Silbar, salvar

Con un silbido era capaz de recomponernos, encontrarnos, darnos las señales que nos devolvieran al lugar justo donde estaba él.  Su boca era de pronto un pájaro que nos llamaba y así dejábamos de estar perdidos.

El silbido de mi padre nos convocaba cuando todos eran rostros extraños.  Estoy lejos para escucharlo y lo escucho. Entonces, por más que me prometí no tomar partido en las guerras que no llevan mi nombre, imagino sus labios cantándome en clave de gorrión y me doy cuenta que esta otra batalla corre corriente arriba y me estalla.

Entonces y solo entonces, advierto que este sol de invierno, que esta nostalgia Caribe, que este pulso de eucaliptos, me clava a la tierra y las raíces silban en medio del desierto que soy.

Esta guerra también es mía porque pese a todo creo, porque respiro y vibro en los ángulos del cielo. Porque vengo de las heridas y el fuego y atiendo al llamado de las aves, que como en la memoria silban como viejas conocidas, que en su batir de alas conquistan la libertad a lomo del viento y el vértigo. 

Contracorriente


Rompe con los remos la quietud aparente del agua, como si con ese gesto desenredara la tristeza que queda en la orilla antes de embarcar.

Con los pies en tierra y el corazón en cualquier parte me pregunto si el país está en la memoria del aire, donde flota el olor a praliné como un alfabeto de la infancia.

La extensión de la memoria perdura en el amanecer que alumbra a trazos nuestros cuerpos desprovistos de cualquier certeza. 

El país, este país de bandoneones y milongas, de adoquines rotos, de parques con sol un domingo, guarda casi todos los adioses y más de una esperanza.

Es cierto, llegué a sus brazos cuando todo es posible e imposible.

El país, este país largo como un río oscuro de tierra, como una herida o una grieta, convoca a la loca aventura del mañana. A la nuestra tal vez, que sabemos también de la caricia que por suerte amenaza con romper la estela del naufragio.

Crucigrama

La desesperanza está hecha por quienes  cansados de esperar dejan de tocar las aldabas de la tristeza y abandonan el último optimismo.
Está llena de domingos de lluvia, de jueves a solas, tazas vacías, cielos grises, andenes repletos y pájaros cansados de la primavera.
Es un paisaje de ausencias y espejos empañados del vapor de la ducha y sábados, también sábados de sol que se marchitan a los pies de un banco de plaza en el que picotean palomas blancas que no traen consigo la paz.
La desesperanza es el mosaico de la palabra que no dice ni nombra pero que pese a todo nos salva del tiempo, del llanto y la terapia.
Es un abrigo sin remiendos que recién estrena la nostalgia y se detiene en el beso de dos amantes, viejos conocidos, que gastaron sus cuerpos y se entretienen con los crucigramas del diario.

Saudade

El eco del mar, una puerta cerrada, una aldaba de bronce, un sueño, el insomnio y tu nombre.
La cocina con frutas de estación, una cama al amparo del frío, un garabato a cambio de la sonrisa, el cansancio de tanto esperar.
El cepillo de dientes de cerdas gastadas, el café que se empoza y se enfría.
Una hoja, un amuleto que conjure la incertidumbre.
Una taza olvidada en el desorden del auto, una telaraña saluda desde el cielo raso, el gato sin botas que maúlla desde el techo del vecino.
Un cuaderno rojo, una bufanda que duerme en la valija vacía.
Un andén donde arde el abrazo y te miro, creyendo que es posible, una vez, esta vez, hacerle justicia al destino. 

Olores

Alargo la mano para tocar el aroma del queso derretido en aceite de oliva. Cierro los ojos y la oscuridad de los párpados tiene el tacto del café. Probablemente los olores sean la patria del recuerdo, allí donde amamos hay un rastro que queda en el aire y que nos recompone en una geografía olfativa que nos es única.
Los jazmines me traen siempre la imagen de mi madre y las violetas iluminan mis pasos sobre un escenario que dejé olvidado hace décadas.
El olor a la lluvia sobre la tierra huele a esperanza y a sueños que aún sueño.
Ahora el largo etcétera de las nostalgias se dibuja en la fruta madura, en los árboles cargados de mangos, en el mordisco de una pumalaca.
Retomo los viejos aromas de la infancia y guardo otros para hacer memoria de la distancia que he puesto entre todos los exilios.
Me aguarda el abrazo de un beso que huele a yerba y manzana. Es pronto aún para colgar en el ropero de los olores la calma de tu tacto que sabe de la vieja madera húmeda donde se apilan de madrugada las verduras.

Luciérnaga


De niña lo intenté. Traté de atrapar luciérnagas y encerrarlas en un frasco. Nunca tuve éxito. Hoy, soy una luciérnaga. Y la niña que fui pudo al fin atraparme. Delicadamente me introdujo en el recipiente. Pese a que hizo orificios a la tapa, me apago. Poco a poco dejo de alumbrar, porque soy también un país que naufraga entre los cristales. No tiene sentido estirar las alas cuando la inmensidad del paisaje se estrella contra el vidrio. Encenderse carece de sentido cuando la que fui ha dejado de mirarme para dormir atravesada por la fantasía de habitar un frasco de mostaza vacío. La luz brilla cuando es de noche en tus ojos.

