viernes, 23 de abril de 2010

Pachamama: tierra y poesía

La Pachamama es la Madre Tierra, toda la naturaleza es su templo, “Apacheta” es el nombre de sus altares, unos montículos de piedra ubicados a orillas del camino


Tierra, mujer, madre, diosa... esa es la Pachamama. Es la tierra madre en el sentido más profundo, más completo y diverso. Literalmente “Pacha” viene del aymara y quechua y significa tierra y, por extensión “mundo”, “cosmos”. “Mama”: madre -es decir “Madre Tierra”, es la gran deidad entre los pueblos indígenas de los Andes Centrales de América del Sur.
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La tradición de los pueblos originarios describe a la Pachamama como una mujer de baja estatura, de grandes pies y sombrero alón. Madre de los cerros y de los hombres. Toda la naturaleza es su templo, “Apacheta” es el nombre de sus altares, unos montículos de piedra ubicados a orillas del camino.
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Cuando decimos Pachamama, decimos tierra, espacio, tiempo, universo, decimos en fin, nosotros, todo...
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Y aunque los pueblos originarios celebran a la Pachama cada 01 de agosto, aprovechamos la declaratoria de la Unesco del Día Mundial de la Tierra (22-04) para rendir tributo desde la poesía a esa mujer que nos permite la vida.
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Porque no están y no estamos solos, porque la tierra es hogar, espacio de miles de millones de seres humanos, casa que sufre y nos sufre, que habitamos y nos habita, que nos respira en lo más luminoso y en todas las sombras que somos. “Somos granos de maíz / de una misma mazorca / Somos una sola raíz / de un mismo camino”, cantan los versos del poema “No están solos,” de Thaayrohyadi, escritor y poeta de la Nación Otomí (México).
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Cumbre de la Madre Tierra
No es casual que en Bolivia el presidente Evo Morales, inaugurara el pasado martes la Cumbre Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Tierra. Y es que la Tierra, Pachamama cantora, tiene en Latinoamérica a sus hijos y a sus hijas. En Bolivia se realiza la Cumbre, en Bolivia, tierra ancestral que recién empieza a recuperar su mirada y sus sueños, que recién comienza a hacer posible el futuro.
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A propósito de este evento, que se espera culmine con un acuerdo que ratificarán los jefes de Estado y miembros de organizaciones sociales que participan en la Cumbre, el escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió que la naturaleza ha sido y es, tratada como mercancía o como obstáculo al progreso. Dice que sí, que sí es cierto que hay algunos y algunas que la vemos con tristeza o con lástima, pero siempre desde afuera. Y afirma que “las culturas indígenas la ven desde adentro. Viéndola, me veo. Lo que contra ella hago, está hecho contra mí. En ella me encuentro, mis piernas son también el camino que las anda. Celebremos, pues, esta Cumbre de la Madre Tierra. Y ojalá los sordos escuchen: los derechos humanos y los derechos de la naturaleza son dos nombres de la misma dignidad”.
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Poemas a la Pachamama
Las voces de la tierra son voces de las gentes. Las voces de Nuestra América tienen todo el color, la textura, la tibieza y el sabor... de la mirada y la caricia al mundo que debe ser. La palabra necesaria viene desde siempre, viene desde cerca, desde adentro, para decir y decirnos lo que a veces olvidamos... estos versos dicen quiénes y por qué somos, dónde nos duele la siembra y la sangre, dónde el silencio y el hambre...
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“Cuando vengas a nuestra tierra, descansarás bajo la sombra de nuestro respeto. Cuando vengas a nuestra tierra, escucharás nuestra voz, también, en los sonidos del anciano monte. Si llegas a nuestra tierra con tu vida desnuda seremos un poco más felices... y buscaremos agua para esta sed de vida, interminable”. Vitorio Apushana (Wayú – Colombia).
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Todas las voces, todas... voces del sur, de la tierra herida, de la adolorida Pachamama que se queja. Que nos pide, que nos dice, que se entrega, que es y que somos. Y es que para los pueblos indígenas la tierra no nos pertenece, nosotros le pertenecemos a ella, porque somos su simiente. Somos ella, somos madre y fuego, canto y sueño, árbol y desierto. Y su dolor es el nuestro.
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Por eso canta Graciela Huinao, poeta y profesora de la Nación Mapuche (Chile), que “Se rompe mi alma / en angustiado canto de Pewen / y voces antiguas / acuden a mi puerta / pero sólo yo / entiendo sus lenguas / que frías de miedo / surcan la selva / para morir en ella. / Mientras en mis ojos / se pierden / las últimas estrellas”.
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Cada instante de la vida transcurre en la palabra. Son los hijos del sol los que saben del origen y del tiempo, de la mano amorosa con que la Pachamama acaricia y desordena los cabellos y las hojas, el agua y los vientos. Estos son poemas del amor primero, del primigenio vientre que nos nace y nos alumbra. Invocan la tierra, porque nombrándola hacen venir el día y caer la noche. 
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Morela Maneiro, poeta de la Nación Kari’ña (Venezuela), dice río y dice pueblo... dice agua y dice puerto... “En mi puerto contemplando el río / Pasó el gavilán / Pasó la garza / Pasó el paují. / Pasó la ola ondulando su mirada / y en un minuto de siglos…/ fue narrándome cruzando el río, / cómo los pueblos se han liberado”.

