martes, 29 de diciembre de 2009

Deseos de fin de año…


Se termina otro año, por lo menos para una buena parte de los habitantes del mundo. Otras culturas y otras gentes celebran en otras fechas, no menos importantes que la nuestra. Así, este mes de fines y de principios, representa para nosotros la culminación de un tiempo y desde estas voces del sur, aprovechamos el espacio para desear, para seguir soñando, para continuar ratificando que la palabra nos dota de la dimensión humana, que con ellas podemos nombrar el mundo, decirnos los miedos y cantarnos las esperanzas.

Ojalá el 2010 nos traiga la sensibilidad y la humanidad para sentir como propias, porque propias son, las ajenas hambres. Ojalá nos duela el niño que muere de sed y nos conmueva el que juega con chapitas de botellas en cualquier barrio del mundo. Ojalá sepamos reconocernos en los otros, en sus miradas, en sus pasos, en sus heridas. Ojalá tengamos la valentía para luchar por un mundo mejor, uno que es imprescindible para que nuestros niños y nuestras niñas puedan crecer, alegres, completos y libertarios.

Ojalá seamos más humanos y nos dejemos conmover por un atardecer y por el aroma de una flor que crece risueña en los resquicios de la acera. Ojalá sepamos cómo detener en el recuerdo el sonido de las hojas de un árbol mecido por la lluvia y nos embargue los recuerdos una tarde sin sol en cualquier parque con cielo y no en un centro comercial con vidrios y vidrieras.

Les deseo, y me deseo, para este 2010, toda la risa y todo el dolor que nace de la aventura del vivir, de amar, de rozar lo amado y recordar lo perdido. Que nos amanezca siempre el olor del café recién colado y nos duerma con tibieza un cielo limpio de humos y contradicciones.

Que nos regalen nuestros hijos, nuestros sobrinos y nuestros nietos, el color con que miran el mundo en los papeles garabateados de la vida recién inaugurada, que nos presten de vez en cuando su estatura para aprender a mirar las ventanas y las pelotas, que desde sus tallas de mágicos enanos tienen otro sabor y otras texturas. Que nos den en concesión por un par de minutos sus ojos para mirar y mirarnos las estrecheces y las sombras que vamos adquiriendo y acumulando con los años y que nos regalen un poco de su desparpajo y su risa para espantar los dobleces del alma.

Deseo, nos deseo, un domingo que tenga el sabor del pan recién horneado y la lectura de un diario que no dé cuenta de las muertes, sino de las vidas vividas. Que un día nos amanezca el amor más hondo, el más limpio de culpas para que nos devuelva la alegría de amar y ser amados.

Y que de vez en cuando y sin previo aviso nos asalte al doblar una esquina, una duda, un silencio, un llanto, llano y prolífico que nos muestre y nos demuestre que humanos somos y que no caben en nosotros más certezas que la de la muerte.

Nos deseo también una tarde de buenas conversas y buenos amigos. Una noche de soledades. Un libro para meterse y perderse, un poema de amor, una sonrisa a solas, un roce amado, una madrugada de pasiones, un insomnio, una buena pregunta que no tenga respuesta y una respuesta a algo que aún no hemos preguntado. Deseo en fin, que este 2010 nos encuentre dispuestos a jugarnos la vida por la vida misma, por nuestra infinita capacidad de amar, de sumar voluntades y de juntar sueños. Ojalá seamos capaces en este 2010 que se aproxima a ser mejores, mejores seres humanos, pero no por miedo a infiernos de mentira ni por temores a dioses diversos, sino porque nos nace del centro mismo de la convicción que no estamos solos, y que las otras y otros que pisan la misma Tierra, son al final de cuentas un claro y llano “nosotros”.


