sábado, 19 de junio de 2010

Saramago vive en los quijotes de Venezuela


Me enteré en mitad de la mañana y en medio de la oficina, entre el batir de puertas y tazas vacías. Murió Saramago me dice Iván, se fue la madrugada del viernes. ¿Realmente se habrá ido? Lástima que no hay a quién preguntarle y con quién quejarse, ¿cómo pueden morir los imprescindibles? A quién se le ocurre que las palabras puedan volver a ser iguales, quién puede pensar a Portugal y España sino es en una balsa de piedra. Quién puede cuestionar a dios desde las equinas sino a través de las páginas del Evangelio según Jesucristo. Quién puede entender la realidad sino a través de la única mujer que ha quedado para mirar la desesperanza de un mundo de ciegos. Cómo votar sin pensar en la lucidez de un ensayo, en la rebeldía del silencio que lo dice todo y todo lo cuenta.

Se nos fue un imprescindible, un escritor que supo interpretar el tiempo que vivimos, que supo narrar el presente desde el mágico espacio de la ficción. Un hombre de esos que nunca sobran y que faltan siempre.

Se fue, a sus 87 años, José Saramago (Azinhaga, 1922 – Lanzarote 2010), el habitante de esa esa isla de fuegos y volcanes. Pero se fue para quedarse en cada lectura y en cada irreverente mirada. En cada sueño, en cada página alumbrada de compromisos y luchas.

Dicen que fue de esas impronunciables enfermedades, pero no, Saramago murió de vida vivida, con la alegría de los que saben decir lo que piensan y vivir como dicen. Escritor, periodista y dramaturgo fue el primer portugués en obtener el Premio Nobel de Literatura. Pero eso tampoco importa, porque de él queda y quedará para siempre su obra, páginas colmadas de insurrectos y amorosos personajes que seguirán diciéndonos su nombre todo el tiempo que nos quede por existir.

Se fue, sí, pero nos dejó en cada Quijote publicado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura su palabra siempre viva. Es su nombre volandero y comprometido en las manos del pueblo venezolano, en cada plaza Bolívar de este país, recibiéndolo amorosamente. A Saramago lo despedimos, sí, pero sobre todo lo bienvenimos desde ahora y para siempre, necesario quijote de la palabra que libera y hace volar la utopía realizable.

La palabra también anota goles

** En estos días de fiebre futbolera los televisores se cuelan en las aulas y en las oficinas, en los bares de buena y mala muerte, y en las esquinas todos comentan un gol, una expulsión o un penal

En estos días el mundo se detiene o por lo menos baja su intensidad, como si todos contuvieran la respiración esperando ver una pelota que aproximándose, entra en el arco y es capaz de despertar las voces y los llantos.

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Los televisores se cuelan en las aulas y en las oficinas, en los bares de buena y mala muerte, y en las esquinas todos comentan un gol, una expulsión o un penal.

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El fútbol como un fenómeno social fue un legado del siglo XIX. Nació de la inmigración de los campos a las urbes, emergió de la crisis divina y, al fin de cuentas, de la alienación del nuevo proletariado. Ese siglo propuso el marxismo como respuesta a la explotación, a través de la socialización de los medios de producción y la hegemonía de la clase obrera. Mientras que el fútbol dio como respuesta un balón, once jugadores y una bandera. Tal vez por eso, extraña que escritores e intelectuales sientan tal pasión por este deporte.
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Pero ante la aparente contradicción entre ideología y fútbol, Osvaldo Bayer escribió en Fútbol Argentino, publicado en 1990, a propósito de la efervescencia que despertaba en la Argentina de principios del siglo XX ese deporte, que “los viejos luchadores -ante el entusiasmo de sus propios adherentes ideológicos frente al nuevo juego- resolvieron cambiar de actitud y llegar a una nueva conciencia: practicar el fútbol, sí, porque es un juego comunitario donde se ejercita la comunicación y el esfuerzo común; pero no el fútbol como espectáculo, que fanatiza irracionalmente a las masas”.

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La infancia de la palabra
Resulta que este juego que mueve fanáticos en todo el mundo no sólo ha marcado a un importante números de escritores como Miguel Delibes, que fue comentarista en sus inicios, a Benet o Vila-Matas, sino que además ha sido musa de muchos otros. En esa lista se inscriben los latinoamericanos Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Mario Benedetti y Eduardo Galeano, entre otros.

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El llamado boom de la literatura latinoamericana también se acercó al mundo del fútbol, y lo interesante es que lo hizo no sólo desde la escritura sino también desde las tribunas. Cuentan por ejemplo que tras un partido entre dos equipos, suponemos que de Colombia -no hay razón para que sean de otro lado- Gabriel García Márquez declaró que no creía haber “perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago públicamente a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien”. En aquellos años de la literatura comprometida latinoamericana, además de los que ya nombramos, también habían declarado su pasión a la pelota (de fútbol) Juan Carlos Onetti, Jorge Amado, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato, Rubem Fonseca, Julio Ramón Rivadaneyro y Alfredo Bryce Echenique.
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Literatura futbolera
Lo que desde hace un par de décadas ha dado en llamarse literatura futbolística surgió como es natural, de los medios de comunicación impresos. En España, y sin pretender ser exhaustivos, dos de sus exponentes fueron Julián Marías y Manuel Vázquez Montalbán. En Italia, las crónicas de Gianni Brera fueron punto de referencia. En Uruguay fue Eduardo Galeano el más ilustrativo escritor del fútbol literario, al que por cierto no le faltó nunca ni una pizca ni un guiño de ojos a sus humanas pasiones.

