lunes, 20 de octubre de 2014

Sobre el Congreso y el Consejo Presidencial del Gobierno Popular con la Cultura


El Congreso Nacional de Cultura es una actividad vital para mirar desde distintos ángulos eso que llamamos cultura y a los hombres y mujeres involucrados en estos haceres y sentires, es decir a todo el pueblo, porque es imposible pensar en la cultura sino como un hecho transversal de la vida.

Esta actividad ha ratificado en el país la visión colectiva nacida de las inquietudes y propuestas de diversos movimientos sociales y agrupaciones culturales que trabajan por la difusión de las diversas manifestaciones culturales en el seno de las comunidades.

Y ha servido claro, para ratificar una vez más la entrega y compromiso que deben y debemos asumir los cultores, artistas e intelectuales con relación a la liberación de los seres humanos, y esto no tiene que ver con el panfleto fácil, sino más bien con contribuir desde la razón y el sentimiento a la conformación de una ética y una estética para los tiempos que estamos viviendo.

Por eso creo en el arte como un ejercicio contra el poder hegemónico que pretende vendernos e imponernos una visión única de la realidad, la historia y los sueños. Creo en la cultura como un espacio para la resistencia y sobre todo, para la construcción del mañana. Creo en el arte como vaso comunicante entre los hombres, como la posibilidad maravillosa de tender puentes que nos permitan encontrarnos y cómo no, reconocernos en el otro. Es decir, creo en el arte y en la cultura, como hechos profundamente humanos que están llamados a seguir dejando de manifiesto el poder creador y liberador de todos y de todas.

La Revolución Bolivariana democratizó (fundamentalmente en los grandes centros urbanos, mucho falta por hacer en el país del interior) el acceso a los bienes culturales. Recuperó para la gente importantes infraestructuras que estaban secuestradas por minorías. Así, cómo no asombrarse y agradecer que el Teresa Carreño por ejemplo, tenga sus salas abiertas al Pueblo. Y ni hablar de los teatros de Caracas donde ahora corren libres por sus salas festivales de cine y de teatro. Cómo no sentir emoción al constatar el esfuerzo por darle vida a los libros y a la lectura con la creación y fortalecimiento de las editoriales del Estado, las Librerías del Sur, las Ferias del Libro, el Festival Mundial de Poesía y haber editado miles y miles de libros de la Colección Bicentenario para nuestros niños, entre otros logros. Cómo no darle mérito al esfuerzo que hace el Centro Nacional de la Historia para devolvernos las voces más nuestras y más hondas, y al trabajo por visibilizar nuestros cantos y los cantos nuevos a través del Cendis. Esta es sin duda la revolución en la que creemos la mayoría, la que soñábamos vivir, la revolución de la cultura que nos devuelve la voz para nombrar el mundo nuevo.

Sin embargo, vale una alerta: tengamos mucho cuidado de no discriminar y excluir ahora en otro sentido el hecho cultural.

A veces pareciera que entra en contradicción lo popular con las bellas artes. Esta es una discusión absolutamente estéril. La idea es poner a disposición del disfrute de todas y de todos las creaciones más hermosas del ser humano. Lo popular no está y no debe estar reñido nunca con la creación “individual” de artistas y pensadores.

Que lo popular no se entienda nunca como querer andar en cambote para mezquinar los aportes de otras y de otros que, vinculados con los sentires del pueblo, necesitan espacios de creación individuales, que sin embargo siempre estarán impregnados del contexto social, porque nadie vive encerrado en una burbuja de cristal.

Que este Congreso y el Consejo Presidencial del Gobierno Popular con la Cultura sirva entonces para reconocernos en todo lo humano que existe en la música, sea ésta interpretada por cuatro y maracas o por violines y oboes, en la plástica sea de trazos o artes del fuego, en los bailes como el joropo y la danza clásica, en el teatro de calle y en el de las grandes tablas, en el de la literatura oral y en la de los versos y galerones. En fin, que el arte sea siempre el escenario que nos permita reconocernos venezolanos pero sobre todo parte de la humanidad.

