domingo, 13 de junio de 2010

Mahmud Darwish: voz irrevocable de la Palestina posible

Tenía seis años cuando el pueblo donde nació fue destruido por tropas israelíes. Mahmud Darwish (1942, Barweh, Galilea – 2008, Houston. EE.UU.) fue y sigue siendo uno de los poetas más leídos del mundo árabe. Su voz es la de la Palestina que sobrevive y que exige la concreción de la utopía. Sus versos tejen y destejen las caricias y los gritos que buscan tender puentes, revivir la esperanza mientras mueren los sueños que se erigen tras los muros.
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Fue él testigo del exilio, del desalojo, del hedor de la muerte que emanan los adioses sin tumba. Palestina se convirtió en su palabra en una metáfora de la pérdida del Edén, el nacimiento y la resurrección del suelo y el andar de sus gentes.

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Proponemos volver a su lectura como ejercicio imprescindible de solidaridad con su pueblo. De reconocimiento a esa Palestina que tiene derecho a la vida, que tiene derecho a la paz, como todos los pueblos y todas las tierras.

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“A lo lejos, detrás de sus pasos,
el lobo muerde los rayos de la luna.
A lo lejos, delante de sus pasos,
una estrella ilumina la copa de los árboles.
Y cerca de él
sangre que corre de las venas de la piedra.
Así camina, camina y camina
hasta difuminarse por completo
y que la sombra se lo beba al final de este viaje.
Qué soy yo sino él,
qué él sino yo
en la desemejanza de las imágenes”.
(Que soy, sino él)

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Hace apenas unos días el Estado de Israel volvió a la carga con sus armas. Abordó en medio de la obscuridad de la noche uno de los barcos que componen la Flotilla de la Libertad, y que aún en aguas internacionales, navegaba con destino a Gaza, portando un infinito arsenal de solidaridades. El empleo de la fuerza realizado por Israel contra la flotilla humanitaria es uno más de sus actos contra el ser humano y sobre todo, contra la posibilidad de construir la paz auténtica y el reconocimiento de las otredades.

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“¡Bendita sea la vida! 
¡Y benditos los vivos sobre la tierra! 
¡No bajo los tiranos!
¡Viva! ¡Viva la vida!
Hay luna sobre Baalbek.
Y sangre sobre Beirut”
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Canta y sigue cantando Mahmud Darwish, en la completa noche de una piedra que resbala sobre el frío metal de un tanque.
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Este poeta de voz tibia y desgarrada tiene el tiempo anclado en sus ojos y el futuro en las pestañas. Caben en él las voces todas de una geografía azotada de misterios y obligados silencios.

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“Le gustó una palabra,
abrió el diccionario,
no la halló,
no logró darle un significado nebuloso...
Pero de noche le habitó
musical, con
un alma vaga.
Dijo: Necesita un poeta
y una metáfora con que verdee y enrojezca
en la superficie de las noches oscuras.
¿Y?
Halló el significado
y perdió la palabra”.
(Aquella Palabra)

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Es este pueblo y muchos otros. Es el andar de las gentes. La sonrisa queda. El grito ahogado. La mañana sin sol. El arado sin siembra. Es la vida. La muerte. Es todo lo que son, lo que somos.

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Algún día, en algún tiempo, serán los vencidos, los vendidos, los ningunos, los ninguneados, los extraños, los solos, los muertos, los que contarán el tiempo y serán días más claros…

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“Tengo la sabiduría del condenado a muerte:
No tengo cosas que me posean.
He escrito mi testamento con mi sangre:
“¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!”.
He dormido ensangrentado y coronado con mi mañana...
He soñado que el corazón de la tierra era mayor que
Su mapa
Y más claro que sus espejos y mi cadalso”.
(Tengo la sabiduría del condenado a muerte, fragmento)


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