sábado, 23 de abril de 2011

Para escribirte no basta la pantalla
los dedos en el teclado pidiendo permiso,
arañando sílabas, entonando alguna que otra bienvenida
que apenas te adivina.

Para quererte dejo traspapelados
los espejos rotos y las patas de conejos y los hechizos,
la suerte,
la conjunción de estrellas y las cábalas que no entiendo
y no sirven de nada.

Para tenerte no sé si basten los miedos
estas dudas que han sido siempre buenos motivos
estas manos, estos pies 

este cuerpo, los ojos
y el corazón, ese que lleva entre sus arritmias, su ritmo,
algunas culpas, un manojo de perdones, unos cuantos amaneceres 
y un montón de palabras.
 
EN FIN, NO SÉ SI BASTO PARA CONVENCERTE
o para dejarme convencer
y echarme al mar
en tu espuma.

Pío Tamayo, floricultor de la palabra

** Su palabra cierta es esencia de la historia que están escribiendo y reescribiendo los pueblos pobres del mundo.


Hay muchas maneras de hacer nacer el mundo. Hay muchas formas de contar los sueños y sembrar las esperanzas, de alumbrar el futuro y de andar diciendo nosotros, juntos, el mañana. Y por eso hay hombres que hacen historia y se quedan en el presente que no tiene pausa. Precisamente entre esas voces imprescindibles está la de José Pío Tamayo (El Tocuyo, 04 de abril de 1898 (aunque algunas fuentes citan como fecha de nacimiento el 04 de marzo) – Barquisimeto, 5 de octubre de 1935). Pío fue un poeta que asumió el compromiso con los dolores de las gentes y sus tierras. Fundador del Partido Comunista de Venezuela, el joven que fue descubrió temprano la fuerza de la palabra que sabe decir pueblo y siembra, justicia y solidaridad.

Sus ideas manifiestan ante y sobre todo la humanidad de un hombre que aún hoy está por construir, la pasión que mueve y nos mueve hacia el futuro que no nace por predestinación divina, sino a punta de amores, de tesones, de pasiones que saben cantar libertades, de manos que cosechan los tiempos por venir. En fin, su vida y sus versos, su palabra cierta, son esencia de la historia que están escribiendo y reescribiendo los pueblos pobres del mundo.

Semblanza
Desde adolescente se sumergió en el ritmo de las imprentas y las palabras impresas. Y en su época de estudiante de liceo fundó con otros compañeros una imprenta que llevaba el nombre de “Gil Blas”, tal vez en homenaje a ese personaje de la novela de Alain-René Lesage o a la posterior publicación semanal que con una mezcla explosiva entre política y satírica se publicó en España entre 1864 y 1872.

Pío quien se había marchado a Barquisimeto a estudiar en el colegio La Salle, dio a luz a la revista literaria Renacimiento. También publicó Saltos y brincos, y luego Ayacucho. Regresó a El Tocuyo después de la muerte de su padre. Se encargó de la hacienda El Callao, porque de allí salían los recursos familiares. El rol de propietario y administrador del fundo le permitió abrir un espacio para hacer realidad sus mejores sueños, mejorar las condiciones de los trabajadores. Su gestión al frente de la producción permitió la compra de tractores, la instalación de servicios sanitarios para los campesinos y una red de energía eléctrica para las casas y la hacienda. Además, Pío fundó una granja porcina y el primer transporte colectivo entre Barquisimeto y El Tocuyo, para que las mujeres y hombres, niños y viejos de esos tiempos y esas tierras pudieran trasladarse a un bajo precio.

Pero su vida estuvo marcada por el exilio, por los desarraigos que se anudan siempre a la memoria y los gestos con que se alumbran las mañanas. 
 
En 1922 Pío Tamayo, como se le conoció siempre, salió del país debido a sus actividades conspirativas contra el gobierno de Juan Vicente Gómez. San Juan de Puerto Rico fue su primer lugar para el exilio, allí trabajó en una planta azucarera. Luego llegó a Nueva York y levantó vuelo hacia La Habana, donde cuentan que participó en la fundación del Partido Comunista de Cuba. Sus días en la isla fueron propicios para escribir en las revistas Venezuela Libre y Revista Universitaria. Precisamente en la capital cubana estudió a fondo el marxismo y se integró a un grupo de venezolanos que luchaban por dejar atrás el régimen gomecista con el objetivo de abrirle paso a la democracia.

La Unión Obrera Venezolana, un movimiento de corriente e inspiración marxista que luchaba por la conciencia y unidad de la clase obrera nació de su esfuerzo y convicción en Barranquilla. Y sus ires y venires por el exilio lo encontraron en Panamá en 1925, donde fue detenido por dirigir una huelga de inquilinos. Luego, el gobierno de José María Orellana de Guatemala también lo expulsó por actividades que eran consideradas subversivas, pero que no eran más que la lucha que lo empujó siempre a construir un mundo más justo y más humano. Terminó en Costa Rica donde se desempeñó como director de la revista Siluetas, al mismo tiempo que colabora en las publicaciones Avispas y Nueva Prensa.

De vuelta en Venezuela, en 1926, empezó a colaborar en la revista Élite y en el diario Mundial. Y dos años después se incorporó con alma y brío a la organización de la Semana del Estudiante. Corría el año de 1928. Durante el acto inaugural Pío Tamayo leyó Homenaje y demanda del Indio, un poema apasionado y comprometido con las más hondas y justas causas, tanto que le costó la libertad. Cumplió condena en el Castillo de Puerto Cabello, junto a muchos de los jóvenes que participaron en aquella memorable jornada. Allí fundó una escuela para los analfabetos y otra de marxismo para los presos políticos.

Probablemente no haya sido la tristeza del encierro, porque no se puede aquietar las alas del viento ni las palabras libres que nacen de los hombres, pero Pío Tamayo enfermó de tuberculosis en prisión y en diciembre de 1934, cuando fue puesto en libertad ya su estado de salud estaba quebrado. Pío, el floricultor de las palabras y las libertades, las esperanzas y los sueños falleció el 5 de octubre de 1935. Él es tal vez un pionero del movimiento literario vanguardista y precursor del marxismo en Venezuela. Su obra se encuentra dispersa en periódicos y revistas, aunque ha sido parcialmente recogida en la antología Diario de un floricultor.



