martes, 14 de octubre de 2014

Galeano siempre de ida y vuelta

** El autor de las Venas abiertas de América Latina, del Libro de los Abrazos y de la trilogía de Memoria del Fuego, es sin duda uno de los escritores que mejor representa a esta América Nuestra, que de tanto silencio impuesto, olvidó durante mucho tiempo mirarse el ombligo.

Pasa con algunos escritores. A ciertos intelectuales y artistas que han sentado posición frente al mundo, la derecha como es lógico los rechaza por zurdos y cierta izquierda cuando a veces es mezquina trata de negar la magia de la sencillez con que llegan al pueblo. Unos y otros, los derechos y los zurdos, en sus poses se olvidan que los lectores decidimos por encima de cualquier acto de sospecha. Y así, sin permiso, nos entregamos a quienes han sabido darle nombre a nuestros dolores y sobre todo a nuestras esperanzas. Casos sobran. Ahí sigue Roque Dalton enseñándonos a volar, ni hablar de poetas españoles de la generación del 27 que se animaron a decir incluso cuando era un paredón de fusilamiento lo que tenían enfrente y si hablamos de José Vicente Abreu y Miguel Otero Silva, en Venezuela, pues ya nos enteramos por ejemplo de Guasina y las demás cárceles que pretenden lo mismo cortar las alas que hacer callar.
El Uruguay tiene dos grandes nombres que han sabido trascender la frontera de ese país chiquitito en dimensiones para instalarse en la ternura de todos los latinoamericanos que hemos tenido el privilegio de sentirnos reconocidos en sus palabras. Mario Benedetti y Eduardo Galeano nos regalaron y regalan la magia de la ternura inagotable, la de la que sabe tomar partido por la vida.

GALEANO, SIEMPRE
Contar las humanas pasiones, los pasos, las dudas y la esperanza, narrar la historia de los vencidos, la de los que desesperan de tanto esperar, y también la de los que sueñan el mundo y los mundos posibles e imprescindibles, es parte del quehacer de algunos escritores, que como Eduardo Galeano han hecho de la palabra un puente tendido al encuentro.
El autor de las Venas abiertas de América Latina, del Libro de los Abrazos y de la trilogía de Memoria del Fuego, es sin duda uno de los escritores que mejor representa a esta América Nuestra, a este Sur, que de tanto silencio impuesto, olvidó durante mucho tiempo mirarse el ombligo y aunque sin querer, se calló su propia historia. Él, Eduardo Galeano, sin embargo nos devolvió todo aquello que se nos fue quedando en la piel a lo largo de siglos. Como un mago sacando conejos y estrellas de la chistera Galeano ha sabido devolvernos la voz, esa con que ahora pronunciamos el tiempo.

BREVÍSIMA SEMBLANZA
“Tuve una infancia muy mística; pero no me fue bien con la santidad”, se defendió hace años el propio Galeano, quien nació en Montevideo el 3 de septiembre de 1940, en el seno de una familia católica de clase media.
“Gius” apareció pronto, cuando Eduardo Germán María Hughes Galeano, con poco más de una década de edad publicó sus primeras caricaturas en el diario El Sol, un periódico socialista que circulaba por aquellos años en Uruguay. Empezó a trabajar siendo muy joven, desempeñó cuanto oficio le ofrecía un salario, fue así que anduvo de obrero en una fábrica de insecticidas y fungió como recaudador, pintor de carteles, mensajero, mecanógrafo, cajero de banco y editor.
La década del setenta sorprendió al sur de nuestro subcontinente con dictaduras militares. En Uruguay un grupo de extrema derecha encarceló a Galeano. Por esta razón se marchó al exilio en Argentina, pero en el país vecino la situación no era diferente y el régimen de Videla tomó el poder tras un alzamiento militar sangriento, que tiene en su haber miles de desaparecidos. Su nombre se sumó a la larga lista de aquellos condenados por los escuadrones de la muerte. De esos días de desarraigo y desesperanza nació su libro Días y noches de amor y de guerra.
Pronto tuvo que alzar el vuelo. Galeano encontró refugio en Cataluña, en Calella, al norte de Barcelona, donde publicó en revistas españolas, colaboró con una emisora radial alemana y un canal de televisión mexicano. La trilogía Memoria del fuego es de este período y tal vez sea uno de sus libros más hondos, descarnados y el que mejor retrata la larga historia de América.
Finalmente volvió a su país en 1985. Entre tantos libros escritos por Galeano se encuentran La canción de nosotros, El descubrimiento de América que todavía no fue y otros escritos, Nosotros decimos no, Ser como ellos y otros artículos, Amares, Las palabras andantes, Úselo y tírelo, El fútbol a sol y sombra, Patas arriba: Escuela del mundo al revés, Bocas del Tiempo, Espejos: Una historia casi universal y Los hijos de los días. Por su trabajo incansable y por ser una de las voces imprescindibles de nuestra América recibió doctorados Honoris Causa en Cuba, El Salvador, México y Argentina. Además ha sido galardonado con el Premio Casa de las Américas y el Premio Alba de las letras.
Cronista incansable de este tiempo, Galeano sigue de cerca los sucesos que van marcando el presente y ante ellos nunca permanece en silencio. Todo lo toca y su voz es certera cuando habla de la dictadura del capital, del neoliberalismo y su voracidad contra la tierra, del hombre y su capacidad infinita de volver a la ternura aunque haya vivido de cerca la miseria. Su palabra se teje y entreteje entre el periodismo, el ensayo y la narrativa, siempre con ese tono del poema que habrá de abrir los brazos para que pueda seguir naciendo el futuro.


La dignidad del arte
Por Eduardo Galeano

Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué. Cuando me viene el desánimo, me hace bien recordar una lección de dignidad del arte que recibí hace años, en un teatro de Asís, en Italia. Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no había nadie. Ella y yo éramos los únicos espectadores. Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera. Y, sin
embargo, los actores, más numerosos que el público, trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta. Hicieron su tarea entregándose enteros, con todo, con
alma y vida; y fue una maravilla.
Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala. Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.

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