sábado, 30 de enero de 2010

Bonasso: La memoria en donde ardía

Buscando tal vez otros libros en la Librería del Sur, me encontré por casualidad con La memoria en donde ardía, de Miguel Bonasso, publicado por la editorial Txalaparta, Navarra 1992. Periodista argentino, Bonasso asume desde la sensibilidad comprometida con la tierra y sus gentes el desexilio de un hombre desterrado de sus cotidianidades durante la dictadura argentina de la década del setenta.

Vuelve del pasado a reencontrarse con el tiempo. Vuelve queriendo y sin querer. Se pregunta, duda, sueña y sigue buscando las verdades que de una u otra manera lo liberarán, eso cree. Viene de una generación cargada de memoria, donde los ecos resuenan y hacen estallar los cristales del presente. Memoria, memoria para liberar y construir el futuro.

Los amigos, la familia, los hijos, el amor… se tejen en una historia contada para recordar y rescatar lo mejor de una generación de soñadores que supieron sembrar sus vidas por la libertad y la justicia. Entregaron sus vidas, jóvenes, recién estrenadas, como ejemplo de lucha.

Bonasso con su novela dice y nos dice que están, están vivos, en cada gesto, en cada vuelta de las madres y sus pañuelos blancos cada jueves en la Plaza de Mayo. Los desaparecidos, los asesinados, los jóvenes mutilados de su futuro, están cuando se los nombra, cuando se los recuerda, cuando se llora cada uno de los días de sus ausencias.

La novela es la constatación de que no hay justicia sin memoria, que es necesario recordar para salvarse y para salvarnos. Que se puede y que se debe hacer arte desde el compromiso, desde la contextualidad del tiempo, demostrando así que los escritores no viven encerrados en una burbuja, alejados de los haceres y sentires de los pueblos, sino más bien que son ellos voz de muchos y voz de todos.

No sólo los desaparecieron, rara manera de matar que veda la posibilidad del llanto de los vivos, sino que también y como una fina forma de tortura, muchas y muchos jóvenes de aquellos años y de aquellos suelos, partieron al exilio. Habitantes de otras tierras, obligados a desprenderse de sus rutinas, de sus afectos, los exiliados políticos de las dictaduras militares de los setenta, se encontraron expulsados de cada uno de sus gestos cotidianos, que es una manera de morirse un poco.

La memoria en donde ardía es también la historia del destierro y de su viceversa, porque después de tanto tiempo, volver es volver a lo ajeno, porque el mundo que se quedó anudado en la memoria no es el del presente, sino otro que se fue haciendo a través de la distancia.

Bonasso reconstruye las desgarraduras de esa juventud mutilada, de la Argentina de los setenta, pero abre una brecha, una diminuta tregua en la que apenas se alcanza a vislumbrar una esperanza, mínima tal vez, pero suficiente para aferrarse a ella. Es esta otra juventud, la de ahora, la que se ha salvado del embrujo de las pantallas y de la inmediatez, esos pocos o esos muchos que tendrán que recordar y salvar de la desmemoria los naufragios vividos para poder hacer del futuro un lugar mejor.

“El pasado es mi identidad, mi columna vertebral. Está muerto y vivo a la vez, pero ha vuelto a ser mío. Para siempre. Para los veinte años o los veinte segundos que me queden de vida. (…) La lucha continúa. Con la necedad del niño que construye castillos de arena o cava pozos para encerrar el mar. Edificamos en el aire, frente a estrellas que murieron hace millones de años, a constelaciones que aún no nacen, a entropías varias y otros juegos de barajas que amenizan la eternidad. Porque nuestra casa es la historia. Y a nuestra casa acabamos de regresar”.

lunes, 18 de enero de 2010

Francisco Arévalo: “a veces uno no tiene respuesta para los libros que escribe”

** El poeta y narrador guayanés afirma que su más reciente libro nació de un “estado de estupidez transitoria” que reafirma su condición profundamente humana



Daniela Saidman
“Nada es definitivo cuando se desgarra la tarde” dicen los primeros versos de Adiós en Madrid (Ediciones Mucuglifo, Mérida 2009), un poemario que es un viaje a los sentipensares de un poeta guayanés que desanda las tardes frente al caudal del Orinoco.

Un ejercicio de la memoria vuelta de papel, de texturas que asaltan el blanco y lo colman de imágenes, de sensaciones, de bienvenidas y de adioses sin tiempo. Tal vez, es un adiós que podría ser en cualquier parte, en cualquier geografía real o imaginaria, donde despedirse de un amor que orilló las cotidianidades es siempre una herida para el alma o las entrañas.

