Fontanarrosa, una lectura necesaria

Inodoro Pereyra era un personaje obligado en las lecturas de los diarios. Con suerte y llegando a la hora justa era posible encontrarse con su autor en la mesa de siempre, con los amigos de siempre, en el Café El Cairo, al que muchos años después volví, pero con la mesa del Negro vacía, aunque servida.



Roberto Fontanarrosa (Rosario, Argentina 1944 - 2007) es uno de esos escritores que consiguió “noquear” en la primera línea, porque aunque fue un maravilloso dibujante de historietas, fue también un narrador de primera entrada y primer golpe.



Con él la cotidianidad encontró la voz para decirse siempre, para reírse de sí mismo y de los tropiezos con que la vida nos toma por asalto. El Negro Fontanarrosa es ícono de esa Rosario de mi infancia y por eso me permito meterme en estas Voces del Sur que lo evocan.



Todo en él fue y será siempre, saber de las calles y de los bares, de los amigos y las canchas de fútbol, de la vida que es y de la que tal vez nunca sea, en fin, el Negro fue de esos tipos que andan encendiendo transeúntes en las calles y en las hojas de sus libros. Por eso decía que “de mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”.



Y sí, sus libros son pare reírse, pero no con esa risa histérica nacida del miedo o del nervio, sino con esa que emerge de la constatación de lo que somos, rara especie animal que anda junta aunque se asuste de los otros.



El Negro fue un hombre que escribía y dibujaba con la sencilla convicción, con la certeza, de que podía hablarles a sus lectores de igual a igual, de codo a codo, como a seres capaces de reflexionar y reírse con las mismas cosas que él.



El fútbol encontró Fontanarrosa un apasionado escribidor de goles. Muchos de sus cuentos se centran en las canchas, en las profesionales y en las de los barrios que juegan con pelotas hechas de medias.



En 2004, Roberto Fontanarrosa fue invitado al III Congreso de la Lengua, que con todo rigor y pompa literaria se llevó adelante, precisamente en Rosario. Rodeado de catedráticos de la más alta alcurnia, la disertación del Negro fue tal vez una de las más recordadas del evento. Por atrevido lo recordamos, por su defensa de un lenguaje que nos nombre nombrando, que nos permita darle expresión al sentimiento.



“Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al Congreso, lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar”.



Ante ese mismo Congreso que reunió a académicos y escritores de toda Hispanoamérica, Fontanarrosa quien tuvo el privilegio de cerrar el encuentro, concluyó su intervención recordando al tanguero Alberto Castillo, que en un programa radial decía algo como “Yo soy parte de mi pueblo y le debo lo que soy; hablo con su mismo verbo; canto; canto con su misma voz”.



Y esa es la voz con que nos dice presente, para siempre, el Negro Roberto Fontanarrosa.




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