lunes, 7 de abril de 2008

Gioconda Belli: El país bajo mi piel


La vida, suma de las historias que se van adicionando en la piel, los ojos y las manos, nunca están aisladas de los contextos y aspiraciones colectivas de la sociedad dónde cada mujer y cada hombre se desenvuelven.

Así, Gioconda Belli (Managua, 1948) narra en El país bajo mi piel, memorias de amor y de guerra, sus ires y venires en la Nicaragua que luchaba por su libertad, a principios de la década del sesenta del recién pasado siglo.

La biografía publicada por la Editorial Txalaparta, en abril de 2005, es reflejo de los sentimientos, reflexiones y recuerdos de la poeta, madre, periodista, amante, esposa y miembro del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Otras novelas de esta escritora son La mujer habitada, Sofía de los presagios y Waslala.

“Todos los años al acercarse la fecha del aniversario de la Revolución, me contagiaba del ánimo celebratorio. Me poseía la geografía de mi país como un cuerpo amado recuperado a sangre y fuego. Cualquiera no vive la experiencia de cumplir sus sueños, y esos días sentía el deslumbramiento de vivir, aunque fuera de manera incompleta, la realización de los míos” (Managua, 1984).

Ganadora del Premio de Poesía Casa de las Américas, Belli dibuja con sus palabras la realidad de la Nicaragua que le tocó vivir. Época convulsa que buscaba los caminos de la libertad a través de las armas, país incendiado en el que cientos de jóvenes con pañuelos rojinegros al cuello, dieron sus vidas para decidir el futuro que querían legarles a las hijas e hijos por venir.
La historia, personal y colectiva, es un extenso proceso que se va haciendo y rehaciendo en las pequeñas, mínimas, acciones cotidianas. Se va tejiendo con los roces y los alientos propios y ajenos, creación infinita y profundamente humana.

“Visité mis árboles favoritos para recordar sus troncos y el verde brillante de sus hojas. Me llené el olfato de los olores que los vientos desparramaban. Entre el tráfico y el bullicio de los mercados fijé en mi mente las caras redondas morenas, nobles, toscas o delicadas de tanta gente sufrida que se negaba a perder la esperanza. Ojalá el sandinismo no los defraudara, pensaba. Ojalá no los defraudáramos” (Managua 1975).

Las guerras muchas veces traen consigo exilios. Lejanías y ausencias que se quedan en la mirada como heridas, como ásperos roces en la querencia. Idas para vivir que de alguna manera asesinan un poco. Es el desgarrado grito por sobrevivir a la violencia y sobremorir en el recuerdo.

“La experiencia me enseñó que, ciertamente, se puede ganar un guerra con cualquier clase de personas, pero no se puede construir un sistema justo, con valores éticos, si quienes se proponen hacerlo carecen de ellos o sacrifican esos mismos valores en el camino” (San José, 1977).

El texto va hilvanando los recuerdos de esos años de lucha y amores. Espejo donde reflejarse y asumir los caminos como experiencias para éste y otros presentes. Nicaragua, verde y volcánica, se abre en las palabras de Belli como un escenario, un poema lúcidamente vivido, en el que éstos otros ojos pueden recrear a través de la tibieza de su voz hecha papel, esas vidas perdidas y recuperadas en las pequeñas victorias y en las grandes derrotas que nos acercan y que imprescindiblemente debemos convertir en mañanas.

“Vivida mi vida hasta este punto me atrevo a afirmar que no hay nada quijotesco, ni romántico en querer cambiar el mundo. Es posible. Es el oficio al que la humanidad se ha dedicado desde siempre. No concibo mejor vida que una dedicada a la efervescencia, a las ilusiones, a la terquedad que niega la inevitabilidad del caos y la desesperanza”.

1 comentario:

Jenniffer Alvarado dijo...

De eso libros que te hacen viajar en ellos, sentir cada uno de sus capítulos en carne propia, se me pobe la piel chinita,lloro, rio , puedo sentirlo.

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