Querido Toño:
No tengo acto de qué arrepentirme; seguí los mandatos de mi conciencia y si alguna vez me equivoqué hay que culpar la imperfección humana, pero nunca la intención. Muero sereno y conforme con mi conciencia. (...)

¿Qué te he de recomendar? Cultiva siempre en el predio rico de tu espíritu las cualidades nobles que te distinguen; húyele a las satisfacciones mezquinas de los egoístas, y vivirás vida colmada de contento interior que es el más puro de los deleites.

Esta carta debe llegar a ti en los minutos inmediatos a mi muerte. No olvides que he sido sencillo y limpio de corazón. Procura enterrarme en El Tocuyo, pueblo al que he amado y cuyas gentes me quieren. No deseo ninguna ceremonia religiosa, ni aquí, ni en el acto del sepelio. Condúceme a una casa amiga en aquel pueblo, donde puedan reunirse los que quieran acompañarme al cementerio. Anuncia muy llanamente: “Ha muerto Pío Tamayo (37 años). 
 
No pude revisar, corregir ni compilar nada de mi obra. En esas condiciones no deseo que se publique ninguna cosa. Guárdalas simplemente.

Te dejo a mamá. ¡Qué gran tesoro, hermano! Quiérela ahora por mí y por ti.
 
Te amo y digo adiós”,

Pío (28 de septiembre de 1935, fragmento de la carta destinada a su hermano José Antonio Tamayo)




La ilustración del texto nació de las manos de la periodista, trovadora y dibujante venezolana Yolanda Delgado. A ella el agradecimiento por todas las ternuras que brotan de sus haceres y sentires....

El Bolívar de Angostura

** El 15 de febrero de 1819 el Libertador expuso ante el Congreso, una de las piezas políticas fundamentales del ideario de Nuestra América.


Era la Venezuela que estaba naciendo, la tierra regada de vidas que se negaban a la esclavitud y que fueron germinando libres y cálidas al calor de los siglos que vinieron después. Era esa Venezuela que es una voz más de la América Mayúscula, un candor, una esperanza, que traía entre los ruedos del vestido el rumor del Orinoco humedeciendo esa Angostura que desde entonces es hogar de las palabras que surgieron al fragor de las luchas libertarias. La voz que aún perdura se asomaba en el recinto que se alza frente a la Plaza Bolívar de esa ciudad que representa la octava estrella del tricolor nacional.

Fue un 15 de febrero de 1819 cuando un hombre, joven, apasionado, terriblemente sabio, gigante en su estatura, tronó desde lo más hondo una de las piezas políticas más profundas de ese tiempo y de todos los tiempos.

Bolívar, Simón, pronunció su discurso en el Congreso de Angostura frente a veintiséis diputados. Palabras que después fueron publicadas en el Correo del Orinoco, en las ediciones 19, 20, 21 y 22 del 20 de febrero al 13 de marzo de 1819. Largos años han pasado desde entonces, y aún este pueblo nuestroamericano, en la visión integracionista del Libertador, lucha por su segunda y definitiva independencia.

El discurso
Bolívar libró su más apasionada batalla por la unidad de la Gran Colombia, esa Patria Grande que debía estar al servicio de los pueblos e iluminada por los más hondos principios. Ese febrero de 1819, Bolívar estaba proponiendo una constitución para la naciones que confluían en su idea integracionista. Por eso, el discurso ante el Congreso de Angostura, aborda en cinco partes todo el ideario de este hombre que con su ejemplo ha trascendido las fronteras del tiempo.

En la introducción del discurso Bolívar mecido por los ires y venires de la construcción de la República, retorna el poder al Congreso. “Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el augusto deber de consagraros a la felicidad de la República: en vuestras manos está la balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria; ellas sellarán los decretos que fijen nuestra Libertad”. A la vez que ratifica que su esfuerzo seguirá en los campos de batalla para sostener la independencia de la Patria.

El tiempo
En un segundo espacio de su pieza oratoria, Bolívar expone los hechos que impactan la Nación de esos tiempos. En un análisis crítico reflexiona sobre los aconteceres y peligros que corre la recién nacida Patria. Evalúa la amenaza de la monarquía y lo esencial de fortalecer un sistema democrático que libere tierras y hombres, conciencias y sueños, y sobre todo que haga realidad las esperanzas. “Amando lo más útil, animada de lo más justo, y aspirando a lo más perfecto al separarse Venezuela de la nación española, ha recobrado su independencia, su libertad, su igualdad, su soberanía nacional. Constituyéndose en una República Democrática, proscribió la monarquía, las distinciones, la nobleza, los fueros, los privilegios: declaró los derechos del hombre, la libertad de obrar, de pensar, de hablar y de escribir”, decía un Simón enamorado del futuro que estaban edificando juntos las mujeres y hombres de la América Nuestra.

Después de esbozar distintas formas de gobierno, Bolívar se adentra en la propuesta de Constitución para la Venezuela que cabalgaba a lomos de su historia y de las utopías que hoy, doscientos años después, empiezan a hacerse realidad.

Y en esta tercera parte de su discurso el Libertador dimensiona el perfil de las mujeres y hombres que habitan la geografía siempre verde de esta Venezuela mineral y contradictoria. Allí delinea los sentires y los tactos, los sabores, los olores, los sonidos de una tierra que es confluencia de ritmos y colores. “Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa”.

El discurso prosigue con una síntesis que narra lo hecho hasta entonces. Abolición de la esclavitud, reparto de tierras, institución de la orden de los libertadores y ratificación del voto comprometido con la decisión del patria a muerte. Así también el funcionamiento del gobierno y sus poderes, que deben necesariamente fortalecerse para sustentar la democracia. Y propone un cuarto poder, el Moral, uno que fuera capaz de darle sentido a las acciones humanas, además de enfatizar la prioridad que debe tener la educación como proyecto emancipador.

El discurso de Bolívar en Angostura es la concreción del pensamiento bolivariano, por eso su lectura es siempre una rendija abierta al tiempo que fue y al que debe ser. De su pluma y de la voz que aún impregna las paredes de la Casa del Congreso germina una Venezuela que hoy es llama encendida, fuego que alumbra los presentes que están por venir.



