domingo, 4 de julio de 2010

Saramago, espejo del mundo

** “Hay finales que son también comienzos, muertes que son nacimientos” dijo el escritor uruguayo Eduardo Galeano con motivo de la muerte de José Saramago


 
“Hay finales que son también comienzos, muertes que son nacimientos” dijo el escritor uruguayo Eduardo Galeano con motivo de la muerte de José Saramago, ese portugués infinito que vivirá para siempre en el sabor de sus libros. Y es que este Premio Nobel de Literatura (1998), fallecido la madrugada del viernes 18 de junio, lega a las generaciones por venir las palabras con las cuales entender el mundo y sus múltiples aristas. Nos deja sus libros y también el ejemplo de un hombre que se animó a decir lo que pensaba y que sobre todo, tuvo la valentía de vivir como decía. De esos seres humanos hay pocos y nunca sobran, sino que siempre faltan.

Saramago, como dice Galeano, “seguirá siendo una voz entrañable y extrañable”, por necesario, por justo, porque su palabra nos convocó a ser más y mejores, a volar más alto, a sentir más hondo, a vernos en el espejo de las otredades.

SARAMAGO
Novelista, periodista, poeta y dramaturgo, oficiante de otras artes y otros oficios, José de Sousa Saramago, nació en Azinhaga, Portugal, en 1922. Tierra de pecado fue su primera novela publicada (1947).

Veinte años pasaron para que nuevamente su voz volviera a las páginas impresas. Dos libros de poemas: Os poemas possiveis y Provavelmente alegría, fueron los que en la década del 60 lo devolvieran al espacio de lo público.

Tal vez precisamente por lo espaciado de sus publicaciones, algunos críticos literarios lo consideran un “autor tardío”. Y tal vez sea verdad, aunque es más certero afirmar que cada uno de sus libros es un mundo único, irrepetible, complejo, armado sobre la profunda reflexión del compromiso y el cuidado de la palabra justa.

Sus primeras novelas -Manual de pintura y caligrafía (1977) y Alzado del suelo (1980)- dejaron de manifiesto su irreverencia ante la historia de los vencedores. Luego vinieron Memorial del convento (1982) y El año de la muerte de Ricardo Reis, novela que navega en la palabra de Fernando Pessoa.

La balsa de piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa (1989), El Evangelio según Jesucristo (1991), Casi un objeto (1994), Viaje a Portugal (1995), Ensayo sobre la ceguera (1996), Todos los nombres (1999), La caverna (2001), El hombre duplicado (2003), Ensayo sobre la lucidez (2004), Las intermitencias de la muerte (2005), Cuadernos, El Viaje del Elefante (2009) y Caín (2009), son algunas de sus novelas.

MILITANTE DE LA PALABRA
Porque ninguna herida humana le era ajena, Saramago, fue miembro del Partido Comunista Portugués, militante en fin, del compromiso con los dolores de los pueblos, tuvo una activa lucha por las causas humanitarias.

Su estancia en la tierra, dividida entre Lanzarote y Lisboa, fue reconocida con numerosos galardones y doctorados honoris causa. Entre otros, recibió el Premio Camões, equivalente al Premio Cervantes en los países de lengua portuguesa.

Tras la concesión del Nobel, Saramago, seguidor de los avatares políticos de Portugal y del mundo, escribió artículos de opinión, crónicas, ofreció entrevistas, conferencias y discursos, en los que abordó la realidad siempre desde una visión crítica, tal como puede leerse en su blog, los Cuadernos de Saramago.

José Saramago es capaz de “estar al lado de los que sufren y en contra de los que hacen sufrir”; es un “hombre de una sola palabra, de una sola pieza”, subrayó Pilar del Río, esposa del escritor, cuando en 1998 le entregaron el Nobel.

En su carrera, el portugués supo entretejer su prolífico trabajo con el compromiso humanístico y político, pero sobre todo fue un hombre profundamente crítico y librepensador. “Sólo soy alguien que, al escribir, se limita a levantar una piedra y a poner la vista en lo que hay debajo. No es culpa mía si de vez en cuando me salen monstruos”, afirmó en 1997.

Saramago, quién falleció a los 87 años de edad, al lado de su esposa, la periodista y traductora Pilar del Río, en su hogar de Lanzarote, dejó inconclusa una novela sobre el tráfico de armas titulada Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, un verso del poeta portugués Gil Vicente. Sobre esta novela había dicho: “no será sobre el Corán”, pero sí sobre algo “tan importante como todos los libros sagrados del mundo”: la ausencia de huelgas en la industria del armamento.

Por eso Saramago es voz de los pueblos que se quedan y se convierten en luz para alumbrar razones y luchas, para hacer nacer de la ternura el futuro más que posible, imprescindible.



De cómo el personaje fue maestro y el autor su aprendiz
A Pilar



“Ciegos. El aprendiz pensó "estamos ciegos", y se sentó a escribir el Ensayo sobre la ceguera para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupa el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después, el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: una persona que busca a otra persona sólo porque comprende que la vida no tiene nada más importante que pedirle a un ser humano. El libro se llama Todos los nombres. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.

Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, a buen decir, más voz que la voz que ellos tienen. Perdóneseme si les ha parecido poco esto que para mí es todo”.

Fragmento final del discurso ante la Academia Sueca, 7 de diciembre de 1998







1 comentario:

Leicam dijo...

Excelente reseña del Maestro Saramago.
Gracias,

Juan Andrés

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