Francisco Arévalo (San Félix, 1959), autor de las novelas La esquizofrenia de las golondrinas (Premio Fundarte, 1999), Adiós Matanzas en invierno (1999) y Tropiezos en el campanario (2008), así como de los poemarios Brote (1989), Nadie me reina en estos parajes de hormigón (1993), Sur (1995), Alcoholes de otra iglesia (1996), Algo más que baladas agridulces (2001) y Agrio de Colmena (2001), entre otros, afirma que Adiós en Madrid nació de lo que el llama un “estado de estupidez transitoria” que reafirma su condición humana, sus emocionalidades y las raíces que lo sostienen.

“A veces uno no tiene respuesta para los libros que escribe, son espacios espontáneos, a veces nacen de conmociones, de estados de estupidez transitorios”. Y agrega que “a veces hacer el papel de estúpido es hermoso, porque eso te pone terreno y te demuestra que los poetas también pisan tierra, que los poetas también se enamoran”.


ADIÓS EN MADRID
¿Adiós en Madrid se diferencia a otros libros que no nacieron de esos estados de estupidez transitoria que describes?
Tengo un alto sentido de respeto por la poesía, no sé si lo que he escrito hasta ahora es poesía. Confieso que me preocupa mucho la manera de vivir, porque pienso que la poesía tiene que ver con una manera de vivir, tiene que ver con un estado de despojo, de desprendimiento. Siempre he pensado que los poetas son príncipes de lo que no tiene fondo, entonces veo que hay gente que trata de oficiar la poesía y están plagados de vanidad, de falta de sinceridad. Pienso que no hay una cosa más cercana a la poesía que la verdad, la verticalidad, el silencio que es el espejo de la poesía.


Hay un poema de Gustavo Pereira que termina diciendo, parafraseándolo, que este poema no salvará el mundo ni me devolverá tu amor, ¿tú crees que la poesía salva el mundo?
La poesía me ha salvado a mí, en lo personal. Y al salvarme a mí, salva el mundo que me rodea, la poesía ha significado esa tabla de salvación, ese sentirme cómodo en un mundo totalmente incómodo. Aunque sostengo que para generar literatura, tanto narrativa como poesía, hay que manejar la crisis. No hay poesía sin crisis, sin ella lo que hay es silencio que siempre termina desembocando en la crisis, porque siempre hay algo que decir, siempre, por eso es que la poesía no se agota.


LIBROS
En un tiempo signado por las nuevas tecnologías, por la inmediatez de la imagen, por el vértigo de las urbes que se arremolinan alrededor de lo instantáneo, tal vez un libro es un objeto muerto o que tiende a morir, silenciado por los televisores y las pequeñas pantallas de los celulares. ¿Crees que van a desaparecer los libros?
No, en lo absoluto, los libros nunca van a desaparecer. Los libros recrean tiempos, olores, sabores. En mí el libro opera como un ejercicio memorioso. Hay un combate por desaparecer todo lo espiritual del ser humano, pero a pesar de la deshumanización del hombre, de la pérdida de principios, de la honestidad, la poesía ha logrado sobrevivir. Como decía Eugenio Montejo la poesía es la última religión que nos queda, es la convocatoria a la magia de la palabra.


¿El escritor no se puede escindir de su contexto social? ¿Hay compromiso social en el escritor?
Yo creo que el compromiso tiene que ser con ser un ciudadano, con respetar la condición humana, con que trates de ser mejor persona, ese creo que debe ser el compromiso que debe tener un escritor. Que respetes y hagas respetar la condición del más humilde. Creo que hay mucho discurso y poca práctica.


Volviendo al libro como hecho cultural, creativo, ¿existen diferencias entre la gestión cultural, editorial de este gobierno con los gobiernos anteriores?
No puedo decir que es mentira que el gobierno ha hecho esfuerzos importantes en el campo editorial. El hecho de que uno compre una antología de poesía estadounidense en dos bolívares, que tiene setecientas páginas, es la misma antología que hacen en Estados Unidos y cuesta setenta dólares. Creo que es una de las pocas visibles, palpables, de este Gobierno en estos once años.


¿Qué falta en el ámbito editorial y de promoción de la lectura?
Lo que pasa es que el país está totalmente convulsionado y la cultura no es un hecho que pone en tres y dos la dinámica de una sociedad. En primer lugar la cultura se va generando con el desarrollo educativo de los pueblos, entonces hay otras prioridades. Todo esto que no está pasando nos va a llevar a un mejor país, a partir de la experiencia de errar y acertar. Un equipo de personas sensibles se han propuesto la publicación de miles de libros, es un esfuerzo importantísimo. Pero nos hace falta mucho como país lector, porque el proceso de lectura, es un trabajo muy arduo, en el que hay que vencer monstruos como la televisión y la tecnología.