Nos leemos nuevamente en 2010…

¡Feliz Año Nuevo!

sábado, 19 de diciembre de 2009

José Javier Sánchez, memorias de hace poco


Hay una poesía que surge de las nuevas voces, de las voces jóvenes, que sin embargo llevan entre sus pliegues todo el dolor y la memoria de las gentes, sus sueños y sus derrotas. Hay una poesía que aunque joven tiene el sabor de otros años, la textura de la vida ida, de las ancestrales desgarraduras del alma. Esa es la voz de José Javier Sánchez (Caracas, 1970), poeta venezolano, palabreante de la magia que sabe nacer del papel y entregarnos sin envoltorios los ecos de las calles de Caracas, de la vida que nace y muere en un país colmado de ausencias y de esperanzas.

“El hambre de los barrios no es igual al hambre de los pueblos, / ni a la de las urbanizaciones, ni a la de los conventos. / Es un hambre distinta. / A fin de cuentas lo importante es no ser desnutridos del alma / y aunque el niño, el joven o el anciano le dan un distinto tratamiento / si usted es un niño del barrio y llega a ser del barrio anciano / seguro pasará por todo esto”.
(Allá arriba en los barrios de Caracas, fragmento)

Fragmentos para una memoria, publicado por la Editorial El Perro y La Rana, en 2007, es una colección de imágenes, de fotografías que muestran barriadas y amores, hambres y anhelos. Cada verso es un trazo, una pincelada… cada poema un grito, una angustia, una verdad sin cortapisas, sin sombras. Tiene su poética las voces todas, las risas y los llantos, el amanecer de un día cualquiera y la bala que cruza la rabia en cada palabra.

“lástima que la muerte insista en imponerse / y le ofrezca pistolas o pipas de crack a los adolescentes / y les garantice una nota de prensa en el mejor de los casos / lástima que ya no sea tan muchacho / la mayoría de ellos no crea en lo que escribo / y ahora los vea desde la otra acera / pistola en cintura soñando con comerse una parrilla en El Junquito / o tener una moto o pisar los dieciséis a regañadientes”.
(Estos versos que no pretender ser un epitafio, fragmento)

El poema es también denuncia, porque el poeta es pueblo y sabe del café colado y del hambre y de la muerte. Sabe también de amores y buenos vientos, aunque de vez en cuando se le crucen borrascas de llantos. Esta poesía joven bañada de augurios y de algunas certezas encuentra en el poeta el silbido y el naufragio, porque en la voz de José Javier Sánchez bullen todas las otras voces, las nuestras.

“Allá arriba en los barrios de Caracas / El hambre es el sol y el firmamento / los niños la espantan en la calle jugando fusilando callejero / se le ocultan jugando al escondite, / en un papagayo la elevan al cielo. / La baten contra el piso con sus trompos / le golpean con sus metras el rostro / con sus gurrufíos la mutilan, la aniquilan, / siempre la corren con sus juegos”.
(Allá arriba en los barrios de Caracas, fragmento)

Y un poema de amor que no salva el mundo, como escribió Pereira, estalla en el papel. Amando los odios y los cuerpos José Javier Sánchez desanda los caminos y desata las humedades. Una mujer como una imagen, como un susurro, como una caricia que se convierte en la palabra justa, en el roce y en el verso.

“Esperaré a que usted llegue y se desnude / para endulzar mi aliento con sus besos, / calmar mi sed en el mar de sus entrañas, / encontrar la paz en el regazo de su orgasmo. / Luego la adoraré; la haré santa; Diosa Africana. / Será usted mía y le daré la libertad de partir cuando le plazca”.
(Despójese de sus harapos y sus trastos, fragmento)

Se presiente la calidez de los sonrojos en los versos de José Javier, como una invitación a recorrer sus versos para adentrarse en esa Venezuela de roces, de contradicciones, de luchas, de avanzadas. Todo lo humano, lo divinamente humano, cabe en su poesía, por eso es tal vez es un descubrimiento hallar sus palabras que tienen la dimensión exacta de la memoria y del eco.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Juan Gelman, hacia el sur


