lunes, 24 de octubre de 2016

Colectivos

 
Viniendo del sur, la primera referencia que me llega a la cabeza cada vez que escucho la palabra “colectivo” es el bus que paraba justo en la esquina de Catamarca y Dorrego, donde había una pizzería que servía cerveza Quilmes. Los años pasaron, como nos pasan a todos los que tenemos la suerte de seguir vivos, y tiempo y lugares después los colectivos han mutado hasta convertirse en una especie de masa aterradora que amenaza con llevarse todo a su paso.
En Venezuela, los colectivos, gracias a las grandes industrias de la información, son los grupos violentos, casi siempre vestidos de rojo y simpatizantes del chavismo, que tratan por la fuerza de violentar cualquier resquicio que haya sobrevivido del pasado.
Vuelvo a pensar en los colectivos, ya no en los de ruedas -que ahora llaman bondi, vaya a saber por qué misterio- que me llevaban y traían por la ciudad que se abría a la adolescencia, sino en esa forma de encontrarse para lograr juntos un objetivo. Un colectivo de lectores que decide reunirse para compartir obviamente lecturas. Uno de agricultores para sumar esfuerzos en la siembra o uno de artistas para hacer posible que la cultura y las artes se esparzan libremente.
Un colectivo no es más que un grupo de personas con inclinaciones comunes que aspiran más o menos a lo mismo, lo de la violencia o el color de la ropa, son las miradas que los demás, influenciados por los medios, ponen sobre ellos. Y si mi preguntan, no demoraría en responder que soy del colectivo de soñadores que cree que la Tierra puede sin lugar a dudas ser un mejor lugar, es decir, estoy sumada a miles y miles de personas que tienen voz, rostro y tacto, y creen que juntos pueden hacer del mundo, de este mundo, un hogar. ¿Que si pertenezco a un colectivo? ¡Claro! Al de los que aun no desesperan de tanto esperar.

viernes, 14 de octubre de 2016

Al amanecer



A veces me pasa. Antes de las cuatro de la mañana ya estoy calentando el agua del café. Ya con la taza en la mano, miro desde el noveno piso el paisaje que se abre aún en la oscuridad y entonces me doy cuenta del miedo que provoca el ruidoso silencio de la noche. No dura mucho tiempo, pronto la claridad se desparrama sobre el horizonte.
Hay quienes se acuestan a esa hora en que pudiéramos imaginar que los angelotes o las brujas revolotean, otros, abrimos los ojos cuando el día despunta en lo que queda del sueño o la pesadilla.
La madrugada es para la poesía y también para el rumor de los cuerpos, que es otra forma del verso por cierto, pero si le atenaza la soledad la madrugada es el momento perfecto para darse cuenta que ante usted todo es infinito, menos su dolor o despecho o incluso la felicidad. Ante el sol que nace desde el fondo, porque así lo percibimos, nos damos cuenta que pese a todo no somos más que simples espectadores del azar maravilloso de este planeta que gira y gira alrededor del fuego.
Nunca un amanecer es igual a otro. Cada día las tonalidades con que el cielo se ilumina es diferente. Este hallazgo que hago cada mañana con los ojos abiertos, tomando lentamente el primer café del día, me trae de vuelta el milagro de la vida, de esta que me tocó por pura casualidad, y así vestida pese a todo lo que venga después, sé que me encontraré mañana con el rumor de la noche que cae vencida ante la luz. 


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