viernes, 29 de noviembre de 2013

Andrés Bello, ese amoroso desconocido

** En estos tiempos en que la memoria nos enciende, en estos días de revolución y canto, de la palabra liberadora, hay que volver a lo más libre y más tierno que nos pronuncia.


Tal vez por olvido o simple desgana. Tal vez por las malas imposiciones que fuimos cargando en los salones de clase, el nombre de Andrés Bello se fue borrando del imaginario popular. Sin embargo, todo estudiante venezolano desde el bachillerato hasta las escuelas de letras de las universidades públicas y privadas han estudiado a Don Andrés Bello.
Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida y la Gramática de la Lengua Española son obras obligatorias. Pero Bello es más que ese poema y ese libro donde se encuentra plasmada con integridad el ejercicio de nuestra lengua, fue y vale la pena recordarlo por ello, un hombre adelantado al tiempo que le tocó vivir, un quijote que por el contrario no se volvió loco por tantas lecturas, sino que ganó en agudeza, inteligencia y compromiso. Y es que este venezolano fue y sigue siendo un intelectual que ejerció el amoroso oficio de la palabra que piensa, describe, enseña y a fin de cuentas salva.

Breve semblanza
Andrés de Jesús María y José Bello López nació en Caracas, el 29 de noviembre de 1781 y falleció en Santiago de Chile, el 15 de octubre de 1865. Fue filósofo, poeta, filólogo, educador y jurista, y sin duda uno de los humanistas más importantes de la América Nuestra.
En estos tiempos en que la memoria nos enciende, en estos tiempos de revolución y canto, de la palabra liberadora, hay que volver a él, a ese hombre necesario para pensarnos, entendernos, conocernos, amarnos, vivirnos y sobre todo liberarnos, porque Andrés Bello fue todo eso y todavía más. Y ante un nuevo año de su nacimiento no hay mejor homenaje que estudiarlo para aprendernos, porque no bastan los monumentos en las plazas, el mármol que se opaca con el tiempo y el bronce que no es más que nido de palomas.
A veces y sin querer dejamos que nuestros héroes sólo sean aquellos que blandieron las espadas y se nos quedan en los recovecos de la desmemoria, esos otros que combatieron pero en otras trincheras, esos que hicieron y hacen revolución desde la palabra, desde la vida que enseña a ser más libres, más justos, sabios y humanos.
Por eso el poeta Luis Alberto Crespo dijo en una ocasión sobre de Bello que “sus armas fueron otras, las del libro y la escritura, la de la enseñanza pública, la del orden contra el caos, la de las luces contra la oscuridad del analfabetismo para beneficio de la enseñanza académica del hombre nuevo sanado de la larga herida de las batallas, las de Bolívar y su sueño de civilización y redención americanas”.
El joven que fue Andrés Bello realizó estudios de derecho y medicina, aprendió de forma autodidacta el inglés y francés, además de dominar el latín. Daba clases particulares y entre sus alumnos estuvo Simón Bolívar. Además fue reconocido por su trabajo como traductor de textos clásicos.

La historia y el tiempo
Los sucesos revolucionarios del 19 de abril de 1810 tuvieron a Bello entre sus hijos. Y la Junta lo nombró Oficial Primero de la Secretaría de Relaciones Exteriores. En junio de ese año partió con Simón Bolívar y Luis López Méndez en la misión diplomática que tenía como objetivo lograr el apoyo británico a la causa independentista. En Londres conoció a Miranda y a otros hombres vinculados a las luchas por la independencia de los pueblos latinoamericanos. Pasó largos años en aquellas tierras, muchos de estrecheces económicas y aunque quiso volver a Venezuela, nunca lo logró.
Bello llegó a Chile en 1829 gracias al gobierno de ese país, donde fue designado como Oficial Mayor del Ministerio de Hacienda y Académico del Instituto Nacional. Allí fundó el Colegio de Santiago y en 1842 con la fundación de la nueva Universidad de Chile se le otorgó el título de primer rector. Además participó en la edición del diario El Araucano y junto con el argentino Domingo Faustino Sarmiento en el debate sobre el carácter de la educación pública. Durante su residencia en el país austral publicó sus principales obras sobre gramática y derecho, por las cuales fue reconocido en 1851 como miembro honorario de la Real Academia Española.
Su vida política en Chile lo llevó a desempeñarse como senador por la ciudad de Santiago entre los años 1837 y 1864. Fue el principal y casi exclusivo redactor del Código Civil chileno. Mientras que en su obra literaria destacan A la vacuna y al Anauco, El romance a un samán, A un artista, Mis deseos, Venezuela consolada y España restaurada, y Resumen de la Historia de Venezuela, todas escritas en Caracas. De su exilio en Londres son Alocución a la Poesía y Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida. Mientras que en Chile escribió Principios de Derecho Internacional y Cosmografía o descripción del universo conforme a los últimos descubrimientos, entre otros.
Por todo lo que escribió, pensó, luchó y legó a los tiempos venideros, Andrés Bello es una de las imprescindibles voces del sur. Es un venezolano universal, un latinoamericano necesario, que supo sentir la tierra y los ecos del mañana, que en la Venezuela que lo nombra, hace finalmente realidad sus sueños.


Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida de Andrés Bello
(fragmento)
“¿Qué miro? Alto torrente
de sonorosa llama
corre, y sobre las áridas ruinas
de la postrada selva se derrama.
El raudo incendio a gran distancia brama,
y el humo en negro remolino sube,
aglomerando nube sobre nube.
Ya de lo que antes era
verdor hermoso y fresca lozanía,
sólo difuntos troncos,
sólo cenizas quedan; monumento
de la lucha mortal, burla del viento.
Mas al vulgo bravío
de las tupidas plantas montaraces,
sucede ya el fructífero plantío
en muestra ufana de ordenadas haces.
Ya ramo a ramo alcanza,
y a los rollizos tallos hurta el día;
ya la primera flor desvuelve el seno,
bello a la vista, alegre a la esperanza;
a la esperanza, que riendo enjuga.
del fatigado agricultor la frente,
y allá a lo lejos el opimo fruto,
y la cosecha apañadora pinta,
que lleva de los campos el tributo,
colmado el cesto, y con la falda en cinta,
y bajo el peso de los largos bienes
con que al colono acude,

hace crujir los vastos almacenes”. 

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