La poesía no se hace sola, no la escriben los poetas encerrados en sus soledades, sino que es más bien, voz y verso de todos. Son ecos de los ecos, de los tiempos idos y de los bares, de las calles, de las plazas, de los sueños. Así son precisamente los versos de Juan Gelman (Buenos Aires, mayo de 1930), ese poeta que sabe de torturas, de desapariciones, de exilios, de luchas y de esperanzas. En él, en sus palabras que esgrimen el canto y el fusil, cabe la América mayúscula, la que duele y resuella la siembra y la sangre. Gelman poeta imprescindible de estas tierras y estas gentes, poeta que a viva voz denuncia el miedo y el atropello, la pérdida y la memoria, escribe y canta el poema, escribiéndonos y cantándonos las risas y los llantos.

“A este oficio me obligan los dolores ajenos, / las lágrimas, los pañuelos saludadores, / las promesas en medio del otoño o del fuego, / los besos del encuentro, los besos del adiós, / todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre”
(Arte poética, fragmento)
Se trata de resistir, a la muerte, al odio y sobre todo al olvido. Resistir, resistiendo juntos, amando en los odios y en las desgarraduras del alma. A Gelman le asesinó la dictadura lo más hondo de sus entrañas y siguió resistiendo, aunque un poco más muerto. Trataron de acallarlo y su silencio estalló en todas las esquinas, desempolvando las sombras con las que incendiaron el Sur. Por eso su palabra es siempre presente y es grito y faro y es nomeolvides.

“Sentado al borde una silla desfondada, / mareado, enfermo, casi vivo, / escribo versos previamente llorados por la ciudad donde nací. / Hay que atraparlos, también aquí / nacieron hijos dulces míos / que entre tanto castigo te endulzan bellamente. / Hay que aprender a resistir. / Ni a irse ni a quedarse, / a resistir, / aunque es seguro / que habrá más penas y olvido”.
(Mi Buenos Aires querido)

Gelman interroga con sus versos y las respuestas son las lecturas que cada quien y cada cual hace de sus palabras. Y porque calla la certeza es que despierta la duda en cada página. Son sus poemas un viaje al sur, al sur de América y a América del Sur, donde anidan los cóndores y las altas cordilleras. Su poética es la del combatiente que no ha perdido jamás la ternura y se entrega con la hondura de todas las humanas pasiones.

“te escribo en una hojita de papel / caída del cuaderno del hijo / con una baca un vurro / sumas restas / esta carta que enviaré jamás / tiene delicias y tristezas / y cuando la leías te ponías muy dulce / porque yo no escribía nada / pero cantaban los pájaros / azules de la izquierda / volaban a tu sombra y callaban / con los ojos abiertos / como memorias en la noche”.
(Carta)

El amor con todos sus nombres aparece en los versos del poeta argentino. Es la mujer con nombre de patria, de tierra olorosa al campo y a la labranza, a la ciudad y sus recovecos y a los ecos del alma. Cada vértice, cada cóncavo sentimiento emerge de las fronteras, la de la piel y la de los mapas.

“ya que navegas por mi sangre y conoces mis límites y me despiertas en la mitad del día para acostarme en tu recuerdo y eres furia de mí paciencia para mí dime qué diablos hago por qué te necesito quién eres muda sola recorriéndome razón de mi pasión por qué quiero llenarte solamente de mí y abarcarte acabarte mezclarme en tus huesitos y eres única patria contra las bestias el olvido”
(Preguntas)
Es el poeta y el poema un gesto, una caricia, un batir de alas, una mañana, una duda, la sombra, la noche, la tregua, la mirada. Poesía que sabe mostrar y mostrarse abierta al recuerdo y a las entrañas, la voz de Gelman es voz del sur que aún reclama
.