Discurso ante el Congreso de Angostura
Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos que la naturaleza había separado, y que nuestra Patria reúne con prolongados y anchurosos canales. (...) Ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuán superior es la suma de las luces a la suma de las riquezas que le ha prodigado la naturaleza. Ya la veo sentada sobre el trono de la libertad, empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno.

Dignaos, Legisladores, acoger con indulgencia la profesión de mi conciencia política, los últimos votos de mi corazón y los ruegos fervorosos que a nombre del pueblo me atrevo a dirigiros. Dignaos conceder a Venezuela un gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar, bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad. Señor, empezad vuestras funciones: yo he terminado las mías”.

Simón Bolívar

Versos latinoamericanos por la paz

** Nuestra América sabe de dolores y luchas, pero también de esperanzas y futuros...


Con palabras soñamos el mundo, lo hacemos cierto, lo mentimos, lo construimos juntos y a veces, queriendo o no, también lo deshacemos. Con palabras nos contamos la vida, los deseos, los amores, los miedos y también las esperanzas. Con palabras que son capaces de incendiar y prendernos podemos rendirnos y negarnos, desafiar y comprometernos, con palabras, con palabras que también son versos.

Contra la guerra
Contra las guerras de hoy y las guerras de siempre han escrito incansables poetas del mundo. Ellos y ellas han sabido ser voz de muchos, voz de todos. Ellos y ellas nos han dejado poemas que son un canto, que son lo más y mejor que nos habita, y que alzados al viento y al fuego son al final de cuentas memoria de los olvidados.

Son incontables las voces que han resistido, que se han negado a doblegarse y que sobre todo, siguen viviendo, para continuar alumbrándonos los caminos.

Tal vez sean pocos los motivos que tienen ellos, los poderosos y los asesinos, para obligar el silencio y para invadirnos. Son pocas las razones, pero son tan certeros sus odios y sus ansias que mutilan niños por daños colaterales y destruyen casas y secan la tierra y queman escuelas y torturan. Como canta Serrat si no hicieran tanto daño nos darían risa.

Y por los que aún cantan y por los que aún viven y por los que dicen que no y levantan el puño hacia el cielo como una plegaria, evocamos la poesía como un arma, como una trinchera de lucha y un fusil de mañanas.

Poemas y poetas por la paz
Aún con los muertos sobre los hombros en Iraq, con el saldo infinito de dolores en Afganistán y Palestina, estalla la vida que se rebela a ser sepultada, y germina, sabia y dulce, combativa y entera. Libia se abre a la conciencia que se enciende, que nos grita a través de mares y pantallas el derecho de los pueblos a no doblegarse. A las mujeres y hombres que muriendo se instalan para siempre en la memoria van estos versos.

Ya decía y nos decía el peruano universal que la solidaridad es la mejor arma y la mejor certeza que tenemos los seres humanos para vencer las opresiones. César Vallejo supo temprano que juntos, amándonos los miedos y las contradicciones, podremos ganarle la guerra a la impuesta muerte que viene del fuego y de la bala.

Al fin de la batalla / y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre / y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. / Se le acercaron dos y repitiéronle: / «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. / (…) / Entonces, todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar…”. (Masa, fragmento).

El futuro es esa conjunción de días. Ese presente que está llegando, que está naciendo, ese tiempo de imprescindibles pasos y abrazos que nos damos, que parimos desde ayer, para hoy y hasta siempre. No habrá justicia sin memoria y en medio de las bombas que caen sobre el pueblo libio otras memorias vienen de lejos. Latinoamérica sabe del odio y la violencia y por eso canta a todos los pueblos que luchan por su independencia. Pablo Neruda, acaricia con la dulzura de marinero que trascendió las aguas, la victoria que no sólo posible es imprescindible.

Está mi corazón en esta lucha. / Mi pueblo vencerá. Todos los pueblos / vencerán uno a uno. / Pero está cerca el tiempo victorioso. / Que sirva el odio para que no tiemblen / las manos del castigo, / que la hora / llegue a su horario en el instante puro, / y el pueblo llene las calles vacías / con sus frescas y firmes dimensiones. / Aquí está mi ternura para entonces. / La conocéis. No tengo otra bandera”. (Canto general, fragmento).

Estos versos saben de la historia común que reúne a todos los pueblos que libran las batallas por alcanzar su libertad y hacer realidad sus sueños. Nuestra América es parte de ese sur enorme que se extiende y vibra en cada pueblo que lucha y siembra su conciencia para hacer nacer el futuro. Este breve esbozo es apenas la confirmación de que poetas y hombres son el mismo amasijo de sentipensares, la misma conciencia que combate y se niega al silencio.

Y El Salvador con su pasado de sangres derramadas se pronuncia por la paz en los versos de Roque Dalton. “Tendremos todos los fusiles / alborozadamente. / No importará la escarcha momentánea / dándose de pedradas con el sudor de nuestro sobresalto, / ni la dudosa relación de nuestro aliento / con la ancha niebla millonaria en espacios: / caminaremos hasta los sembradíos / y enterraremos esperanzadamente todos los fusiles, / para que una raíz de pólvora haga estallar en mariposas / sus tallos minerales / en una primavera futura y altiva / repleta de palomas”. (Para la paz, fragmento).

El dolor y la sangre sembrada en la tierra, la denuncia, el llanto, el valor y la esperanza nacen de estos versos que hoy quieren acompañar a los pueblos que resisten. Sean ellos libres al calor de los versos, seamos nosotros solidarios y cantemos juntos y avancemos unidos hacia el mañana. “Ahora que es la hora de saber quiénes somos / y han de cruzar el río / el dólar y el amor contrarrembolso / arráncanos del alma el último mendigo / y líbranos de todo mal de conciencia / amén”. (Un padre nuestro latinoamericano, Mario Benedetti).



Siembra

Yo aspiro a que vivamos
en las vibrantes voces de la mañana.
Yo quiero perdurar junto contigo
en la savia profunda de la humanidad:
en la risa del niño,
en la paz de los hombres.
en el amor sin lágrimas.
Por eso,
como habremos de darnos a la rosa y al árbol,
a la tierra y al viento,
te pido que nos demos al futuro del mundo...”.

