sábado, 31 de julio de 2010

La literatura de Nuestra América sabe de revolución

** El 26 de julio de 1953 un grupo de jóvenes cubanos tomaron por asalto el Cuartel Moncada, un hecho histórico que marcó un punto de inflexión para estas tierras y sus gentes


El asalto al Cuartel Moncada y el posterior triunfo de la revolución cubana, fue también el inicio de un movimiento literario latinoamericano que se fundó en la posibilidad de construir a través de la palabra y la concreción de aquellos sueños libertarios, una literatura mágica, profundamente humana y capaz de comprometerse con los sueños colectivos de los pueblos.



Militantes de la esperanza, estos jóvenes escritores de la década del sesenta y setenta, demostraron que eran capaces de hacer una literatura en toda la dimensión humana de los oprimidos pueblos de Latinoamérica.



Denominado el boom latinoamericano esta corriente –que tiene aproximadamente una década de extensión temporal- que hizo nacer o mejor, consolidar el realismo mágico que había creado el cubano Alejo Carpentier, dio al mundo obras como Cien años de soledad, Rayuela, La ciudad y los perros, y La muerte de Artemio Cruz, entre otros.



El boom no fue una escuela literaria, en todo caso, algunos críticos literarios afirman que se debió a la convergencia de una coyuntura histórica que despertó en muchas y en muchos la necesidad de dejar de manifiesto la originalidad del pensamiento latinoamericano. Y aunque, el paso del tiempo haya hecho que algunos de estos escritores hayan cruzado la orilla de sus pensamientos, por suerte, otros mantienen encendida la mirada crítica y comprometida de su juventud.



Con el boom, Latinoamérica dijo presente, rompió los esquemas europeos de la escrituralidad y se sembró en el imaginario colectivo de este lado del mundo. Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Adriano González León y José Donoso, fueron algunos de sus exponentes, y sus obras siguen siendo hoy referencia obligada para aquellos que deseen entender el coleidoscopio de colores, texturas, formas, sabores y olores que representa este subcontinente.



EL BOOM

Claro que el boom no nació espontáneamente y tiene a qué negarlo variadas influencias. Lo cierto es que los iniciadores de la novela contemporánea latinoamericana fracturaron definitivamente con el realismo. Echaron mano de la fantasía, el ocultismo, la riqueza mítica y la cosmogonía de las culturas indígenas para (re)crear la realidad, una realidad mágica, diversa y profundamente latinoamericana.



Esta pluriculturalidad y multietnicidad del realismo mágico le imprimió tal dinamismo a la producción literaria del boom que pudo cohesionar la novela latinoamericana en un macrocosmos con cierta unidad geográfica, cultural, social y lingüística. 
 
REVOLUCIONES

Casualidades o causalidades, la revolución cubana y el boom latinoamericano, irrumpieron en el escenario de los pueblos y las gentes. Ambos llevan el signo de la juventud y la libertad, ambos tienen como escenario la geografía de nuestro sur, ambos triunfaron y siguen viviendo entre los pueblos. La revolución cubana fue sin duda alguna un boom y el boom latinoamericano fue también una revolución. Así, en la década del sesenta esta tierra dejó por fin de ser el espacio de los impuestos silencios para convertirse en un canto a la esperanza. Los jóvenes barbudos que hicieron la revolución hace más de cincuenta años, en Cuba, le dijeron al mundo que era posible un nuevo orden y hoy, continúan diciendo y diciéndonos que más que posible es imprescindible continuar edificando una realidad más justa, más solidaria, en fin, más humana. Por su parte, los jóvenes que escribieron Rayuela y Modelo para armar, Cien años de Soledad o La Hojarasca y Juntacadáveres, entre tantos libros, siguen siendo esos libertarios quijotes que conquistaron el papel para regalarnos la magia de sabernos posibles. Ellos y sus libros, tienen ya cincuenta años cabalgando nuestro presente, porque hicieron una literatura joven e imprescindible.



A propósito del hilo conductor –a veces ideológico de los escritores del boom- José Donoso afirmó por aquellos años “creo que si en algo tuvo unidad completa el ‘boom’, fue precisamente en la causa de la revolución cubana”.



Y es que el surgimiento de la nueva literatura latinoamericana estuvo signada por un complejo contexto continental y mundial, en todos los órdenes: cultural, político, social, económico, religioso, antropológico, tecnológico y científico.



COMPROMISO

Aquellos años del nacimiento de una literatura que supo contar y contarnos cumplió junto a la revolución cubana cinco décadas. Cincuenta años de andar y soñar el mundo, de crearlo, fundarlo, hacerlo y escribirlo para los lectores de hoy. Y éste es buen tiempo para volver a esas lecturas, para volver a tomar la adarga y montar sobre Rocinante para continuar escribiendo nuestra historia. Tal vez, nazca un nuevo boom, con otra piel, pero con el mismo sabor a pueblo y a la mágica sonoridad de los pasos de este sur bañado por los vientos insomnes de las esperanzas.



Porque así como Latinoamérica ha renacido en esta última década, una literatura más comprometida, más mágica, presente, contestaria, lúcida, amorosa, radiante, sonora… debe también nacer de las mujeres y hombres que contando la tierra y sus rabias, sus alegrías y heridas, debe surgir del fuego de la palabra que diciendo habrá de nombrarnos.

LECTURAS DEL BOOM

Si está interesado en conocer a algunos de los escritores del boom latinoamericano, aunque no todos están considerados por los críticos literarios como de éste movimiento, puede adentrarse en la lectura de: El coronel no tiene quien le escriba (1958) y Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez; La ciudad y los perros (1963), La Casa Verde (1965) y Conversación en La Catedral (1969) de Mario Vargas Llosa; Aura (1962), La muerte de Artemio Cruz (1962), Cambio de piel (1967) y Terra nostra (1975) de Carlos Fuentes; Los premios (1961), Rayuela (1963), 62: modelo para armar (1968) y Libro de Manuel (1973) de Julio Cortázar; Tres tristes tigres (1967) y La Habana para un Infante Difunto (1967) de Guillermo Cabrera Infante; El obsceno pájaro de la noche (1970) de José Donoso; Sobre héroes y tumbas (1962) y Abaddón, el exterminador (1974) de Ernesto Sábato; Boquitas pintadas de Manuel Puig; El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964) de Juan Carlos Onetti; Yo, el Supremo (1975) de Augusto Roa Bastos; El reino de este mundo (1949) y El siglo de las luces (1962) de Alejo Carpentier; Paradiso (1966) de José Lezama Lima, y Un mundo para Julius (1970) de Alfredo Bryce Echenique.
 
 
CORTÁZAR FRENTE A LA REVOLUCIÓN CUBANA


“No creo que se pueda enjuiciar nada sin haberlo vivido. Eso es una pedantería y es una insolencia. Si hay escritores que sin participar en esos procesos los condenan, por razones de tipo teórico, allá ellos. Su opinión a mí no me interesa, ni me parecen importantes históricamente. Esos críticos responden a motivaciones muy diversas y la mayoría son gente de derecha que tienen especial interés en enjuiciar cualquier revolución o que son anti o contra revolución por definición. O bien son personas que tienen una tal suficiencia que consideran que sin haber conocido lo que está sucediendo en un país, en una sociedad, se permiten juzgarla desde afuera”.



Julio Cortázar

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