Rafael Alberti, poesía marinera

Vive en su voz la mar, las aguas del destierro, el vaivén de la esperanza y la vida que no muere ni espera sino que se agita libre entre las olas. Poesía marinera es la de Rafael Alberti (Puerto de Santa María, Cádiz, 16 de diciembre de 1902 - ibídem, 28 de octubre de 1999), poesía que supo y sabe cantar las sombras, los musgos, el sexo, la muerte, los ires y los venires de todo cuanto está vivo y late en la memoria. Rafael Alberti poeta de la República Española, el que tiene voz de exilio, voz de aguas, de ríos, de mares, de sueños. Rafael Alberti el poeta marinero que surca las hojas con que llega libre y colorido a esta otra orilla que también lo nombra.

“Hoy las nubes me trajeron, / volando, el mapa de España. / ¡Qué pequeño sobre el río, /y qué grande sobre el pasto / la sombra que proyectaba! / Se le llenó de caballos / la sombra que proyectaba. / Yo, a caballo, por su sombra / busqué mi pueblo y mi casa”.
(Canción 8, fragmento)

Alberti amó lo más libre, lo más alto y lo más hondo de las gentes. En sus andares llegó al Chile de Allende de la mano de Neruda y desgarró su voz y su suerte con sus muertes. Porque supo del compromiso del poema y abonó la tierra con sus versos es que viven los que mueren por la vida, como cantó Alí Primera. Por eso, por su palabra profunda, por su canto encendido de esperanzas, por sus verbos libres y adjetivos justos es que Alberti, poeta marinero, es voz de la España que quiso ser República y que hoy renace en estas tierras.

“No los creáis, cubría / su rostro la misma máscara. / La lealtad en la boca, / pero en la mano una bala. / Al fin, los mismos en Chile / que en España. / Ya se acabó. Mas la muerte, / la muerte no acaba nada. / ¡Mirad! Han matado a un hombre. / Ciega la mano que mata. / Cayó ayer. Pero su sangre / hoy ya mismo se levanta”.
(Al presidente de Chile, Salvador Allende)

La mar es en Alberti una mujer. Enamorado de su silueta, de sus formas y sus orillas, el poeta marinero, alza la humedad en el verso. Su poética del compromiso, sabia y paciente, le abre espacios al deseo, savia y simiente. La mar dice Alberti, la mar con sus estrepitosas olas, con sus vientos y sus sales, sus aromas. La mar es una mujer y el verso la desnuda.

“Subes del mar, entras del mar ahora. / Mis labios sueñan ya con tus sabores. / Me beberé tus algas, los licores / de tu más escondida, ardiente flora. / Conmigo no podrá la lenta aurora, / pues me hallará prendido a tus alcores, / resbalando por dulces corredores / a ese abismo sin fin que me devora. / Ya estás del mar aquí, flor sacudida, / estrella revolcada, descendida / espuma seminal de mis desvelos. / Vuélcate, estírate, tiéndete, levanta, / éntrate toda entera en mi garganta, / y para siempre vuélame a tus cielos”.
(Canciones para Altair, fragmento)

Alberti, poeta y pintor de los mañanas imprescindibles, ese que supo decir el color y pintar la palabra, fue y será siempre voz necesaria. Hay que volver, una y otra vez al recuerdo, al futuro. Decir presente a los presentes y no olvidar nunca. Ese es el amor poema, versos nacidos desde el siempre y el ahora. Artista plástico y poeta, Alberti no vendió su palabra, sino que vivió el tiempo y el mañana. Fundó con su obra una proclama, una bandera sin mástil, creyó lo creíble y cantó la esperanza.

“Creemos el hombre nuevo / cantando. / El hombre nuevo de España, / cantando. / El hombre nuevo del mundo, / cantando. / Canto esta noche de estrellas / en que estoy solo, desterrado. / Pero en la tierra no hay nadie / que esté solo si está cantando. / (…) / Nada hay solitario en la tierra. / Creemos el hombre nuevo cantando”.
(Canción 37, fragmento)

Roque Dalton, la palabra al viento

Lo cierto es que lo asesinaron, pero siguió diciendo. Lo cierto es que cayó por las balas, pero siguió escribiendo. Lo cierto que es lo mataron, pero se empeñó en seguir viviendo. Ese es Roque Dalton, el de la muerte compañera y traicionada, poeta de ese El Salvador de contradicciones y de luchas, de palabras, de sones, de vidas, de lluvias.

