miércoles, 5 de diciembre de 2007

Entierros



Rosa Elena se vistió esa mañana como si el entierro al que asistiría, sola para más noticias, fuera de alguna extensión de su cuerpo, quiere decir: se vistió poco a poco, con la lentitud rumiante y desesperante, para quien ve la escena desde afuera, con que las lagartijas toman sol sobre la arena tibia.

Aún tenía tiempo de leer algunas de las dedicatorias de los libros que él le había regalado y sus ojos humedecían las nostalgias de un pasado reciente que se mantenía vivo, presente en la memoria de sus cotidianidades y sus gestos. Quedaban todavía dos interminables horas para que comenzara la ceremonia que suponía el último adiós a sí misma.

La tierra bañaría para siempre, el cuerpo de aquel hombre, que sin ser suyo del todo había compartido los días y algunos de sus sueños. Rosa Elena tenía para ese entonces un raudal incontenible de respuestas a las que no les hallaba las preguntas correctas, lo que es lo mismo que tener un manojo de incertidumbres como una catástrofe soñada en algún rincón de los insomnios.

Él había sido el dios de su religión particular y su cuerpo desnudo se había convertido en la ostia consagrada al goce de sentirse viva y por qué no también un poco amada. Pero él se negó siempre a pensar en ella como una posibilidad de mañana, a lo mejor por eso su muerte representaba para ella la última traición a la que se había sometido por él.

Asistiría a su sepultura con la resignación con la que se asumen todas las derrotas previstas. No podría llorar, por lo menos no en público, porque en ese espacio destinado al “último adiós” estaría presente como una sombra en su dolor la figura siempre interpuesta de la legítima, de la mujer que en otras palabras había convivido cada una de sus rutinas, su estar no estando, su amor desvelado en las fiebres de sus hijos y en los almuerzos siempre compartidos con ella. Esa figura que representaba para Rosa Elena la distancia exacta entre su amor y su futuro. La otra era ella: Rosa Elena era la clandestinidad de la siesta y algún que otro fin de semana robado al trabajo.

Sin embargo, pese a la certeza de su abandono prematuro, la muerte de lo amado convivía con el sentimiento de una niña que aguarda, apretando las pestañas, a sus padres que no han llegado a buscarla a la escuela a la hora acordada y espera, incólume y resignada los pasos que la recogerán de sus miedos y, no tendrá ni un solo reproche que hacer, porque al final siente que se merece su destino. Así se sentía Rosa Elena, como una niña sin padres, huérfana de consuelos.

Ella, una mujer cobarde por saberse desamada y seguir amando, una mujer entera por tratar de comprender la premura con la que él partía cada tarde, seguía releyendo sus palabras en las páginas blancas de los libros, tratando de detenerlas entre sus ojos, venciendo por un instante la muerte. Los minutos transcurrían y Rosa Elena no se enteraba de que ya no tendría tiempo para verlo descender hacia la hecatombe, que su imagen se había detenido mientras viviera, en los espacios robados a la ausencia. No podría asistir a la sepultura de sí misma, a lo que más amaba de sí, porque las dos horas habían sucumbido al paso de las agujas del reloj.

1 comentario:

JUAN MANUEL PARADA dijo...

Liberado de las estructuras perfectas practicadas por los grandes del siglo veinte, del efectismo clásico en los cuentos de Poe, e inclinados clímax al estilo Quiroga, "Entierros" de Daniela Saidman, se nos presenta con la energía soterrada de un poema, construido en los silencios y la atmósfera emocional. Lectura íntima de una escena en presente simple que se abre a pasados vívidos y futuros ya trazados, llevando al lector, con fluidez y tensión, a los diversos escenarios sicológicos y sensitivos del personaje.

Salud y espero seguir leyendo más de estos.

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