RESPUESTAS
“Me acerco a ti / con la humildad de mis noches fracasadas” mientras sigue y su palabra se esconde y emerge, sacudiendo las humedades dolorosas de la incertidumbre. Arévalo ha volado miles de kilómetros para despedirse, para reencontrar sus viejas soledades de poeta y Quijote. “Habitante del sur / la hierbabuena la guayaba y el mastranto de la planicie / que han visto crecer a mis hijos / en la filosa oscuridad del conocimiento”. Su Adiós en Madrid bienviene la tierra que lo cobija, la que da frutos en sus vaivenes cotidianos donde “el futuro está en mi cuarto de baño / en el piso oloroso que lustra Lucía / Maternal Solidaria / Sabia / Como esa esquina que me ha visto desde el silencio crecer”, allí se reencuentra y nos encuentra sorprendidos ante su palabra que hace saltar todas las ausencias.


I


“Nada es definitivo
Cuando se desgarra la tarde
Se apagan los helechos
Tu tallo de chispa y anguila se crece
Permanecemos desvanecidos observando las telarañas
Humeante el aburrido punto de nuestro silencio
Nada es definitivo
Mientras este quebranto de luz se asoma
A un tiempo encantado de lechuzas y escarabajos
La maleza no pare la leña mucho menos los brazos del moriche
Sólo nos queda el retoño y su lamento de flauta para calentar la guarida
Nada es definitivo
El irritante trueno que espanta nuestra canción
La polvareda de las bestias que emigran y tu susurro ahogado en los riscos
Sueño de acantilado que liquida el fastidio
Asume el rango de los collares de arrecife que vienen en mis manos
Cuando nada es definitivo”


Francisco Arévalo, Adiós en Madrid






jueves, 14 de enero de 2010

Ana Enriqueta Terán: Itinerarios de vida



Va y viene, como el agua, como el viento, como el sonido, como la vida. Viene y va, en su palabra que dice el mundo, como verso que lo canta, como ancha y espesa arboleda, como el eco de un adiós, como una bienvenida. Poesía que sabe del roce, de la herida, del descubrimiento, la canción, la tierra y sus desaparecidos, sus miedos y sus risas, poesía que lleva vientos y amares, sones y pasiones con voz de mujer. Ana Enriqueta Terán (Valera, 1918) es una poeta que sabe de los silencios y de los gritos, de las montañas y del sol, del cielo claro y de la lluvia espesa, porque sabiendo palabras descifró la vida, y la convirtió en verso para decirse en una tregua, en una tarde de a dos.


“Quiero dejar constancia de mi sangre, mi sangre / que ama las tierras altas y las tierras dormidas; / quiero dejar constancia de mi cuerpo en las sales / de los futuros cuerpos erguidos en la brisa. / (…) / Estar triste es buscarse la noche en los cabellos, / o pensar con dulzura en una tiernamente; / es olvidarse niña al pie de aquel saucedo, / o recordar sus hombros cual si estuviera ausente”.
(Oda, fragmento)

En la antología poética, publicada por Monte Ávila Editores, en la Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, en 2004, se reúnen las voces de esa mujer imprescindible para nuestros decires de pueblo. Sus versos, son sus versos, pero son también los nuestros, porque la poesía nace de las entrañas de las gentes y sus tierras. Tiene Ana Enriqueta en su palabra la dimensión exacta de esta geografía siempre verde, mineral, contradictoria e infinita. Sabe ella de los miedos ancestrales, de las esperanzas todas, de los paisajes posibles donde andamos y donde a veces también lloramos a los nuestros, desandando la muerte.

“Los mismos o quizás otros vistos de espaldas / o mismo ellos organizando única frase bajo sombreros del país. / (…) / Duelen, nos duelen caños a se apercibir. / Duelen ellos, míos, míos, tierra de andar a pie; / hondura, espesor de regazo para ellos / que me aseguran dolor joven / capacidad fulgurante de amor / y una medida de infinito para trasvasar mi silencio”.
(A la gente de El Amparo, fragmento)

Ana Enriqueta tiene en cada verso una canción. Su poesía es de las que cantan, de las que suenan y resuenan. Y su ejercicio hondo de soledades tiene el sabor de lo cierto, de lo desgarrado y de lo compuesto. La lectura de su poética tiene la textura de la tierra abonada de risas, el aliento del café recién colado, el color del campo, la montaña, el mar y la selva, y el sonido de las palabras dichas y de todas las que faltan para pronunciar la vida.