Miguel Otero Silva

Los sueños libres de Lumumba y Luther King

** Ellos representan dos historias de vida que son ejemplo en las luchas por conquistar la libertad y la igualdad de los pueblos

Fue un 17 de enero de 1961, en Katanga, cuando lo asesinaron y desaparecieron su cuerpo, como si hubieran querido también acallar su palabra, sus ideas, su mirada, el tacto de las velas con las que quiso navegar libre, con las que soñó una tierra diferente, más justa, más humana. Patricio Lumumba (Sankuru, Congo, 2 de julio de 1925) sigue siendo un estandarte elevado a los vientos y a los sueños de la libertad que nacen de las entrañas de todos los pueblos.
Anticolonialista y nacionalista, Lumumba fue el primero en ocupar el cargo de Primer Ministro de la República Democrática del Congo en 1960, tras conseguir la independencia de este Estado de la tutela belga. Dicen que fue precisamente su discurso pronunciado en la ceremonia de independencia de su país, en presencia del rey de Bélgica, cuando lo sentenciaron. Lumumba esgrimía que las atrocidades vividas no debían olvidarse, sino que tenían que permanecer en la memoria como un fuego capaz de incendiar para siempre las desigualdades y la esclavitud. “De esta lucha de lágrimas, fuego y sangre estamos orgullosos hasta las raíces más profundas de nuestro ser porque fue una lucha noble y justa, absolutamente necesaria para acabar con la infamante esclavitud que nos fue impuesta por la fuerza. Este fue nuestro destino durante los ochenta años de gobierno colonial; nuestras heridas están aún demasiado frescas y son todavía muy dolorosas para permitirnos borrarlas de nuestra memoria”.
La muerte de Lumumba está relacionada con el imperialismo y el neocolonialismo de las potencias occidentales, esas que siempre han pretendido y pretenden hacer de África su patio trasero, igual que hacen con el resto del mal nombrado tercer mundo. Porque resulta que el Congo no es un país pobre, sino que es una de las geografías más ricas del mundo en recursos naturales, convergen en ella diamantes, recursos vegetales, oro, uranio, cobre, cobalto, radio, zinc, hasta coltan, uno de los más estratégicos materiales que se utilizan en las nuevas tecnologías. Algunos reportes de las Naciones Unidas señalan que en la guerra que vive el Congo hoy, el coltan es la verdadera razón de la tragedia.
A Lumumba lo asesinaron, es cierto, pero sigue vivo, sigue siendo luz y abrazo infinito para todas aquellas y aquellos que luchan por eliminar las desigualdades y conquistar la paz y la libertad auténticas. Fue hace poco, en 2002, cuando el gobierno belga reconoció su responsabilidad en el asesinato de Lumumba, aunque continúa negándose a investigar a profundidad lo sucedido.

Su muerte, como la de todas las mujeres y hombres imprescindibles de la historia de los vencidos, de los más que menos tienen, se transformó en un símbolo de la resistencia. Y su rostro y sus palabras son una trinchera de lucha, una bandera que ondea en las batallas por la libertad en África y en cualquier rincón del mundo.

TENGO UN SUEÑO
Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad” decía soñando Martin Luther King (Atlanta, 15 de enero de 1929 – Memphis, 4 de abril de 1968), en Washington, el 28 de agosto de 1963.
A este otro soñador, también negro y también libertario, lo asesinaron. No ya en los confines de África sino en Estados Unidos. Fue condecorado con el Premio Nobel de la Paz en 1964. Pastor de la iglesia bautista, fue líder y fundador del Movimiento por los derechos civiles para los afroamericanos.

Hace apenas cincuenta años atrás, sobre todo el sur de los Estados Unidos se caracterizaba  por la violencia que se ejercía contra los negros. Ese racismo tan arraigado provocó en 1955 la muerte de tres personas: Emmett Till, un adolescente de 14 años; el pastor activista George Lee; y el militante de los derechos civiles Lamar Smith. Por eso, el 1 de diciembre de 1955, cuando Rosa Parks, una mujer negra, fue puesta en prisión por haberse negado a ceder su puesto en un autobús a un hombre blanco, violando así las leyes segregacionistas de Montgomery, Luther King inició un boicot de autobuses. Durante esa campaña fue arrestado y su hogar atacado con bombas incendiarias. Luego de casi un año, la Corte Suprema de los Estados Unidos, en noviembre de 1956, declaró finalmente la ilegalidad de la segregación en los autobuses, restaurantes, escuelas y otros lugares públicos.

Largos años de lucha en los que Luther King enarboló siempre las banderas de la no violencia, lo condujeron en 1967 a organizar una campaña a favor de los pobres con el objetivo de alcanzar la justicia social. Se trataba de eliminar la pobreza, analizando su origen y no restringiéndose sólo a la defensa de los afroamericanos. Al igual que Lumumba fue calificado de comunista y por lo tanto objeto de interés de la administración estadounidense de esos años.

Fue a finales del mes de marzo de 1968 cuando Martin Luther King se desplazó a Memphis, Tennessee. Y el 04 de abril, a las seis y un minuto de la tarde cayó abatido por las balas.
James Earl Ray el presunto asesino fue arrestado en 1969 y aunque se declaró culpable se retractó después y confesó una conspiración. En 1997, Dexter Scott King, hijo de Martin Luther King, se entrevistó con Ray y apoyó públicamente los esfuerzos de éste para conseguir un nuevo juicio. Dos años después la viuda de Luther King ganó un proceso civil en contra Loyd Jowers y otros conspiradores. En diciembre de 1993, Jowers había aparecido en Prime Time Live de ABC News revelando detalles de una conspiración que implicaba a la mafia y al gobierno para asesinar al líder de los derechos civiles.

Dos héroes, dos tiempos, el mismo mundo
La convicción de sus ideas, la entereza de sus gestos y el aplomo de sus pasos serán siempre ejemplo de la vida entregada en la edificación de sociedades más justas, más solidarias y más libres. Con ellos hemos aprendido lo que significa a dar la vida por la vida, porque ellos son fértiles semillas que florecerán en todos los presentes que habremos de hacer nacer juntos.



Letras libres
Ninguna brutalidad maltrato o tortura me ha doblegado porque prefiero morir con la cabeza en alto, con la fe inquebrantable y una profunda confianza en el futuro de mi país, a vivir sometido y pisoteando principios sagrados. Un día la historia nos juzgará, pero no será la historia según Bruselas, París, Washington o la ONU, sino la de los países emancipados del colonialismo y sus títeres”.

