidas irreparables. Y otras siguen calando como si recién nos hubieran sorprendido.
No, no sabemos qué trae en sus alforjas el futuro. Pero sabemos qué queremos del tiempo por venir.
Que los días que se aproximan nos traigan la coherencia de andar por el mundo haciendo lo que decimos. Y que atrincherados en la ternura podamos ser cada vez más pacientes y comprensivos con nosotros y con los otros.
Que podamos mirarnos en los espejos y en el agua con la seguridad de que el reflejo nos devolverá enteros en nuestras convicciones y que no perdamos nunca la entereza.
Que el 2017 nos encuentre cada vez más y más juntos, seguros de que el mañana para ser bueno necesita de todos nosotros.
Y que el amanecer nos sorprenda con los ojos abiertos mirando los colores que cada día son distintos. Y que aunque sea una vez nos animemos a jugar bajo la lluvia como si fuéramos niños. Y que podamos estar a su altura para entregarnos al mundo con el asombro de lo recién descubierto.
Que nuestros hermanos sigan diciéndonos con sus gestos que son lo mejor que nos han podido pasar en la vida. Y nuestros padres nos sigan mirando como si fuéramos unos niños a punto de lastimarse andando en bicicleta.
Que podamos leer los mejores libros. Y tomemos café con nuestros amigos para perdernos en las charlas de esos hermanos que hemos elegido para transitar por la vida o por un trayecto de ella.
Que seamos felices aunque se nos quite con un dolor de muelas. Que lloremos sin desparpajo por una herida en la rodilla o en el alma, y que en ese llanto podamos quedar limpios de los miedos y las tristezas que se nos van acumulando.
Que el 2017 sea amoroso. De amores correspondidos y de cuerpos entregados.
Que podamos llegar al 2018 seguros de que hemos puesto el alma en el asador, que nos la jugamos por lo que creemos y por lo que sentimos.
La vida es esto que está delante nuestro cada día y la mejor ofrenda que podemos hacerle es dejar el aliento en vivir plenamente, aunque en el camino gritemos por nuestras miserias cotidianas, por el sueldo que no alcanza, por el trabajo que nos mata de aburrimiento, por la indigestión de tener jefes que no sirven para nada, por el vivo que nos jode y nos pisa, por los malos gobiernos y las malas decisiones.
Pero sobre todo que no perdamos nunca la esperanza, porque justo allí, en ese pedacito de utopía compartida, es donde se edifica el porvenir, donde viviremos todos los que aún soñamos un mundo mejor.
Que el 2017 sea un buen año, un año más de vivir, un año más de sorpresas y de 365 días de encontrarnos para seguir juntos hacia el futuro.


"No, no sabemos qué trae en sus alforjas el futuro. Pero sabemos qué queremos del tiempo por venir".

lunes, 21 de noviembre de 2016

Serenata Guayanesa



De la infancia más chica tengo dos tiempos de recuerdos. El primero llega con los planos de la represa en el trabajo de mi mamá y el casco blanco de mi padre cuando partía a su trabajo en la construcción del gigante hidroeléctrico que le da luz a más de la mitad de Venezuela. Luego, siento los inviernos y casi puedo tocar de pura memoria la llegada de la primavera cuando los jacarandás se pintaban de flores. En ambos lugares, en ambos hogares, las voces de Serenata Guayanesa, me dijeron de dónde venía. Mi madre cargó con los acetatos que guardaban el sonido de los instrumentos de su país a donde fuera y yo viajé con ellos.

A veces, cuando se tiene el corazón repartido, se tiene también la certeza del origen en la conmoción de los sabores, los tactos, las imágenes y los sonidos. Serenata Guayanesa cumple 45 años, yo casi cinco menos, así que puedo decir que me acompañaron toda la vida.

Serenata es la infancia. La mía. Y la de tantos niños que fuimos. Serenata es presente. Es la voz de Venezuela recogida amorosamente desde cada rincón del país. Golpes de tambor, joropos, polos y valses, suenan en sus voces como una caricia a nuestra identidad. En los bolsillos tengo a mano a Serenata cantándome Viajera del río, para no olvidar que el Orinoco me mira mirar la vida que surca el porvenir.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Estados Unidos


Imagen tomada de Internet.

Un afroamericano no necesariamente defiende los derechos de sus iguales, y una mujer tal vez sea más misógina que el peor de los hombres con esta desviación. Pero, es muy poco probable que un empresario traicione su sentido de la acumulación.
Son los pueblos los que deben unir esperanzas para caminar hacia el futuro, la única región que se conquista con los sueños.
América sigue siendo el continente de lo posible. Pese a todo seguimos demostrando que los grandes derrotados de nuestra historia reciente son los conglomerados mediáticos, que se han alejado, ojalá que no definitivamente, de la voz de todos.
Nos toca a nosotros, a los muchos, contar el tiempo que vivimos, reivindicando la condición de juntos y hacedores de esperanzas.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Un beso al atardecer



La foto, conocida por demás, es de Elliott Erwitt.
Lo mío siempre han sido los amaneceres. La contemplación de ese instante de luz que enciende el rastro del sueño y la nostalgia me conmueve. Pero puedo reconocer que de vez en cuando algún atardecer me deja sin aliento. Un domingo de estos enfilé a la panadería a golpe de ocaso en mi viejo auto bicolor, justo en la isla que cruza una de las avenidas más grandes de la ciudad, una pareja se besaba a esa hora en que el domingo se llena de silencio.
Una mujer y un hombre cualquiera. Ni muy jóvenes, ni viejos, dos como nosotros. Ellos, inconmovibles a todo lo que sucedía, se besaron para componer una de las postales más hermosas que he tenido la dicha de mirar con los ojos de afuera y los de adentro, porque hay un par de ojos que nos permite mirar sintiendo.
No sé cuánto duró el beso, no importa. En ese momento ellos fueron parte del paisaje que nos recuerda que la ternura es sobre todo una forma de abrazarse a la vida.

martes, 1 de noviembre de 2016

Diálogo



Un grito lanzado en medio del desierto sin que nadie lo oiga, ¿es acaso un grito? El llanto del niño a media noche, en la oscuridad, sin una madre que consuele la pesadilla, ¿es un llanto? Un poema de amor sin destinatario, ¿llega acaso a ser una declaración? ¿Qué vuelve nuestra voz, voz humana, sino el otro que nos escucha, que nos mira, que nos toca? El otro, que es prójimo en esta loca aventura de vivir.

Dialogar significa en primer lugar encontrarse y reconocerse. Después, si es posible, vendrán las coincidencias. Pero lo primero, lo que es innegociable para que nuestra voz se escuche es tender un puente hacia el otro, acortando la distancia y sobre todo haciendo menos sola la soledad.

Y no, a menos que seamos ermitaños, en el mundo habitamos los distintos, los que pensamos, queremos y soñamos de diversas maneras. Todo es válido, siempre y cuando respetemos la existencia de quienes nos rodean aunque nos parezcan disímiles.

La voz, la voz humana, la voz más nuestra, siempre necesita ser escuchada por otros para que de puro deseo se transforme en realidad tangible.

Por eso la paz se edifica en primer lugar sobre las palabras, porque con ellas, cuando llegan a buen puerto, quiere decir a buenos oídos, se convierte en un clamor de muchos que puede hacer posible la conquista del silencio para volverse canto.

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