jueves, 4 de agosto de 2016

Chales, pañuelos, bufandas, pashminas



Se amontonan doblados pese a sus diversas formas. Cuadrados, rectángulos, triángulos. Pura geometría que apenas cabe en el último cajón del mueble de la habitación. Los pedazos de tela son de colores, con hilos plateados, dorados, estampados de animales, corazones, flores, círculos y forms varias. Algunos son de simple algodón, otros de lana, seda, viscosa, unos más suaves que otros. De cachemir ninguno, no por falta de gusto sino de presupuesto. Vienen de distintos lugares y a todas partes van. Los pañuelos, chales, bufandas y pashminas que atesoro son una especie de abrazo que decido combinar casi todas las mañanas con la ropa y el estado de ánimo. Son los abrazos que me faltan y tal vez los que necesito para aventurarme al frío aire acondicionado de la oficina, al tiritar de las más de ocho hora que cumplo de lunes a viernes en una especie de castigo por existir en un mundo donde se nos van juntando las facturas de luz, teléfono y alquiler. Ellos ayudan a soportar la rutina de un trabajo aburrido y mediocre que cumplo con estoicismo como casi todos. Y probablemente sean el último reducto de rebeldía y creatividad que me puedo permitir.
Como los abrazos los chales se van adhiriendo capa sobre capa según las necesidades del día, a veces como hoy, un pañuelo azul con un estampado dorado se anuda a mi garganta hacia atrás, dejando al descubierto el cuello y en evidencia el escasísimo largo de mi cabello, que cumplió antes de tiempo la promesa de estar corto al llegar los cuarenta que aún no tengo. Muy pocas veces olvido o descarto ponerme alguno o llevarlo en la mano por si me da frío. Será que ante la nostalgia los chales cumplen la función de los brazos de mi madre que está lejos.  
 

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