martes, 15 de marzo de 2016

Palomares y esta Venezuela que canta entre las sombras



** El Gobierno Bolivariano entregó la Orden Libertadores y Libertadoras de América -post mortem- en su primera clase al Poeta, quien será siempre una de las voces más hondas del nuestro país.





Un Poeta. Así, en mayúsculas. Una voz que tiene el tacto certero del agua que baja de las montañas. Unas manos que no pueden ser sino las suyas, en las que caben los pájaros que vuelan libres y llevan en el plumaje el canto de un lobo. Un Poeta que se nos fue, pero que llega cada vez que sus versos acarician la nostalgia.
Y es que como escribió Jorge Valero “la huella de los poetas impregna la vida. El mensaje del verbo refleja lo divino, y lo divino es lo que remonta los tiempos en el lenguaje sublime de los pueblos”. Así fue Ramón Palomares, así como lo escribió su amigo en una despedida que se alarga y nos alcanza en todos los rincones, a quienes nos conmovimos con la ternura de sus versos que siempre fueron mejor que una imagen. “Ramón Palomares es la palabra del común; de aquellos que enriquecen los registros de la imaginación creadora”, define Valero desde lejos en la despedida del poeta de Escuque.
Tal vez en los poetas, cierto aplomo ganado con los años viene de la irreverencia y la rudeza de ganarse palmo a palmo la vida. Y quién sabe si el mirar hondo de Palomares nació de la prisa con que la juventud lo arrojó a las palabras que incendiaron un tránsito vital de nuestra historia.

Brevísima reseña
Ramón David Sánchez Palomares, nació en Escuque, estado Trujillo, el 7 de mayo de 1935 y falleció en Mérida, hace días nomás, el 4 de marzo. En 1952 se graduó como maestro normalista en la Escuela Normal Federal San Cristóbal.
En 1958 obtuvo el título de Profesor de Castellano y Literatura en el Instituto Pedagógico de Caracas. La capital del país reunió en esos años a un importante grupo de intelectuales y artistas, que publicó el primer número de la Revista Sardio. En ese grupo de vanguardia Palomares dejó su impronta y juntó sueños y esperanzas a Adriano González, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre, Francisco Pérez Perdomo, Carlos Contramaestre, Edmundo Aray, Efraín Hurtado y Caupolicán Ovalles entre otros, quienes más tarde, empezando la década de los 60, formarían El techo de la ballena.
Pero como no podía dejar de leer, aprender y soñar se fue a Mérida y en esa ciudad se licenció en Letras por la Universidad de Los Andes. Allí ejerció la docencia hasta la jubilación.
Palomares fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1975. En 2006, resultó ganador del primer Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora, y en 2010 del Premio Iberoamericano de Literatura.
Su carácter de observador, como si hubiera sido un descubridor del movimiento de las alas de las luciérnagas, sumado a la exactitud de un lenguaje que es capaz de mostrarnos lo que solos no podríamos ver, hace de la poesía de Palomares un adentrarse luminoso a la vida, como si todo resplandeciera alrededor, como si todo fuera nuevo, como si nuestros ojos se encontraran por primera vez con lo mejor que nos habita.
El regalo que le podemos hacer a un poeta es encontrarnos con su palabra, así que siempre podemos volver a sus libros. El reino (1958), Paisano (1964), Honras fúnebres (1965), El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas (1969), Adiós Escuque (1974); Elegía, el viento y la piedra (1984), Mérida, elogio de sus ríos (1985), Lobos y halcones (1997) y En el reino de Escuque (2006), son algunos de ellos. En 2007 la Biblioteca Ayacucho publicó Vuelta a casa, un libro hermoso que puede bajar gratuitamente de la página web de la editorial.


Saludos
Ramón Palomares

Saludos, precioso pájaro.
Y no abandones el oro de las plumas
entre aquellas nubes
ni pierdas el canto en el dominio de los truenos.
No sea que pases del cielo
y quedes preso en los astros.
De viajes cuánto se ha perdido,
cuánta ola estrellada en el acantilado,
mientras tus alas
robaban fulgores al poderoso perro del cielo.
Y cuánto de lluvias,
de verano, de hierba roja
por la implacable estación.
O de gris, nieblas y continuado fantasma
frente al joven enamorado de barcos.
Los vecinos perdidos,
el llanto de amigos
que he visto secar en paños
por olvidos e irremediable paso.
Ni qué decir de la muchacha
cuyo pecho hasta ayer fuera tan liso
y que luego se ha visto
como exquisito racimo.
Saludos.
Pero, amigo de viajes,
¿cómo poder contar las pérdidas,
ventas que se han hecho,
nuevas adquisiciones?

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