Y se vino un año más…



Aún no se han inventado las colas para soñar y aunque los bachaqueros lo han intentado no han podido contrabandear la esperanza, así que para terminar el año les abrazo en este largo transitar de las palabras.
Ya no me quedan pendientes, ni amores ni odios, para teclear con desespero antes de que terminen las ocho horas de tedio. Así que aprovecho a despedir estos últimos días del año con la certeza de que los días que vienen no serán mejores ni más fáciles, en todo caso vivir es una aventura que duele aunque nos regale la posibilidad maravillosa del amor y la risa, la caricia, la ternura, el humor y la seguridad de sabernos minúsculos y efímeros.
El 2017 se viene con los mismos dolores de cabeza y alma con los que terminamos este. Las guerras, el hambre, la sed y el desamparo siguen intactos en una gran parte del mundo. Tal vez hemos hecho poco para terminar con las injusticias provocadas por los  grandes poderosos del mundo.
Este año que dejamos también fue de dolorosas despedidas, de pérdidas irreparables. Y otras siguen calando como si recién nos hubieran sorprendido.
No, no sabemos qué trae en sus alforjas el futuro. Pero sabemos qué queremos del tiempo por venir.
Que los días que se aproximan nos traigan la coherencia de andar por el mundo haciendo lo que decimos. Y que atrincherados en la ternura podamos ser cada vez más pacientes y comprensivos con nosotros y con los otros.
Que podamos mirarnos en los espejos y en el agua con la seguridad de que el reflejo nos devolverá enteros en nuestras convicciones y que no perdamos nunca la entereza.
Que el 2017 nos encuentre cada vez más y más juntos, seguros de que el mañana para ser bueno necesita de todos nosotros.
Y que el amanecer nos sorprenda con los ojos abiertos mirando los colores que cada día son distintos. Y que aunque sea una vez nos animemos a jugar bajo la lluvia como si fuéramos niños. Y que podamos estar a su altura para entregarnos al mundo con el asombro de lo recién descubierto.
Que nuestros hermanos sigan diciéndonos con sus gestos que son lo mejor que nos han podido pasar en la vida. Y nuestros padres nos sigan mirando como si fuéramos unos niños a punto de lastimarse andando en bicicleta.
Que podamos leer los mejores libros. Y tomemos café con nuestros amigos para perdernos en las charlas de esos hermanos que hemos elegido para transitar por la vida o por un trayecto de ella.
Que seamos felices aunque se nos quite con un dolor de muelas. Que lloremos sin desparpajo por una herida en la rodilla o en el alma, y que en ese llanto podamos quedar limpios de los miedos y las tristezas que se nos van acumulando.
Que el 2017 sea amoroso. De amores correspondidos y de cuerpos entregados.
Que podamos llegar al 2018 seguros de que hemos puesto el alma en el asador, que nos la jugamos por lo que creemos y por lo que sentimos.
La vida es esto que está delante nuestro cada día y la mejor ofrenda que podemos hacerle es dejar el aliento en vivir plenamente, aunque en el camino gritemos por nuestras miserias cotidianas, por el sueldo que no alcanza, por el trabajo que nos mata de aburrimiento, por la indigestión de tener jefes que no sirven para nada, por el vivo que nos jode y nos pisa, por los malos gobiernos y las malas decisiones.
Pero sobre todo que no perdamos nunca la esperanza, porque justo allí, en ese pedacito de utopía compartida, es donde se edifica el porvenir, donde viviremos todos los que aún soñamos un mundo mejor.
Que el 2017 sea un buen año, un año más de vivir, un año más de sorpresas y de 365 días de encontrarnos para seguir juntos hacia el futuro.


"No, no sabemos qué trae en sus alforjas el futuro. Pero sabemos qué queremos del tiempo por venir".

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