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A esta altura del siglo, las páginas deportivas tienen en su haber brillantes cronistas, y conocidos escritores que como invitados, se asoman a la fiebre futbolística que se reinaugura con el Mundial que está en disputa. Y es que como afirma el periodista Enric González “el fútbol no sólo posee una cultura propia: es cultura”.
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Leer fútbol
Si tiene interés en leer algunos libros dedicados y/o inspirados en esta “pasión de multitudes”, como le llaman al fútbol los expertos narradores deportivos, le recomendamos: Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos, de Osvaldo Soriano (Mondadori); Dios es redondo, de Juan Villoro (Anagrama); Salvajes y sentimentales, de Javier Marías (Debolsillo); Fútbol. Una religión en busca de un Dios, de Manuel Vázquez Montalbán (Debate); El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano (Siglo XXI); Cuentos de fútbol, una selección de narraciones compiladas por Jorge Valdano (Alfaguara); Historias del Calcio. Una crónica de Italia a través del fútbol, de Enric González (RBA), entre otros.
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A sol y sombra
“El fútbol profesional practica la dictadura. Los jugadores no pueden decir ni pío en el despótico señorío de los dueños de la pelota, que desde su castillo de la FIFA reinan y roban. El poder absoluto se justifica por la costumbre así es porque así debe ser, y así debe ser porque así es”, reconoce el uruguayo Eduardo Galeano en un artículo publicado en 2002. Y es que como escribe en su libro El Fútbol a sol y sombra “la historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”. Y comenta el uruguayo, un poco más adelante, que pese a todo y a todos, “por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”.

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¿Tendrá algo de esa rebeldía deportiva, que a fin de cuentas es rebeldía humana, el Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010? Veremos...



El fútbol
“En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez”.
Eduardo Galeano
El fútbol a sol y sombra

domingo, 13 de junio de 2010

Mahmud Darwish: voz irrevocable de la Palestina posible

Tenía seis años cuando el pueblo donde nació fue destruido por tropas israelíes. Mahmud Darwish (1942, Barweh, Galilea – 2008, Houston. EE.UU.) fue y sigue siendo uno de los poetas más leídos del mundo árabe. Su voz es la de la Palestina que sobrevive y que exige la concreción de la utopía. Sus versos tejen y destejen las caricias y los gritos que buscan tender puentes, revivir la esperanza mientras mueren los sueños que se erigen tras los muros.
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Fue él testigo del exilio, del desalojo, del hedor de la muerte que emanan los adioses sin tumba. Palestina se convirtió en su palabra en una metáfora de la pérdida del Edén, el nacimiento y la resurrección del suelo y el andar de sus gentes.

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Proponemos volver a su lectura como ejercicio imprescindible de solidaridad con su pueblo. De reconocimiento a esa Palestina que tiene derecho a la vida, que tiene derecho a la paz, como todos los pueblos y todas las tierras.

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“A lo lejos, detrás de sus pasos,
el lobo muerde los rayos de la luna.
A lo lejos, delante de sus pasos,
una estrella ilumina la copa de los árboles.
Y cerca de él
sangre que corre de las venas de la piedra.
Así camina, camina y camina
hasta difuminarse por completo
y que la sombra se lo beba al final de este viaje.
Qué soy yo sino él,
qué él sino yo
en la desemejanza de las imágenes”.
(Que soy, sino él)

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Hace apenas unos días el Estado de Israel volvió a la carga con sus armas. Abordó en medio de la obscuridad de la noche uno de los barcos que componen la Flotilla de la Libertad, y que aún en aguas internacionales, navegaba con destino a Gaza, portando un infinito arsenal de solidaridades. El empleo de la fuerza realizado por Israel contra la flotilla humanitaria es uno más de sus actos contra el ser humano y sobre todo, contra la posibilidad de construir la paz auténtica y el reconocimiento de las otredades.

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“¡Bendita sea la vida! 
¡Y benditos los vivos sobre la tierra! 
¡No bajo los tiranos!
¡Viva! ¡Viva la vida!
Hay luna sobre Baalbek.
Y sangre sobre Beirut”
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Canta y sigue cantando Mahmud Darwish, en la completa noche de una piedra que resbala sobre el frío metal de un tanque.
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Este poeta de voz tibia y desgarrada tiene el tiempo anclado en sus ojos y el futuro en las pestañas. Caben en él las voces todas de una geografía azotada de misterios y obligados silencios.

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“Le gustó una palabra,
abrió el diccionario,
no la halló,
no logró darle un significado nebuloso...
Pero de noche le habitó
musical, con
un alma vaga.
Dijo: Necesita un poeta
y una metáfora con que verdee y enrojezca
en la superficie de las noches oscuras.
¿Y?
Halló el significado
y perdió la palabra”.
(Aquella Palabra)

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Es este pueblo y muchos otros. Es el andar de las gentes. La sonrisa queda. El grito ahogado. La mañana sin sol. El arado sin siembra. Es la vida. La muerte. Es todo lo que son, lo que somos.

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Algún día, en algún tiempo, serán los vencidos, los vendidos, los ningunos, los ninguneados, los extraños, los solos, los muertos, los que contarán el tiempo y serán días más claros…

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“Tengo la sabiduría del condenado a muerte:
No tengo cosas que me posean.
He escrito mi testamento con mi sangre:
“¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!”.
He dormido ensangrentado y coronado con mi mañana...
He soñado que el corazón de la tierra era mayor que
Su mapa
Y más claro que sus espejos y mi cadalso”.
(Tengo la sabiduría del condenado a muerte, fragmento)


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