JUAN CALZADILLA: papel y lienzo



Como un lienzo en blanco su voz se hace trazo que va tomando forma y sonido en la medida en que el mundo estalla el papel en blanco. La palabra se vuelve un amasijo de color y de texturas, de tiempos y de fragmentos. Poesía que sabe del lienzo en blanco, de la mañana y de la sombra, de la vida en fin y de todas sus aristas, así es la poética de Juan Calzadilla (Altagracia de Orituco, 1931).




Epigrama y otras irreverencias, publicado por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, en 2009, es una antología que da cuenta de los sentipensares de este poeta venezolano de hondo y arraigado imaginario, en el que los ecos y los sueños se funden y se nutren de los días.



“Yo no tengo un delta entero para mí / ni tampoco torres de petróleo. / Sin embargo a eso lo llamaban mi país. / Tuve en cambio deseos de no tenerlos / y sólo esta voz”.
(Dónde explico por qué no llevo a mi país conmigo)



El país con sus bemoles, con sus derrumbes, con sus pequeños y diarios naufragios, y sus largas y profundas esperanzas, nace de la voz y la tinta de este poeta hombre, de este hombre comprometido con lo más humano que nos habita. Cada poema parece un pequeño cuadro, un dibujo trazado y tranzado de tinta china y de grietas, donde está la calle, el cielo, el eco, el grito y el suave pasar de las nubes y las alas. Calzadilla encontró en el papel la dimensión exacta del fuego y del agua, del asfalto y el recuerdo, donde la ciudad se hace y nos deshace en el humor gris de las contradicciones.



“Cuando salgo de casa llevo conmigo a las palabras. / Entonces comienzo a descubrir las cosas, / veo esto y aquello con asombro de neófito / en una ventana. O quizás no veo ni descubro / nada nuevo y asombroso sino que nombro y nombro. / Fue por eso bueno traer conmigo a las palabras. / Fue útil tenerlas a mano, conmigo, en alguna parte / de mi mente para comprobar que todo lo que descubro se reduce a ellas”.
(Nombro, no descubro)



En Calzadilla la cotidianidad es verso y es poema, trazo e imagen. Sus palabras le dan forma a un todo que él hace posible, un lugar que es palabra y a la vez encuentro, un espacio, una tregua… una página donde mirar y mirarse, las dudas y los miedos.



“Desde la terraza del aeropuerto / veo a este avión enorme rodar hacia / la cabecera de la pista. Su lenta y pesada marcha / de gran insecto que con dificultad / arrastra sus gigantescas alas / y su trepidante tabaco que inclinado / sobre los testículos de sus dos ruedas traseras / semeja un miembro en erección / listo para abrir la herida del infinito”.
(Cabecera de pista)



Los versos de Calzadilla se construyen y se erigen como líneas, que en su silencio también dicen y en su disposición también callan e interrogan. Es poeta y es artista, por eso sus poemas tienen algo de imagen infinita. Él, poeta, mago de la palabra, es pintor de los nomeolvides y de las calles y de la historia, la de ahora, la que hay que pronunciar para que no se convierta en desmemoria.



“Si quieres ver, tienes / que quitarte los ojos de encima, / tapártelos e, incluso, / prescindir de ellos / como de un error / para que no estén siempre en el medio / entre tú y las cosas / viéndote mirar / sin otro efecto / que verte a ti mismo mirar. / Piensa que sin ellos / quizás puedas llegar a sentir / que lo que percibes es posible / (Y hasta posiblemente real) / Pero sobre todo Piensa”.
(Pintor)



En sus lecturas andamos pues, extraviados, divinamente humanos. Secretando garabatos y enarbolando dioses y adioses, como quien se va de viaje o llega para quedarse hasta la próxima despedida.




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