Que el Congreso sirva también para continuar el camino de reivindicar a los creadores y creadoras, sean éstos titiriteros, magos, muñequeros, bailarines, músicos o escritores, porque a fin de cuentas todos ellos son parte del ejército de la alegría, el de la esperanza de fundar el mañana nuevo. Pero, que no se entienda el Congreso como un espacio para discutir meramente lo reivindicativo, sino más bien que sea para el encuentro y debate necesario que ayude a sentar las nuevas bases espirituales que urgen en estos tiempos recién inaugurados, porque finalmente nos hace falta una ética y estética para la revolución. Esto no quiere decir de ninguna manera que hayan fórmulas mágicas o que los creadores deben seguir al pie de la letra recetas dictadas ni por cúpulas ni por grupos que pudieran terminar por erigirse, si no tenemos cuidado, como un nuevo poder hegemónico. La creación debe ser libre, absolutamente libre, sin cortapisas de ningún tipo ni ninguna especie, porque si la propuesta creativa es libre será libertaria, será liberadora, cuestionadora y emancipadora, que es a final de cuentas a lo que debe aspirar cualquier revolución.

Sigamos entonces enarbolando banderas y alas para volar y tomar el cielo por asalto, que toda la música, la danza, la literatura, la plástica, que toda creación humana a fin de cuentas, sea el espacio propicio para reconocernos hermanos en esta jornada larga que hemos decidido transitar para conquistar el futuro que nos merecemos.

martes, 14 de octubre de 2014

Mejor seamos como Mafalda


Los vivos
los que se avivan
los aprovechados y oportunistas
los que compran barato para vender caro
extorsionistas de la buena fe de cuanto prójimo
caiga seducido ante su sonrisa de simpático
malabarista de esperanzas

los nietos de tío conejo y del correcaminos
que ganan a costa de los que perdemos
los chistosos sin escrúpulos
que te usan de escalera

los vivos
los que llegan lejos
sin importar qué queda en el camino
ni quién se derrumba en la polvareda

los que se avivan y se suman al coro
de la preventa de sonrisas y picardías fraudulentas

los que aprovechan las crisis para engordar las cuentas
y son capaces de comerse el último bocado sin mirar hacia los lados

los oportunistas que se visten del color de moda
y se cambian las camisas y las ideas
según quien vaya ganando en la cancha o en las urnas

esos,
los vivos
los que se avivan
los aprovechados y oportunistas
para quienes el país empieza en el bolsillo
y subsisten a cuanta bomba y miseria estalla
son los dueños de las bancarrotas de las alegrías verdaderas
y de ellos será el reino de este suelo
pero nunca el verso ni la memoria
ni la caricia ni el perdón
y menos aún el olvido.


Galeano siempre de ida y vuelta

** El autor de las Venas abiertas de América Latina, del Libro de los Abrazos y de la trilogía de Memoria del Fuego, es sin duda uno de los escritores que mejor representa a esta América Nuestra, que de tanto silencio impuesto, olvidó durante mucho tiempo mirarse el ombligo.

Pasa con algunos escritores. A ciertos intelectuales y artistas que han sentado posición frente al mundo, la derecha como es lógico los rechaza por zurdos y cierta izquierda cuando a veces es mezquina trata de negar la magia de la sencillez con que llegan al pueblo. Unos y otros, los derechos y los zurdos, en sus poses se olvidan que los lectores decidimos por encima de cualquier acto de sospecha. Y así, sin permiso, nos entregamos a quienes han sabido darle nombre a nuestros dolores y sobre todo a nuestras esperanzas. Casos sobran. Ahí sigue Roque Dalton enseñándonos a volar, ni hablar de poetas españoles de la generación del 27 que se animaron a decir incluso cuando era un paredón de fusilamiento lo que tenían enfrente y si hablamos de José Vicente Abreu y Miguel Otero Silva, en Venezuela, pues ya nos enteramos por ejemplo de Guasina y las demás cárceles que pretenden lo mismo cortar las alas que hacer callar.
El Uruguay tiene dos grandes nombres que han sabido trascender la frontera de ese país chiquitito en dimensiones para instalarse en la ternura de todos los latinoamericanos que hemos tenido el privilegio de sentirnos reconocidos en sus palabras. Mario Benedetti y Eduardo Galeano nos regalaron y regalan la magia de la ternura inagotable, la de la que sabe tomar partido por la vida.