Patricio Lumumba (fragmento de la carta escrita a su esposa e hijos pocos días antes de su muerte)

María Elena Walsh un canto para siempre

** Escritora, poeta y compositora, creadora de entrañables personajes, como Manuelita la tortuga y la Reina Batata, así como de canciones inolvidables, escribió más de cuarenta libros, sin evadir su compromiso con el pensamiento libertario.


Tantas veces te mataron, tantas resucitarás, cuántas noches pasarás desesperando. Y a la hora del naufragio y la de la oscuridad alguien te rescatará para ir cantando” fueron los primeros versos que cantó la Negra Mercedes cuando volvió del exilio a su Argentina natal. Como la cigarra, esa canción que es bandera de tantas y tantos latinoamericanos que sufrieron el destierro a causa de la represión que vivió la América Mayúscula durante las décadas del sesenta, setenta y ochenta, fue escrita por María Elena Walsh, una maestra que diciendo y diciéndonos cuentos y canciones se nos ha quedado prendida para siempre en la memoria. María Elena (Buenos Aires, 1 de febrero de 1930 – 10 de enero de 2011) es la maga que supo sacar de sus labios, de sus manos, de las cuerdas de la guitarra a esos personajes que acompañaron la niñez de unos niños que hemos dejado de ser y ahora van de la mano de nuestros hijos. Allí está la Manuelita inolvidable que se marchó a buscar a su tortugo, y el jacarandá con sus flores lilas derramadas al este y al oeste, y la reina batata sentada en su trono de lata, el reino del revés que imaginó para nosotros María Elena vive en las canciones que seguirán cantando las maestras en las aulas de América.

Semblanza
Joven empezó María Elena sus andares por la palabra. A los diecisiete años publicó su primer poemario, Otoño imperdonable, con el cual obtuvo el segundo premio Municipal de Poesía. 
 
La Walsh, como le dicen con afecto en el Sur, escribió más de cuarenta libros infantiles y compuso temas que fueron interpretados por algunos de los más notables trovadores iberoamericanos, como Mercedes Sosa o Joan Manuel Serrat.
 
En 1948, al finalizar sus estudios en los que se graduó como profesora de Dibujo y Pintura, aceptó la invitación del autor de Platero y yo, el español Juan Ramón Jiménez, para visitarlo en su casa de Maryland (Estados Unidos), donde permanecería seis meses en 1949.
Al borde de la mitad del siglo XX, ya de vuelta en Buenos Aires, publicó Baladas con Ángel (1951), su segundo poemario.

Un año después se instaló en París junto a la cantante Leda Valladares. En la capital francesa empezaron a cantar canciones folclóricas del norte argentino. En esa ciudad se relacionaron con artistas de la talla de la chilena Violeta Parra y grabaron sus primeros álbumes como dúo.
 
De vuelta a Argentina en 1956, Leda y María Elena realizaron una extensa gira por el noroeste argentino. Y en 1958 María Elena publicó su tercer libro de poemas, Casi milagro.
 
Ese mismo año María Herminia Avellaneda le ofreció a Walsh escribir guiones de televisión para programas infantiles. La experiencia la llevó a crear un género similar a un “cabaret para chicos”, que sin duda revolucionaría el mundo del espectáculo, el folclore y la música infantil.

De 1960 son los discos Canciones de Tutú Marambá, en el que están incluidas algunas de las más famosas canciones infantiles como La vaca estudiosa, Canción del pescador, El Reino del Revés y Canción de Titina. En 1963 grabó Canciones para mirar. Doña Disparate y Bambuco fue la última presentación de Leda y María. Precisamente en esta obra aparecen el Mono Liso, y la tortuga Manuelita, el personaje más paradigmático y conocido del universo infantil creado por María Elena Walsh.

Canciones para mirar fueron seguidas de la publicación de cinco libros para niños: El reino del revés (1964), Zoo loco (1964), Dailan Kifki (1966), Cuentopos de Gulubú (1966) y Aire libre (1967), libros que consolidaron el imaginario que la compositora edificó en esa década para los niños y que han marcado a varias generaciones de argentinos y latinoamericanos.
Hecho a mano, poemario para adultos, fue publicado en 1965.
 
En 1968 estrenó Juguemos en el mundo, un espectáculo para adultos, inscrito en el nuevo cancionero argentino, que reivindicaba desde la creatividad y la innovación los temas sociales y políticos.
 
En julio de 1978 y en medio de la Copa Mundial de Fútbol, María Elena, tal vez asfixiada por la censura impuesta por la dictadura militar, decidió “no seguir componiendo ni cantar más en público”. Durante esos años algunas de sus canciones se volvieron un estandarte de la lucha por conquistar la democracia, miles de argentinos y latinoamericanos entonaban como una bandera henchida de sueños Como la cigarra, Canción de cuna para un gobernante, Oración a la Justicia, Dame la mano y vamos ya, Balada del Comudus Viscach o Postal de guerra.
 
Fue nombrada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1985 y en 1990, Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba y Personalidad Ilustre de la Provincia de Buenos Aires. Una recopilación completa de sus canciones para niños y adultos fue publicada en 1994 y en 1997, Manuelita ¿dónde vas?

Despedidas
Y aunque hay despedidas que son siempre una bienvenida, porque la vida trasciende el presente, porque se instala en todas las cotidianidades, María Elena vivirá en cada niño que se anime a crecer desprovisto de las miradas adultas que muchas veces enturbian los paisajes del alma y los otros. La vida de María Elena está y estará siempre en su obra. En las canciones que los niños que fuimos cantamos a los niños que son. Y es que al final, las niñas y niños de ayer, las mujeres y los hombres de hoy que siguen y seguimos cantando a coro a Manuelita, la que vivía en Pehuajó, tienen y tenemos, una pena infinita.



Serenata para la tierra de uno

Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy,
por todo y a pesar de todo,
mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Por tu decencia de vidala
y por tu escándalo de sol,
por tu verano con jazmines,
mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Porque el idioma de infancia
es un secreto entre los dos,
porque le diste reparo
al desarraigo de mi corazón.

Por tus antiguas rebeldías
y por la edad de tu dolor,
por tu esperanza interminable,
mi amor,
yo quiero vivir en vos.

