domingo, 30 de mayo de 2010

Versos del VII Festival Mundial de la Poesía

“Humo blanco sobre los tendederos / Y no precisamente de cardenales / En votación. Sillas que ruedan / Y van a lo infinito donde duelo, / Líquido que padece, aquí están / Los muertos centenarios en amor, / Marzo y su piedra quemante. / Fundada está mi casa”, dice una y otra vez el poeta venezolano William Osuna, homenajeado de la séptima edición del Festival Mundial de la Poesía, que se realizó del 24 al 29 de mayo de 2010.
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Y es que en este país de siempre verdes, de rojos minerales y hondas contradicciones, se inaugura año a año el encuentro de voces y versos como un acto subversivo.
El Festival se ha convertido en un espacio para el encuentro con la palabra de todos los continentes y ha sido desde entonces una cita anual con lo más y mejor de los seres humanos, con su infinita capacidad de encontrarse en las páginas y en las voces que enarbolan las banderas de las libertades y los amores.
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En esta oportunidad el Festival se sumó a la fiesta del Bicentenario de nuestra independencia y por esta razón, esta edición contó con la participación especial de poetas de países del Caribe. 
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Arnold Itawaru poeta de Guyana dijo que “viene la mañana”... “es la mañana de nuestra mañana / mañana en el florecimiento de nuestra mirada / mañana más allá de muros que nos separan / mañana / viene la mañana / es la mañana de la esperanza”. 
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Manos que han sabido construir versos que son y seguirán siendo, destellos en mitad de una noche poblada de sombras. Poetas, mujeres y hombres, que edifican verdades bañadas de tiempo, de pueblo, de ecos, de vidas…
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“Sentada donde siempre / quiere sentirse progresista. / Ahora que la lluvia secó su último intento de bronceado, / piensa en esa libertad que se le niega: / mirar hacia fuera. / No como sacar la cabeza por la ventana / sino sacar la mirada de la cabeza”.  
(Fragmento de Film Review. Jeanette Amitt, Costa Rica)
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El imaginario colectivo de los pueblos originarios, el de los cantos y las voces de luchas, el de la tierra arrasada y vendida, es también esperanza y grito libertario. Es la patria en mayúsculas, la que no le pertenece a los forajidos dueños de todo y de todos, la que emerge en la palabra divinamente humana, la que sabe de los dolores infligidos a la tierra y a sus frutos.
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“Mis ojos de tortuga triste / delatan el cansancio, / conozco el camino acuático que recorre mi sangre / en búsqueda de aguas tibias, / voy despacio con nadie, / quebranto los dientes de mis depredadores, / en mi espalda la memoria de todas mis vidas juntas / soy una tortuga alucinada y melancólica”. 
(Mis ojos de tortuga. Rosa Chávez, Guatemala)
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Son los pueblos cantados en las manos de los sueños. La vida que yace premonitoriamente sonriente al borde del árbol que no se asombra de ver pasar las horas. La mujer camina y se deshace en el lecho, en la canción dejada por el amante en la almohada, que también ha dejado todas las voces y los roces de otros rostros que son en su mirada.
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“El tiempo vendrá / cuando, con gran alegría, / tú saludarás al tú mismo que llega / a tu puerta, en tu espejo, / y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro”. 
(Fragmento de El amor después del amor. Derek Walcott, Santa Lucía)

La palabra, en definitiva, nos define, nos hace dueños de las medias verdades y de las verdades a medias o de las pequeñas, esas que están escondidas en las grietas de las puertas y en los postigos, en el vértice donde duermen las arañas y en el espejo roto. Con ella somos y seremos hasta la punta del silencio. Palabras más o menos, con las que nombramos el mundo.

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