GALEANO, SIEMPRE
Contar las humanas pasiones, los pasos, las dudas y la esperanza, narrar la historia de los vencidos, la de los que desesperan de tanto esperar, y también la de los que sueñan el mundo y los mundos posibles e imprescindibles, es parte del quehacer de algunos escritores, que como Eduardo Galeano han hecho de la palabra un puente tendido al encuentro.
El autor de las Venas abiertas de América Latina, del Libro de los Abrazos y de la trilogía de Memoria del Fuego, es sin duda uno de los escritores que mejor representa a esta América Nuestra, a este Sur, que de tanto silencio impuesto, olvidó durante mucho tiempo mirarse el ombligo y aunque sin querer, se calló su propia historia. Él, Eduardo Galeano, sin embargo nos devolvió todo aquello que se nos fue quedando en la piel a lo largo de siglos. Como un mago sacando conejos y estrellas de la chistera Galeano ha sabido devolvernos la voz, esa con que ahora pronunciamos el tiempo.

BREVÍSIMA SEMBLANZA
“Tuve una infancia muy mística; pero no me fue bien con la santidad”, se defendió hace años el propio Galeano, quien nació en Montevideo el 3 de septiembre de 1940, en el seno de una familia católica de clase media.
“Gius” apareció pronto, cuando Eduardo Germán María Hughes Galeano, con poco más de una década de edad publicó sus primeras caricaturas en el diario El Sol, un periódico socialista que circulaba por aquellos años en Uruguay. Empezó a trabajar siendo muy joven, desempeñó cuanto oficio le ofrecía un salario, fue así que anduvo de obrero en una fábrica de insecticidas y fungió como recaudador, pintor de carteles, mensajero, mecanógrafo, cajero de banco y editor.
La década del setenta sorprendió al sur de nuestro subcontinente con dictaduras militares. En Uruguay un grupo de extrema derecha encarceló a Galeano. Por esta razón se marchó al exilio en Argentina, pero en el país vecino la situación no era diferente y el régimen de Videla tomó el poder tras un alzamiento militar sangriento, que tiene en su haber miles de desaparecidos. Su nombre se sumó a la larga lista de aquellos condenados por los escuadrones de la muerte. De esos días de desarraigo y desesperanza nació su libro Días y noches de amor y de guerra.
Pronto tuvo que alzar el vuelo. Galeano encontró refugio en Cataluña, en Calella, al norte de Barcelona, donde publicó en revistas españolas, colaboró con una emisora radial alemana y un canal de televisión mexicano. La trilogía Memoria del fuego es de este período y tal vez sea uno de sus libros más hondos, descarnados y el que mejor retrata la larga historia de América.
Finalmente volvió a su país en 1985. Entre tantos libros escritos por Galeano se encuentran La canción de nosotros, El descubrimiento de América que todavía no fue y otros escritos, Nosotros decimos no, Ser como ellos y otros artículos, Amares, Las palabras andantes, Úselo y tírelo, El fútbol a sol y sombra, Patas arriba: Escuela del mundo al revés, Bocas del Tiempo, Espejos: Una historia casi universal y Los hijos de los días. Por su trabajo incansable y por ser una de las voces imprescindibles de nuestra América recibió doctorados Honoris Causa en Cuba, El Salvador, México y Argentina. Además ha sido galardonado con el Premio Casa de las Américas y el Premio Alba de las letras.
Cronista incansable de este tiempo, Galeano sigue de cerca los sucesos que van marcando el presente y ante ellos nunca permanece en silencio. Todo lo toca y su voz es certera cuando habla de la dictadura del capital, del neoliberalismo y su voracidad contra la tierra, del hombre y su capacidad infinita de volver a la ternura aunque haya vivido de cerca la miseria. Su palabra se teje y entreteje entre el periodismo, el ensayo y la narrativa, siempre con ese tono del poema que habrá de abrir los brazos para que pueda seguir naciendo el futuro.


La dignidad del arte
Por Eduardo Galeano

Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué. Cuando me viene el desánimo, me hace bien recordar una lección de dignidad del arte que recibí hace años, en un teatro de Asís, en Italia. Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no había nadie. Ella y yo éramos los únicos espectadores. Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera. Y, sin
embargo, los actores, más numerosos que el público, trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta. Hicieron su tarea entregándose enteros, con todo, con
alma y vida; y fue una maravilla.
Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala. Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.

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