Para sembrarte de guitarra
para cuidarte en cada flor,
y odiar a los que te lastiman,
mi amor,
yo quiero vivir en vos”.

María Elena Walsh

Alicia Alonso, la tangible trascendencia del vuelo

** Cerca de sus noventa años esta mujer sigue siendo una imprescindible referencia del compromiso que el arte tiene para la liberación de los pueblos.


Aún tiene esa mirada que sabe volar, aunque casi no pueda ver. Como si cada paso fuera una brisa despeinando sus plumas de cisne o la prolongación de la contundencia de la Carmen de Bizet. Sus ojos, esos ojos que en cada imagen develan un batir de alas, un sentir de sueños se extiende en las tablas de los teatros con la magia de un decorado que siempre lleva una estrella ondeando tras los telones. Alicia Alonso (La Habana, Cuba, 21 de diciembre de 1920) es un mito edificado en la dulzura del movimiento, en la realidad del compromiso del arte, en la tangible trascendencia del vuelo.

Bailarina y coreógrafa, la Giselle de Nuestra América, ha recibido más de un centenar de premios y distinciones a lo largo de su carrera. La Orden José Martí de la República de Cuba o el título de Embajadora de Buena Voluntad de la ONU para la Educación, la Ciencia y la Cultura, son dos de los galardones que reconocen su trabajo como intérprete, coreógrafa, educadora y sobre todo como una artista íntegra y profundamente comprometida con su tierra y con su pueblo. Este año, cuando Alicia Alonso llega a sus noventa años, fue condecorada también con la Medalla Haydée Santamaría.

Giselle de Nuestra América
Ella misma cuenta que comenzó el ballet a los nueve años. Primer bailó en Cuba y después de casarse con Fernando Alonso, cuando tenía quince, subió a las tablas de Estados Unidos. Pocos años después el hermoso cisne que ya era sufrió de una enfermedad ocular, que la dejó parcialmente ciega. Para ella las luces de los escenarios eran camino que alumbraba la música. Y a pesar de esto, entre 1939 y 1940 fue solista en el American Ballet. “Desde la primera operación de desprendimiento de retina que me hizo Castroviejo en Nueva York, al principio de mí carrera, me están retirando. Pienso que soy una de las bailarinas del mundo que ha hecho su carrera a base del retiro”, confesó Alicia en una entrevista hace algún tiempo atrás.

El 2 de noviembre de 1943, la Alonso protagonizó la famosa sustitución en Giselle que debió ser interpretada por otra grande de la danza clásica, Alicia Markova. Desde entonces su nombre es un hito en la historia de la danza en el mundo. Sus pasos que parecen apenas rozar el suelo, la llevaron entre 1955 y 1959, con los ballets rusos de Montecarlo como estrella invitada. Además fue la primera bailarina del hemisferio oeste en actuar en la entonces Unión Soviética y la primera representante del continente americano en bailar con el Bolshoi y el Kirov, en los teatros de Moscú y Leningrado (hoy San Petesburgo), en 1957 y 1958. Así como brilló en el Ballet de la Ópera de París y el Royal Danish Ballet, entre otras muchas compañías.

Cuba danza
Fue en 1948 cuando Alicia Alonso fundó la primera compañía profesional de ballet en la historia de Cuba. Primero con el nombre de Ballet Alicia Alonso, y desde 1955, y por voluntad de la propia Alicia, lleva el nombre de Ballet Nacional de Cuba.

Los primeros años fueron de arduo trabajo, de incorporación de piezas coreográficas que serían importantes en su repertorio como las versiones completas de Giselle, Coppélia, Las sílfides y el Grand pas de quatre.

En 1954 la compañía realizó el estreno en América Latina de la versión completa de El lago de los cisnes. Por primera vez se presentaban en el Teatro Colón, de Buenos Aires.

Apenas unos años después el Ballet de Cuba, con Alicia Alonso como estandarte, se enfrentó a la agresión del gobierno de Fulgencio Batista, quien trataba de convertirlo en su agente propagandístico.

La posición libertaria del matrimonio Alonso y la convicción de que el arte es un ejercicio pleno de compromiso, no sólo los llevaron a denunciar públicamente la agresión, sino que Alicia dejó de bailar en Cuba hasta la llegada de la Revolución.

Lejos de los escenarios de su país, la Alonso llevó consigo a los Estados Unidos a algunas de las más prometedoras figuras del ballet cubano.

Desde 1959 el Ballet Nacional de Cuba, no sólo emprendió una gran gira por Latinoamérica, sino que se convirtió en una embajada cultural de la revolución cubana.

Y es que la misma Alicia ha reconocido que desde la llegada de Fidel, el gobierno revolucionario se volcó en esta institución cultural con todos los afectos disponibles. “Nos dieron” comentaba la propia Alicia “un teatro, escuelas gratuitas, orquesta; pudimos examinar e incluir en nuestro ballet a todos los talentos de la isla y utilizar los talleres nacionales para hacer los decorados. Pudimos coger a los niños y entrenarlos técnica y artísticamente. Si no tuvimos lo mejor fue por la situación, pero dispusimos de todo lo que había. Así nació o, mejor, floreció, la escuela cubana de ballet. A partir de entonces son cubanos la mayor parte de nuestros artistas, concedemos becas y enviamos a nuestros profesores a ayudar a otros países, justo al contrario que al principio. Esto nos hace muy felices”.

Todo lo demás es historia. Alicia baila, vive bailando, vive enseñando a bailar. Vive vibrando con la música, con los sueños que ella supo hacer realidad. Cuba, ese país de estrechas fronteras y de amplias esperanzas, tiene uno de los ballets más importantes, no sólo de la América mayúscula, sino del mundo, y lleva y llevará siempre impreso, grabado a fuego y saltos, a piruetas y piano, el nombre de Alicia Alonso.

Marta Traba, el exilio como arte

** Amante y pasionaria de la libertad sin cortapisas, fue capaz de entender en el arte las nociones de dependencia e identidad que emergen cálidas de la creación artística latinoamericana.




Tal vez fue precisamente el color y la exuberancia de esta América dislocada de traiciones, de luchas y utopías, las que ejercieron en Marta Traba (Buenos Aires, Argentina, 25 de enero de 1930 - Madrid - Barajas, 27 de noviembre de 1983) la magia con la que contar las miradas.