La Taberna y Otros lugares, libro de poemas con el que Dalton ganó en 1969 el Premio Casas de las Américas, es un irreverente viaje a la memoria de las luchas de esta América mayúscula. Roque Dalton (San Salvador, 14 de mayo de 1935 - 10 de mayo de 1975) late en los sueños y vibra en las palabras con que narró el mundo, el suyo, el nuestro… Este poeta fue más que un poeta, fue un combatiente, un fiel amante de las libertades, las individuales y las colectivas, por eso su nombre es un puente y una bandera, una invitación sin despedidas.


“Carlos Marx / maravillado ante una mariposa. / ¿Es que eso / tiene algo de confesión? / El Secretario General del Comité Central / se mete el dedo gordo en la nariz. / Por el contrario / eso, / ¿bulle de humana hermosura? / El bello niño / (recién expulsado de nuestras filas, pero aún bello) / recibe un tiro en el ojo / y todos los buitres del mundo / piden permiso para entrar en la ciudad. / Oh mariposas para enmudecer! / AH oficinas de la Revolución! / Lo que soy yo me compro una pistola”.
(Por las dudas)


También el amor se enciende en sus versos, el cuerpo infinito del deseo, la caricia sin dobleces, el amasijo de sudores y humedades, las manos, la duda, los ojos… lo humano sin sombras, la pregunta que de tanto silenciarse se vuelve eco de otras voces.


“Cuando anochece y tibia / una forma de paz se me acerca, / es tu recuerdo pan de siembra, hilo místico, / con que mis manos quietas / son previsoras para mi corazón. / Diríase: para el ciego lejano / ¿qué más dará la espuma, el polvo? / Pero es tu soledad la que puebla mis noches, / quien no me deja solo, a punto de morir. / Somos de tal manera multitud silenciosa…”
(Tu compañía)

Estos poemas nacieron al calor de susurros y conversaciones que el poeta escuchó de otros revolucionarios y obreros en una taberna de Europa del Este, son la suma de muchas noches y otras tantas reflexiones que dan cuenta del pensamiento y la utopía de una época, de un tiempo que no termina, porque cabalga a pelo sobre la historia. Son sus palabras voz profunda que se levanta contra las injusticias, porque Dalton fue de esos poetas comprometidos con las gentes y sus heridas, de allí que su palabra siga viva, cálida en las lecturas de nuestros roces y éstos, sus mismos sueños.

“Encallecido privilegio este orgulloso sufrir, / no se rían. / Yo, que he amado hasta tener sed de agua, luz sucia; / yo que olvidé los nombres y no las humedades, / ahora moriría fieramente por la palabrita de consuelo de un ángel, / por los dones cantables de un murciélago triste, / por el pan de la magia que me arrojara un brujo / disfrazado de reo borracho en la celda de al lado…”
(Algunas nostalgias)


No hay ni habrá nunca un sepulcro que aprese las incendiarias palabras de este hombre, poeta y revolucionario. No habrá porque no se pueden cortar las alas de los pájaros en vuelo, y la muerte no es más que un intento de acallar lo que gritó en todas las esquinas y en todas las hojas que sus manos cubrieron de tinta. Los buenos poetas, los rebeldes con causa, los quijotes del tiempo, los labriegos, los obreros, los militantes de la esperanza no mueren, sino que viven para siempre en la memoria.


“País mío vení / papaíto país a solas con tu sol / todo el frío del mundo me ha tocado a mí / y tú sudando amor amor amor”.
(Temores, fragmento)

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails