Bonasso: La memoria en donde ardía

Buscando tal vez otros libros en la Librería del Sur, me encontré por casualidad con La memoria en donde ardía, de Miguel Bonasso, publicado por la editorial Txalaparta, Navarra 1992.

Periodista argentino, Bonasso asume desde la sensibilidad comprometida con la tierra y sus gentes el desexilio de un hombre desterrado de sus cotidianidades durante la dictadura argentina de la década del setenta.

Vuelve del pasado a reencontrarse con el tiempo. Vuelve queriendo y sin querer. Se pregunta, duda, sueña y sigue buscando las verdades que de una u otra manera lo liberarán, eso cree. Viene de una generación cargada de memoria, donde los ecos resuenan y hacen estallar los cristales del presente. Memoria, memoria para liberar y construir el futuro.

Los amigos, la familia, los hijos, el amor… se tejen en una historia contada para recordar y rescatar lo mejor de una generación de soñadores que supieron sembrar sus vidas por la libertad y la justicia. Entregaron sus vidas, jóvenes, recién estrenadas, como ejemplo de lucha.

Bonasso con su novela dice y nos dice que están, están vivos, en cada gesto, en cada vuelta de las madres y sus pañuelos blancos cada jueves en la Plaza de Mayo. Los desaparecidos, los asesinados, los jóvenes mutilados de su futuro, están cuando se los nombra, cuando se los recuerda, cuando se llora cada uno de los días de sus ausencias.

La novela es la constatación de que no hay justicia sin memoria, que es necesario recordar para salvarse y para salvarnos. Que se puede y que se debe hacer arte desde el compromiso, desde la contextualidad del tiempo, demostrando así que los escritores no viven encerrados en una burbuja, alejados de los haceres y sentires de los pueblos, sino más bien que son ellos voz de muchos y voz de todos.

No sólo los desaparecieron, rara manera de matar que veda la posibilidad del llanto de los vivos, sino que también y como una fina forma de tortura, muchas y muchos jóvenes de aquellos años y de aquellos suelos, partieron al exilio. Habitantes de otras tierras, obligados a desprenderse de sus rutinas, de sus afectos, los exiliados políticos de las dictaduras militares de los setenta, se encontraron expulsados de cada uno de sus gestos cotidianos, que es una manera de morirse un poco.

La memoria en donde ardía es también la historia del destierro y de su viceversa, porque después de tanto tiempo, volver es volver a lo ajeno, porque el mundo que se quedó anudado en la memoria no es el del presente, sino otro que se fue haciendo a través de la distancia.

Bonasso reconstruye las desgarraduras de esa juventud mutilada, de la Argentina de los setenta, pero abre una brecha, una diminuta tregua en la que apenas se alcanza a vislumbrar una esperanza, mínima tal vez, pero suficiente para aferrarse a ella. Es esta otra juventud, la de ahora, la que se ha salvado del embrujo de las pantallas y de la inmediatez, esos pocos o esos muchos que tendrán que recordar y salvar de la desmemoria los naufragios vividos para poder hacer del futuro un lugar mejor.

“El pasado es mi identidad, mi columna vertebral. Está muerto y vivo a la vez, pero ha vuelto a ser mío. Para siempre. Para los veinte años o los veinte segundos que me queden de vida. (…) La lucha continúa. Con la necedad del niño que construye castillos de arena o cava pozos para encerrar el mar. Edificamos en el aire, frente a estrellas que murieron hace millones de años, a constelaciones que aún no nacen, a entropías varias y otros juegos de barajas que amenizan la eternidad. Porque nuestra casa es la historia. Y a nuestra casa acabamos de regresar”.

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