martes, 1 de noviembre de 2016

Diálogo



Un grito lanzado en medio del desierto sin que nadie lo oiga, ¿es acaso un grito? El llanto del niño a media noche, en la oscuridad, sin una madre que consuele la pesadilla, ¿es un llanto? Un poema de amor sin destinatario, ¿llega acaso a ser una declaración? ¿Qué vuelve nuestra voz, voz humana, sino el otro que nos escucha, que nos mira, que nos toca? El otro, que es prójimo en esta loca aventura de vivir.

Dialogar significa en primer lugar encontrarse y reconocerse. Después, si es posible, vendrán las coincidencias. Pero lo primero, lo que es innegociable para que nuestra voz se escuche es tender un puente hacia el otro, acortando la distancia y sobre todo haciendo menos sola la soledad.

Y no, a menos que seamos ermitaños, en el mundo habitamos los distintos, los que pensamos, queremos y soñamos de diversas maneras. Todo es válido, siempre y cuando respetemos la existencia de quienes nos rodean aunque nos parezcan disímiles.

La voz, la voz humana, la voz más nuestra, siempre necesita ser escuchada por otros para que de puro deseo se transforme en realidad tangible.

Por eso la paz se edifica en primer lugar sobre las palabras, porque con ellas, cuando llegan a buen puerto, quiere decir a buenos oídos, se convierte en un clamor de muchos que puede hacer posible la conquista del silencio para volverse canto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es necesaria, la escucha activa.

Anónimo dijo...

Que bellas palabras, por momentos me sentí feliz al leerlas. Saludos

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