Tiempos
Son éstos tiempos de memoria. De recuperar el olor de la tierra mojada al alba, de abrir los ojos al horizonte para contemplar la hechura del mundo. Es la hora de la cosecha y de abonar luego la tierra, para que la Pachamama nos regale con mejores frutos. Es tiempo de volver los ojos, de descubrir en cada pisada la humanidad que anda el mismo camino. Somos también de tierra, de maíz y de estrellas, de sol luminoso y de lluvia fresca, somos lo que hoy hagamos germinar en la tierra. Por eso canto a la Pachamama, Madre primera, madre del Mundo, Madre entre las Madres. Tierra y grito, grito y risa, risa y sueño, sueño y futuro.
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“Para que la Madre Tierra / no muera / volvamos a danzar / alrededor del Sol / y de la Luna / la danza del cóndor / la serpiente / el venado / dejemos que nuestros corazones / se desborden en cataclismos / y engendremos el vacío / con nuestras palabras / dialoguemos en círculo, en el día / y en media luna, en la noche”, implora el poeta Ariruma Kowii de la Nación Quechua (Ecuador).



Sobre Salvajes
“Los pemones de la Gran Sabana llaman al rocío Chiriké-yeetakuú, / que significa Saliva de las Estrellas; / a las lágrimas Enú-parupué, que quiere decir Guarapo de los Ojos, / y al corazón Yewán-enapué: Semilla del Vientre. / Los waraos del delta del Orinoco dicen Mejo-koji (El Sol del Pecho) / para nombrar al alma. / Para decir amigo dicen Ma-jokaraisa: Mi Otro Corazón. / Y para decir olvidar dicen Emonikitane, que quiere decir Perdonar. / Los muy tontos no saben lo que dicen. / Para decir tierra dicen madre / Para decir madre dicen ternura / Para decir ternura dicen entrega / Tienen tal confusión de sentimientos / que con toda razón / las buenas gentes que somos / les llamamos salvajes.”
Gustavo Pereira, poeta, Premio Nacional de Literatura


domingo, 18 de abril de 2010

Colombia: memoria, presente y poesía

Hay una imprescindible poética de la resistencia. Palabras que son capaces de apropiarse del dolor para sanar el mundo, para transformarlo. Hay palabras que sembradas en la tierra fueron abonadas por el dolor y la sangre, por la la herida que proviene de lo más injusto, por el poder de la fuerza sobre la razón.

Desplazados, torturados, asesinados y desaparecidos son muchos campesinos e indígenas de Colombia. Víctimas de un conflicto armado que no respeta géneros ni edades, y que va dejando a su paso a cientos de mujeres y hombres que como hace doscientos años buscan un lugar para la paz, para ver crecer a los hijos, para sembrar la tierra, para mirar nacer el futuro.

Tal vez el antecedente más inmediato del conflicto armado colombiano sea el surgimiento de las guerrillas liberales, reacción a la persecución política iniciada por el gobierno del Partido Conservador (1946-1953), entre cuyos puntos de inflexión se encuentra el asesinato del candidato liberal Jorge Eliécer Gaitán, en abril de 1948, suceso que dio origen a "El Bogotazo" y a un largo período de violencia que aún no acaba.

Poesía de la resistencia
La poesía es capaz de abrir sus brazos al encuentro con el otro, la poesía es capaz de ser memoria, de ser tiento y sueño, de ser lucha. Y porque Colombia duele y nos duele, porque es pueblo hermano, porque es grito desgarrado, nos comprometemos también con las voces de sus gentes.

“El prisionero / sólo tiene para protestar / su propio cuerpo”, dice Fernando Vargas, escritor y abogado, especialista en Derechos Humanos de la Universidad Externado de Colombia, quien además trabaja como consultor de CODHES, una organización que promueve la consolidación de la paz en Colombia y la realización integral de los Derechos Humanos, a través del desarrollo de políticas de Estado, poniendo especial atención en personas y comunidades afectadas por el conflicto armado interno. 

Asegura Vargas que “en Colombia pareciera que ser sobreviviente no fuese una virtud sino una expresión problemática. Quien lleva consigo la memoria de la contradicción, la tragedia de la muerte y la crueldad erigidas en cotidianeidad impuesta, lleva consigo un estigma”.

Memoria
Es en este sentido que la memoria es imprescindible, porque se busca con ella recuperar la historia de los vencidos para abrir la senda del futuro. Se trata de construir colectivamente una visión del mundo que debe necesariamente tener en cuenta el dolor venido de décadas de barbarie y asombro, porque en Colombia la vida se volvió un acontecimiento extraordinario. Sobrevivir es el signo de los muchos que nada tienen y pasan los días deambulando los impuestos silencios. El lenguaje que no tiene nada de inocente sigue llamando desplazados a los refugiados de una guerra en la que el inocente paga con hambre, miedo y destierro.

“He inventado un país de cuerpo derrochado, / de dinamita mojada por el tiempo, / por la lágrima mortal de los desheredados. / Un país que detenta sus misterios / con golpes de instante e imágenes de victoria, / un país que nace y respira / al compás de una brújula que no marca el Norte” escribe Fernando Vargas, en Épica del desheredado.

Y es que la poesía es también trinchera para la lucha. Espacio para la edificación de otro mañana. Por eso escribe el escritor colombiano, en su trabajo titulado Dimensión colectiva de la reparación simbólica en Colombia: hacia una poética de las víctimas a partir de la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que “la reparación simbólica es pues el futuro que sabe para no olvidar, es memoria espermática y verdad transformadora: la posibilidad infinita de realizar la terrible felicidad por la que lucharon los que ahora están muertos”.


Tríptico de la Indignación
La palabra poética se adueña entonces de los ecos para hacerlos grito, para echarnos en cara todo el dolor que callamos y vendemos, todo lo que pensamos que no nos pasa, porque les pasa a otros. Como si el dolor ajeno, no fuera también nuestra propia derrota. Otro poeta colombiano, Fernando Cely, que converge junto con Fernando Vargas y Darién Giraldo en Tríptico de Indignación, una antología poética, escribe “Pero estoy aquí / para gritar / de frontera a frontera / de trinchera a trinchera / lo que la palabra reclama / con poesía o sin ella”.

Palabra justa, honesta, decantada de poses. Poetas que sabiéndose las heridas abiertas encuentran en los versos un estandarte para enumerar las ausencias. Esta poesía colombiana, tan americana, tan nuestra, dibuja los surcos de la vida que es, la que pasa con los ojos en las trastiendas del alma. Y en otro poema canta “Quiero encontrar un verso / que detenga las balas / que inundaron de muerte / aceras y veredas, / las lágrimas perdidas / de madres desmembradas / y huérfanos sonámbulos. / Quiero encontrar un verso / para iniciar un capítulo nuevo / en nuestra historia”.

Colombia
“Si el símbolo más contundente de herida abierta es el país mismo, erigido en los mitos de la deshumanización, en el positivismo del lenguaje del poder, hay que reinventar el país”, afirma Fernando Vargas.

Y le da paso al tercer poeta de Tríptico de la Indignación, Darién Giraldo, cuando escribe “Madre: / Mira los muertos sobre las flores / míralos desnudos en la danza / en el rito del tiempo / bajo el empeine desolado de esta tierra / que va quedando sola”. Y termina Vargas en su trabajo, mostrando y mostrándonos la imagen del dolor más hondo, el que es capaz de fracturar la vida para convertirla en eco eterno. Porque Colombia es también “como la imagen de aquella madre jurídicamente sola que llora su pequeño hijo muerto, voz que recorre las sombras marchitando su ignominia con el fuego pausado de la nostalgia, la dimensión política de la reparación simbólica, supera al sujeto individualmente considerado”.

Colombia arde en la memoria. Incendia el presente con sus desaparecidos, sus refugiados, sus muertos, sus vivos. Colombia, patria hermana, frontera silenciada que vende la imagen de sus costas y esconde lo invisible, es también esperanza y una apuesta a la vida que no muere ni calla.




COLOMBIA Y SUS DESAPARECIDOS
Represión arbitraria e ilegal por parte de terratenientes, narcotraficantes, grupos de ultraderecha y militares en contra de campesinos, indígenas y afrodescendientes, tienen en Colombia, una larga tradición de desapariciones, asesinatos, torturas y expropiaciones de tierras. Estos grupos de poder han logrado incluso que se exilien dirigentes y activistas de grupos de derechos humanos a los que acusan de terrorismo pretendiendo con ello no sólo la deslegitimación de los derechos humanos sino, además, justificar el crimen y el terror en que tienen sumida a gran parte de la población colombiana.

José Ernesto Schulman, Argentina en la memoria


Por suerte alcazan los asombros. Por suerte, siempre hay palabras y gentes que se salvan, y nos salvan. Por suerte, en estos tiempos de virtualidades llegan palabras que eclipsan las cotidianidades y entonces, aparecen las posibilidades del encuentro.

Precisamente por esas casualidades de la web llegué hasta algunos textos de José Ernesto Schulman, su nombre me liga a mis propios recuerdos y a las conversas en el patio de la casa de mi padre, en las que la memoria siempre se vuelve bandera y ritual de presente.

Las crónicas, cuentos, ensayos y poemas recrean la juventud de aquellos que fueron y son, voces imprescindibles, de aquellos jóvenes que se sembraron y que hoy siguen diciendo el necesario futuro que debe nacernos.

El tema de la memoria como reivindicación histórica de los vencidos viene una y otra vez, porque no es posible la libertad sin justicia, porque es imposible el futuro sin saldar las cuentas con el pasado, porque para que haya mañana es necesaria la solidaridad y el recuerdo.

Por eso y más, estas Voces del Sur dicen también los versos de José Ernesto Schulman, que pueden leerse en su blog titulado Las crónicas del nuevo siglo (http://cronicasdelnuevosiglo.wordpress.com/).

Secretario nacional de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, entidad fundada en 1937, José Ernesto Schulman, aborda en su poética la canta necesaria del pueblo argentino, de los pueblos latinoamericanos. Sus palabras saben a las noches de los bastones largos y a la noche de los lápices que vino después, tienen sus versos el tacto del agua que no quiso tragarse los cuerpos de una de las dictaduras más cruentas del sur de Nuestra América. Saben sus palabras del dolor irrevocable de los desaparecidos, de la sombra que habitan los padres y los hijos que lloran las ausencias sin tumbas, pero mecidas por la gloria de saberse vivos en la historia.

Cada globo rojo con cartitas de alumnos de tu escuela dice que cuando nadie se acuerde de los represores, cuando nadie sepa ya el nombre del General de la Nación Santiago Omar Riveros ni tampoco el del otro General Fernando Verplaetsen, cuando ni polvo quede del hueso de tus míseros asesinos, todavía en la Argentina se acordarán de vos, el Negrito Avellaneda, y habrá plazas y habrá escuelas con tu nombre. / Y por las calles polvorientas de algún barrio pobre de la zona norte del Gran Buenos Aires, un niño correrá con un globo rojo en la mano y una remera que diga tu nombre en el pecho, que viene ser el lugar del corazón. / O sea, el Negrito Vive”. 
(Un cielo para el Negrito Avellaneda, fragmento) 
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Son las imágenes que quedaron, las que se salvaron de la hecatombe, las que perviven como trinchera de lucha, como fuego capaz de incendiar e incendiarnos. Son los ojos, los labios, las manos, el sueño de esos que viven en cada gesto, en el tiempo de la resistencia y de la muerte que se niega a morir. Son sus ecos, sus gritos, su tiempo habitando las cotidianidades y los pasos de éstos que somos hoy.

Será entonces / que no les duele / tu ausencia / sino la dura / presencia / de tu ausencia / Porque hay / presencias vacías / y hay ausencias / que acusan / con más fuerza / que un grito. / Y eso eres, / ahora comprendo, / el grito / indómito /de aquellos / que creyeron borrar / y los hicieron / sueños / de esos que nunca morirán”.
(Quién le teme a Alicia López, fragmento)

Estas ausencias no tienen olvido, porque viven en la exacta dimensión del hombre. No hay tregua ni resquicio, porque queda la memoria iluminando los pasos, los abrazos, la caricia y el tiempo. Y este es tiempo de memoria infinita. 

http://cronicasdelnuevosiglo.wordpress.com/ 


martes, 13 de abril de 2010

Hay un ALETEAR DE VENGANZAS
que respiran la noche
un sueño agotado
una caricia sin rostro
un anónimo grito

Hay un eco   una bala   una promesa
un silecio a rajatablas
una duda   una sospecha
y para colmo un pasado que no acaba


* De poemas que arden la memoria

lunes, 12 de abril de 2010

Bonasso: La memoria en donde ardía

Buscando tal vez otros libros en la Librería del Sur, me encontré por casualidad con La memoria en donde ardía, de Miguel Bonasso, publicado por la editorial Txalaparta, Navarra 1992.

Periodista argentino, Bonasso asume desde la sensibilidad comprometida con la tierra y sus gentes el desexilio de un hombre desterrado de sus cotidianidades durante la dictadura argentina de la década del setenta.

Vuelve del pasado a reencontrarse con el tiempo. Vuelve queriendo y sin querer. Se pregunta, duda, sueña y sigue buscando las verdades que de una u otra manera lo liberarán, eso cree. Viene de una generación cargada de memoria, donde los ecos resuenan y hacen estallar los cristales del presente. Memoria, memoria para liberar y construir el futuro.

Los amigos, la familia, los hijos, el amor… se tejen en una historia contada para recordar y rescatar lo mejor de una generación de soñadores que supieron sembrar sus vidas por la libertad y la justicia. Entregaron sus vidas, jóvenes, recién estrenadas, como ejemplo de lucha.

Bonasso con su novela dice y nos dice que están, están vivos, en cada gesto, en cada vuelta de las madres y sus pañuelos blancos cada jueves en la Plaza de Mayo. Los desaparecidos, los asesinados, los jóvenes mutilados de su futuro, están cuando se los nombra, cuando se los recuerda, cuando se llora cada uno de los días de sus ausencias.

La novela es la constatación de que no hay justicia sin memoria, que es necesario recordar para salvarse y para salvarnos. Que se puede y que se debe hacer arte desde el compromiso, desde la contextualidad del tiempo, demostrando así que los escritores no viven encerrados en una burbuja, alejados de los haceres y sentires de los pueblos, sino más bien que son ellos voz de muchos y voz de todos.

No sólo los desaparecieron, rara manera de matar que veda la posibilidad del llanto de los vivos, sino que también y como una fina forma de tortura, muchas y muchos jóvenes de aquellos años y de aquellos suelos, partieron al exilio. Habitantes de otras tierras, obligados a desprenderse de sus rutinas, de sus afectos, los exiliados políticos de las dictaduras militares de los setenta, se encontraron expulsados de cada uno de sus gestos cotidianos, que es una manera de morirse un poco.

La memoria en donde ardía es también la historia del destierro y de su viceversa, porque después de tanto tiempo, volver es volver a lo ajeno, porque el mundo que se quedó anudado en la memoria no es el del presente, sino otro que se fue haciendo a través de la distancia.

Bonasso reconstruye las desgarraduras de esa juventud mutilada, de la Argentina de los setenta, pero abre una brecha, una diminuta tregua en la que apenas se alcanza a vislumbrar una esperanza, mínima tal vez, pero suficiente para aferrarse a ella. Es esta otra juventud, la de ahora, la que se ha salvado del embrujo de las pantallas y de la inmediatez, esos pocos o esos muchos que tendrán que recordar y salvar de la desmemoria los naufragios vividos para poder hacer del futuro un lugar mejor.

“El pasado es mi identidad, mi columna vertebral. Está muerto y vivo a la vez, pero ha vuelto a ser mío. Para siempre. Para los veinte años o los veinte segundos que me queden de vida. (…) La lucha continúa. Con la necedad del niño que construye castillos de arena o cava pozos para encerrar el mar. Edificamos en el aire, frente a estrellas que murieron hace millones de años, a constelaciones que aún no nacen, a entropías varias y otros juegos de barajas que amenizan la eternidad. Porque nuestra casa es la historia. Y a nuestra casa acabamos de regresar”.

sábado, 10 de abril de 2010

Una segunda cita con Silvio




Llueve la voz sobre las aguas, las olas se recortan contra la orilla y amanece. Trovador infinito Silvio Rodríguez (29 de noviembre de 1946, San Antonio de Los Baños, Cuba) vuelve una y otra vez. Con las velas izadas detiene una mirada y teje un sueño, nos lo regala. Segunda cita (2010) viene después de su Cita con Ángeles y es una apuesta al futuro de su tierra, de la nuestra. Silvio, trovador de lo imprescindible, es para escucharlo en la quietud de la tarde, es para extraviarse en sus palabras que vienen de lo hondo, de la profunda humanidad que somos.

Quisiera enmendar los comienzos / de todas las brumas. / Quisiera empezar cada lienzo / con mejor fortuna. / Quisiera pegarme unas alas / y en una cornisa / soplar una dulce balada / que esparza la brisa. / (...) / El dolor que no curen los ángeles / ojalá que no pueda volver. / La canción que no canten los ángeles / sólo el viento la puede saber”. 
(Segunda Cita, fragmento)
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Y es que este trovador amoroso, que nos ha sembrado en las cotidianidades y en los gestos las canciones necesarias para el tiempo del amor, para el tiempo de la lucha, para el tiempo del recuerdo, trae en sus ecos las palabras de la Cuba de Martí, la Cuba que ha sabido ser espejo de los pueblos y sus sueños. Canta Silvio cantándonos los tiempos que habrán de venir. 
 
A desencanto, opóngase deseo. / Superen la erre de revolución. / Restauren lo decrépito que veo, / pero déjenme el brazo de Maceo / y, para conducirlo, su razón. / Seguimos aspirantes de lo mismo / que todo niño quiere atesorar: / una mano apretada en el abismo, / la vida como único extremismo/ y una pequeña luz para soñar”. 
(Sea señora, fragmento)

Pinceladas autobiográficas y una declaración de principios fueron convocadas por Silvio en su Segunda Cita. El trovador que es, recuerda al que fue, su misterio se hace posible viento en vela. Este poeta que compone con notas el cielo y hace vibrar en sus cuerdas la vida, es referencia también de los jóvenes que fuimos, de los jóvenes que somos y seremos. Su voz es punto de inflexión en las historias individuales, en los cantos colectivos, en los roces al azar, en las banderas necesarias.

Ahora soy de la memoria, / ahora pertenezco al viento; / otro dirá en su momento / si fui más pena que gloria. / Lo que fue nuevo es historia / y lo que nace alza vuelo / con el sueño de tocar el cielo. / Partero fui de un futuro / escurridizo, inasible, / seguramente posible / si no le ponemos muros. / El amor es el más puro / néctar contra la tristeza”.
(Trovador Antiguo, fragmento)

Los pasos y abrazos de otro imprescindible, de otro vivo ángel que se suma a la Cita, viene de la voz y la palabra de Silvio. El Che como ejemplo ineludible de la condición más amorosa, más honesta, más necesaria del ser humano baila nombrándonos en el canto del Trovador Antiguo que viene hoy a decirnos los anhelos. Es Silvio cantando al Che, tal vez el Che sintiéndonos a través de Silvio.

Y dijo el Che legendario, / como sembrando una flor: / al buen revolucionario / sólo lo mueve el amor. / Dijo Guevara el humano / que ningún intelectual / debe ser asalariado / del pensamiento oficial. / Debe dar tristeza y frío / ser un hombre artificial, / cabeza sin albedrío, / corazón condicional”.  
(Tonada del albedrío, fragmento)

Una Segunda Cita para reenamorarse de la utopía realizable, para reconciliarse con lo más tierno y vulnerable de las gentes. Una Segunda Cita para cantar y bailar con los brazos alzados al sol, para reconocerse y reconocernos Pueblo movido por el amor.

sábado, 3 de abril de 2010

ALICIA


Alicia está sentada, rumiando la tarde, viendo pasar los buses repletos de gente, de escolares. Tiene en los ojos la convicción de todas las derrotas, las manos ásperas de las escobas y el futuro guardado en un billete de lotería. Está, como se puede estar en un mundo de solos.

Una casa para mi hija, un carro para mi hermano y la vida entera para mí piensa, mientras palpa en el bolsillo el boleto que seguro le dibujará por lo menos una sonrisa.

Y el domingo, con el sol amadrugado y las ganas de otro presente en los labios, se mira una a una las ausencias que le surcan el rostro y se sienta acompañada de la misma soledad con que se queja el mundo.


Foto tomada de www.elartistadebarrio.es 
 

Miguel Hernández, poeta y pueblo

Lleva en su muerte el número mil nueve y sigue vivo en las palabras. Poeta español, voz de pueblo, Miguel Hernández (Orihuela, 30 de octubre de 1910 – Alicante, 28 de marzo de 1942) es hombre de versos imprescindibles. 

Tiene casi una centuria diciendo su tierra, diciéndonos las necesarias libertades de las gentes. Cabalga a lomo de la historia para soñar y soñarnos fundidos en la siembra, en las banderas y en los buenos amores, para vivir, vivir amando lo más libre y lo más hondo, lo más alto, lo más tierno.
Quisieron encerrarlo, pero cayeron los barrotes y los altos muros. Quisieron acallarlo, pero su voz sonó más fuerte y hoy es eco, es presente.

Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir, / cuando la hora me llegue, / en los veneros del pueblo / desde ahora y desde siempre. / Varios tragos es la vida / y un solo trago es la muerte”. 
(Sentado sobre los muertos, fragmento)

Poeta de la República, de la España libre, Miguel Hernández le canta a lo humano en medio del incendio del miedo. Ni el tiempo pudo con él, ni el tiempo ni la muerte, porque no es posible asesinar lo imprescindible. Vuelan en su voz las miradas y los fusiles, caminan sus pasos los tiempos que vienen, los días que serán sin pausa y sin verdugos.

No soy de un pueblo de bueyes, / que soy de un pueblo que embargan / yacimientos de leones, / desfiladeros de águilas / y cordilleras de toros / con el orgullo en el asta. / Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España. / ¿Quién habló de echar un yugo / sobre el cuello de esta raza? / ¿Quién ha puesto al huracán / jamás ni yugos ni trabas, / ni quién al rayo detuvo / prisionero en una jaula?”
(Vientos del pueblo me llevan, fragmento)

Otros amores habitan también los versos del hombre, del poeta. La mujer se desnuda en la blancura del papel, se transforma en lienzo donde pintar las sombras de sus concavidades. La piel deja de ser metáfora y se convierte en turgente tibieza. Abandonado del fragor de las batallas el poeta respira la humedad sedienta de roces y se alza sobre la inmensidad que lo nombra.

Menos tu vientre, / todo es confuso. / Menos tu vientre, / todo es futuro, / fugaz, pasado, / baldío, turbio. / Menos tu vientre, / todo es oculto. / Menos tu vientre, / todo inseguro, / todo postrero, / polvo sin mundo. / Menos tu vientre / todo es oscuro. / Menos tu vientre / claro y profundo”. 
(Poema 39 de Cancionero y de ausencias)

Fecunda la palabra y la vida, Miguel Hernández sigue palpitando en el poema. Susurra los amores que hacen de la vida, la vida. Las batallas que libró, las muertes que vivió, el sudor que lo hizo hombre en la más humana dimensión del abrazo existe en el poema capaz de transcender el tiempo, capaz de resucitar sus ganas y sus sueños.

Aquí vive el poeta y no en el número que visitan los turistas, el mil nueve es para la congelada postal de una España que se olvida de sus guerras y sus cadenas, en cambio la vida es esta que se siente en cada herida y en cada certeza con que amanece el día.

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío: / claridad absoluta, transparencia redonda. / Limpidez cuya extraña, como el fondo del río, / con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda. / ¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho, / corazón de alborada, carnación matutina? / Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho. / Tu sangre es la mañana que jamás se termina”.
(Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío, fragmento)

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