“La poetisa responde de cada fuego, de toda quimera, entrecejo, altura / que se repite en igual tristeza, en igual forcejeo por más sombra / por una poquita de más dulzura para el envejecido rango. / La poetisa ofrece sus águilas. Resplandece en sus aves de nube profunda. / Se hace dueña de las estaciones, las cuatro perras del buen y el mal tiempo. / Se hace dueña de rocallas y peladeros escogidos con toda intención. / Clava una guacamaya donde ha de arrodillarse. / La poetisa cumple medida y riesgo de la piedra de habla”.
(Piedra de habla, fragmento)

Hay que volver cada vez que se nos pierda la tonada. Volver una y otra vez que se nos extravíe el tacto. Volver para reconocernos tierra y reconocernos siembra. Hay que volver siempre a su palabra, al verso que llueve hojas y araguaneyes en flor en una tarde de mayo, volver para quedarse.





miércoles, 6 de enero de 2010

Testigos

Soy testigo de mis naufragios
de mis sombras mis claroscuros
mis desvelos mis soledades

soy testigo como cualquier otro
con causas y azares
con la vida vivida y con la gastada en vivirla
y también en desvivirla

soy testigo de mis dudas
y de algunas de mis certezas
del dolor de lo cierto y del vértigo del misterio

soy testigo
aunque a veces cierre los ojos
para no ver la desnudez que provocan los roces
para no ver y no verme rendida
ante tu cuerpo             mi otro testigo


JUAN CALZADILLA: papel y lienzo



Como un lienzo en blanco su voz se hace trazo que va tomando forma y sonido en la medida en que el mundo estalla el papel en blanco. La palabra se vuelve un amasijo de color y de texturas, de tiempos y de fragmentos. Poesía que sabe del lienzo en blanco, de la mañana y de la sombra, de la vida en fin y de todas sus aristas, así es la poética de Juan Calzadilla (Altagracia de Orituco, 1931).




Epigrama y otras irreverencias, publicado por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, en 2009, es una antología que da cuenta de los sentipensares de este poeta venezolano de hondo y arraigado imaginario, en el que los ecos y los sueños se funden y se nutren de los días.



“Yo no tengo un delta entero para mí / ni tampoco torres de petróleo. / Sin embargo a eso lo llamaban mi país. / Tuve en cambio deseos de no tenerlos / y sólo esta voz”.
(Dónde explico por qué no llevo a mi país conmigo)



El país con sus bemoles, con sus derrumbes, con sus pequeños y diarios naufragios, y sus largas y profundas esperanzas, nace de la voz y la tinta de este poeta hombre, de este hombre comprometido con lo más humano que nos habita. Cada poema parece un pequeño cuadro, un dibujo trazado y tranzado de tinta china y de grietas, donde está la calle, el cielo, el eco, el grito y el suave pasar de las nubes y las alas. Calzadilla encontró en el papel la dimensión exacta del fuego y del agua, del asfalto y el recuerdo, donde la ciudad se hace y nos deshace en el humor gris de las contradicciones.



“Cuando salgo de casa llevo conmigo a las palabras. / Entonces comienzo a descubrir las cosas, / veo esto y aquello con asombro de neófito / en una ventana. O quizás no veo ni descubro / nada nuevo y asombroso sino que nombro y nombro. / Fue por eso bueno traer conmigo a las palabras. / Fue útil tenerlas a mano, conmigo, en alguna parte / de mi mente para comprobar que todo lo que descubro se reduce a ellas”.
(Nombro, no descubro)



En Calzadilla la cotidianidad es verso y es poema, trazo e imagen. Sus palabras le dan forma a un todo que él hace posible, un lugar que es palabra y a la vez encuentro, un espacio, una tregua… una página donde mirar y mirarse, las dudas y los miedos.



“Desde la terraza del aeropuerto / veo a este avión enorme rodar hacia / la cabecera de la pista. Su lenta y pesada marcha / de gran insecto que con dificultad / arrastra sus gigantescas alas / y su trepidante tabaco que inclinado / sobre los testículos de sus dos ruedas traseras / semeja un miembro en erección / listo para abrir la herida del infinito”.
(Cabecera de pista)



Los versos de Calzadilla se construyen y se erigen como líneas, que en su silencio también dicen y en su disposición también callan e interrogan. Es poeta y es artista, por eso sus poemas tienen algo de imagen infinita. Él, poeta, mago de la palabra, es pintor de los nomeolvides y de las calles y de la historia, la de ahora, la que hay que pronunciar para que no se convierta en desmemoria.



“Si quieres ver, tienes / que quitarte los ojos de encima, / tapártelos e, incluso, / prescindir de ellos / como de un error / para que no estén siempre en el medio / entre tú y las cosas / viéndote mirar / sin otro efecto / que verte a ti mismo mirar. / Piensa que sin ellos / quizás puedas llegar a sentir / que lo que percibes es posible / (Y hasta posiblemente real) / Pero sobre todo Piensa”.
(Pintor)



En sus lecturas andamos pues, extraviados, divinamente humanos. Secretando garabatos y enarbolando dioses y adioses, como quien se va de viaje o llega para quedarse hasta la próxima despedida.




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