Algunos sólo la conocen como la esposa de Ángel Rama. Pero ella brillaba -y brilla aún- con luz propia, porque es uno de esos personajes tan complejos, por ricos en matices y vivencias, que es muy difícil asir. En ella convergen la crítica de arte, la intelectual latinoamericanista, la escritora, la pintora y la promotora cultural. Un raro amasijo de palabras que cuentan colores, sabores, texturas... que tiene el arte y también la vida.

Desde siempre quiso ser escritora, por eso eligió la carrera de Filosofía y Letras, que cursó en la Universidad Nacional de Buenos Aires. En esos años trabajó en la revista Ver y Estimar con el crítico de arte Jorge Romero Brest, donde publicó sus primeros artículos.

El poemario Historia Natural de la alegría (1952); las novelas, Las ceremonias del verano (1966), Los laberintos insolados (1967), La Jugada del día sexto (1969), Homérica Latina (1979), Conversación al Sur (1981), y los libros de cuentos Así pasó (1968), De la mañana a la noche (1986) y Casa sin fin (1987); además de veintitrés volúmenes sobre historia y crítica de arte, más numerosos artículos en periódicos y revistas sobre ese mismo tema, son parte del legado de esta mujer que hizo del exilio un lienzo colmado de sonidos y tactos.

EXILIOS
Bogotá, San Juan, Caracas y Managua son algunas de las ciudades latinoamericanas de su destierro, además otras americanas, y europeas, entre las que se encuentra París donde estudió Historia del Arte en la Sorbona, entre 1949 y 1950.

Amante y pasionaria de la libertad sin cortapisas, fue capaz de entender en el arte las nociones de dependencia e identidad que emergen cálidas de la creación artística latinoamericana.

Fue precisamente Marta Traba, quien a comienzos de los años setenta elaboró una teoría estética sobre la resistencia. De ella, cuentan que tenía la fortaleza de saber la dimensión exacta de sus capacidades y sus debilidades. Que tenía el rigor y la disciplina necesarias para abocarse al estudio de lo que estos pueblos dicen y callan pintando, esculpiendo, atizando el fuego creador.

En Colombia llevó adelante un programa de historia del arte, y en la Universidad Nacional obtuvo su cátedra sobre historia del arte, espacio desde el cual fomentaba la cultura de las artes plásticas. Precisamente en esta universidad fundó el Museo de Arte Moderno de Bogotá, que pronto se convirtió en un centro cultural que promovía mesas redondas, simposios y exposiciones.

Cuando en 1968, los militares tomaron la Universidad Nacional de Colombia, ella se animó a declarar abiertamente su inconformidad, así como denunció los destrozos que había realizado el ejército, valentía ésta que le valió la expulsión del país, aunque se fue después y por otras razones. Aunque la expulsión no fue cumplida, la imagen del exilio se incorporó a su vida, de allí en adelante sus palabras se tiñeron de una irreversible mezcla de abandono y destierro.

ESTÉTICA DEL COMPROMISO
En La pintura nueva en Latinoamérica, publicada en 1961, Traba dejó en evidencia el olvido en que se encontraba el arte de esta región del mundo. Justamente es en sus libros sobre la historia del arte de América Latina, donde analiza el paso de las décadas del 50 al 60 y del 60 al 70, períodos que le interesaban porque durante estos lapsos de tiempo apareció lo que ella consideraba la vanguardia. 

El ejercicio crítico de Traba se extendió en el Arte de América Latina 1900-1980, a lo largo de Nuestra América, país por país. Las páginas de su libro señalan los movimientos y las características individuales que presentaba el arte contemporáneo. Se trata, de una sistematización histórica que fue analizando y explicando desde la aparición de artistas que vivían la condición de la individualidad, hasta los hechos que hacían posible la aparición de movimientos, tendencias y posturas. El arte latinoamericano fue siempre para Marta Traba, un rompecabezas, en el que cada pieza era imprescindible para hacer realidad la totalidad de la imagen.

Finalmente, salió de Colombia en 1969. Vivió en Montevideo, Caracas, San Juan, Washington, Princeton, Barcelona y París, siempre de la mano del crítico literario Ángel Rama, su marido. Con él traspasó las fronteras de los adioses posibles, pudo superar una enfermedad angustiosa, pero no pudo burlar al azar. El 27 de noviembre de 1983 Marta Traba falleció junto a su esposo en un accidente aéreo saliendo de Barajas, rumbo a Colombia, donde asistirían a un Encuentro de la Cultura Hispanoamericana. La vida los vio partir, pero nos dejó sus obras como legado.


Las ramas del árbol

“En 1966, conocida por todos como crítica y por algunos como autora de un bello libro de poemas, Historia natural de la alegría [1952] (Qué bonito título), se revela como novelista. En La Habana, un jurado compuesto por Alejo Carpentier, Manuel Rojas, Juan García Ponce y Mario Benedetti confiere a Las Ceremonias del verano el premio Casa de las Américas. Fogosa y entusiasmada, Marta se adhiere a la joven revolución. Son años fructíferos, asoleados, las ramas del árbol Marta Traba se cubren de follaje y de manzanas de oro. Marta Traba publica en diversos países, en México, en Colombia, en Puerto Rico, en Venezuela. Los libros salen en tres meses, ¡ni Carlos Fuentes el prolífico!”.

Elena Poniatowska (fragmento de "Marta Traba o el salto al vacío", un prólogo escrito en marzo de 1984)

Ángel Rama, el oficio de la memoria

** El golpe militar de 1973, en Uruguay, lo sorprendió en nuestro país. Aquí emprendió el sueño de la Biblioteca Ayacucho, proyecto editorial que ofrece a los lectores de hoy las voces de los más resaltantes pensadores y escritores de Latinoamérica


Es casi imposible pasar por una escuela de letras, sociología o periodismo en esta América Mayúscula sin acercarse a Ángel Rama (Montevideo, 30 de abril de 1926 - Madrid (Barajas), 27 de noviembre de 1983). Su proximidad, letras más o menos, es sin duda un ejercicio para comprender los haceres y cantos de nuestros pueblos.