Romperse


Estoy rota. Seguramente volveré a juntarme de algún modo. No sé cuándo ni cómo, pero cada gesto, cada abrazo, cada risa y llanto, cada caricia, encontrarán el modo de hacerme de vuelta. Sé que no soy la única que anda en pedazos tratando de estirar la vida.
Deshecha de todo lo que creía, me guardo en el abrazo de mi madre a la distancia. Canto en la voz de una niña que me alumbra desde lejos. Transito en la complicidad de una mujer que se parece a mí pese al abismo que hay entre nosotras. Pervivo en la ternura de Pablo que me devuelve nueva en el recuerdo y en los jacarandás que adivino en la memoria. Persisto en las calles vacías y rotas de la ciudad donde vivo y en el grito sin fondo de la consigna.
Estoy rota cuando el reloj marca las 3:00 AM y estoy despierta. Cuando me pregunto por la vida y el tiempo se me escapa, cuando escribo tratando de anclar lo que queda a tus ojos, que estás ahí sobreviviendo también conmigo.

Quedarse




Elegimos nuestro exilio. Algunos cruzamos las fronteras de la tierra y otros las del alma. A veces ambos adioses se encuentran y entonces, justo entonces, lo abandonamos todo.
Aunque dudé, dicidí quedarme en la estación donde las palabras dicen lo que pienso.
En la esquina donde un abrazo vale el tacto del afecto verdadero.
Eché raíces en la línea que se dibuja en el asombro, porque aún quiero la conmoción de la vida.
No me resigno ni al silencio, ni a la rabia del deambular por las calles y encontrarme con el hambre, los pies descalzos de la miseria niña que debería tener la infancia que llevo en los dobladillos de la memoria.
Me permito la destemplanza de la desilusión al constatar que despertamos de un sueño para enfrentarnos a la pesadilla. Claudico del odio. No quiero muertos ni a mis enemigos, a ellos, a los que se llevaron una a una las hojas del futuro, los condeno al olvido y a una historia que no valdrá nunca la pena contar porque son los fantasmas de una casa que se ha caído a pedazos.
Instalé el llanto en las líneas que separan los días de los almanaques, donde marqué con tinta roja las ausencias, en el inventario de adioses sin la estridencia de las fotos de Cruz Diez.
He levantado mi hogar en las distancias y he hecho de mi patria un balcón donde amanece y se secan las ixoras sedientas.
Edifiqué la fortaleza en los domingos en que me olvido de todo y bailo a Silvio, recordando que alguna vez tuve la gracia de una bailarina que soñaba el mundo en las luces de un teatro.
Y cada lunes me exilio de mí misma, porque las derrotas se desparraman en la conciencia como charcos de lluvia en una mañana imposible de cargar a cuestas sin el peso de todo lo que duele y desnuda.
Los viernes, cuando corro desesperada para alcanzar el silencio y quedarme al abrigo de  lo que callo, borro los vestigios del cansancio, sacudiéndome de la ropa las migas de pan que se fueron juntando impotencia tras impotencia y desconcierto de por medio.
Elegí quedarme porque soy testaruda, porque creo en la magia de los hombres, en la verdad de la poesía, en la insistencia de mirarte y encontrarme en ti, en la esperanza pese a todo y pese a todos, en la constancia de creer en lo que hay de bueno en nosotros, en la certeza de que después del diluvio el aire estará más limpio. Elegí quedarme aunque me vaya. Elegí quedarme aunque me quede.
El exilio más desgarrador es ver partir lo que quedaba del deseo. Tal vez, algún día desandaremos el camino, tal vez volveremos y entonces, una bandera, un grito, un sueño, una frontera, serán apenas eso, una bandera, un grito, un sueño, una frontera. Y nosotros, todos nosotros, habremos elegido quedarnos para abrazarnos a lo que aún puede ser el mañana.



Resanar

Está bien sentirse derrotado, es un derecho que nos ganamos los que esperanzados perdimos la luz. Está bien sentirse abatido por la realidad que nos pasa por encima con los autos de lujo y las vacaciones de lujo y la comida con la que no podemos ni soñar. Está bien sentirse vencido cuando la vida se ha vuelto una cuenta que no cuenta de nosotros sino de las cosas que hemos dejado de tener. Está bien sentirse roto en una época en la que el ruido, la prepotencia y el desamor son los signos de los tiempos. Está bien el desaliento, el desanimado andar por la vida como si todos los días fueran de domingo de lluvia. Está bien darse cuenta que nos han triturado cada centímetro de esperanza. Está bien. Nos pasa a todos.
Pero, pese al cansancio, el agotamiento y el fracaso, lo único que no podemos permitirnos es capitular. Seamos añicos, virutas de un futuro que tal vez no pueda ser, pero por nada del mundo seamos como ellos, los responsables de la derrota y el desaliento. Seamos estos pedazos que todavía pueden juntarse y resanar las heridas desnudas de la fatiga donde nos miramos como viejos conocidos de la utopía, porque ahí, en esa grieta que creemos irreparable, también habita la belleza humana. 

2019 de mandarina


Vivimos en un país mandarina. Somos los sobrevivientes de las primas hermanas de las naranjas. Vamos perdiendo gajos en cada mordida del adiós y quedamos como las semillas solitarias sobre el mantel de la mesa. Nos van faltando afectos y esperanzas, sumamos despedidas a la velocidad de un atardecer frente al mar.
La patria, la noción de ella, no vive en las banderas ni en la tierra, la patria es la del recuerdo del abrazo, la de la risa que nos junta, la del futuro que soñamos. Somos las hebras de una mandarina que adivinamos por la piel que descansa a los pies del plato. Somos los portaestandartes de quienes creímos en transitar hacia el porvenir y llegamos sin preámbulo a la orilla de esta nostalgia.
País de mandarina, tiempo de azahares que fuimos alguna vez en la espesura de los árboles fecundos.

Silbar, salvar

C on un silbido era capaz de recomponernos , encontrarnos, darnos las señales que nos devolvieran al lugar justo donde estaba él.  Su boc...