domingo, 12 de septiembre de 2010

Allende, el sueño existe

Eran las once y cincuenta y dos minutos, del 11 de septiembre de 1973, cuando estalló la primera bomba sobre La Moneda, pero él resistió. Estaba allí, esperando que su vida fuera una voz para decir y decirnos el futuro necesario. Por eso no pudieron asesinarlo, no pudieron, ni podrán.

Salvador Allende (Valparaíso, 26 de junio de 1908), el compañero presidente, está vivo porque el sueño existe, porque respira en cada fábrica, en cada escuela, en cada hospital, y vibra su voz clara en el tacto de las manos obreras y en las del niño que aprende a sumar. Todo en él fue dignidad del pueblo, todo en él fue esperanza y lucha, todo en él fue caricia y combate por la vida.

Allende, voz del sur infinito, voz de los sin voz del mundo, voz necesaria, como bandera henchida de libertades, voz nuestra para siempre.

“Nuestra responsabilidad se acrecienta, sobre todo en momentos en que sólo se descubren horas caracterizadas por amenazas reaccionarias o dictatoriales que, de concretarse significarán violencia y represión contra la juventud y los trabajadores. Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde vaya, esté donde estuviere, seguiré siendo para el pueblo el “compañero Allende”, anunció ante el senado chileno, en enero de 1970.

Médico revolucionario, Allende fue el presidente del pueblo chileno, de la unidad popular, desde 1970 hasta 1973, cuando un Golpe de Estado, uno de los más cruentos del sur de continente hizo estallar la esperanza de Chile y la de los pueblos latinoamericanos. El primer presidente socialista que llegó al poder a través de los votos fue y seguirá siendo un incendio de conciencia. Por eso su palabra, comprometida y honda, es un estandarte henchido de sueños y su memoria un espejo donde el futuro, urgente e imprescindible, se refleja.

“Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. (fragmento de su última intervención por Radio Magallanes, el 11 de septiembre de 1973, a las 9:10 AM)

Y la historia, lo lleva a él, prendido de sus alforjas, convencida de que las páginas que faltan ser escritas, que aún no son contadas, tendrán su nombre y su figura como una ofrenda. Tiempo, tiempo que viene sin pausa, tiempo que se edifica en los andares del mundo y sus gentes, en los pasos victoriosos de los pueblos que hacen nacer las libertades, le dirán presente una y otra vez, al compañero presidente.

“Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. (Fragmento de su última intervención por Radio Magallanes, el 11 de septiembre de 1973)

Y porque él vive y viven los pueblos, el sueño de un mundo libre, solidario y justo, sigue siendo posible y sobre todo, imprescindible.

Mil grullas por la paz

** El 06 de agosto de 1945 el gobierno estadounidense de Harry Truman dejó caer sobre Hiroshima una bomba atómica, Little Boy se llamaba.

Seiscientas cuarenta y cuatro grullas alcanzó a hacer Sadako Sasaki antes de mirar la vida por última vez. Ella, una niña japonesa, de once años, internada en un hospital de Japón trató de burlar a la muerte aferrándose a la tradición de su país que cuenta que haciendo mil grullas de origami, los deseos se cumplen. Sadako no terminó sus aves de papel, pero ella, aunque tal vez no lo sepa, sigue viviendo.

Esa niña japonesa que murió de leucemia ocasionada por la exposición a las radiaciones de la Little Boy, la bomba atómica que Estados Unidos arrojó sobre Hiroshima, el 06 de agosto de 1945, es una llamarada de conciencia, un fueguito que sigue diciendo y diciéndonos, que la paz es el único camino posible de transitar hacia el futuro.

“Éste es nuestro grito, ésta es nuestra plegaria: paz en el mundo”, dice la inscripción en la Plaza de la Paz de Hiroshima, justo debajo de un monumento desde donde la imagen de Sadako, con una grulla entre las manos alzada en vuelo, contempla el porvenir. Esa misma plaza, cada 06 de agosto, se puebla de papeles rojos y blancos, doblados, volando con el viento y recordando, recordándonos lo que los seres humanos somos capaces de hacer.


HIROSHIMA
Hace sesenta y cinco años, la mañana del 06 de agosto de 1945, en Hiroshima, Japón, un niño contemplaba su rostro en el espejo por última vez. Y por última vez una anciana servía el té. Una madre veía el rostro de su hijo, mientras le cantaba una canción de cuna. Un poeta escribía el primer verso de un haikú. Una niña se trenzaba los largos cabellos negros. Un hombre leía un libro. Una abuela contaba un cuento. No sabían, no sabían que ese sería su último aliento.

El reloj de la ciudad quedó detenido en las 8:15 de la mañana, la hora exacta en que el bombardero militar estadounidense “Enola Gay”, arrojó una bomba atómica en el corazón de Hiroshima.

Con sus 4 toneladas de peso, la bomba de uranio enriquecido, fue detonada a 600 metros de altura sobre la ciudad, estallando con una fuerza equivalente a la de 12.500 toneladas de explosivo. Hiroshima quedó prácticamente reducida a escombros. Se estima que 200 mil habitantes fallecieron en el acto. Pero peor aún resulta imaginar que pese a la desolación causada por el gobierno de Harry Truman, apenas tres días después otra bomba nuclear, pero de plutonio, bautizada como “Fat Man”, fue arrojada sobre Nagasaki.

Sombras, a eso se redujeron los miles de habitantes de Hiroshima y Nagasaki. Sombras como dibujadas sobre las calles y sobre los muros. Lo que fue un hombre, una mujer o un niño, apenas quedó como una mancha impregnada sobre la piedra inerte.

Aquellos que no se convirtieron en polvo ardieron por los 5.000ºC de temperatura, y los pocos que alcanzaron a sobrevivir sólo lo hicieron por unos días más.


SOMBRAS
Resulta que además de los efectos inmediatos de la bomba atómica, pronto aparecieron otras alteraciones de la salud en aquellas personas que aparentaban haber resultado ilesas, así como pasó con Sadako.

“Hibakusha” se llaman los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki, muchos de ellos están afectados por aquellas explosiones cuyos efectos sufren todavía en forma de anemia, leucemia y tumores malignos, además de la extensa lista de trastornos psíquicos y emocionales. Aún hoy cientos de miles de personas siguen necesitando tratamiento médico.

No existe la certeza del por qué el gobierno estadounidense decidió arrojar una y otra bomba. La Segunda Guerra Mundial ya la habían ganado los aliados, los japoneses no podían seguir combatiendo, así que para qué. Algunos investigadores afirman que los bombardeos fueron experimentos nucleares que permitieron demostrar el predominio militar de Estados Unidos en la realidad que emergía tras la conflagración que dividió en dos al mundo.

Lo que sí demostraron es que son capaces de asesinar, destruir y aniquilar. Lo que dejaron de manifiesto es lo peor de los seres humanos, la posibilidad de suprimir al otro que se encuentra indefenso. Pero también, nos legaron no ellos, sino los pueblos y las gentes, así como Sadako, la fuerza que nace del dolor más hondo. Ojalá hayamos aprendido a guardar la memoria como una ofrenda, como una grulla, como mil grullas, capaces de surcar el infinito cielo de todas nuestras esperanzas.



Semba-Tsuru, mil grullas



Es una creencia popular japonesa, que asegura que haciendo mil de esas aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)– se logra alcanzar larga vida y felicidad, y también cumplir deseos.
 

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