Él supo describir esa “ciudad letrada” capaz de resistir, de resistirse a la desmemoria, donde los intelectuales, hombres al fin y al cabo, se niegan a traicionarse. Donde, son capaces de asumirse desde abajo y hacen de la cultura una herramienta para decir y decirnos el futuro, esa era por lo menos su vocación de escritor y lector de su tiempo.

Al final, la vida ha sabido defender su obra, que desde el oficio de la crítica honesta, honda y comprometida nos ha enseñado las costuras de nuestras sociedades y nuestras almas.

Tienen sus palabras la urgencia de la memoria, del decir naciendo, pariendo la imagen de lo que necesariamente habremos de ser. Ángel Rama escribió incansable desde el exilio, que fue en él una impronta, punto de inflexión cargado de pequeñas derrotas cotidianas.

Fue el más joven de la "generación crítica" y también, uno de los primeros en despedirse. Pero a pesar de su ausencia temprana, representa un ejemplo latinoamericano de intelectual sin cortapisas.

El sabía escuchar lo que decían los libros, las canciones, los estudiantes, y era capaz de transmitirnos esas conversaciones. Eso nos queda de él para siempre, la urdimbre de un hombre en el que la palabra y el gesto, la teoría y la praxis, convergen en el infinito caudal de sus vivencias.

Tal vez lo más destacado de la obras de Rama son sus ensayos, en los que a través del ejercicio de la crítica, abordó el fenómeno del boom latinoamericano, encontrando en esta corriente sus motivos y raíces, y esbozando sus posibles consecuencias. Y es que la historia de la literatura latinoamericana, la de la segunda mitad del siglo XX, no sería la misma sin este uruguayo que ha quedado prendido en las letras de Nuestra América.

SU VIDA Y OBRA
Sus estudios de Arte Dramático (1943) lo llevaron a incursionar en algunas obras teatrales, aunque son sus artículos y ensayos los que brillan en las letras latinoamericanas. Ángel Rama se desempeñó como traductor de francés en la agencia internacional France Presse (entre 1945 y 1947). Y en ese mismo tiempo comenzó su labor periodística en el diario El País, en el que ya aparecían sus textos sobre libros y escritores.

En 1947 comenzó sus estudios universitarios en la Facultad de Humanidades, donde participó en el consejo de redacción de la revista Clinamen, producción periódica que publicaban estudiantes de la facultad. Y fue precisamente en esas páginas donde apareció su primer cuento, El preso. En 1948, ingresó al Instituto de Profesores Artigas donde se formó como docente.

Trabajó en la Biblioteca Nacional del 49, hasta el 74. En 1950 se cristalizó su primer emprendimiento editorial, Ediciones Fábula se llamaba el sueño en el que publicó seis títulos de autores uruguayos. La novela ¡Oh, sombra puritana! y el ensayo La aventura intelectual de Figari, fueron publicadas en 1951.

Unos años después, en 1955, la Embajada de Francia le otorgó una beca de estudios. Sus incursiones en la dramaturgia le permitieron presentar en 1958, La inundación, en el Teatro la Comedia Florencio Sánchez. Ese mismo año, recibió el primer premio en el Concurso de Narrativa del Consejo Departamental de Montevideo por Desde la orilla, un libro de cuentos. Lucrecia, otra obra teatral sería puesta en escena en 1959. Desde esta fecha se encargó de la redacción de la sección literaria del semanario Marcha hasta 1968. 
 
Por su novela Cacería Nocturna, obtuvo en 1960, el Primer Premio en el Concurso Departamental de Narrativa de Montevideo.

Un año después, la Comedia Nacional estrenó su tercera y última obra teatral, Queridos amigos. Mientras que como narrador, en 1961, publicó Tierra sin mapa y el ensayo Ubicación de Ernesto Herrera en la literatura dramática.

Su tarea de investigador y promotor de las letras siempre estuvo ligada al compromiso con las voces nuestroamericanas, y por ello fundó en 1962, la editorial Arca, tribuna desde donde se dedicó a la selección y comentario de obras de autores uruguayos. Y desde 1965 formó parte del consejo de redacción de la revista cubana Casa de las Américas, una institución fundamental en la difusión de la literatura latinoamericana.

Algunos años después, precisamente entre 1966 y 1969 se desempeñó como jefe de la Cátedra y Director del Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Humanidades.

La publicación de La Enciclopedia Uruguaya, la inició como editor en 1968 y durante dos años, 63 fascículos salieron a la luz con el objetivo de conformar una Biblioteca Básica de la cultura uruguaya.

Sus inquietudes intelectuales lo llevaron a fundar en 1972 el Centro de Estudios Latinoamericanos que se constituyó con el objetivo de promover la investigación y difusión de la cultura latinoamericana.

EXILIO VENEZOLANO
La dictadura uruguaya lo tomó por sorpresa en nuestro país, donde estuvo exiliado desde 1973 y desde donde presenció el desmembramiento de las instituciones democráticas donde se había formado. Trabajó como periodista y docente universitario. Participó activamente en la creación de la Biblioteca Ayacucho, proyecto que nació con el sueño de revalorizar los clásicos de la literatura de nuestras tierras.

En 1976 se editó Los gauchipolíticos rioplatenses, una recopilación de varios artículos publicados en diversos medios periodísticos, entre ellos Marcha.

Se trasladó a los Estados Unidos, en 1979, donde trabajó en las universidades de Princeton y Maryland, primero como profesor visitante y luego como titular. A partir de este año, fue colaborador de Carlos Quijano -quien se encontraba exiliado en México-, en los Cuadernos de Marcha. Hasta 1983 Ángel Rama vivió en EEUU, fecha en la que se le negó la residencia considerado por el maccarthismo como un “subversivo comunista” y se le exigió irse del país, por este motivo se trasladó a Francia, nación que le ofreció continuar su labor de docente universitario.

Ángel Rama, conocedor de nuestra historia y nuestras palabras, falleció junto a su esposa Marta Traba, en uno de esos absurdos del azar en 1983, en un accidente aéreo en las cercanías de Madrid. Pero vive en los libros que nos legó como una ofrenda, allí están para los lectores de hoy y mañana su novela Tierra sin mapa (1961), sus cuentos Desde otra orilla, y algunos de sus ensayos reunidos en la Crítica a la cultura latinoamericana, publicado por la Biblioteca Ayacucho; La transculturación narrativa en América Latina y la Ciudad Letrada, entre otros.

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