William Osuna: para mirar la patria


Imposible no imaginárselo corriendo detrás de una pelota de trapo en un baldío de Caracas, volando papagayos o jugando trompo en una calle empinada de una barriada, con las rodillas raspadas como cualquier niño travieso de la Patria, correteando los sueños con la sonrisa cómplice de los que saben que al final serán encontrados. William Osuna (Caracas, 1948) construye con versos las cotidianidades de una Venezuela que fue y que sigue siendo, tierra profundamente contradictoria donde caben todos los sueños del mundo.


Miré los muros de la patria mía, publicado en segunda edición, por Monte Ávila Editores, en 2008, reúne las voces poéticas de Osuna, Premio Nacional de Literatura 2007. En él convergen los poemarios: Estos 81 (1978), Mas si yo fuese poeta, un buen poeta (1978), Antología de la mala calle (1990, 1994, 2002), y San José Blues + Epopeya del Guaire y otros poemas (2003). En sus páginas se desdibuja una ciudad que duele en la certeza del amor y viceversa, los tiempos, las calles y los pasos que buscan y muchas veces no encuentran. Crónica de una ciudad que podría ser otra, con su mala calle y su mala suerte de años, como si el espejo se hubiera roto, una y mil veces, y le hubiera dejado toda la superstición de los reflejos.



“Mi única ciudad / Es la que no me han otorgado, / La que perdí sin poseerla, / La de los otros. (…) A lo largo de la noche. / Una rosa comprimida. Un pueblo que apela / contra su miedo. / Son la maravilla en estos espacios / que nos van negando por entero”.


El andar extraviado de ecos, el silencio apenas fracturado por el viento o la queja del hambre en una ciudad que es un país, metáfora de los olvidos y los olvidados. Como si andando el poeta fuera capaz de recuperar para sí la memoriosa sonoridad de la tragedia, salvándose y salvándonos del tedio con que nos han impuesto la miseria, levando las anclas del tiempo anticipado de los noticieros.



“Con lo que sé me bastaría el elogio / de tu desnudez / ruido de puertas / que me adversan / o aquella estrofa donde caminan / sobre los vidrios rotos / con los pies pelados / los sin casa / de la tierra”.


Protestatario sin panfletos, haciendo del verso un estandarte capaz de anunciar las siembras y las manos con que se cosecharán los días por venir. Anticipándose a las luchas, consecuente y resurrecto, Osuna edifica, palabra a palabra, la verdad nacida de las memorias, como si en el poema pudieran caber todas las voces del agua y sus gentes, y contener la tierra bañada de llantos centenarios.



“Este diluirse entre los sabios consejos / Frases putrefactas que llevan / A un solo fin. / Este idea con su lento paso de camello / Dormida en su altura de roja arena. / Lugar de gente humillada / Tierra de trampa-jaula por donde vinieron / Reyes, Príncipes y Conde-Duques. Miro los días / Del derrumbe, todo lo que obsequié y no tuve –lajas / quemantes”.


Y el amor, que no duele ni rompe, que no clausura ni clama victorias es un centro. Espacio que se abre a la palabra, la que es capaz de estremecernos al filo de la imagen. Osuna, poeta militante y militante de la palabra, bienviene la hora exacta en que el tiempo es ahora y la mujer deja a sus pies las dudas, mientras los muros de la patria caen y nace otro mañana.


“POSEO la vista más hermosa / De mi época, la toco, la miro: / Ah este desorden / Esta habitación, cueva de tigres. / Tu cuerpo glorificado / Como un estádium de multitudes / Con su roja fresa y su diamante”.



** Publicado el domingo 23 de noviembre, en el Diario de Guayana

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