Ernesto Guevara: “vengo a ustedes”


Presente en la memoria de sus días, de sus ires y venires por la América Mayúscula, derramado en las solidaridades y en las luchas, Ernesto Che Guevara (Rosario 1928 – Bolivia 1967) llegó a sus ochenta años más vivo que nunca, más vivo que siempre. Mito y realidad, al Che trataron de convertirlo en souvenir, afiche o panfleto… tal vez porque esa era la única forma de asesinarlo, pero su imagen es para muchas y muchos una verdad a prueba del tiempo, y su ejemplo renace una y otra vez en los sueños libertarios de los pueblos. Médico, guerrillero, ministro, trabajador, el Che también fue poeta.
“El mar me llama con su amistosa mano. / Mi prado –un continente- / se desenrosca suave e indeleble / como una campanada en el crepúsculo” (El mar me llama con su amistosa mano).

Voz de los silenciados, de los nadies, el Che supo temprano de los dolores humanos, del hambre centenaria y así, su palabra se hizo estandarte para acompañar y acompañarnos en todas las luchas y en todos los sueños de hoy y mañana. Guevara es el tibio Quijote latinoamericano, el que nos ha enseñado a endurecernos “sin perder jamás la ternura” y a valorar al ser humano en las coincidencias y en las diferencias. El Che es palabra y ejemplo, hombre que ha trascendido las geografías y los tiempos, para ser siempre presente.
“De una joven nación de raíces de hierba / (raíces que niegan la rabia de América) / vengo a ustedes, hermanos norteños. / Cargado de gritos, de desaliento y de fe, / vengo a ustedes, hermanos norteños (Autorretrato oscuro).
La América se dibuja en las manos del Che, extiende sus alas y vuela sobre las ganas y las utopías realizables. En sus versos convergen la tierra y el color de Nuestra América, como un amasijo de cantos, llantos, resurrecciones, rebeldías y truenos. Él es la tierra sembrada de esperanzas, hijo nacido del vientre de todas las mujeres que sueñan otros mañanas.
Soy mestizo, grita un pintor de paleta encendida, / soy mestizo, me gritan los animales perseguidos, / soy mestizo claman los poetas peregrinos, / soy mestizo resume el hombre que me encuentra / en el diario dolor de cada esquina” (Y aquí).
Con sus ojos cruzados de paisajes, anduvo el Che poeta los recuerdos y los afectos. Avanzaron sin piedad sus pasos por la geografía del silencio impuesto. Irrumpió en la memoria de los jóvenes que eran, de los jóvenes que somos. Una estrella tiritando de frío en la sombra, descubierta en las voces que recitan en susurros su nombre de héroe sin misterio, de hermano y compañero.
“Un día, aunque mi recuerdo sea una vela / más allá del horizonte / y tu recuerdo sea una nave / encallada en mi memoria, / se asomará la aurora a gritar con asombro / viendo a los rojos, hermanos del horizonte /marchando alegres hacia el porvenir” (Despedida a Tomás)
Su canción es himno de lucha, viento que despeina el polvo, lluvia que moja lo que no puede seguir siendo. Resurrecto en las horas, el Che permanece en la estatura de su ejemplo. Su mirada estará en las selvas, en los desiertos, en los mares y los ríos, en todos los continentes, cuando su voz estalle la noche. Ochenta años y sigue cantándonos rebeldías, indicando caminos, señalando errores, amando la palabra y la tierra. El Che vive y vivirá siempre que alguien lo nombre, que alguien lo invoque a mitad de una tarde sin sombra. Vive en la mirada niña y en los pies descalzos y sin escuelas, vive como viven todos los que construyen rebeldías y libertades. Porque no ha de morir nunca el que hace de su vida una fértil semilla de sueños.
Toma esta mano de hombre que parece de niño / entre las tuyas pulidas por el jabón amarillo, / restriega los callos duros y los nudillos puros / en la suave vergüenza de mis manos de médico. Descansa en paz, vieja María, / descansa en paz, vieja luchadora, / tus nietos todos vivirán la aurora. LO JURO” (Vieja María, vas a morir)
* Publicado el domingo 15 de junio en el Diario de Guayana

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