sábado, 23 de abril de 2011

Marta Traba, el exilio como arte

** Amante y pasionaria de la libertad sin cortapisas, fue capaz de entender en el arte las nociones de dependencia e identidad que emergen cálidas de la creación artística latinoamericana.




Tal vez fue precisamente el color y la exuberancia de esta América dislocada de traiciones, de luchas y utopías, las que ejercieron en Marta Traba (Buenos Aires, Argentina, 25 de enero de 1930 - Madrid - Barajas, 27 de noviembre de 1983) la magia con la que contar las miradas.

Algunos sólo la conocen como la esposa de Ángel Rama. Pero ella brillaba -y brilla aún- con luz propia, porque es uno de esos personajes tan complejos, por ricos en matices y vivencias, que es muy difícil asir. En ella convergen la crítica de arte, la intelectual latinoamericanista, la escritora, la pintora y la promotora cultural. Un raro amasijo de palabras que cuentan colores, sabores, texturas... que tiene el arte y también la vida.

Desde siempre quiso ser escritora, por eso eligió la carrera de Filosofía y Letras, que cursó en la Universidad Nacional de Buenos Aires. En esos años trabajó en la revista Ver y Estimar con el crítico de arte Jorge Romero Brest, donde publicó sus primeros artículos.

El poemario Historia Natural de la alegría (1952); las novelas, Las ceremonias del verano (1966), Los laberintos insolados (1967), La Jugada del día sexto (1969), Homérica Latina (1979), Conversación al Sur (1981), y los libros de cuentos Así pasó (1968), De la mañana a la noche (1986) y Casa sin fin (1987); además de veintitrés volúmenes sobre historia y crítica de arte, más numerosos artículos en periódicos y revistas sobre ese mismo tema, son parte del legado de esta mujer que hizo del exilio un lienzo colmado de sonidos y tactos.

EXILIOS
Bogotá, San Juan, Caracas y Managua son algunas de las ciudades latinoamericanas de su destierro, además otras americanas, y europeas, entre las que se encuentra París donde estudió Historia del Arte en la Sorbona, entre 1949 y 1950.

Amante y pasionaria de la libertad sin cortapisas, fue capaz de entender en el arte las nociones de dependencia e identidad que emergen cálidas de la creación artística latinoamericana.

Fue precisamente Marta Traba, quien a comienzos de los años setenta elaboró una teoría estética sobre la resistencia. De ella, cuentan que tenía la fortaleza de saber la dimensión exacta de sus capacidades y sus debilidades. Que tenía el rigor y la disciplina necesarias para abocarse al estudio de lo que estos pueblos dicen y callan pintando, esculpiendo, atizando el fuego creador.

En Colombia llevó adelante un programa de historia del arte, y en la Universidad Nacional obtuvo su cátedra sobre historia del arte, espacio desde el cual fomentaba la cultura de las artes plásticas. Precisamente en esta universidad fundó el Museo de Arte Moderno de Bogotá, que pronto se convirtió en un centro cultural que promovía mesas redondas, simposios y exposiciones.

Cuando en 1968, los militares tomaron la Universidad Nacional de Colombia, ella se animó a declarar abiertamente su inconformidad, así como denunció los destrozos que había realizado el ejército, valentía ésta que le valió la expulsión del país, aunque se fue después y por otras razones. Aunque la expulsión no fue cumplida, la imagen del exilio se incorporó a su vida, de allí en adelante sus palabras se tiñeron de una irreversible mezcla de abandono y destierro.

ESTÉTICA DEL COMPROMISO
En La pintura nueva en Latinoamérica, publicada en 1961, Traba dejó en evidencia el olvido en que se encontraba el arte de esta región del mundo. Justamente es en sus libros sobre la historia del arte de América Latina, donde analiza el paso de las décadas del 50 al 60 y del 60 al 70, períodos que le interesaban porque durante estos lapsos de tiempo apareció lo que ella consideraba la vanguardia. 

El ejercicio crítico de Traba se extendió en el Arte de América Latina 1900-1980, a lo largo de Nuestra América, país por país. Las páginas de su libro señalan los movimientos y las características individuales que presentaba el arte contemporáneo. Se trata, de una sistematización histórica que fue analizando y explicando desde la aparición de artistas que vivían la condición de la individualidad, hasta los hechos que hacían posible la aparición de movimientos, tendencias y posturas. El arte latinoamericano fue siempre para Marta Traba, un rompecabezas, en el que cada pieza era imprescindible para hacer realidad la totalidad de la imagen.

Finalmente, salió de Colombia en 1969. Vivió en Montevideo, Caracas, San Juan, Washington, Princeton, Barcelona y París, siempre de la mano del crítico literario Ángel Rama, su marido. Con él traspasó las fronteras de los adioses posibles, pudo superar una enfermedad angustiosa, pero no pudo burlar al azar. El 27 de noviembre de 1983 Marta Traba falleció junto a su esposo en un accidente aéreo saliendo de Barajas, rumbo a Colombia, donde asistirían a un Encuentro de la Cultura Hispanoamericana. La vida los vio partir, pero nos dejó sus obras como legado.


Las ramas del árbol

“En 1966, conocida por todos como crítica y por algunos como autora de un bello libro de poemas, Historia natural de la alegría [1952] (Qué bonito título), se revela como novelista. En La Habana, un jurado compuesto por Alejo Carpentier, Manuel Rojas, Juan García Ponce y Mario Benedetti confiere a Las Ceremonias del verano el premio Casa de las Américas. Fogosa y entusiasmada, Marta se adhiere a la joven revolución. Son años fructíferos, asoleados, las ramas del árbol Marta Traba se cubren de follaje y de manzanas de oro. Marta Traba publica en diversos países, en México, en Colombia, en Puerto Rico, en Venezuela. Los libros salen en tres meses, ¡ni Carlos Fuentes el prolífico!”.

Elena Poniatowska (fragmento de "Marta Traba o el salto al vacío", un prólogo escrito en marzo de 1984)

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