lunes, 17 de diciembre de 2007

Entre (re)conciliaciones

Mientras las oposiciones, las de allá y la de acá también, llaman a la reconciliación, Silvio entona que la tolerancia es la pasión de los inquisidores… cuánta razón para cantar y cantarnos, para mostrar y mostrarnos, que de tanto pedido y odio, nos ha quedado una cicatriz honda colmada de desmemorias.

Como siempre hay excelentes amigos, los que señalan los caminos y los desaciertos, los que conversan durante horas y los que nos regalan libros. A una de ellas le debo el dolor de “Palabra Viva”, un texto de la Sociedad de escritoras y escritores de la Argentina que publicado por la editorial José Martí, de Cuba, recoge las palabras de ciento tres mujeres y hombres que fueron desaparecidos por el régimen dictatorial, que desde 1974 y hasta 1983, torturó y asesinó a miles de ciudadanos que se atrevieron a soñar un país diferente.

De alguna manera sus palabras y su forma de narrar el mundo que fue, el que podría haber sido y el que aún podría ser, conmovió otras viejas y nuevas miradas. Me pregunto y pregunto, cómo pedirles a esas voces que se reconcilien. Cómo pedirles a los indígenas bolivianos que se reconcilien con unos pocos que hoy hablan de autonomía a favor de sus propios intereses de clase dominante. Y quién se anima a pedirle reconciliación a una madre que sufre la muerte de un hijo caído por el hambre y las lombrices. Quién reconcilia a la miseria centenaria de las barriadas caraqueñas y a las favelas de Río o de Porto Alegre. Quién le dice a una madre de pañuelo blanco en la cabeza que olvide la desaparición de sus hijos e hijas y de sus nietos, y que se reconcilien, cuando ni siquiera hay una tumba. Quién es el valiente o el caradura que puede pedirles reconciliación a los campesinos colombianos y venezolanos o a los sin tierra de Brasil.

¿Con quién o quiénes debemos (re)conciliarnos los pueblos? ¿Acaso con el verdugo? ¿Con el hambre centenaria? ¿Con la muerte? No, no hay conciliación ni reconciliación posible, porque no se trata de amistar las partes. Lo que exigen los pueblos es más bien respeto y memoria.

Pedimos en todo caso que cese la impunidad y que los culpables no se mueran de viejos o de olvido, sino más bien de culpables. A esta altura cuando la derecha, opresores y torturadores de siempre, llaman a la reconciliación, nada mejor contra la seducción de esos cantos que la memoria.

Que no nos permitan olvidar nunca las heridas abiertas. Ni el silencio impuesto. Ni la mentira. Ni el hambre. Ni el miedo. Ni la escasez. Ni las manos de quiénes se extraviaron en sus odios.

Ellos, llaman a la reconciliación. Nosotros al respeto. Respeto a las diferencias y a la posibilidad divinamente humana de encontrarnos semejantes. En la tibia aventura de tender puentes con el otro y con nosotros, entre iguales, solidariamente distintos y hermanos. Cálidos en las divergencias y en las coincidencias.

El respeto poco tiene que ver con la conciliación que se pacta en los cielos repletos de cúpulas, sino que viene de la raíz fundamental de la justicia y el reconocimiento del otro, de la otra, sustento de la memoria y de lo que podemos ser juntos mirando hacia el futuro.

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